paginadigital logo

Omar Felipe Becerra Ocampo
 

 | LITERATURA | CONFERENCIAS |  EXPOSICIONES | 

 
 
   

Home

Colegios

Universidades

Guía Comercio

Industria

Clases

Cursos

Seminarios

Eventos

Arte

Exposiciones

Galería de Arte

Literatura

Textos

Cine

Teatro

Música

Música Clásica

Teatro

Cine, TV, Video

Noticias

Artículos

Museos

C. Culturales

Concursos

Carreras

Becas

Posgrados

Taller literario

Servicios de Internet

Solidaria

Profesionales

Librería

Lectura - Textos

Foro de discusión

Links

Mapa del sitio

Omar Felipe Becerra Ocampo


 


<< Anterior

 

Llegando a San Antonio empiezan a aparecer Teatros de casa donde presentan la misma obra todo el año, señoras y señores en las ventanas esperando la visita de la muerte, muchachos hablando en las esquinas. Ya estoy mamado de subir, pero fuerza que ya voy llegando, veo la montaña y los primeros novios devorándose táctilmente, los mariguaneros eternos luchando por alcanzar la nube, la fila de carros que buscan espacio, varios señores agitando pañuelos rojos. Ya hay brisa, me siento rico, veo las ventas de champús, de arepa con queso, de chuzos de res y de pollo; veo las bancas y las raíces de los árboles que sirven para enamorados en busca del primer último beso, para adolescentes pícaras que desde el cerro tratan de ver por dónde viven mientras sus novios les van quitando el sostén; viejos corrompidos que se juran amor eterno ante Cali; turistas que apuntan con sus cámaras y agotan rollos de Nikon; veo a los inflamables magos del rebusque que comen fuego, a los que se acuestan en vidrios, se contorsionan y retuercen mientras hacen chistes flojos para que nos bajemos de unas cuantas monedas; más al lado están los artesanos que de cuanta pepa ven sacan un collar y, los pintores de sprite que con un tal pirograbado dibujan constelaciones con cascadas. “Estoy en la cima”, pienso mientras busco donde sentarme. La noche cae, los faroles se encienden, delinean carreteras que llevan a suburbios, los novios se tocan más apasionadamente, los primeros borrachos ya aparecen dando lora. Salgo de mi letargo por la insistencia de una gippisita impregnada de los rezagos de una revolución de burgueses a los que se les pegó el eslogan de paz y amor. Ella dice hacer trucos con metal retorcido, insiste en que la escuche sin ningún compromiso y yo la atiendo mientras con sus manos voltea y enmaraña dos alambres multiformes: ahora hágalo, “si separa las dos partes se lo regalo”, más por un reto que porque de veras quisiera esa pieza, intento, de varias maneras, sacar lógicamente un alambre del otro, pero no puedo. La miro con desgano y le digo que gracias, que hoy no tengo para invertir en estímulos a mi mente. Hace cara de haber desperdiciado tres minutos a mi lado pero luego se sonríe y me abraza diciendo que le da alegría verme de nuevo, dice qué varias veces fue al bar y no me pudo encontrar, me mira y dice que siempre es bueno volver a ver a los amigos y que si la acompaño a la casa de unos parceros a tomar y a escuchar música. Tras ese cambio la miro fijamente pero no, la verdad no es un rostro familiar. Se me sienta al lado y me dice ¿por qué no has vuelto al bar, mi amigo de los zapatos raros? Sí, claro, es allí en ese maldito bar de donde salen las conquistas más suigeneris del universo, no soy incapaz de decirle que yo la había estado esperando en la barra en la barra como un marica. De una saco mi libreta, le pido el teléfono y el e-mail, le digo sería muy rico tomar algo con ella un día de estos, o mejor fumar, el día de San Blando que no tiene cuando. Sí señor, estoy a tus ordenes, la abrazo como en velorio, pienso que estoy de malas hoy por no tener plata para irme con ella; mientras, me deja oliendo a pachulí, ¡uy!, que jodido quedo. Se marcha colina abajo moviéndose como un sonajero andante y sin dejarme un mísero alambre retorcido.

Pregunto la hora y me voy rumbo a casa. Bajo la montaña hacia la Quinta, me paro debajo del puente donde aún hay gente esperando transporte y esquivando ladrones. Allí está mi ruta, trae puesto, eso sí es suerte. Me incrusto en uno de los asientos dobles, pienso en que ojalá al lado mío se siente una bella mujer porque casi simpre se me sientan unas gordas que no sólo me aprisionan contra el vidrio sino que para salir hay que saltarlas. El colectivo se para quince minutos esperando que se ocupe todo y pienso que si algo necesito en la vida es un carro, con un carro me conformo, uno normal, tampoco pido una 4x4, lo que sea que ande siempre que no sea ni Fiat, ni Renault 4, que están muy boletiados y para estar empujando, mejor a pie. Es que tener un carro es importante, bueno y útil. Esos aparatos provocan una magia en uno, todos los que tienen carro son como más bonitos, sonríen a la vida, además, esos aparatos ejercen una atracción casi fascinante en las mujeres. No sé si piensan que el que tiene carro también tiene plata o por lo malo del transporte público o por lo peligroso de las calles, es mejor tener un novio con el que no toque caminar mucho, o ¿será que el deporte local es lucir carro, dar y dar vueltas, salir a ver gente y a que lo vean a uno?, mirá pero no me toqués, hablame si tenés en que recogerme. Qué bonitas épocas donde los hombres se levantaban las viejas con palabras bonitas, con buenos propósitos, mi amor unámonos y cambiemos el mundo, ¡qué va!, hoy lo primero que te preguntan es ¿y en qué andás? Y yo que hasta la bicicleta la tengo pinchada.

