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EL INMIGRANTE, FIGURA DE SOSPECHAR, (Donde se habla del término "oiciujerp").- 1/4/05
 

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El amasijo

EL INMIGRANTE, FIGURA DE
SOSPECHAR
(Donde se habla del término "oiciujerp")

Por: John Argerich


 


Un filósofo ilustre que paraba en el club latino, me abrió los ojos. Hablando de tú, para brillar.
-¡Si quieres ser lo que no eres, deja de ser lo que eres! -sentenció una vuelta, con los ojos entrecerrados, poniendo pinta de intelectual.
Yo no pude evitar quedarme con la boca abierta de asombro, cuando lo escuché por primera vez decir eso. O de admiración, quizás. Porque ahí estaba mi problema, y él me aclaraba la pensadora. Para pasar al frente debía sacudirme para siempre el estatus de inmigrante congénito, que llevo como una flor negra en la solapa desde el día en que nací. Peor que si fuera una cruz, entendámonos, porque ésa va colgada de una cadenita abajo de la camiseta, y no la ve nadie fuera del grupo íntimo. Y ahora les cuento dónde está el secreto de la milanesa. Cada vez que intenté pasar desapercibido entre el puntaje local, las tentativas me salieron para el lado de los tomates. Y daba bronca, porque era un balurdo destinado a hacerme pomada los sueños más lindos. Sin regreso posible, como el trencito fantasma en la gruta de los horrores del Parque Japonés.
-¿A dónde me trajiste, Antonio? -gritó una dama.
-Calla, mujer, que ya salimos... -repuso un peninsular.
-¿Quieren volver a subir? -preguntó el boletero.
-¡La boca se te haga a un lado, che!
Pero en fin, nos estamos yendo para el lado de los tomates. Lo que quería contarles es que de pebete, en Buenos Aires, me decían "gringo". No tanto por masticar chicle, como todos los pibes de mi edad, sino por el aspecto desteñido que iba batiendo mi origen sajón. Pero sin bronca en el mote, porque los argentinos descendemos de los barcos. O sea que quien no es medio gringo, es gringo y medio. Y si bien es cierto que algún inmigrante se habrá mandado sus milongas, en general fueron unos tipos de mi flor. Laburadores, ahorrativos, capaces de amarrocar los fasules sin joder a nadie, y con unas hijas para sacarle el sueño al más marmota. Nada que ver con Europa. Allá los inmigrantes se integraron tan profundamente, que en Buenos Aires les hicieron un monumento. No sabemos si por una cosa o por la otra, es decir si porque eran unos laburantes bestiales o por haber traído al mundo unas hijas bestiales. Sea como fuere, yo me proponía envejecer -ley de la vida- en el regazo hospitalario de mi ciudad. Mas no todos los capítulos de mi vida fueron aptos para alcanzar ese encomiable fin.
-¡Viva la matemática moderna! -grité una vez, lleno de inspiración, y sin medir las consecuencias.
-¡Viva la teoría de los conjuntos! -dijo otro deschavado, en el patio de la vieja Facultad.
Pero había un cura mirando, y llamó a la Federal.
-¡Me pone en vedera a esos marxistas subversivos! -dijo monseñor Torquemada.
Y los botones empezaron a meter palos.
-¡A vos te viá dar, desgraciáu!
El resto se lo imaginan ustedes. Debí escaparme para salvar la osamenta, y después de muchas milongas terminé en Suecia, como tantos otros. Un país adonde, al comenzar la década fatídica de los años 70, tenía tanta probabilidad de emigrar como la que hoy me asiste de casarme en las islas Fiyi. Mas lo improbable se dio. Y apoco de aterrizar, mi nuevo apelativo estaba cantado, "svartskalle". Que traducido al buen romance significa "cabeza negra". Aunque seas rubio y de ojos azules, si hablás en español. O sea una versión escandinava del sambenito con que los porteños lapidan a quien pasea rasgos telúricos por la ciudad. Símbolo del antiestatus, "cabecita", un decir. Y hablando lunfardo antiguo, como que hiciera falta publicarlo.
-Estás rayada, piruja.
-"De la nuca", se dice hoy.
Mas vayamos al grano. Luego de las peripecias que hemos relatado, pasaron dos largas décadas. Portadoras de grandes cambios, para algunos. Aunque para otros, como yo, rajaran solamente por el gusto de rajar. Cuando vas a Roma, hacé como hacen los romanos, dice el refrán, pero mi integración tipo estampilla era una alternativa cada vez más remota. Y harto ya de la congelada eficiencia nórdica, un buen día decidí borrarme rumbo al sur. Hacia mis raíces lingüísticas y culturales... Pero no al sur de Suecia. ¡Vender todo, y rajarme a España! La "madre patria", como llamaba a la tierra de Cervantes en las composiciones que me hacían escribir los curas del Colegio San Miguel. Y con tanto lavado de coco hispanófilo como te meten en la mollera, esperé ser recibido con los brazos abiertos. Como diciendo "Hijo amado, bienvenido seas al hogar ancestral". ¡Minga y reminga! Dicho sea, craso error. Allá no sos otra cosa que un incómodo "sudaca" desde que aterrizás. ¡Ni te miran el pasaporte sueco al oírte hablar!. Yo, vengando agravios, los llamaba "gallegos", para devolver atenciones. Apelativo que, fuera del área homónima, les gusta tanto como cavar zanjas. O mejor dicho, "gallegos" y algo más. Esto último entre dientes, para evitar altercados con la Guardia Civil, que está en todas partes, vistiendo unicornio verde con visera de charol. Mas el arte de sobrevivir al medio hostil es pura adaptación darwiniana, y por fin se me prendió la lamparita. Aquello no funcaba, así que primero en broma, después en serio, para ganarme la vida empecé a cantar. Sí, a cantar, entiéndanme bien, que no tiene nada de gracioso. Pero no tangos arrabaleros, como pudiera sugerir el curriculum de un servidor. ¡A cantar flamenco, vive Dios! Así disimulaba con relativo éxito mi criminal extranjería. Y, aunque suene medio a globo, de entrada me fue bien.
-¡Olé, Yoncito, que tienes salero pa' la música calé! -exclamaban con entusiasmo amigos y conocidos.
Hasta que una tarde aciaga, cometí el funesto error de confundir la nomenclatura en pleno recital. "¡Sube tu falda, morena!", había escrito el pícaro letrista gitano en una escena que transcurría bajo la luna de abril. Pero cuando culminaba el zapateo, yo, de puro boleado, grité: "¡Subite las polleras, negra!" Para no prolongar innecesariamente este triste relato, sólo he de agregar que eso puso punto final a mi carrera artística. No por falta de dotes, como se ha visto, sino por ser un sudaca irrescatable. De sospechoso bigote rubio para colmo, lo cual sólo lleva a aumentar la confusión.
-¿Y éze shaval quien zerá? -comentaban las manolas.
-¡Ió qué zé...!
Después de ese fracaso, recordé en mis noches de insomnio los versos de Martín Fierro, donde un famoso payador decía:

