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Llegando a San Antonio empiezan
a aparecer Teatros de casa donde
presentan la misma obra todo el
año, señoras y señores en las
ventanas esperando la visita de
la muerte, muchachos hablando en
las esquinas. Ya estoy mamado de
subir, pero fuerza que ya voy
llegando, veo la montaña y los
primeros novios devorándose
táctilmente, los mariguaneros
eternos luchando por alcanzar la
nube, la fila de carros que
buscan espacio, varios señores
agitando pañuelos rojos. Ya hay
brisa, me siento rico, veo las
ventas de champús, de arepa con
queso, de chuzos de res y de
pollo; veo las bancas y las
raíces de los árboles que sirven
para enamorados en busca del
primer último beso, para
adolescentes pícaras que desde
el cerro tratan de ver por dónde
viven mientras sus novios les
van quitando el sostén; viejos
corrompidos que se juran amor
eterno ante Cali; turistas que
apuntan con sus cámaras y agotan
rollos de Nikon; veo a los
inflamables magos del rebusque
que comen fuego, a los que se
acuestan en vidrios, se
contorsionan y retuercen
mientras hacen chistes flojos
para que nos bajemos de unas
cuantas monedas; más al lado
están los artesanos que de
cuanta pepa ven sacan un collar
y, los pintores de sprite que
con un tal pirograbado dibujan
constelaciones con cascadas.
“Estoy en la cima”, pienso
mientras busco donde sentarme.
La noche cae, los faroles se
encienden, delinean carreteras
que llevan a suburbios, los
novios se tocan más
apasionadamente, los primeros
borrachos ya aparecen dando
lora. Salgo de mi letargo por la
insistencia de una gippisita
impregnada de los rezagos de una
revolución de burgueses a los
que se les pegó el eslogan de
paz y amor. Ella dice hacer
trucos con metal retorcido,
insiste en que la escuche sin
ningún compromiso y yo la
atiendo mientras con sus manos
voltea y enmaraña dos alambres
multiformes: ahora hágalo, “si
separa las dos partes se lo
regalo”, más por un reto que
porque de veras quisiera esa
pieza, intento, de varias
maneras, sacar lógicamente un
alambre del otro, pero no puedo.
La miro con desgano y le digo
que gracias, que hoy no tengo
para invertir en estímulos a mi
mente. Hace cara de haber
desperdiciado tres minutos a mi
lado pero luego se sonríe y me
abraza diciendo que le da
alegría verme de nuevo, dice qué
varias veces fue al bar y no me
pudo encontrar, me mira y dice
que siempre es bueno volver a
ver a los amigos y que si la
acompaño a la casa de unos
parceros a tomar y a escuchar
música. Tras ese cambio la miro
fijamente pero no, la verdad no
es un rostro familiar. Se me
sienta al lado y me dice ¿por
qué no has vuelto al bar, mi
amigo de los zapatos raros? Sí,
claro, es allí en ese maldito
bar de donde salen las
conquistas más suigeneris del
universo, no soy incapaz de
decirle que yo la había estado
esperando en la barra en la
barra como un marica. De una
saco mi libreta, le pido el
teléfono y el e-mail, le digo
sería muy rico tomar algo con
ella un día de estos, o mejor
fumar, el día de San Blando que
no tiene cuando. Sí señor, estoy
a tus ordenes, la abrazo como en
velorio, pienso que estoy de
malas hoy por no tener plata
para irme con ella; mientras, me
deja oliendo a pachulí, ¡uy!,
que jodido quedo. Se marcha
colina abajo moviéndose como un
sonajero andante y sin dejarme
un mísero alambre retorcido.
Pregunto la hora y me voy rumbo
a casa. Bajo la montaña hacia la
Quinta, me paro debajo del
puente donde aún hay gente
esperando transporte y
esquivando ladrones. Allí está
mi ruta, trae puesto, eso sí es
suerte. Me incrusto en uno de
los asientos dobles, pienso en
que ojalá al lado mío se siente
una bella mujer porque casi
simpre se me sientan unas gordas
que no sólo me aprisionan contra
el vidrio sino que para salir
hay que saltarlas. El colectivo
se para quince minutos esperando
que se ocupe todo y pienso que
si algo necesito en la vida es
un carro, con un carro me
conformo, uno normal, tampoco
pido una 4x4, lo que sea que
ande siempre que no sea ni Fiat,
ni Renault 4, que están muy
boletiados y para estar
empujando, mejor a pie. Es que
tener un carro es importante,
bueno y útil. Esos aparatos
provocan una magia en uno, todos
los que tienen carro son como
más bonitos, sonríen a la vida,
además, esos aparatos ejercen
una atracción casi fascinante en
las mujeres. No sé si piensan
que el que tiene carro también
tiene plata o por lo malo del
transporte público o por lo
peligroso de las calles, es
mejor tener un novio con el que
no toque caminar mucho, o ¿será
que el deporte local es lucir
carro, dar y dar vueltas, salir
a ver gente y a que lo vean a
uno?, mirá pero no me toqués,
hablame si tenés en que
recogerme. Qué bonitas épocas
donde los hombres se levantaban
las viejas con palabras bonitas,
con buenos propósitos, mi amor
unámonos y cambiemos el mundo,
¡qué va!, hoy lo primero que te
preguntan es ¿y en qué andás? Y
yo que hasta la bicicleta la
tengo pinchada.
Llegando a mi casa veo a los
amigos de infancia sentados en
los andenes de la esquina, pero
ya más cerca veo que no son
ellos, que son otros amigos,
haciendo lo que hace ocho años
hacíamos nosotros, perdimos
nuestra esquina con esos
culicagados. Incluso vi gatear a
muchos de los que hoy están
fumando y besando niñas que
jugaban barbies y a la
escuelita, ellos son los dueños,
los qué van contra el mundo. De
mis amigos no quedan sino
algunos por allí desparchados,
el agite y la vida nos tienen
engarzados, ya no somos sino
recuerdo de las fiestas de cuota
con una bola de espejos, un
estrover y música de emisora.
Allí sí se bailaba rico y
barato. Nada de recoger a las
muchachas, todas vivían en la
esquina, les gustaba el vino
Cariñoso, la Coca-cola; las
casas de los amigos se rotaban.
En la mía se hicieron un par de
rumbas, los cassettes rodaban
con Juan Luis Guerra y 4:40. Fue
allí cuando apreté a la primera
niña. Tratando de ser grande
fumé los primeros cigarros, fui
guapo en varias peleas, padecí
los primeros desengaños. Éramos
amigos y nos intercambiábamos
las novias, la ropa, los dichos,
las mentiras, tipo dos de la
mañana estábamos ya en la casa
y, de nuevo al otro día
temprano, en la cancha jugando
fútbol o básquet, resumiendo los
acontecimientos de la fiesta:
fijáte que pillé a María
parchando con Federico, ¿y si
vieron cómo se apretaban Myriam
y Pablo? ja, ja, ja, ja, ja, ja,
ya marica pasáme la pelota o ¿es
que no aguantás que te quiten a
tu novia? ja, ja, ja, ja y se
prendía uno a punta de pata y
puño, luego todos moreteados
salíamos gritando: “espérate y
verás que le voy a decir a mis
papás”.
Hablando de progenitores, qué
pena con mi mamá. Otra vez se me
quedaron las llaves de la casa y
tengo que despertarla con el
timbre, ¡uy!, de nuevo la cama,
¡qué rico!, ¡uy!, de eso sí
estoy convencido, yo no creo que
la mejor sensación de la vida
sea miar o comer, para mí lo
mejor es llegar a la casa
cansado y poner la cabeza en la
almohada, qué sensación
trascendental dejar que el
cuerpo mande la realidad para el
carajo y morirse con una
resurrección temprana.
Siempre que me deprimo pienso en
la gente que está peor que uno,
en lo duro que les toca a los
que no tienen casa, o los que
tienen que llegar a la casa y
acostarse al lado de una mujer
que odian. Pienso en los
lisiados y me pongo feliz, me
acuerdo de mi abuela que me
dice: “tenés salud y estás buen
mozo”, pues será buen mozo para
ella, porque para las nenas no
tanto, siento que una que otra
me mira y no más, el consuelo de
los pendejos. ¿Qué sería de mi
vida si fuera mujer?, sería bien
puta, y ¿si hubiera nacido negro
o marica?
Pero mirando las cosas en
perspectiva, yo soy el que estoy
mejor de los del parche de la
esquina. La mayoría están
trabajando en camellos del
mínimo para responder con sus
obligaciones. Allí mueren. Hay
tres que están bajo tierra,
varios con hijos y culebras.
Otros se han ido de Colombia y
ni más. Debe ser que les ha ido
bien, pero yo aún no soy capaz
de meter tres pintas en una
maleta y largarme a lavar baños
en las extranjas; más de uno no
se ha ido porque no tiene visa o
plata para el tiquete de avión.