Llegando a mi casa veo a los amigos de infancia sentados en los andenes de la esquina, pero ya más cerca veo que no son ellos, que son otros amigos, haciendo lo que hace ocho años hacíamos nosotros, perdimos nuestra esquina con esos culicagados. Incluso vi gatear a muchos de los que hoy están fumando y besando niñas que jugaban barbies y a la escuelita, ellos son los dueños, los qué van contra el mundo. De mis amigos no quedan sino algunos por allí desparchados, el agite y la vida nos tienen engarzados, ya no somos sino recuerdo de las fiestas de cuota con una bola de espejos, un estrover y música de emisora. Allí sí se bailaba rico y barato. Nada de recoger a las muchachas, todas vivían en la esquina, les gustaba el vino Cariñoso, la Coca-cola; las casas de los amigos se rotaban. En la mía se hicieron un par de rumbas, los cassettes rodaban con Juan Luis Guerra y 4:40. Fue allí cuando apreté a la primera niña. Tratando de ser grande fumé los primeros cigarros, fui guapo en varias peleas, padecí los primeros desengaños. Éramos amigos y nos intercambiábamos las novias, la ropa, los dichos, las mentiras, tipo dos de la mañana estábamos ya en la casa y, de nuevo al otro día temprano, en la cancha jugando fútbol o básquet, resumiendo los acontecimientos de la fiesta: fijáte que pillé a María parchando con Federico, ¿y si vieron cómo se apretaban Myriam y Pablo? ja, ja, ja, ja, ja, ja, ya marica pasáme la pelota o ¿es que no aguantás que te quiten a tu novia? ja, ja, ja, ja y se prendía uno a punta de pata y puño, luego todos moreteados salíamos gritando: “espérate y verás que le voy a decir a mis papás”.

Hablando de progenitores, qué pena con mi mamá. Otra vez se me quedaron las llaves de la casa y tengo que despertarla con el timbre, ¡uy!, de nuevo la cama, ¡qué rico!, ¡uy!, de eso sí estoy convencido, yo no creo que la mejor sensación de la vida sea miar o comer, para mí lo mejor es llegar a la casa cansado y poner la cabeza en la almohada, qué sensación trascendental dejar que el cuerpo mande la realidad para el carajo y morirse con una resurrección temprana.

Siempre que me deprimo pienso en la gente que está peor que uno, en lo duro que les toca a los que no tienen casa, o los que tienen que llegar a la casa y acostarse al lado de una mujer que odian. Pienso en los lisiados y me pongo feliz, me acuerdo de mi abuela que me dice: “tenés salud y estás buen mozo”, pues será buen mozo para ella, porque para las nenas no tanto, siento que una que otra me mira y no más, el consuelo de los pendejos. ¿Qué sería de mi vida si fuera mujer?, sería bien puta, y ¿si hubiera nacido negro o marica?

Pero mirando las cosas en perspectiva, yo soy el que estoy mejor de los del parche de la esquina. La mayoría están trabajando en camellos del mínimo para responder con sus obligaciones. Allí mueren. Hay tres que están bajo tierra, varios con hijos y culebras. Otros se han ido de Colombia y ni más. Debe ser que les ha ido bien, pero yo aún no soy capaz de meter tres pintas en una maleta y largarme a lavar baños en las extranjas; más de uno no se ha ido porque no tiene visa o plata para el tiquete de avión. Si un día pasaran regalando tiquetes quedaríamos despoblados. Yo también me iría, así fuera por curiosidad aunque me harían falta las muchachas, el calorcito jarto pero necesario, y la gente que come mierda, viento raspado y sonríe.

Los domingos, con música clásica y pena del lunes. Hoy termina y empieza la faena de la subsistencia. Nada de happy end, es mejor hacer por fin lo que he aplazado siglos. ¿Tendré el valor para morirme o sólo agonizaré un poco?

¿Qué hiciste en vida?, vida ¿qué dejaste de hacer? Padezcamos juntos este tránsito por los campos minados. O mejor, refugiémonos en el vientre de alguna madre sustituta. ¿Qué te parecería un semana en las islas Griegas, ¿prefieres Mikonos o Creta?

Algún día dejaremos de ser tan cabrones, el destino terminará cobrando por ventanilla las derrotas y los retrocesos. Por eso me la paso esquivando balas, saltando muertos, viendo a quien robo, festejando fraudes.

Quiero una amiga que esté siempre disponible cuando la precise. Que no me pida favores o si me los pide que no se enoje si los olvido. Me gustaría no enguayabarme, comer menos, fingir más y que la barba no me saliera los lunes agitados. Mi única certeza es que moriré sin ver al hombre en Marte.











LUNES 29 DE JULIO DE 2002



Hoy madrugué a pagar el impuesto predial, bajo por la autopista. Todos en la calle tienen cara de ladrones, estoy cansado de no poder salir de Cali, con los años el miedo y el odio cargan mis venas. Estamos en guerra pero sigo vivo e ileso, no pasa nada, no pasa nada, ni siquiera el colectivo, las calles sucias, la gente sucia, yo cagado del miedo, que pasará después de que me roben. Me matarán o sólo con una puñalada me quitarán lo del bus y me dejarán asustado. Hasta la semana pasada, cuando estuve trabajando en la agencia de publicidad, nos reuníamos cada mañana en la cocineta a la hora del coffe break y hacíamos el rincón del robo. Era allí donde nos enterábamos cómo habíamos sido atracados cada uno de los de la oficina. Elaborábamos estrategias, vetábamos calles, lugares, prendas, bancos y amistades, esto de alguna manera avivaba la psicosis. Lo peor es que a los que roban los coge la policía y al rato los sueltan porque no hay leyes ni cárceles para los ladrones así estén armados hasta los dientes, además, si cogen a los ladrones pues se queda sin trabajo la policía y en nuestro país Colombia alias aji pa´ los tombos eso sería fatal.