"Hacé como hace el ratón,
conservate en el rincón
ande empezó tu esistencia...
¡Vaca que cambia 'e querencia
se atrasa en la parición!"
Y mientras de puro macho sudamericano ocultaba una furtiva lágrima, pensé volverme a mi tierra. Con la frente marchita, es bien cierto, como decía Gardel. Pero ¿para qué seguir soñando? Han pasado los años, y regresar al pasado es vano afán. ¿Volver para no conocer más a nadie? ¿Volver para qué? ¿Volver para extrañar la comida sueca?
-¡Dejáme de hinchar!
Entonces fui rodando por el mundo, y tras mucho calentar el balero, por fin pude ver clarito que debía aceptar mi situación. Inmigrante vitalicio, tipo sospechoso en todo tiempo y lugar. Pero el berretín no se cura, y con la voz cascada, ya no puedo mandarme grandes conciertos. Así es como, harto de desengaños, terminé contando mis penas por escrito, actividad que si tiene algún mérito, es permitirme denunciar las cosas que me caen mal.
-¿Por ejemplo? -dijeron los escépticos, especie que simpre hay.
Por ejemplo, la imbecilidad del término "oiciujerp".
-¿Y eso qué es? -me increparon.
-Una cábala -repuse- porque leído a contrapelo dice "Prejuicio". Y si vamos a ser francos, no tiene gollete al derecho ni al revés
 

THE END 

 

 

Copyright: John Argerich, 2003 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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