Si un día pasaran regalando
tiquetes quedaríamos
despoblados. Yo también me iría,
así fuera por curiosidad aunque
me harían falta las muchachas,
el calorcito jarto pero
necesario, y la gente que come
mierda, viento raspado y sonríe.
Los domingos, con música clásica
y pena del lunes. Hoy termina y
empieza la faena de la
subsistencia. Nada de happy end,
es mejor hacer por fin lo que he
aplazado siglos. ¿Tendré el
valor para morirme o sólo
agonizaré un poco?
¿Qué hiciste en vida?, vida ¿qué
dejaste de hacer? Padezcamos
juntos este tránsito por los
campos minados. O mejor,
refugiémonos en el vientre de
alguna madre sustituta. ¿Qué te
parecería un semana en las islas
Griegas, ¿prefieres Mikonos o
Creta?
Algún día dejaremos de ser tan
cabrones, el destino terminará
cobrando por ventanilla las
derrotas y los retrocesos. Por
eso me la paso esquivando balas,
saltando muertos, viendo a quien
robo, festejando fraudes.
Quiero una amiga que esté
siempre disponible cuando la
precise. Que no me pida favores
o si me los pide que no se enoje
si los olvido. Me gustaría no
enguayabarme, comer menos,
fingir más y que la barba no me
saliera los lunes agitados. Mi
única certeza es que moriré sin
ver al hombre en Marte.
LUNES 29 DE JULIO DE 2002
Hoy madrugué a pagar el impuesto
predial, bajo por la autopista.
Todos en la calle tienen cara de
ladrones, estoy cansado de no
poder salir de Cali, con los
años el miedo y el odio cargan
mis venas. Estamos en guerra
pero sigo vivo e ileso, no pasa
nada, no pasa nada, ni siquiera
el colectivo, las calles sucias,
la gente sucia, yo cagado del
miedo, que pasará después de que
me roben. Me matarán o sólo con
una puñalada me quitarán lo del
bus y me dejarán asustado. Hasta
la semana pasada, cuando estuve
trabajando en la agencia de
publicidad, nos reuníamos cada
mañana en la cocineta a la hora
del coffe break y hacíamos el
rincón del robo. Era allí donde
nos enterábamos cómo habíamos
sido atracados cada uno de los
de la oficina. Elaborábamos
estrategias, vetábamos calles,
lugares, prendas, bancos y
amistades, esto de alguna manera
avivaba la psicosis. Lo peor es
que a los que roban los coge la
policía y al rato los sueltan
porque no hay leyes ni cárceles
para los ladrones así estén
armados hasta los dientes,
además, si cogen a los ladrones
pues se queda sin trabajo la
policía y en nuestro país
Colombia alias aji pa´ los
tombos eso sería fatal.
Las 6:37 de la mañana, hora en
que los colectivos siempre están
llenos, menos mal que no ha
despertado del todo ese sol
canicular. Dos señoras muy bien
arregladas se dirigen hacia mí.
Me miran con ojos de amabilidad.
La mañana oscura, tímida y
apacible está en su punto de
miedo. Pienso en los pocos
segundos que se demorarán las
damas en llegar a donde estoy:
“¿serán predicadoras, serán
conocidas de mi mamá, me les
pereceré a alguien, estarán
locas, me robarán?...”
Por fin llega la pequeña
busetica roja. Me subo antes de
que ellas me alcancen. Como
siempre, no encuentro ni un puto
puesto libre, y el chofer
echando más gente, todos
pensamos “chofer muerto de
hambre, hijueputa”, hasta sueño
con poderle acertar un golpe,
nadie dice nada. Ha comenzado
mal mi día, desde este
transporte, sus trancones y los
apretujones de los que también
van tarde. Todos tienen cara de
sueño, las mujeres
pintorreteadas con Ebel, los
hombres con su disfraz de
ejecutivos de a peso, bien
peinados, luciendo sus camisas
Alberto Vo5 y los zapatos
remontados. Algunas colegialas
atrasadas y estudiantes de
universidades adormilados
conforman el cargamento de
madrugadores que, desde las
ventanas, miramos con odio a los
que en chanclas apenas salen a
comprar los pandebonos.
El hampa, esa es la palabra,
hombres y mujeres que viven de
lo que nosotros nos ganamos.
Cuando digo esta palabra hago un
ejercicio mental que consiste en
contar cuántas veces soy
atracado en el día. Me atraca el
del colectivo que me lleva
parado, a él le pago para ir
estrujado. Voy a pagar el
impuesto de la casa de mi mamá y
el barrio es un desastre; llevo
tres años pagando la seguridad
social y la semana anterior me
enfermé y me tocó poner dinero
de más porque, según ellos, no
tenía derecho a la droga que de
verdad me curaría; soy un
tributador en serie que en serio
pago, pago y repago ya casi como
estrategia de supervivencia,
pero si el estado da papaya lo
tumbo, ¡no joda! Llego a la
fila, como siempre hay gente
hasta de un solo ojo, parece que
amanecieron aquí, hay 15
ventanillas de atención pero
sólo se asoman tres cajeros, dos
de los cuales hablan por
teléfono y el otro, entre
atender a los mensajeros que le
traen galletitas y nosotros que
hacemos fila, no alcanza. Para
no enfurecerme más con mi bello
país, mejor pienso en otra cosa
y hago como si no se me
estuvieran coliando.
Llevaba casi dos meses en esa
chamba que parecía muy buena
desde afuera. Todos creerán que
trabajar en una multinacional de
la publicidad es la gran cosa,
pero mentiras, eso es una
mierda, allí no pasa nada de
nada, la gente es tan
superficial como lo que
anuncian. ¿Qué se podría esperar
de unas personas que si les
pagan dicen que el jabón
Espumosito es el mejor, pero si
el jabón Limpiabien paga más,
ese es el mejor? No hay una
ética, quienes están allí sólo
hacen parte del sistema por
medio del cual los ricos se
hacen más ricos, la publicidad
es usada para engatusar a los
que tienen unos pesos para
gastar y si no los tienen los
hacen endeudar y ya está, luego
nos dejan, somos desechables en
esta nueva legión del tetrapak.
Me contrataron a mí porque tal
vez les parecía un poco raro
(eso en el medio es bueno), no
por mi pinta, pues siempre paso
desapercibido, sino porque tenía
una mezcla, según la jefe de
personal, de exótico y salvaje,
qué catalogación tan de loción
para yupis de pacotilla, aún así
el billete lo estaba necesitando
como el agua y allí estaba,
llegando a las ocho de la
madrugada y trabajando como mula
hasta las cinco de la tarde para
que un par de viejos en Estados
Unidos se llenaran de plata.
Mi rol era muy sencillo; yo
tenía una línea (un cliente como
le dicen), me encargaban que
diera ideas para la campaña, en
su lenguaje: ser creativo; pero
era mentiras, yo no creaba nada,
lo único que hacía era botar
ideas como un volcán para que
los señores tomaran una y la
metieran en un formato. Al
final, la presentaban al dueño
del producto como su propuesta.
A mí me pagaban por eso. También
hacía trabajos de oficina,
diseñaba logos, afiches, eslogan
y cuanta cosa se les ocurría que
podía hacer. No tenía muchos
ratos de ocio, tenía ratos de
aterrador tedio que se
convertían en patéticos momentos
de malparidez en los que me
daban unas ganas enormes de
mandar todo a la mierda y
suicidarme con un tenedor. Pero
eso, decían mis compañeros, se
podía manejar de una manera más
tranquila.
El trabajo en la agencia fue
algo efímero, cuando había
aguantado tres memos, descubrí,
en un revelador amanecer, a mil
manos diminutas pero efectivas
que no me dejaban desprender del
colchón. En mi cabeza pasaba la
lista de responsabilidades del
día, al que madruga Dios lo
ayuda, y cuando me disponía a
hacer ese esfuerzo de despegarme
de la cama, sonaba una voz clara
y contundente en mi cabeza que
decía: “no por mucho madrugar
amanece más temprano”. Me
voltee, y como el que no quiere
la cosa, me dormí de nuevo; no
de manera profunda, tuve un
sueño leve y morrongo que
buscaba conciliar al deber con
el querer.
¡Hijueputa me quedé dormido!
Esta vez sí se me fue hondo, ya
por mucho que corriera como loco
y me fuera sin bañar llegaría
tarde, tarde como casi siempre.
Me lancé a la calle con las
lagañas que se resistían a
abandonar mis ojos. Esperaba
trasporte mientras que, con
babita muy ácida, removía la
evidencia; no pasaba el
colectivo, no sabía si hacer la
inversión de la semana y coger
un taxi, sí, qué va, pero antes
toqué mis bolsillos para
calcular el presupuesto. Revisé
uno y después el otro, de atrás.
¡La billetera! ¡vida marica!
Regresé corriendo para buscar la
platica en el pantalón del día
anterior. Mientras corría
también corría por mi mente la
cara que hubiera podido hacer si
estuviera ya en el bus y sin
plata, o peor aún, bajándome del
taxi. Entré rápido, la busqué y
de nuevo vi la cama. Pensé en
que podría llamar y decir que me
había enfermado, no, mentir no,
eso puede llamar la mala suerte.