Las 6:37 de la mañana, hora en que los colectivos siempre están llenos, menos mal que no ha despertado del todo ese sol canicular. Dos señoras muy bien arregladas se dirigen hacia mí. Me miran con ojos de amabilidad. La mañana oscura, tímida y apacible está en su punto de miedo. Pienso en los pocos segundos que se demorarán las damas en llegar a donde estoy: “¿serán predicadoras, serán conocidas de mi mamá, me les pereceré a alguien, estarán locas, me robarán?...”

Por fin llega la pequeña busetica roja. Me subo antes de que ellas me alcancen. Como siempre, no encuentro ni un puto puesto libre, y el chofer echando más gente, todos pensamos “chofer muerto de hambre, hijueputa”, hasta sueño con poderle acertar un golpe, nadie dice nada. Ha comenzado mal mi día, desde este transporte, sus trancones y los apretujones de los que también van tarde. Todos tienen cara de sueño, las mujeres pintorreteadas con Ebel, los hombres con su disfraz de ejecutivos de a peso, bien peinados, luciendo sus camisas Alberto Vo5 y los zapatos remontados. Algunas colegialas atrasadas y estudiantes de universidades adormilados conforman el cargamento de madrugadores que, desde las ventanas, miramos con odio a los que en chanclas apenas salen a comprar los pandebonos.

El hampa, esa es la palabra, hombres y mujeres que viven de lo que nosotros nos ganamos. Cuando digo esta palabra hago un ejercicio mental que consiste en contar cuántas veces soy atracado en el día. Me atraca el del colectivo que me lleva parado, a él le pago para ir estrujado. Voy a pagar el impuesto de la casa de mi mamá y el barrio es un desastre; llevo tres años pagando la seguridad social y la semana anterior me enfermé y me tocó poner dinero de más porque, según ellos, no tenía derecho a la droga que de verdad me curaría; soy un tributador en serie que en serio pago, pago y repago ya casi como estrategia de supervivencia, pero si el estado da papaya lo tumbo, ¡no joda! Llego a la fila, como siempre hay gente hasta de un solo ojo, parece que amanecieron aquí, hay 15 ventanillas de atención pero sólo se asoman tres cajeros, dos de los cuales hablan por teléfono y el otro, entre atender a los mensajeros que le traen galletitas y nosotros que hacemos fila, no alcanza. Para no enfurecerme más con mi bello país, mejor pienso en otra cosa y hago como si no se me estuvieran coliando.

Llevaba casi dos meses en esa chamba que parecía muy buena desde afuera. Todos creerán que trabajar en una multinacional de la publicidad es la gran cosa, pero mentiras, eso es una mierda, allí no pasa nada de nada, la gente es tan superficial como lo que anuncian. ¿Qué se podría esperar de unas personas que si les pagan dicen que el jabón Espumosito es el mejor, pero si el jabón Limpiabien paga más, ese es el mejor? No hay una ética, quienes están allí sólo hacen parte del sistema por medio del cual los ricos se hacen más ricos, la publicidad es usada para engatusar a los que tienen unos pesos para gastar y si no los tienen los hacen endeudar y ya está, luego nos dejan, somos desechables en esta nueva legión del tetrapak.

Me contrataron a mí porque tal vez les parecía un poco raro (eso en el medio es bueno), no por mi pinta, pues siempre paso desapercibido, sino porque tenía una mezcla, según la jefe de personal, de exótico y salvaje, qué catalogación tan de loción para yupis de pacotilla, aún así el billete lo estaba necesitando como el agua y allí estaba, llegando a las ocho de la madrugada y trabajando como mula hasta las cinco de la tarde para que un par de viejos en Estados Unidos se llenaran de plata.

Mi rol era muy sencillo; yo tenía una línea (un cliente como le dicen), me encargaban que diera ideas para la campaña, en su lenguaje: ser creativo; pero era mentiras, yo no creaba nada, lo único que hacía era botar ideas como un volcán para que los señores tomaran una y la metieran en un formato. Al final, la presentaban al dueño del producto como su propuesta. A mí me pagaban por eso. También hacía trabajos de oficina, diseñaba logos, afiches, eslogan y cuanta cosa se les ocurría que podía hacer. No tenía muchos ratos de ocio, tenía ratos de aterrador tedio que se convertían en patéticos momentos de malparidez en los que me daban unas ganas enormes de mandar todo a la mierda y suicidarme con un tenedor. Pero eso, decían mis compañeros, se podía manejar de una manera más tranquila.

El trabajo en la agencia fue algo efímero, cuando había aguantado tres memos, descubrí, en un revelador amanecer, a mil manos diminutas pero efectivas que no me dejaban desprender del colchón. En mi cabeza pasaba la lista de responsabilidades del día, al que madruga Dios lo ayuda, y cuando me disponía a hacer ese esfuerzo de despegarme de la cama, sonaba una voz clara y contundente en mi cabeza que decía: “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Me voltee, y como el que no quiere la cosa, me dormí de nuevo; no de manera profunda, tuve un sueño leve y morrongo que buscaba conciliar al deber con el querer.

¡Hijueputa me quedé dormido! Esta vez sí se me fue hondo, ya por mucho que corriera como loco y me fuera sin bañar llegaría tarde, tarde como casi siempre. Me lancé a la calle con las lagañas que se resistían a abandonar mis ojos. Esperaba trasporte mientras que, con babita muy ácida, removía la evidencia; no pasaba el colectivo, no sabía si hacer la inversión de la semana y coger un taxi, sí, qué va, pero antes toqué mis bolsillos para calcular el presupuesto. Revisé uno y después el otro, de atrás. ¡La billetera! ¡vida marica! Regresé corriendo para buscar la platica en el pantalón del día anterior. Mientras corría también corría por mi mente la cara que hubiera podido hacer si estuviera ya en el bus y sin plata, o peor aún, bajándome del taxi. Entré rápido, la busqué y de nuevo vi la cama. Pensé en que podría llamar y decir que me había enfermado, no, mentir no, eso puede llamar la mala suerte.

