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El amasijo
EL INMIGRANTE, FIGURA DE
SOSPECHAR
(Donde se habla del término "oiciujerp")
Por: John Argerich
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Un filósofo ilustre que paraba
en el club latino, me abrió los
ojos. Hablando de tú, para
brillar.
-¡Si quieres ser lo que no eres,
deja de ser lo que eres!
-sentenció una vuelta, con los
ojos entrecerrados, poniendo
pinta de intelectual.
Yo no pude evitar quedarme con
la boca abierta de asombro,
cuando lo escuché por primera
vez decir eso. O de admiración,
quizás. Porque ahí estaba mi
problema, y él me aclaraba la
pensadora. Para pasar al frente
debía sacudirme para siempre el
estatus de inmigrante congénito,
que llevo como una flor negra en
la solapa desde el día en que
nací. Peor que si fuera una
cruz, entendámonos, porque ésa
va colgada de una cadenita abajo
de la camiseta, y no la ve nadie
fuera del grupo íntimo. Y ahora
les cuento dónde está el secreto
de la milanesa. Cada vez que
intenté pasar desapercibido
entre el puntaje local, las
tentativas me salieron para el
lado de los tomates. Y daba
bronca, porque era un balurdo
destinado a hacerme pomada los
sueños más lindos. Sin regreso
posible, como el trencito
fantasma en la gruta de los
horrores del Parque Japonés.
-¿A dónde me trajiste, Antonio?
-gritó una dama.
-Calla, mujer, que ya salimos...
-repuso un peninsular.
-¿Quieren volver a subir?
-preguntó el boletero.
-¡La boca se te haga a un lado,
che!
Pero en fin, nos estamos yendo
para el lado de los tomates. Lo
que quería contarles es que de
pebete, en Buenos Aires, me
decían "gringo". No tanto por
masticar chicle, como todos los
pibes de mi edad, sino por el
aspecto desteñido que iba
batiendo mi origen sajón. Pero
sin bronca en el mote, porque
los argentinos descendemos de
los barcos. O sea que quien no
es medio gringo, es gringo y
medio. Y si bien es cierto que
algún inmigrante se habrá
mandado sus milongas, en general
fueron unos tipos de mi flor.
Laburadores, ahorrativos,
capaces de amarrocar los fasules
sin joder a nadie, y con unas
hijas para sacarle el sueño al
más marmota. Nada que ver con
Europa. Allá los inmigrantes se
integraron tan profundamente,
que en Buenos Aires les hicieron
un monumento. No sabemos si por
una cosa o por la otra, es decir
si porque eran unos laburantes
bestiales o por haber traído al
mundo unas hijas bestiales. Sea
como fuere, yo me proponía
envejecer -ley de la vida- en el
regazo hospitalario de mi
ciudad. Mas no todos los
capítulos de mi vida fueron
aptos para alcanzar ese
encomiable fin.
-¡Viva la matemática moderna!
-grité una vez, lleno de
inspiración, y sin medir las
consecuencias.
-¡Viva la teoría de los
conjuntos! -dijo otro
deschavado, en el patio de la
vieja Facultad.
Pero había un cura mirando, y
llamó a la Federal.
-¡Me pone en vedera a esos
marxistas subversivos! -dijo
monseñor Torquemada.
Y los botones empezaron a meter
palos.
-¡A vos te viá dar, desgraciáu!
El resto se lo imaginan ustedes.
Debí escaparme para salvar la
osamenta, y después de muchas
milongas terminé en Suecia, como
tantos otros. Un país adonde, al
comenzar la década fatídica de
los años 70, tenía tanta
probabilidad de emigrar como la
que hoy me asiste de casarme en
las islas Fiyi. Mas lo
improbable se dio. Y apoco de
aterrizar, mi nuevo apelativo
estaba cantado, "svartskalle".
Que traducido al buen romance
significa "cabeza negra". Aunque
seas rubio y de ojos azules, si
hablás en español. O sea una
versión escandinava del
sambenito con que los porteños
lapidan a quien pasea rasgos
telúricos por la ciudad. Símbolo
del antiestatus, "cabecita", un
decir. Y hablando lunfardo
antiguo, como que hiciera falta
publicarlo.
-Estás rayada, piruja.
-"De la nuca", se dice hoy.
Mas vayamos al grano. Luego de
las peripecias que hemos
relatado, pasaron dos largas
décadas. Portadoras de grandes
cambios, para algunos. Aunque
para otros, como yo, rajaran
solamente por el gusto de rajar.