Miré el almanaque y tuve la
esperanza de que fuera domingo,
pero era martes y no había nada
que hacer. El taxi puso
vallenatos para esquivar huecos
al ritmo de acordeón, ya no
tenía sueño pero si jartera,
sería no ponerle mucho misterio
a la situación y salir de nuevo
a tomar el mundo por los
cuernos: “soy un vencedor, la
vida esta allí para mi
servicio”. Pum, el taxi se chocó
con una moto. Por esquivar un
hueco los dos se fueron uno
encima del otro. ¡No! ésta sí
fue la tapa, pensé salir para la
avenida aunque por ese lugar era
como peligroso, mejor decidí no
moverme del taxi y esperar a que
ese par hicieran algún arreglo.
Pasaron quince minutos acordando
quién tendría que pagar, y yo,
como no había cancelado la
factura del celular, no tenía ni
un segundo para comunicarme con
la oficina. Me bajé del taxi
retando mi suerte y abordé otro.
En la agencia todos me esperaban
pero entré sin saludar y
poniendo cara de bravo, sería
mejor no dar mucha escama. Me
metí en la oficina modular, si a
tres tablones que se unen se les
puede llamar oficina, tenía dos
papelitos amarillos en el
monitor, uno decía que ese día
tendría que tener la propuesta
para el señor de las telas, y el
otro, que pasara lo más pronto
posible por la oficina de
personal. Frente a lo primero,
no había problema porque tenía
tres ideas que no era sino
plasmarlas, pero lo del cabrón
del jefe de personal… habría que
ver. Estaba seguro de que si me
decía algo renunciaría ese mismo
día, ese maricón no tenía por
qué venir a picárselas de jefe,
no sé por qué putas se convirtió
en el lazarillo del Pluma
blanca. Tan pronto como pasaba
algo, tenía que correr a
contárselo. Deberían caparlo y a
su novia deberían cercenarle los
pezones, ¡no hay derecho! El
güevón estaba bien bañado y
tenía una camisa color mostaza,
le lucía más el verde. Me miró
en silencio durante un rato y
luego se puso a decir que la
empresa necesitaba gente
comprometida, que entendiera,
que sintiera lo que pasaba en
ella, en mi mente sólo repetía:
desleal, desleal, desleal,
desleal, hasta que me cansé y le
respondí, que se fuera para la
gran puta mierda y que si alguna
vez en la vida me le cruzaba en
su camino, no me fuera a dar la
espalda. Me paré, fui a mi
silla, redacté la carta de
renuncia, no sin sentir rabia y
frustración. La dejé con la
secretaria. Ya no tenía premura,
caminaba solo por la avenida
Tercera Norte, sin muchas cosas
definidas pero con la imagen de
mi cama aún sin tender. Fui
hasta ella decidido a celebrar
mi desprograme.
Ese día, ya sin ataduras
laborales, recordé que tenía
entre mis sueños visitar un club
nudista. No sé por qué quería
eso, si Cali es un pueblo. En la
parte final del periódico del
domingo, en la sección de
clasificados, aparecen algunos
avisos que invitan a fiestas
liberales y cosas de esas, sin
embargo no quise ponerme a
prueba, primero por miedo y
segundo porque al final eso me
parecía como gay. Dejé al
destino el plan de visitar esos
lugares, además, siempre son los
manes los que están azarando por
lo mismo y para pillar manes
viringos, me meto a las duchas
de la universidad y ya. Mi
refugio era la pornografía, allí
encontraba un consuelo a mis
deseos de ver cuerpos desnudos,
de mujeres obviamente. Desde
adolescente fue mi afición, no
precisamente el sexo real, sino
el ver desnudos. En la escuela,
con los amigos, guindiábamos a
las muchachas en el baño cuando
se cambiaban para la clase de
educación física. También nos
entreteníamos con la sentada de
la profesora de historia que,
con su minifalda, nos dejaba ver
esos calzones blancos y, si nos
concentrábamos, hasta podíamos
verle los pelos negros, negros.
Pero fue en el bachillerato
cuando esto se convirtió en una
costumbre. Hacíamos las tareas
en casa de un amigo para poder
ver películas porno: Cabalgata
Anal, La Puerta Trasera uno,
dos, tres, Cuando Las Colegialas
Pecan; fueron los títulos más
comentados en noveno grado.
También le compraba a José, el
de la tienda, revistas viejas de
Macho y Penthouse, que luego de
manosearlas, vendía en el
colegio. En la universidad todo
cambió, supuestamente yo tenía
que ser más adulto, además ya
tenía noviecita. La calentura de
los once me duró hasta los
dieciséis, cuando se me fue
borrando la cuca que tenía
tatuada en mi mente, fueron
pasando esas fijaciones y sólo
me quedaban ganas de mirar una
película triple x de vez en vez
y, eso que ya por esos días, las
veía por ratos. Aunque no lo
crean, ya me hartaban.
A partir de la Internet descubrí
un nuevo mundo de sexo. Allí,
sin pagar mucho y casi de
incógnito, se puede navegar por
un mundo de pornografía que pasa
por todas las filias, los
amateur, los voyeur y los video
chat donde puedes ver a una
mujer desnudarse en vivo, y
claro, en las noches de soledad,
esta es una buena opción.
Me convertí en un cibersex
adicto, casi pasaba el día
pensando en qué haría durante la
noche cuando estuviera al frente
del computador atrapado por la
red. Cogí tanta práctica que
podía hacer hasta siete
consultas simultáneas, siempre
miraba algo de porno en una de
las siete ventanas que habría,
esto no era malo ni bueno, sólo
que poco a poco se convirtió en
un hábito, casi en una forma de
vida.
En esos meses hice más amigos
virtuales que reales. Tenía un
directorio de correos
electrónicos que alcanzaba
varias páginas, también me saqué
muchos correos de los cuales ya
no recuerdo todas las claves,
tanto así que usaba varios según
el caso: tenía uno para el-ex
trabajo en la agencia; otro para
amigas; otro donde me enviaban
basura, propagandas y cosas de
esas; pero el que revisaba a
diario era el de sexo, allí
tenía fotos nuevas y los
mensajes de muchas personas que
me escribían y a las que yo les
respondía. Llegué a pensar en
que si, por puro experimento,
juntaba en uno sólo los e-mail
que escribía a diario, hubiera
completado una novela al estilo
Sade.
Todo el día de mi renuncia se lo
consagré al ocio. Ya en la
noche, el canal de TV con
pornografía no quería coger,
tenía el cable en el lugar de
siempre pero no, qué va, salían
esos putos predicadores y las
nenas… nada. El día anterior
habían anunciado que
presentarían Emmanuele, la
esperaba con ansias. Decidí
pasar el resto de la noche
dándome un paseíto por el mundo
y, de paso, mirar las páginas de
las amateur y sacarme el polvo
que tenía reservado para la
película.
-Sí, sí, sí, aquí vamos, la
clave, el password, clic, aquí
voy red, si señores todo en
orden y creo que hoy sí está
rápida esta joda, esperemos que
no se caiga, primero es lo
primero, revisar mi e-mail,
buscar la respuesta a la carta
que le envié a Madonna, luego
contestarle a la pelada del Perú
que me mandó la foto medio en
bola medio vestida, me paso al
chat de casadas calientes, me
voy poniendo a tono, si señoras
y señores la página de amateur
con las fotos más atrevidas de
la red, aquí voy como un tiro,
chin, preparando página. La
rutina se repetía de nuevo.
En el chat de Cali, al que
entraba por destrabe, pillé hace
como tres semanas a una mujer
que se describía como atractiva,
decía tener veinticinco años,
delgada y estudiante
universitaria. Le puse charla y,
como el que no quiere la cosa,
nos empezamos a encarretar. Fue
tanto el cuento que desde el
Chat, día tras día, planeábamos
citas que cumplíamos en las
noches; mientras bajaba fotos de
mis nenas, le botaba caspa a esa
mujer, pero como todo se
trasforma, esa noche salió con
el cuento de que si nos veíamos
el viernes. Como sin analizar
bien en qué me estaba metiendo,
le dije que listo, que en
Unicentro a las seis. Ella me
cogió la caña. Toda la semana
pensé en si ir o no ir, la
pelada por el chat era vacana y,
según su descripción física, no
era fea. Al final decidí ir a
verla.
El viernes, justo a horario,
allí estaba la mujer que en el
chat se hacía llamar “Limones”.
Me reí al relacionar la palabra
con su cuerpo, sus ojos como
grandes cítricos me miraban,
mejor se hubiera llamado sandía
o papaya. Pero está bien tener
un nombre amargo e importante
para las ensaladas. Nunca nadie
de la red se había materializado
y allí estaba ella con un
vestido verde y unas gafas
negras; de entrada me pareció
fea, pero bueno, en esto de las
mujeres hay cosas que pasan
después de estar con ellas un
rato. Desde el martes no
hablábamos por el chat y esta
mujer tenía cosas por dentro
además de grasita, la decisión
de vernos fue casi mutua.