Miré el almanaque y tuve la esperanza de que fuera domingo, pero era martes y no había nada que hacer. El taxi puso vallenatos para esquivar huecos al ritmo de acordeón, ya no tenía sueño pero si jartera, sería no ponerle mucho misterio a la situación y salir de nuevo a tomar el mundo por los cuernos: “soy un vencedor, la vida esta allí para mi servicio”. Pum, el taxi se chocó con una moto. Por esquivar un hueco los dos se fueron uno encima del otro. ¡No! ésta sí fue la tapa, pensé salir para la avenida aunque por ese lugar era como peligroso, mejor decidí no moverme del taxi y esperar a que ese par hicieran algún arreglo. Pasaron quince minutos acordando quién tendría que pagar, y yo, como no había cancelado la factura del celular, no tenía ni un segundo para comunicarme con la oficina. Me bajé del taxi retando mi suerte y abordé otro.

En la agencia todos me esperaban pero entré sin saludar y poniendo cara de bravo, sería mejor no dar mucha escama. Me metí en la oficina modular, si a tres tablones que se unen se les puede llamar oficina, tenía dos papelitos amarillos en el monitor, uno decía que ese día tendría que tener la propuesta para el señor de las telas, y el otro, que pasara lo más pronto posible por la oficina de personal. Frente a lo primero, no había problema porque tenía tres ideas que no era sino plasmarlas, pero lo del cabrón del jefe de personal… habría que ver. Estaba seguro de que si me decía algo renunciaría ese mismo día, ese maricón no tenía por qué venir a picárselas de jefe, no sé por qué putas se convirtió en el lazarillo del Pluma blanca. Tan pronto como pasaba algo, tenía que correr a contárselo. Deberían caparlo y a su novia deberían cercenarle los pezones, ¡no hay derecho! El güevón estaba bien bañado y tenía una camisa color mostaza, le lucía más el verde. Me miró en silencio durante un rato y luego se puso a decir que la empresa necesitaba gente comprometida, que entendiera, que sintiera lo que pasaba en ella, en mi mente sólo repetía: desleal, desleal, desleal, desleal, hasta que me cansé y le respondí, que se fuera para la gran puta mierda y que si alguna vez en la vida me le cruzaba en su camino, no me fuera a dar la espalda. Me paré, fui a mi silla, redacté la carta de renuncia, no sin sentir rabia y frustración. La dejé con la secretaria. Ya no tenía premura, caminaba solo por la avenida Tercera Norte, sin muchas cosas definidas pero con la imagen de mi cama aún sin tender. Fui hasta ella decidido a celebrar mi desprograme.

Ese día, ya sin ataduras laborales, recordé que tenía entre mis sueños visitar un club nudista. No sé por qué quería eso, si Cali es un pueblo. En la parte final del periódico del domingo, en la sección de clasificados, aparecen algunos avisos que invitan a fiestas liberales y cosas de esas, sin embargo no quise ponerme a prueba, primero por miedo y segundo porque al final eso me parecía como gay. Dejé al destino el plan de visitar esos lugares, además, siempre son los manes los que están azarando por lo mismo y para pillar manes viringos, me meto a las duchas de la universidad y ya. Mi refugio era la pornografía, allí encontraba un consuelo a mis deseos de ver cuerpos desnudos, de mujeres obviamente. Desde adolescente fue mi afición, no precisamente el sexo real, sino el ver desnudos. En la escuela, con los amigos, guindiábamos a las muchachas en el baño cuando se cambiaban para la clase de educación física. También nos entreteníamos con la sentada de la profesora de historia que, con su minifalda, nos dejaba ver esos calzones blancos y, si nos concentrábamos, hasta podíamos verle los pelos negros, negros. Pero fue en el bachillerato cuando esto se convirtió en una costumbre. Hacíamos las tareas en casa de un amigo para poder ver películas porno: Cabalgata Anal, La Puerta Trasera uno, dos, tres, Cuando Las Colegialas Pecan; fueron los títulos más comentados en noveno grado. También le compraba a José, el de la tienda, revistas viejas de Macho y Penthouse, que luego de manosearlas, vendía en el colegio. En la universidad todo cambió, supuestamente yo tenía que ser más adulto, además ya tenía noviecita. La calentura de los once me duró hasta los dieciséis, cuando se me fue borrando la cuca que tenía tatuada en mi mente, fueron pasando esas fijaciones y sólo me quedaban ganas de mirar una película triple x de vez en vez y, eso que ya por esos días, las veía por ratos. Aunque no lo crean, ya me hartaban.

A partir de la Internet descubrí un nuevo mundo de sexo. Allí, sin pagar mucho y casi de incógnito, se puede navegar por un mundo de pornografía que pasa por todas las filias, los amateur, los voyeur y los video chat donde puedes ver a una mujer desnudarse en vivo, y claro, en las noches de soledad, esta es una buena opción.

Me convertí en un cibersex adicto, casi pasaba el día pensando en qué haría durante la noche cuando estuviera al frente del computador atrapado por la red. Cogí tanta práctica que podía hacer hasta siete consultas simultáneas, siempre miraba algo de porno en una de las siete ventanas que habría, esto no era malo ni bueno, sólo que poco a poco se convirtió en un hábito, casi en una forma de vida.

En esos meses hice más amigos virtuales que reales. Tenía un directorio de correos electrónicos que alcanzaba varias páginas, también me saqué muchos correos de los cuales ya no recuerdo todas las claves, tanto así que usaba varios según el caso: tenía uno para el-ex trabajo en la agencia; otro para amigas; otro donde me enviaban basura, propagandas y cosas de esas; pero el que revisaba a diario era el de sexo, allí tenía fotos nuevas y los mensajes de muchas personas que me escribían y a las que yo les respondía. Llegué a pensar en que si, por puro experimento, juntaba en uno sólo los e-mail que escribía a diario, hubiera completado una novela al estilo Sade.