Cuando vas a Roma, hacé como
hacen los romanos, dice el
refrán, pero mi integración tipo
estampilla era una alternativa
cada vez más remota. Y harto ya
de la congelada eficiencia
nórdica, un buen día decidí
borrarme rumbo al sur. Hacia mis
raíces lingüísticas y
culturales... Pero no al sur de
Suecia. ¡Vender todo, y rajarme
a España! La "madre patria",
como llamaba a la tierra de
Cervantes en las composiciones
que me hacían escribir los curas
del Colegio San Miguel. Y con
tanto lavado de coco hispanófilo
como te meten en la mollera,
esperé ser recibido con los
brazos abiertos. Como diciendo
"Hijo amado, bienvenido seas al
hogar ancestral". ¡Minga y
reminga! Dicho sea, craso error.
Allá no sos otra cosa que un
incómodo "sudaca" desde que
aterrizás. ¡Ni te miran el
pasaporte sueco al oírte
hablar!. Yo, vengando agravios,
los llamaba "gallegos", para
devolver atenciones. Apelativo
que, fuera del área homónima,
les gusta tanto como cavar
zanjas. O mejor dicho,
"gallegos" y algo más. Esto
último entre dientes, para
evitar altercados con la Guardia
Civil, que está en todas partes,
vistiendo unicornio verde con
visera de charol. Mas el arte de
sobrevivir al medio hostil es
pura adaptación darwiniana, y
por fin se me prendió la
lamparita. Aquello no funcaba,
así que primero en broma,
después en serio, para ganarme
la vida empecé a cantar. Sí, a
cantar, entiéndanme bien, que no
tiene nada de gracioso. Pero no
tangos arrabaleros, como pudiera
sugerir el curriculum de un
servidor. ¡A cantar flamenco,
vive Dios! Así disimulaba con
relativo éxito mi criminal
extranjería. Y, aunque suene
medio a globo, de entrada me fue
bien.
-¡Olé, Yoncito, que tienes
salero pa' la música calé!
-exclamaban con entusiasmo
amigos y conocidos.
Hasta que una tarde aciaga,
cometí el funesto error de
confundir la nomenclatura en
pleno recital. "¡Sube tu falda,
morena!", había escrito el
pícaro letrista gitano en una
escena que transcurría bajo la
luna de abril. Pero cuando
culminaba el zapateo, yo, de
puro boleado, grité: "¡Subite
las polleras, negra!" Para no
prolongar innecesariamente este
triste relato, sólo he de
agregar que eso puso punto final
a mi carrera artística. No por
falta de dotes, como se ha
visto, sino por ser un sudaca
irrescatable. De sospechoso
bigote rubio para colmo, lo cual
sólo lleva a aumentar la
confusión.
-¿Y éze shaval quien zerá?
-comentaban las manolas.
-¡Ió qué zé...!
Después de ese fracaso, recordé
en mis noches de insomnio los
versos de Martín Fierro, donde
un famoso payador decía:
"Hacé como hace el ratón,
conservate en el rincón
ande empezó tu esistencia...
¡Vaca que cambia 'e querencia
se atrasa en la parición!"
Y mientras de puro macho
sudamericano ocultaba una
furtiva lágrima, pensé volverme
a mi tierra. Con la frente
marchita, es bien cierto, como
decía Gardel. Pero ¿para qué
seguir soñando? Han pasado los
años, y regresar al pasado es
vano afán. ¿Volver para no
conocer más a nadie? ¿Volver
para qué? ¿Volver para extrañar
la comida sueca?
-¡Dejáme de hinchar!
Entonces fui rodando por el
mundo, y tras mucho calentar el
balero, por fin pude ver clarito
que debía aceptar mi situación.
Inmigrante vitalicio, tipo
sospechoso en todo tiempo y
lugar. Pero el berretín no se
cura, y con la voz cascada, ya
no puedo mandarme grandes
conciertos. Así es como, harto
de desengaños, terminé contando
mis penas por escrito, actividad
que si tiene algún mérito, es
permitirme denunciar las cosas
que me caen mal.
-¿Por ejemplo? -dijeron los
escépticos, especie que simpre
hay.
Por ejemplo, la imbecilidad del
término "oiciujerp".
-¿Y eso qué es? -me increparon.
-Una cábala -repuse- porque
leído a contrapelo dice
"Prejuicio". Y si vamos a ser
francos, no tiene gollete al
derecho ni al revés
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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