Estábamos parados en la
plazoleta del centro comercial,
sin pronunciar ni mu,
confirmando lo que en la red
habíamos tratado de decir de
cada uno.
Lo prometido era deuda y los
helados estaban cerca. Ella
pidió uno de ron con pasas,¿por
qué no habrá pedido de limón?,
yo pedí uno de vainilla, un
helado muy maricón pero muy
rico. Nos miramos intentando no
cruzar las miradas, comimos
helado, hablamos pendejadas, nos
reímos socarronamente y, nada de
nada, no pasaba nada, no surgía
esa magia que había en el chat
cuando me describía cómo estaba
vestida, cuando me contaba cosas
prohibidas, a sabiendas de que
no la conocía; se había roto el
encanto, nuestros rostros reales
esperaban a que pasara algo,
cualquier cosa. Creo que el
juego de hablar con ese otro
invisible pero que responde,
permite fantasear, crear
ilusiones, armar a la compañera
ideal, a la mujer de los sueños.
Ella quiso ir al baño y,
mientras esperaba a que
regresara del baño, fantasee con
las mujeres que pasaban por los
pasillos.
Llené una servilleta con
pendejadas y ella no llegaba del
baño, pensé en muchas cosas:
“¿será que huyó y yo aún
tratando de hablarle?,
seguramente me dejó, hasta
mejor, ya me estaba empezando a
incomodar, no es ni el reflejo
de la que conocí en el chat,
¿será que no vino ella y mandó a
una amiga? ¡Qué tal!, bueno, de
todos modos no puedo irme tan
rápido”. Minutos después llegó
la muy pendeja con todo el pelo
salpicado de agua.
- ¿Y qué?, ¿cómo te fue?
- Bien, bien. ¿Y esto es todo lo
que tenías planeado?
- Sí, sí. O ¿ tenés alguna
propuesta?
- Pues yo no pero si voz tenés
en mente algo…
- Pues… la verdad tengo un
compromiso dentro de un rato.
- Ah, ya, ¿te puedo acompañar?
- Pues no sé ¿vos no tenés nada
que hacer hoy?
- No. Había dejado la tarde y la
noche para estar con mi amigo
virtual.
- Bueno. Acompañame y de paso
hacemos planes para más
tardecito.
- Listo, ¿qué es lo que tenés
que hacer?
- Pues tengo que ir un club
nudista.
- ¿Que qué?, ¿y eso por qué?
¿Eres gay?
- No, no, sólo que tengo que
pensar en una campaña
publicitaria para un sitio de
esos y tengo que saber cómo son.
Mentí vilmente.
- ¿Y sí hay de eso en Cali?
- Sí, hay dos que yo sepa, claro
que eso sólo es para la gente
que se mueve en ese mundo.
- ¿Y qué sabes de esos lugares?
- Que parecen clubes donde hay
varios servicios: piscina,
turco, jacuzzi, pista de baile;
nada del otro mundo.
- La verdad no pensé en algo así
en la primera cita
- Como ya te dije, no es nada
formal, sólo que necesito
conocerlo bien para poder pensar
en una campaña publicitaria.
- ¿Habías planeado ir conmigo?
- No, no, pero si es incómodo
para ti, no importa, yo voy solo
y nos vemos luego.
- No es que sea incómodo, sólo
que la idea me sorprende y ya.
- Entonces, ¿vamos o qué?
- ¿Y qué hay que hacer?
- Nada que tú no quieras -y
enfaticé en el quieras-, sólo
quedarse en cueros y andar por
allí. Disfrutar de la
tranquilidad, caminar libre de
todas las represiones morales,
religiosas, tradicionalistas,
sentirte en órbita con la vida
sin ataduras materiales ni
estéticas, sólo sentir y ya.
- ¿Y eso con qué sentido lo hace
la gente?
- Por puro placer, por libertad,
es como dejar la falsa moral, es
andar sin prevenciones, yo creo
que puede ser bueno como
experiencia.
- ¿Y van mujeres?
- Me han dicho qué van muchas
-mentí de nuevo.
- A mí de verdad me da mucha
pena, no es que no sea capaz de
hacerlo, pero nunca he andando
en pelota por ahí rodeada de
desconocidos, además estoy muy
gorda, que pena si allí hay unas
muchachas bonitas y yo toda
barrigona.
- No seas bobita, allá nadie se
debe fijar en nadie, me imagino
que todos están en su cuento y
listo. Yo lo que creo es que no
sos capaz de ir y que todo el
cuento de la libertad, de romper
las barreras morales, de no
pensar en los prejuicios y demás
cosas que decías en el chat son
pura pose.
- Nada de eso, yo soy
librepensadora.
- Entonces, ¿te animás o no?
- Bueno, pero si no me siento
bien me voy.
- Tranquila que es sólo un
ratico.
Yo no creía que me hubiera dicho
que sí, la niña me salió
capitana, ¿así será de fácil
para todo?- pensé. Era mejor ir
con cautela, qué tal que fuera
jodida. Lo peor era que yo nunca
había estado en un lugar de esos
y lo poco que me habían hablado
no era suficiente para saber
cómo proceder, así que me
entregué a la suerte. Salimos a
la avenida Quinta y cogimos un
taxi con dirección a la galería
Alameda. Allá quedaba el sitio
que yo tenía fichado y de pronto
era bueno.
En el taxi casi no hablamos,
todo lo que nos teníamos que
decir era referente al lugar al
que íbamos y no teníamos muchas
ganas de que el taxista supiera
nuestra aventura, cada uno
estaba como mosca de ventana. A
mí me empezó a dar una emoción
enorme y adivinaba que ella se
quería bajar del taxi pero no
era capaz. Le pedí al conductor
que nos dejara en una esquina,
caminamos ensimismados en
nuestras preocupaciones
morbosas. Timbré y detrás de una
pequeña ventanita apareció un
señor:
- Buenas tardes, ¿para ingresar?
–pregunté.
- ¿Tienen invitación?
- No señor.
Abrió la puerta y pasamos como a
una salita. Vimos afiches de
hombres voluptuosos, la música
era como de esa que llaman
“ambiental”. El mismo señor nos
entregó un par de hojas que
contenían instrucciones sobre el
comportamiento que debíamos
tener mientras estuviéramos
allí. Después nos dio un
recibito para pagar veinte mil
pesos por persona, y no incluía
el masaje -¿veinte mil por
persona, por pelarse?- me
sorprendí pero no dije nada,
saqué la platica y ella ni se
inmutó a poner algo.
Pasamos a una segunda pieza, al
vestier. El mismo señor nos pasó
una bolsa para que guardáramos
la ropa, unas toallas diminutas,
dos pares de chanclas y las
llaves de un locker. Ella se
quedó esperando a que yo hiciera
algo, me dio miedo pero después
de pagar cuarenta mil lucas,
había que cumplir, y bueno,
remplacé mi ropa por una
toallita blanca que intentaba
desprenderse de mi cintura.
Cuando salí del baño ella no
estaba, me senté a esperar
nuevamente, perdí la platica,
pensé cuando la vi frente a mí;
estaba flácida, le colgaba todo,
lo que se veía pasable debajo de
la tela, se había convertido en
una masa gravitacional, sus
tetas pendían de su cuerpo, su
culo se dispersaba desde la
espalda, pero bueno, ya
estábamos allí, además el hecho
de que ella se le hubiera medido
a eso, me hacía pensar que era
una berraca; así que pa´dentro,
además yo solo no hubiera sido
capaz de ir.
Subimos al primer salón y vimos
que no pasaba nada raro, éramos
la única pareja que estaba en el
lugar, había varias entradas
hacia los distintos servicios
con sus respectivos letreros. La
música salsa sonaba un poco más
alto que la que escuchamos en la
recepción. Decidimos buscar la
piscina para ver si
encontrábamos a alguien. Tan
pronto entramos, miramos a todos
lados: no había nadie, qué cosa
rara. Con una mano cogía de la
puntita la toalla minúscula, y
allí entendí el significado de
minúsculo, y con la otra tenía
las llaves del guardaropas, las
chanclas que me dieron eran como
tres números más del que uso.
Ella, bien abeja, cogió dos
toallitas, con una mano se
sostenía la de arriba y con la
otra la de abajito.
- ¿Y siempre es así?
- Debe ser por la hora.
- ¿Y qué hacemos?
- Pues decime qué querés hacer.
- No sé, decí vos.
- ¿Vamos al sauna?
- Listo.
En el sauna encontramos a tres
hombres desnudos que hablaban
muy duro. Lo primero que hice
fue taparme, ellos lo notaron y
se rieron un poco. Un ratito
después, cuando ya tenía las
nalgas calientísimas les
pregunté:
- ¿Y cómo está el ambiente?
- ¿Qué si somos de ambiente?
- No, que ¿cómo está la cosa?
- La cosa se está poniendo dura.
Ja,ja,ja,ja,ja.