Todo el día de mi renuncia se lo consagré al ocio. Ya en la noche, el canal de TV con pornografía no quería coger, tenía el cable en el lugar de siempre pero no, qué va, salían esos putos predicadores y las nenas… nada. El día anterior habían anunciado que presentarían Emmanuele, la esperaba con ansias. Decidí pasar el resto de la noche dándome un paseíto por el mundo y, de paso, mirar las páginas de las amateur y sacarme el polvo que tenía reservado para la película.

-Sí, sí, sí, aquí vamos, la clave, el password, clic, aquí voy red, si señores todo en orden y creo que hoy sí está rápida esta joda, esperemos que no se caiga, primero es lo primero, revisar mi e-mail, buscar la respuesta a la carta que le envié a Madonna, luego contestarle a la pelada del Perú que me mandó la foto medio en bola medio vestida, me paso al chat de casadas calientes, me voy poniendo a tono, si señoras y señores la página de amateur con las fotos más atrevidas de la red, aquí voy como un tiro, chin, preparando página. La rutina se repetía de nuevo.

En el chat de Cali, al que entraba por destrabe, pillé hace como tres semanas a una mujer que se describía como atractiva, decía tener veinticinco años, delgada y estudiante universitaria. Le puse charla y, como el que no quiere la cosa, nos empezamos a encarretar. Fue tanto el cuento que desde el Chat, día tras día, planeábamos citas que cumplíamos en las noches; mientras bajaba fotos de mis nenas, le botaba caspa a esa mujer, pero como todo se trasforma, esa noche salió con el cuento de que si nos veíamos el viernes. Como sin analizar bien en qué me estaba metiendo, le dije que listo, que en Unicentro a las seis. Ella me cogió la caña. Toda la semana pensé en si ir o no ir, la pelada por el chat era vacana y, según su descripción física, no era fea. Al final decidí ir a verla.

El viernes, justo a horario, allí estaba la mujer que en el chat se hacía llamar “Limones”. Me reí al relacionar la palabra con su cuerpo, sus ojos como grandes cítricos me miraban, mejor se hubiera llamado sandía o papaya. Pero está bien tener un nombre amargo e importante para las ensaladas. Nunca nadie de la red se había materializado y allí estaba ella con un vestido verde y unas gafas negras; de entrada me pareció fea, pero bueno, en esto de las mujeres hay cosas que pasan después de estar con ellas un rato. Desde el martes no hablábamos por el chat y esta mujer tenía cosas por dentro además de grasita, la decisión de vernos fue casi mutua. Estábamos parados en la plazoleta del centro comercial, sin pronunciar ni mu, confirmando lo que en la red habíamos tratado de decir de cada uno.

Lo prometido era deuda y los helados estaban cerca. Ella pidió uno de ron con pasas,¿por qué no habrá pedido de limón?, yo pedí uno de vainilla, un helado muy maricón pero muy rico. Nos miramos intentando no cruzar las miradas, comimos helado, hablamos pendejadas, nos reímos socarronamente y, nada de nada, no pasaba nada, no surgía esa magia que había en el chat cuando me describía cómo estaba vestida, cuando me contaba cosas prohibidas, a sabiendas de que no la conocía; se había roto el encanto, nuestros rostros reales esperaban a que pasara algo, cualquier cosa. Creo que el juego de hablar con ese otro invisible pero que responde, permite fantasear, crear ilusiones, armar a la compañera ideal, a la mujer de los sueños. Ella quiso ir al baño y, mientras esperaba a que regresara del baño, fantasee con las mujeres que pasaban por los pasillos.


Llené una servilleta con pendejadas y ella no llegaba del baño, pensé en muchas cosas: “¿será que huyó y yo aún tratando de hablarle?, seguramente me dejó, hasta mejor, ya me estaba empezando a incomodar, no es ni el reflejo de la que conocí en el chat, ¿será que no vino ella y mandó a una amiga? ¡Qué tal!, bueno, de todos modos no puedo irme tan rápido”. Minutos después llegó la muy pendeja con todo el pelo salpicado de agua.
- ¿Y qué?, ¿cómo te fue?
- Bien, bien. ¿Y esto es todo lo que tenías planeado?
- Sí, sí. O ¿ tenés alguna propuesta?
- Pues yo no pero si voz tenés en mente algo…
- Pues… la verdad tengo un compromiso dentro de un rato.
- Ah, ya, ¿te puedo acompañar?
- Pues no sé ¿vos no tenés nada que hacer hoy?
- No. Había dejado la tarde y la noche para estar con mi amigo virtual.
- Bueno. Acompañame y de paso hacemos planes para más tardecito.
- Listo, ¿qué es lo que tenés que hacer?
- Pues tengo que ir un club nudista.
- ¿Que qué?, ¿y eso por qué? ¿Eres gay?
- No, no, sólo que tengo que pensar en una campaña publicitaria para un sitio de esos y tengo que saber cómo son. Mentí vilmente.
- ¿Y sí hay de eso en Cali?
- Sí, hay dos que yo sepa, claro que eso sólo es para la gente que se mueve en ese mundo.
- ¿Y qué sabes de esos lugares?
- Que parecen clubes donde hay varios servicios: piscina, turco, jacuzzi, pista de baile; nada del otro mundo.
- La verdad no pensé en algo así en la primera cita
- Como ya te dije, no es nada formal, sólo que necesito conocerlo bien para poder pensar en una campaña publicitaria.
- ¿Habías planeado ir conmigo?
- No, no, pero si es incómodo para ti, no importa, yo voy solo y nos vemos luego.
- No es que sea incómodo, sólo que la idea me sorprende y ya.
- Entonces, ¿vamos o qué?
- ¿Y qué hay que hacer?
- Nada que tú no quieras -y enfaticé en el quieras-, sólo quedarse en cueros y andar por allí. Disfrutar de la tranquilidad, caminar libre de todas las represiones morales, religiosas, tradicionalistas, sentirte en órbita con la vida sin ataduras materiales ni estéticas, sólo sentir y ya.
- ¿Y eso con qué sentido lo hace la gente?
- Por puro placer, por libertad, es como dejar la falsa moral, es andar sin prevenciones, yo creo que puede ser bueno como experiencia.
- ¿Y van mujeres?
- Me han dicho qué van muchas -mentí de nuevo.
- A mí de verdad me da mucha pena, no es que no sea capaz de hacerlo, pero nunca he andando en pelota por ahí rodeada de desconocidos, además estoy muy gorda, que pena si allí hay unas muchachas bonitas y yo toda barrigona.
- No seas bobita, allá nadie se debe fijar en nadie, me imagino que todos están en su cuento y listo. Yo lo que creo es que no sos capaz de ir y que todo el cuento de la libertad, de romper las barreras morales, de no pensar en los prejuicios y demás cosas que decías en el chat son pura pose.
- Nada de eso, yo soy librepensadora.
- Entonces, ¿te animás o no?
- Bueno, pero si no me siento bien me voy.
- Tranquila que es sólo un ratico.