¿Y tú estás con tu novia?
Con esa pregunta me corcharon.
- No, es una amiga, y la señalé
para que ella se parara y le
diera la mano a cada uno. El que
no hablaba se llamaba Gabriel y
era pareja del calvito. A mí me
daba pena mirar cómo se
agarraban y se besaban, pero a
mi compañera parece que le
gustaba; tanto que por un
momento ella también se animó e
inició acercamientos conmigo. En
esas circunstancias no tuve de
otra. Así que accedí.
El primer beso me supo como a
mierda, siempre es así cuando
uno descubre una nueva boca,
unos labios distintos, es peor
cuando no te has tomado ni un
trago. Ella me agarró la mano,
sentí su cuerpo más caliente que
sus labios, claro, era la
temperatura del sauna, me paré y
como medio afanado, salí hacia
otro salón, ella se extrañó y
salió detrás de mí.
- ¿Te molestó algo?
- No, mujer, nada.
- ¿Y por qué saliste de esa
manera?
- Es que el calor ya me estaba
ahogando.
- Ah, ya.
- ¿Y querés tomar algo?
- Sí, sí, mejor tomemos algo.
A un lado de la piscina había un
mini bar atendido por un señor
vestido de sudadera azul y
camiseta blanca. Pedimos dos
cervezas que no cobró porque no
teníamos bolsillos. Me sentía
decepcionado, es como cuando se
tiene un sueño y haces todo por
volverlo realidad, pero cuando
ves ante ti aquello por lo que
luchaste, te das cuenta de que
no tiene nada de gracia. Empecé
a sentir pena, rabia, jartera;
había idealizado mi visita a
estos lugares, mis fantasías más
eróticas me mostraban
maravillosas modelos que se
paseaban sin apuros ni ataduras
por mi lado, pero ese sitio
estaba vacío; por allí, de vez
en cuando, se escuchaban voces,
pasaban hombres y una que otra
mujer que distaba mucho de ser
Venus. Luego pensé en que
después de haber pagado, de
haber pasado la pena y de que,
sin querer queriendo, las cosas
se estaban dando con esa pelada,
era mejor hacer la vuelta
completa. -¿Y cómo te sentís? Le
pregunté.
- Bien, pero no me volvería
cliente.
- Yo tampoco soy cliente.
- Bueno, y ¿qué más pasa en
estos sitios?
- Aquí vale todo -puse un
énfasis en el todo para que ella
se diera cuenta de que todo es
todo.
- Y de todo eso, ¿qué haremos
hoy?
- No sé, proponé vos.
- No, decime vos y esbozó una
sonrisa.
- ¿Vamos al salón oscuro?
- Me da miedo.
- Caminá, es sólo por conocer.
- Mejor dejémoslo para otro día.
- Después de estar acá sería el
colmo no ir a ese salón.
- No, de verdad dejémoslo para
la segunda venida ¿si?
- Como vos querás.
Llegamos hasta la puerta del
salón y en la oscuridad del
cuarto se oían ruidos y pequeños
gemidos ¡vida jodida, ocupado!,
me dio pena proceder en medio de
los otros, por eso la saqué
sútilmente, la acaricié por la
espalda, ella estaba sudando, la
llevé a un lado y la arrinconé
en la pared, allí la besé con
pasión, cerré los ojos para
imaginarme que estaba con un
hembrota. Ella se ponía atenta a
todos mis movimientos.
A lo bien, me dio como pesar,
pero ya a esas alturas era muy
cagada patrasiarse. Además un
polvo no se le niega a nadie y
la sensación de que alguien nos
pudiera estar mirando también me
parecía buena. Ella respondía a
las mil maravillas, eso sí
pa´qué, se corría para donde la
acomodara, hacía gestos bonitos,
gemía excitantemente pasito y
yo, como cosa rara, duré un buen
rato dele que dele por los
laditos pero ella no se dejaba
del todo, como si no le gustara.
La sensación de no poder estar
con ella me produjo rechazo,
jartera, quería vestirme e irme
de una. Ella me miraba para
notar mis reacciones y
acompañarme en mis actos. Por
compromiso dije que no
importaba, que lo intentaríamos
después. Ella asintió con la
cabeza, miré a mi alrededor y un
señor en toalla descansaba en
una banca. Le insinué que
podíamos ir saliendo para que no
se nos hiciera tarde a los dos,
acto seguido tomé mis
pertenecías que en ese momento
eran la toalla y las llaves del
locker. Salí adelante, sin decir
palabra busqué mi vestier, no sé
por qué no la vi pero ella
siguió para el suyo. Como era de
esperarse, para desvestirse se
demoró unos minutos pero para
vestirse se demoró media hora.
Ya me estaba emputando en la
salita de espera, pues sólo
entraban maricas y más maricas,
sí que hay maricas, yo creo que
pensaban que yo también era
marica. Salió sonriendo y con
ganas de hacer algo más, yo no
le di marcha, pues pa´qué
ponerse uno en lidias, le dije
que sería mejor vernos en otro
momento, ella captó el mensaje y
no insistió más. Le dije que la
iba a acompañar a la esquina a
coger un taxi, me miró como un
culo pero no se negó. En la
calle, en silencio, mirando para
lados distintos, no sabía cómo
finalizar la velada, yo paré el
taxi porque ella nada que ponía
la mano. Me apresuré a abrirle
la puerta, antes de que se
subiera la intenté besar en la
boca y ella me puso la mejilla,
la pasamos muy rico, te llamo
mañana, ella reiteró su
despedida con la mano.
Bajé caminando por las calles
cercanas a la galería Alameda,
yo no tenía afán, nadie me
esperaba. Por un momento me
agitaba la idea de que me
hubiera visto algún conocido,
era mejor no pensar en eso
porque me quedaría azarado todo
el fin de semana. Pensé en la
computadora, ella estaría
impaciente por darme más bit de
pasión.
Otra fantasía que se derrumbaba,
tenía que buscar otra
posibilidad de seguir aplazando
el suicidio, pero no es tan
grave si sólo estoy solo, y qué
más da, nacemos solos y morimos
casi siempre solos, qué afán de
andar buscando pareja, de
complicarse la existencia en esa
opresión casi imposible de unir
dos vidas, siempre habrá uno que
salga perdiendo en el
incontrolable juego de ceder
hasta que se rompan las
costuras. A veces se me ocurría
que de pronto la cigüeña se
despistó, que de pronto algún
viento raro la desvió y me dejó
tirado en esta ciudad sin mar,
donde el calor y la injusticia
crecen a diario, la capital de
vivo-bobo, quién puede así. En
mi computadora bloqueé la
entrada de correos de mi amiga
la gordita. Necesitaba olvidar y
para eso, nada mejor que un baño
de esos de resurrección, mandé
el sudor por el desagüe, también
la loción barata, y muchos roces
que no se querían salir se
fueron a punta de estropajo y
paciencia. Mis amigos dicen que
no hay nada que con paciencia y
cremita no afloje, ¿será que la
vida se empeña en dejarme las
cosas buenas para el final, para
cuando ya no tenga nada que
hacer?, ¿será que la mujer de mi
vida me la levantaré a los
cincuenta cuando ya no se me
pare? Ya bien bañadito me
entregué a los designios de mi
computadora que me estaba
esperando para salir juntos por
el ciber espacio, clave,
password, conectando con…
Bueno, falta esta viejita por
llegar ala ventanilla y por fin
ya podré pagar esta joda, paso
por donde un vigilante que
aguanta todo el día madrazos, me
requisa con un aparato plástico
para detectar si llevo un arma,
yo creo que ni funciona; en la
caja, saludo de buenos días al
señor con el ceño fruncido y las
manos color sello.
De regreso a casa me pregunto
por qué no me va bien si sigo al
pie de la letra los diez
mandamientos. No robo, no mato,
nuca miento en cosas
trascendentales, no codicio las
mujeres de mis amigos (bueno, sí
las codicio pero no me las como,
o por lo menos no cuando ellas
no me caen), amo a Dios sobre
todas las cosas y por ende a
todas las cositas ricas que él
mismo creó como extensión de sí
mismo. No tomo el nombre de Dios
en vano, de hecho poco tomo. Con
respecto a codiciar bienes
ajenos, trato de ser muy
austero. Intento santificar las
fiestas en las que estoy, honro
a mi padre y a mi madre sin
discusión. No cometo actos
impuros. No voy rumbo de la
canonización, pero si logro
aguantar así hasta mi muerte, me
tocará un lugarcito fresco en el
ardiente infierno; aunque ese
lugar, según el Papa, ya no
exista.
Cardinalmente opuesto a las
sensaciones que perturban,
tremendamente entregado a los
suplicios y a las esperas,
hablando con un perro mudo y una
planta que no florece, detrás de
las preguntas hay una que, de
tanto recordarla, se ha ido
destruyendo.
Abro la nevera cada diez
minutos, en el sillón verde
continúo haciendo tributos a la
espera, tomándome basados de
desidia, lastimándome la
esperanza. Secuestrando mi
paciencia entre rencores y
frustraciones, hoy me acostumbré
a estar solo. Ya no se me hace
raro releer los libros viejos y
mí soledad es la ausencia
apaciguada por los años. En la
mañana preparé un café muy frío
y celebré mi hazaña; al medio
día me rebelé, sólo me comí un
banano y celebré mi hazaña;
caída la tarde me abracé al
ventilador en su mayor potencia,
ordené los libros por tamaño;
luego los cambié por colores y
en la noche los acomodé por
temáticas. Casi no me duermo
pensando en lo que haría al día
siguiente.
Si sé que no debo madrugar para
qué me duermo, mejor quedarme en
la cocina sin luz esperando a
que salgan las cucarachas o
ponerme a llamar a casas y
despertar por despertar. La
soledad es eso, ser, ser, no
pretender, y allí no hay locura,
sólo la sensible posibilidad de
hacer lo que se me dé la puta
gana. La nostalgia coge partes
de mi cuerpo, pero qué va, esa
se acostumbró a no joder tanto.
También hablo con seres
imaginarios, esos que aparecen
después de varios días de no
hablar con humanos, ellos
resultan más fieles que Lassie.
Me emborracho sólo los lunes,
como y mastico con la boca
abierta. Salgo a la calle detrás
de prostitutas, sé que depende
de ellos, de los que se empujan
sin mirarse en las calles,
también sé que seguramente
vendrán por mí, pues no hay nada
perfecto en este mundo.
VIERNES 23 DE AGOSTO DE 2002
Me sabía la boca a trago, quería
tomar pero no hasta despencarme
porque me daba boleta,
necesitaba un drink. Tenía
plata. Eso había que festejarlo.
Lo único malo era ese puto dolor
de muela leve y constante. Ella
dolía y yo la alborotaba
haciendo presión con la lengua,
con los dedos, con los demás
dientes, seguro de que no se me
quitaría nunca. Era como esos
uñeros eternos que me dolían
cada que los apretaba con los
dedos. Desde la seis de la tarde
inicié mi ronda de birras, la
primera fue para la sed, la
segunda porque había comprado
dos, pero me antojé de otra y,
siendo viernes y con plata, ¿por
qué no?, mejor dos de una vez
antes de que anocheciera.
Sentado con el teléfono en el
pecho, revisé la lista de
números en mi libreta, la leí
una y otra vez recordando caras,
deseos, olvidos, ¿quién será esa
Paola?, ¿será Ortiz u Orozco?
Busqué primero las amigas que
estaban buenas así tuvieran
novio. Busqué también a un amigo
que pudiera tener amigas o, en
su defecto, carro para patrullar
muchachas. Me conformaba con uno
que viviera solo y se animara
para la rumbita casera. Llamé a
Laura. Se había muerto hacía dos
meses, aproveché y di el pésame;
Camila estaba enferma. Mónica
había conseguido novio y estaba
en el periodo del
encacorramiento. Patricia me
insultó por un chisme que le
contaron. Hacía una hora que
Carolina me había dicho que en
diez minutos me regresaba la
llamada. Marta no tenía ganas de
salir. Sofía estaba donde la
abuelita; a María se le había
enfermado la tía, ¿será que le
dio pena decirme que no?
Margarita, Lupe, Constanza, ya
no vivían en las casas a las que
las llamé. El teléfono de la
superreinamamilinda de Clara,
estuvo ocupado durante tres
horas; Lucy estaba embarazada.
Teresa se casó y Susana se fue
del país. Tenía números de
celular, pero ni pendejo que
fuera para pagar un dineral por
una llamadita; Paco me dijo que
listo, que saliéramos pero si le
levantaba una pelada; Mario dijo
que sí, que si lo llamaba cuando
se le zafara a la novia
armábamos parche; Rubén como que
se volvió cacorro porque me dijo
que saliéramos sin viejas; y
Felipe, como siempre, no tenía
plata, dijo que si le prestaba o
que si le gastaba, salíamos;
para qué voy arrastrar antenas.
A esas alturas, con varias
birras en mi cuerpo y la plata
lista, me fui por más trago
antes de que me cerraran la
tienda. Ni modo de ir al estanco
porque le debía una caneca de
ron al man; puse la radio para
asistir a la instigación a
fiestas que hacían los
locutores; decidí no salir, ya
no pensaba en beber con
moderación, pues al fin y al
cabo, estaba en mi casa y si me
pailiaba, me acostaba. Antes de
que se me acabara la última
fría, puse en la nevera todas
las botellas. No compraba
cerveza en lata porque esas dan
lectospirosis. Desconecté el
teléfono y entré a Internet,
inicié por un chat donde todos
los babosos reprimidos gozaban
insultándose mutuamente, yo sólo
leía como asistiendo a una
conversación de amigos, revisé
varios correos mientras me
molestaba la muela. Me dolía
desde que me la tiré partiendo
la pepa de un chontaduro, tenía
ganas de fumar pero esperé a que
me dieran unas incontrolables,
además el humo incomodaba a los
de la casa.
Me animé y entré al chat.
“Su madre la sietetetas, la que
se la comen los bulteadores de
la galería de Siloé, la
pirigalluda, la que vi
trabajando en la diez, todos los
de este chat son unos
malparidos, blenorrágicos,
desocupados”.
Gozaba leyendo los demás
improperios que mis contertulios
quisieron compartirme. No está
bien ponerlos aquí por respeto a
los lectores y posibles
guionistas. Sólo les diré que
barrieron con mi santa madre,
insultaron mi virilidad,
pasearon el castellano por todas
mis partes pudendas y me
maldijeron hasta la sexta
generación.
Después de este nutrido
intercambio léxico morfológico,
metafórico y poblado de símiles
y de analogías, me retiré y
viajé por la red cual hombre
araña. Me inmiscuí en un
laberinto sin salida, encontré y
desencontré deseos y olvidos.
Ojeé revistas del mundo, caminé
de mi pieza a la nevera, pillé
lugares de amistad, mujeres
despojadas de sus vestiduras,
bajé música en mp3, traduje al
español canciones de U2, hablé
con un amiga ecuatoriana en el
MSN, hice todo un viaje
intercultural, me sentí un
hombre de mundo y brindé por
eso, estaba unido a la humanidad
por un cable telefónico. Todos
sabían que estaba allí pero me
sentía solo, con la esperanza de
encontrar a otro ser en el mundo
con la misma soledad, y hacer
que nuestras almas se unieran en
un cibernético aliento.
Desde que llegó la computadora a
mi casa, la vida era otra cosa.
Ya casi ni salía, intimaba de
manera intrépida con ella, no
era del todo original, ella era
un cloncito rendidor, aún no la
comprendía totalmente porque
claro, era mujer, pero creía que
podíamos convivir, ayudarnos
mutuamente. No podía confiar del
todo en ella, por eso la tenía
al lado de mi cama. No tenía una
computadora rechimba; es lo
mismo que con las mujeres,
siempre que te ennovias aparece
una mejor y con más funciones;
pues así son las pc. En la que
ahora escribo no es la gran
cosa, es más, le causa mucha
dificultad hacer algunas
operaciones, pero para este
relato aguanta, aunque… aquí
entre nos, este texto ya lo ha
borrado varias veces, pero aquí
está porque hago copias de
seguridad, es que estos
programas piratas son muy
inestables.
Me zampé la última cerveza, era
prudente que no tomara más, la
pantalla se movía, me estaba
riendo como agüevado, busqué en
la cocina y, gracias a San
Etílico, hallé media botella de
Cariñoso que es dulzón y entra
suave. Seguramente sobrevivió a
la ancheta de navidad, tomaba y
escribía… Hablé con una griega
que sabia español, con un señor
que quería hacer negocios
conmigo. Me dieron ganas de
bailar y bailé. Hasta me animé
para salir, pero ya eran las
12:47, a esa hora no tenía nada
que hacer, ya había perdido el
año. Contrario a lo que pensé,
el Cariñoso me entró en reversa
y ahí sí que no se quedaron
quietas las letras. De inmediato
me desconecté dejando varias
búsquedas inconclusas, además no
quería más nada. Me metí en las
sábanas y no me importaba que
los zancudos me picaran la cara.
Pensaba en qué habría sido de mí
si hubiera salido, seguro
estaría bailando elegante con
alguna woman. No sé cuándo me
dormí, pero soñé con una amiga
del bachillerato, ya no me
acuerdo que pasó en el sueño.
¿Por qué será que en Cali el sol
tiene que meterse por la ventana
para levantarlo a uno? El calor
me despertó, sudaba, me
deslizaba hasta lugares fríos de
la cama. Lo que me hizo parar
fue la seca de la garganta, la
sentía carrasposa, me paré un
poco mareado, di tumbos hasta la
cocina, busqué en la nevera lo
más frío que pillara. No vuelvo
a beber –pensé-, eso es muy feo,
yo no sé uno por qué es tan
marica y paga para envenenar su
cuerpo. ¿Será que la puta
memoria no es rencorosa?, todo
me sabía a mierda y quería
quedarme inmóvil, parar, no
hacer nada.