Yo no creía que me hubiera dicho que sí, la niña me salió capitana, ¿así será de fácil para todo?- pensé. Era mejor ir con cautela, qué tal que fuera jodida. Lo peor era que yo nunca había estado en un lugar de esos y lo poco que me habían hablado no era suficiente para saber cómo proceder, así que me entregué a la suerte. Salimos a la avenida Quinta y cogimos un taxi con dirección a la galería Alameda. Allá quedaba el sitio que yo tenía fichado y de pronto era bueno.

En el taxi casi no hablamos, todo lo que nos teníamos que decir era referente al lugar al que íbamos y no teníamos muchas ganas de que el taxista supiera nuestra aventura, cada uno estaba como mosca de ventana. A mí me empezó a dar una emoción enorme y adivinaba que ella se quería bajar del taxi pero no era capaz. Le pedí al conductor que nos dejara en una esquina, caminamos ensimismados en nuestras preocupaciones morbosas. Timbré y detrás de una pequeña ventanita apareció un señor:
- Buenas tardes, ¿para ingresar? –pregunté.
- ¿Tienen invitación?
- No señor.
Abrió la puerta y pasamos como a una salita. Vimos afiches de hombres voluptuosos, la música era como de esa que llaman “ambiental”. El mismo señor nos entregó un par de hojas que contenían instrucciones sobre el comportamiento que debíamos tener mientras estuviéramos allí. Después nos dio un recibito para pagar veinte mil pesos por persona, y no incluía el masaje -¿veinte mil por persona, por pelarse?- me sorprendí pero no dije nada, saqué la platica y ella ni se inmutó a poner algo.

Pasamos a una segunda pieza, al vestier. El mismo señor nos pasó una bolsa para que guardáramos la ropa, unas toallas diminutas, dos pares de chanclas y las llaves de un locker. Ella se quedó esperando a que yo hiciera algo, me dio miedo pero después de pagar cuarenta mil lucas, había que cumplir, y bueno, remplacé mi ropa por una toallita blanca que intentaba desprenderse de mi cintura. Cuando salí del baño ella no estaba, me senté a esperar nuevamente, perdí la platica, pensé cuando la vi frente a mí; estaba flácida, le colgaba todo, lo que se veía pasable debajo de la tela, se había convertido en una masa gravitacional, sus tetas pendían de su cuerpo, su culo se dispersaba desde la espalda, pero bueno, ya estábamos allí, además el hecho de que ella se le hubiera medido a eso, me hacía pensar que era una berraca; así que pa´dentro, además yo solo no hubiera sido capaz de ir.

Subimos al primer salón y vimos que no pasaba nada raro, éramos la única pareja que estaba en el lugar, había varias entradas hacia los distintos servicios con sus respectivos letreros. La música salsa sonaba un poco más alto que la que escuchamos en la recepción. Decidimos buscar la piscina para ver si encontrábamos a alguien. Tan pronto entramos, miramos a todos lados: no había nadie, qué cosa rara. Con una mano cogía de la puntita la toalla minúscula, y allí entendí el significado de minúsculo, y con la otra tenía las llaves del guardaropas, las chanclas que me dieron eran como tres números más del que uso. Ella, bien abeja, cogió dos toallitas, con una mano se sostenía la de arriba y con la otra la de abajito.
- ¿Y siempre es así?
- Debe ser por la hora.
- ¿Y qué hacemos?
- Pues decime qué querés hacer.
- No sé, decí vos.
- ¿Vamos al sauna?
- Listo.
En el sauna encontramos a tres hombres desnudos que hablaban muy duro. Lo primero que hice fue taparme, ellos lo notaron y se rieron un poco. Un ratito después, cuando ya tenía las nalgas calientísimas les pregunté:

- ¿Y cómo está el ambiente?
- ¿Qué si somos de ambiente?
- No, que ¿cómo está la cosa?
- La cosa se está poniendo dura.
Ja,ja,ja,ja,ja.
¿Y tú estás con tu novia?
Con esa pregunta me corcharon.
- No, es una amiga, y la señalé para que ella se parara y le diera la mano a cada uno. El que no hablaba se llamaba Gabriel y era pareja del calvito. A mí me daba pena mirar cómo se agarraban y se besaban, pero a mi compañera parece que le gustaba; tanto que por un momento ella también se animó e inició acercamientos conmigo. En esas circunstancias no tuve de otra. Así que accedí.