Mientras trataba de enganchar de
nuevo el sueño, a mi puta
memoria le dio por evocar esos
días de rumba donde habían
parches establecidos: El
bohemio, puro parche guitarra,
donde se pasaba de La masa a
Héroes del silencio con rapidez;
el parche finquero, aguantaba si
uno estaba bien acompañado,
porque sino terminaba borracho o
aburrido; el parche chiva, ese
era bueno porque resultaba
divertido pasar la noche de un
lado para otro entrando y
saliendo, saludando aquí y
despidiéndose por allá, sólo que
para ese se necesitaba carro,
escogíamos una zona no muy
grande porque ni la noche ni la
gasolina rinden para jugar tenis
con la ciudad; parche casa de
amigo, para mí ese era el mejor,
allí uno se acomodaba como rey
siempre y cuando el amigo
estuviera solo, salía barato, tu
escogías la música y, cuando te
rascabas o resultaba un levante,
habían piezas gratis. Claro que
este último tenía sus
limitantes, por ejemplo los
vecinos que no toleraban un
after party bestial, y las nenas
que casi nunca podían amanecer
en otras casas. Había que salir
al sereno a llevarlas, claro que
si eras jodido, las mandabas en
un taxi recomendadas ante la
Santísima Virgen; por último,
está el parche coliada de
fiesta, éste resultaba ser el
más provechoso en términos
financieros, no era si no ubicar
una fiesta: 15 años, matrimonio
o grado, había que llegar
tardecito para no quedar en
evidencia. Encontrábamos trago,
comida y niñas bien vestidas.
Claro, nada es perfecto, muchas
de las niñas andaban con la
familia o con los babosos
hermanos y novios. La otra es
que en esas fiestas la música
era desastrosa, los viejos
barrigones saltaban y daban
espectáculos bochornosos
bailando house en círculo y
haciendo coreografías con sus
esposas que, casi siempre, era
unas cerdas metidas, a punta de
crema para manos, en minifaldas
minúsculas. Por todo eso, era
mejor quedarse en la calle y
entrar sólo a bailar, al baño y
a comer. Recuerdo otras fiestas:
las de cuota, los bazares, los
bingos, el día de padre, de la
madre, el día del amor y la
amistad, el 24 y el 31 de
diciembre. Allí el jolgorio era
general y multigeneracional,
aprovechábamos para conocer,
intimar y reseñar alguna nueva
conquista.
En cualquier parte se necesita
plata para rumbear pero a mí no
me importaba. Ahora, con los
años, aprendí que siempre es
bueno tantearse el bolsillo y
medir los gastos para poder
tener una velada sin
sobresaltos. Me cansé de dejar
el reloj y la cédula en bares y
discotecas, me cansé de llegar a
la casa a pedirle a mi mamá que
me pagara el taxi, de las
patoniadas monumentales para
llegar a dormir, de las largas
noches tomando agua y
gorreándole conchitos a los
amigos. Si no tengo plata me
aguanto, miro la TV, salgo a la
esquina y tiro banca hasta que
se me borra la raya. Es mejor un
buen canequito entre vecinos que
rogarle a un barman para que te
dé un caneco por la libreta
militar. Y esto sí se los digo
con la mano en el corazón: no le
gorren trago a los cacorros,
ellos creen que todo hombre
tiene un marica por dentro y se
empeñan en desenterrártelo para
luego enterrártelo, esos son
requetetraicioneros. No se fíen
que uno se emborracha y pierde
el año, lo digo porque me lo han
contado.
Soy descendiente de imperios
anónimos, soy heredero de
fortunas haladas, soy el mejor
guerrero de cócteles y picnics y
me moriré sin darme cuenta, sin
agonizar, me desdibujaré en la
penumbra lentamente, lentamente
con la tristeza de los que nunca
conocieron mis atributos.
Dentro de mis amigos de farra
estaba Paco el nostálgico, a ese
man no le gustaba tomar y lo
retábamos hasta que se metía su
guarilaques. No era sino que le
entraran bien y parecía una
máquina del tiempo, empezaba a
evocar, siempre era lo mismo, le
daba por las canciones, primero
las de Piero, Leonardo Fabio,
Serrat, Sandro (tus labios de
rubí, de rojo carmesí, parecen
susurrar mil cosas sin hablar y
yo que estoy aquí sentado frente
a ti…) para después pasarse a la
salsa pesada, cantaba el
estribillo y todos lo seguíamos
como podíamos; allí, Lavoe,
Blades, Cólon, Ismael Miranda,
Los Lebrón… bueno, teníamos
repertorio para la noche. Luego
se le venían a la memoria los
amigos ausentes, sus recuerdos
nos aguaban los ojos y ya no
éramos quince destemplados en un
andén sino quince pendejos
ojiaguados relatando historias
de los muertos: ¿te acordás de
esa vez…? ¿Cómo así, él fue el
que…?, ¡qué Dios lo tenga en su
gloria! Siempre el que se
orinaba los momentos álgidos de
las noches era Silvio. A ese man
sí que le gustaba pelear. Todos
esperábamos el instante en el
que se le volara el genio por
cualquier cosa y se tirara lanza
en ristre contra cualquiera de
nosotros; un día se sintió
porque no le creímos que se
había comido a Laura, la hija de
don Chucho el de la tienda. Se
llenó de motivos, nos miró feo y
le mandó severa patada a Mario
Toro. Pobre Mario, nada más se
cogía las güevas para que no se
las estropeara más. ¡Uy! Me
acuerdo de Mario, ese pelao era
muy raro: se tomaba los blancos
del Valle y le daba por
torcernos los ojos, mejor dicho,
se le aflojaba la cola, cada que
íbamos a miar él se iba dizque a
hacer lo mismo pero era falso.
Nos guindiaba la verga, yo lo
pillé; bueno, pero el caso es
que un día Silvio se emputó y lo
encendió con un riel de quimba
que nos tocó meternos a los
demás, yo le mandé su patada a
ese man por arrebatado, ¡qué
como es que le va andar cascando
al pelado!, ¡qué vea que somos
amigos! Se calmó, pero por si
las moscas, no le dimos más
trago y yo me le hice lejitos.
En el andén no había afán, el
que quería se entraba para su
casa, no había mujeres y
podíamos tirarnos pedos, lanzar
gargajos y sacarnos mocos con
frescura. La gente pasaba y nos
miraba pero qué va, nada pasaba.
Mejor evitar que la nostalgia me
coja. Ellos ya son parte de esa
historia irrepetible de mi
existencia.
Salí sólo acompañado de mi rabia
de muchos días, a patear el
mundo, recorrí calles oscuras
esperando a que un ladrón me
sorprendiera para enfrentarlo,
me puse ropa negra y roja, la
correa de taches y las botas
puntudas. Tenía que cobrar
venganza, acechar, mostrarme
hostil. Caminé por entre la
muchedumbre en las afueras de
los bares, reté al tránsito
alebrestado del viernes, encaré
a varios tombos malgeniados,
pero nada, el mundo impávido
nada que reviraba, y yo ya me
mamé de quebrar vidrios, de
pintar paredes ¿por qué será que
nadie quiere dejarse tentar? Los
puedo atender a todos después
que se vengan de a uno, pero
nada, aún nada, y entonces ¿cómo
sacarme esta puta piedra?
DOMINGO 8 DE SEPTIEMBRE DE 2002
10:45 AM
El domingo llegaba rápido pero
avanzaba lento. Cuando todos
estaban acostados en mi casa, yo
aprovechaba para salir a comprar
la prensa y pandebonos
calientes. Hacía chocolate, me
tomaba un litro de agua fría,
leía el periódico por pedazos,
en los clasificados buscaba
trabajos que no implicaran
madrugar mucho. Lo único que
encontraba eran avisos
solicitando vendedores y más
putas. Lo demás, puras fantasías
o trabajos del mínimo que sólo
servían para que la familia y
los vecinos no lo vieran a uno
acostado todo el día. Así me la
pasaba buscando entre las
páginas algunas cosas para
distraerme pero era inútil, a
pesar de que leí casi cuatro
páginas de oferta sobre empleos,
nada me llamaba la atención, no
quería ser mensajero, ni
cobrador, mucho menos vigilante,
ni vendedor puerta a puerta, o
panadero-pizzero, qué tal yo de
conductor de taxi. Además, no
podía emplearme de tiempo
completo porque todavía estaba
viendo algunas clases en la
Universidad. Pensaba en el
clasificado ideal: “Se necesita
joven creativo para proyecto
cultural y educativo en Cali,
buen sueldo y flexibilidad
horaria”. Pero qué va, eso tan
bueno no existe.
Cuando me desperté estaba tan
desparchado que hasta pensé en
llamar a la nena nueva era
tuerce alambres o a la limones
podridos, pero ¿qué les diría?,
ni modo, además ¿qué haríamos?,
llevarla a la piscina porque es
lo único que un domingo deja
hacer a los acalorados caleños.
Qué pena, con esa barriga que
tenía ella y andar por ahí
exhibiéndola. Eso no aguantaba.
Al río sería prudente, pero a
Pance llegaba mucha ralea y qué
va, no era para sacrificarse
tanto, tampoco es que sea de
sangre azul pero no me imaginaba
bañándome con totuma mientras
los demás bañaban sus perros y
sus carros. Claro que si llevaba
a la muchacha más arribita donde
están los charcos bacanos de mi
Pance, de pronto nos cogía la
guerrilla; jodido de nuevo. Era
mejor no torear al destino y
esperar a que pasara el tiempo
infernal y despiadado. Pensé en
que ese día sería un día más
viejo, podía hacer muchas cosas
y estaba allí atolondrado
mirando muñequitos y practicando
el rasquimbol, el deporte
nacional. Sería paciente. ¿Será
que por tanta paciencia que
hemos tenido en este país, los
vivos han hecho lo que se les ha
dado la gana con nosotros? Era
mejor no torear más el tema, era
mejor retozar y esperar a que un
milagro llegara, o sino, que
vinieran los gringos y nos
compusieran esta joda.
Qué domingo frío, melancólico,
aunque sabía que hacia el medio
día llegaría de nuevo el bendito
y secador sol. La casa se
llenaba del olor a chocolate que
aprendí a preparar con mi mamá.
No sabía qué hacer, la
inutilidad y la ansiedad nunca
logran hacer buena pareja, eso
me inquietaba. “Parejas”, una
palabra tan plural pero tan
singular al mismo tiempo, no
lograba entender qué
significaba. Tenía muchas ganas
de hablar pero aún era de mañana
y no estaba bien llamar a
alguien para que me dijera que
estaba enguayabado, que boleta
despertar a los amigos para que
me salieran con el “hablamos
luego” o “de pronto nos podemos
ver mañana”. Tenía montones de
trabajo, tres libros nuevos que
debía leer para una clase en la
U. Pero sólo pensar en mi alma
mater me daba escalofríos.
Decido ponerme a botar letras en
el pc y escribir una columna
para el periódico de la
Universidad sobre la juventud y
las artes en la postmodernidad,
¡qué maricada! Escribí tres
reglones y descubrí que no tenía
ánimo de hacer nada, estaba como
para quitarle las pilas al
reloj, ponérselas al control del
tv, arroparme y pasar de canal a
canal mientras me diera hambre.
Quería dormir revolcándome como
una sanguijuela entre las
sábanas, evitando los recuerdos.
Qué días extraños los domingos,
días en que por pura genética no
se puede hacer nada, si acaso ir
a cine o a un partido de fútbol,
pero nada más. Tragar saliva es
rico después de un desayuno
saludable, lo disfrutaba. De
nuevo con el periódico en la
mano pensaba en qué pasaría con
los millones que se robaron los
del Municipio, qué se habrán
comprado con eso o qué se
comprarían; yo con un pedazo de
esa platica me hubiera hecho a
una casa grande para poner una
panadería, y a comer pandebono y
a piropear muchachas, dedicaría
mi existencia. Eran las once de
la mañana y me entró la culpa
por gastar el tiempo viendo en
la tv tantos muñequitos
cabrones. Como para hacer algo
busqué refugio en mi amiga la
computadora, que desde su
Windows me apreciaba y me dejaba
disponer de su Word, me llamaba
a escribir. Me sentía seguro
frente a ella, estaba cómodo
aunque había situaciones en las
que respondía mal, pero la
reiniciaba y era como si todo
arrancara de nuevo.
Sigo escribiendo porque escribir
es lo único que no me hace daño,
mejor aún, es lo único que puedo
hacer sin sentir culpa. Al
llenar páginas y páginas de
ideas y de pendejadas, que son
ideas mal pensadas, vacío toda
mi cabeza de tantas fantasías,
frustraciones y traiciones.
Habito los personajes, me visto
de historias, hago una trinchera
de mi realidad contra la
realidad en medio de la realidad
y pese a ella. Nací necio en
este puto país de mierda donde
estoy acorralado por el odio y
la desidia. No traeré hijos a
esta tierra donde cada vez
sentimos tanto caos y desespero,
sé que el fin está cerca, cada
día nos pisa los talones con más
fuerza y terminaremos replegados
en el mutismo, ya no tendremos
más misericordia con las
angustias. Una tierra sangre,
paraíso perdido entre el no se
puede y el no se debe. Tierra
linda pero llena de trampas en
esta latitud del globo reseco
por la calentura, ¿qué hacer? Yo
como que me uno a las beatas del
barrio en la tarea de aferrarnos
a las hostias.
Qué va, el cuento de la ciudad
de la salsa es un asunto para
agencias de viajes, no somos
ningún sueño atravesado por
ningún río o (caño mejor), ¿qué
porque los intelectuales de a
peso y las cuchibarbis se
agolpan en bares lúgrubres, en
la Bodeguita Cubana o en la
Taberna Latina esto es la ciudad
de la salsa? Pues no me parece.
Tampoco creo que tres orquestas
flojas puedan cambiar la
identidad de los montañeros para
inscribirnos en las listas
mayores del son y el guaguancó.
Yo me patoneo mi calicalentura y
no encuentro acomodo, asidero
como diría mi abuela. Lo mejor
en este valle de incertidumbres
y de desencuentros es no pararle
muchas bolas a los que con
alevosía se desgañitan frotando
a Cali por todos lados. Esta es
una ciudad de mierda, todos los
que vivimos aquí estamos cagados
y con el mar a dos horas de
curvas y de guerrilla. Ni pa´qué
hacer el viaje a Buenaventura si
es otro cagadero peor. La vida y
la muerte están juntas, sólo es
cuestión de tiempo, de que
llegue el momento, que por esas
casualidades nos muramos y de
allí a contar con suerte para no
reencarnar en un palestino.
El viernes vi un muerto mientras
venía de pagar los servicios. No
fue el primero ni creo que sea
el último que veré. A éste lo
bajaron dentro de su carro,
quedó con cara de extrañeza ante
su nuevo estado. Creo que no
sufrió mucho. Es que a unos se
la ponen muy complicada para
morir, y sólo para quedar con
cara de mártir. Este ex-vivo que
quedó obstaculizando el tráfico,
fue el tema de vendedores de
dulces, limpia vidrios y
ciclistas que regresaban de
trabajar. Después del caos
ocasionado le hicieron el
levantamiento y no pasó nada. La
vida regresó por la misma calle
y ese muertico entró en la lista
cada vez más amplia de los
muñecos, de los que pailaron, de
los que la fusión de plomo y
odio trasforma en cadáveres.
Aquellos que por las cosas del
destino se ganaron un pasecito
vip al más allá. No se sabrá del
todo quién fue ni por qué. En la
historia del levantamiento
estarán los impactos de bala,
quedarán localizados con
calibre, fecha, hora y lugar,
quedarán las características
físicas de la víctima, y lo
demás, entrará al limbo de lo
que es mejor no saber. Cuando
logramos pasar el trancón que
formó el suceso, el tema del
colectivo fue la muerte y lo
peligroso de la ciudad. Tres
cuadras más adelante una
bicicleta que cruzó
imprudentemente tuvo un
encuentro cercano con el
colectivo en el que yo iba, ya
el muerto pasó a un segundo
plano y la discusión fue sobre
quién tuvo la culpa de ese
incidente, yo sólo fantaseaba
con la idea de largarme a vivir
en el Pacífico, entre negras
espléndidas, que bailan currulao
mientras yo me zampo un sancocho
de pescado y tomo biche, por
algo el destino me puso tan
cerca del Océano.
No me queda si no escribir
porque camino por una ciudad
cada día más extraña, donde los
ecos se pierden en un falso
civismo y en una tolerancia que
raya en la pendejada. Yo no
conozco el Cali de los juegos
Panamericanos ni mucho menos vi
a Jovita ni a Riverita, ¿qué es
eso del Charco del Burro? No me
digan que la historia de los
años 60´s la escribió un
tartamudo decadente embutido de
maracachafa que le dio por
matarse en el 77, el mismo año
en el que yo nací. No gozo
caminando por la Sexta, me
importan un culo los hongos de
Pance, ni para qué el club
Colombia o el San Fernado. El
Parque de las Banderas es un
tremendo mantequeadero y hay que
estar en la jugada o te roban.
Ni las Tres Cruces ni el Cristo
Rey están en mi Cali. Los
referencio como sitios donde
roban. ¿Qué putas es Cali?, no
me digan que es ese barrio
Obrero contado por un miserable
lavaperros. Ese no es mi Cali,
en mi Cali no hay putas ni coca,
no existe Juanchito, no hay
aceleres, no hay nada. A duras
penas estoy yo esquivando huecos
y esperando a que un carro bomba
me vuele a la mierda.
Omar Felipe Becerra Ocampo
Gentileza:: OMAR
FELIPE BECERRA [
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