El primer beso me supo como a mierda, siempre es así cuando uno descubre una nueva boca, unos labios distintos, es peor cuando no te has tomado ni un trago. Ella me agarró la mano, sentí su cuerpo más caliente que sus labios, claro, era la temperatura del sauna, me paré y como medio afanado, salí hacia otro salón, ella se extrañó y salió detrás de mí.
- ¿Te molestó algo?
- No, mujer, nada.
- ¿Y por qué saliste de esa manera?
- Es que el calor ya me estaba ahogando.
- Ah, ya.
- ¿Y querés tomar algo?
- Sí, sí, mejor tomemos algo.
A un lado de la piscina había un mini bar atendido por un señor vestido de sudadera azul y camiseta blanca. Pedimos dos cervezas que no cobró porque no teníamos bolsillos. Me sentía decepcionado, es como cuando se tiene un sueño y haces todo por volverlo realidad, pero cuando ves ante ti aquello por lo que luchaste, te das cuenta de que no tiene nada de gracia. Empecé a sentir pena, rabia, jartera; había idealizado mi visita a estos lugares, mis fantasías más eróticas me mostraban maravillosas modelos que se paseaban sin apuros ni ataduras por mi lado, pero ese sitio estaba vacío; por allí, de vez en cuando, se escuchaban voces, pasaban hombres y una que otra mujer que distaba mucho de ser Venus. Luego pensé en que después de haber pagado, de haber pasado la pena y de que, sin querer queriendo, las cosas se estaban dando con esa pelada, era mejor hacer la vuelta completa. -¿Y cómo te sentís? Le pregunté.
- Bien, pero no me volvería cliente.
- Yo tampoco soy cliente.
- Bueno, y ¿qué más pasa en estos sitios?
- Aquí vale todo -puse un énfasis en el todo para que ella se diera cuenta de que todo es todo.
- Y de todo eso, ¿qué haremos hoy?
- No sé, proponé vos.
- No, decime vos y esbozó una sonrisa.
- ¿Vamos al salón oscuro?
- Me da miedo.
- Caminá, es sólo por conocer.
- Mejor dejémoslo para otro día.
- Después de estar acá sería el colmo no ir a ese salón.
- No, de verdad dejémoslo para la segunda venida ¿si?
- Como vos querás.
Llegamos hasta la puerta del salón y en la oscuridad del cuarto se oían ruidos y pequeños gemidos ¡vida jodida, ocupado!, me dio pena proceder en medio de los otros, por eso la saqué sútilmente, la acaricié por la espalda, ella estaba sudando, la llevé a un lado y la arrinconé en la pared, allí la besé con pasión, cerré los ojos para imaginarme que estaba con un hembrota. Ella se ponía atenta a todos mis movimientos.

A lo bien, me dio como pesar, pero ya a esas alturas era muy cagada patrasiarse. Además un polvo no se le niega a nadie y la sensación de que alguien nos pudiera estar mirando también me parecía buena. Ella respondía a las mil maravillas, eso sí pa´qué, se corría para donde la acomodara, hacía gestos bonitos, gemía excitantemente pasito y yo, como cosa rara, duré un buen rato dele que dele por los laditos pero ella no se dejaba del todo, como si no le gustara. La sensación de no poder estar con ella me produjo rechazo, jartera, quería vestirme e irme de una. Ella me miraba para notar mis reacciones y acompañarme en mis actos. Por compromiso dije que no importaba, que lo intentaríamos después. Ella asintió con la cabeza, miré a mi alrededor y un señor en toalla descansaba en una banca. Le insinué que podíamos ir saliendo para que no se nos hiciera tarde a los dos, acto seguido tomé mis pertenecías que en ese momento eran la toalla y las llaves del locker. Salí adelante, sin decir palabra busqué mi vestier, no sé por qué no la vi pero ella siguió para el suyo. Como era de esperarse, para desvestirse se demoró unos minutos pero para vestirse se demoró media hora. Ya me estaba emputando en la salita de espera, pues sólo entraban maricas y más maricas, sí que hay maricas, yo creo que pensaban que yo también era marica. Salió sonriendo y con ganas de hacer algo más, yo no le di marcha, pues pa´qué ponerse uno en lidias, le dije que sería mejor vernos en otro momento, ella captó el mensaje y no insistió más. Le dije que la iba a acompañar a la esquina a coger un taxi, me miró como un culo pero no se negó. En la calle, en silencio, mirando para lados distintos, no sabía cómo finalizar la velada, yo paré el taxi porque ella nada que ponía la mano. Me apresuré a abrirle la puerta, antes de que se subiera la intenté besar en la boca y ella me puso la mejilla, la pasamos muy rico, te llamo mañana, ella reiteró su despedida con la mano.

Bajé caminando por las calles cercanas a la galería Alameda, yo no tenía afán, nadie me esperaba. Por un momento me agitaba la idea de que me hubiera visto algún conocido, era mejor no pensar en eso porque me quedaría azarado todo el fin de semana. Pensé en la computadora, ella estaría impaciente por darme más bit de pasión.

Otra fantasía que se derrumbaba, tenía que buscar otra posibilidad de seguir aplazando el suicidio, pero no es tan grave si sólo estoy solo, y qué más da, nacemos solos y morimos casi siempre solos, qué afán de andar buscando pareja, de complicarse la existencia en esa opresión casi imposible de unir dos vidas, siempre habrá uno que salga perdiendo en el incontrolable juego de ceder hasta que se rompan las costuras. A veces se me ocurría que de pronto la cigüeña se despistó, que de pronto algún viento raro la desvió y me dejó tirado en esta ciudad sin mar, donde el calor y la injusticia crecen a diario, la capital de vivo-bobo, quién puede así. En mi computadora bloqueé la entrada de correos de mi amiga la gordita. Necesitaba olvidar y para eso, nada mejor que un baño de esos de resurrección, mandé el sudor por el desagüe, también la loción barata, y muchos roces que no se querían salir se fueron a punta de estropajo y paciencia. Mis amigos dicen que no hay nada que con paciencia y cremita no afloje, ¿será que la vida se empeña en dejarme las cosas buenas para el final, para cuando ya no tenga nada que hacer?, ¿será que la mujer de mi vida me la levantaré a los cincuenta cuando ya no se me pare? Ya bien bañadito me entregué a los designios de mi computadora que me estaba esperando para salir juntos por el ciber espacio, clave, password, conectando con…

Bueno, falta esta viejita por llegar ala ventanilla y por fin ya podré pagar esta joda, paso por donde un vigilante que aguanta todo el día madrazos, me requisa con un aparato plástico para detectar si llevo un arma, yo creo que ni funciona; en la caja, saludo de buenos días al señor con el ceño fruncido y las manos color sello.

De regreso a casa me pregunto por qué no me va bien si sigo al pie de la letra los diez mandamientos. No robo, no mato, nuca miento en cosas trascendentales, no codicio las mujeres de mis amigos (bueno, sí las codicio pero no me las como, o por lo menos no cuando ellas no me caen), amo a Dios sobre todas las cosas y por ende a todas las cositas ricas que él mismo creó como extensión de sí mismo. No tomo el nombre de Dios en vano, de hecho poco tomo. Con respecto a codiciar bienes ajenos, trato de ser muy austero. Intento santificar las fiestas en las que estoy, honro a mi padre y a mi madre sin discusión. No cometo actos impuros. No voy rumbo de la canonización, pero si logro aguantar así hasta mi muerte, me tocará un lugarcito fresco en el ardiente infierno; aunque ese lugar, según el Papa, ya no exista.

Cardinalmente opuesto a las sensaciones que perturban, tremendamente entregado a los suplicios y a las esperas, hablando con un perro mudo y una planta que no florece, detrás de las preguntas hay una que, de tanto recordarla, se ha ido destruyendo.

Abro la nevera cada diez minutos, en el sillón verde continúo haciendo tributos a la espera, tomándome basados de desidia, lastimándome la esperanza. Secuestrando mi paciencia entre rencores y frustraciones, hoy me acostumbré a estar solo. Ya no se me hace raro releer los libros viejos y mí soledad es la ausencia apaciguada por los años. En la mañana preparé un café muy frío y celebré mi hazaña; al medio día me rebelé, sólo me comí un banano y celebré mi hazaña; caída la tarde me abracé al ventilador en su mayor potencia, ordené los libros por tamaño; luego los cambié por colores y en la noche los acomodé por temáticas. Casi no me duermo pensando en lo que haría al día siguiente.


Si sé que no debo madrugar para qué me duermo, mejor quedarme en la cocina sin luz esperando a que salgan las cucarachas o ponerme a llamar a casas y despertar por despertar. La soledad es eso, ser, ser, no pretender, y allí no hay locura, sólo la sensible posibilidad de hacer lo que se me dé la puta gana. La nostalgia coge partes de mi cuerpo, pero qué va, esa se acostumbró a no joder tanto. También hablo con seres imaginarios, esos que aparecen después de varios días de no hablar con humanos, ellos resultan más fieles que Lassie.

Me emborracho sólo los lunes, como y mastico con la boca abierta. Salgo a la calle detrás de prostitutas, sé que depende de ellos, de los que se empujan sin mirarse en las calles, también sé que seguramente vendrán por mí, pues no hay nada perfecto en este mundo.














VIERNES 23 DE AGOSTO DE 2002

Me sabía la boca a trago, quería tomar pero no hasta despencarme porque me daba boleta, necesitaba un drink. Tenía plata. Eso había que festejarlo. Lo único malo era ese puto dolor de muela leve y constante. Ella dolía y yo la alborotaba haciendo presión con la lengua, con los dedos, con los demás dientes, seguro de que no se me quitaría nunca. Era como esos uñeros eternos que me dolían cada que los apretaba con los dedos. Desde la seis de la tarde inicié mi ronda de birras, la primera fue para la sed, la segunda porque había comprado dos, pero me antojé de otra y, siendo viernes y con plata, ¿por qué no?, mejor dos de una vez antes de que anocheciera.

Sentado con el teléfono en el pecho, revisé la lista de números en mi libreta, la leí una y otra vez recordando caras, deseos, olvidos, ¿quién será esa Paola?, ¿será Ortiz u Orozco? Busqué primero las amigas que estaban buenas así tuvieran novio. Busqué también a un amigo que pudiera tener amigas o, en su defecto, carro para patrullar muchachas. Me conformaba con uno que viviera solo y se animara para la rumbita casera. Llamé a Laura. Se había muerto hacía dos meses, aproveché y di el pésame; Camila estaba enferma. Mónica había conseguido novio y estaba en el periodo del encacorramiento. Patricia me insultó por un chisme que le contaron. Hacía una hora que Carolina me había dicho que en diez minutos me regresaba la llamada. Marta no tenía ganas de salir. Sofía estaba donde la abuelita; a María se le había enfermado la tía, ¿será que le dio pena decirme que no? Margarita, Lupe, Constanza, ya no vivían en las casas a las que las llamé. El teléfono de la superreinamamilinda de Clara, estuvo ocupado durante tres horas; Lucy estaba embarazada. Teresa se casó y Susana se fue del país. Tenía números de celular, pero ni pendejo que fuera para pagar un dineral por una llamadita; Paco me dijo que listo, que saliéramos pero si le levantaba una pelada; Mario dijo que sí, que si lo llamaba cuando se le zafara a la novia armábamos parche; Rubén como que se volvió cacorro porque me dijo que saliéramos sin viejas; y Felipe, como siempre, no tenía plata, dijo que si le prestaba o que si le gastaba, salíamos; para qué voy arrastrar antenas. A esas alturas, con varias birras en mi cuerpo y la plata lista, me fui por más trago antes de que me cerraran la tienda. Ni modo de ir al estanco porque le debía una caneca de ron al man; puse la radio para asistir a la instigación a fiestas que hacían los locutores; decidí no salir, ya no pensaba en beber con moderación, pues al fin y al cabo, estaba en mi casa y si me pailiaba, me acostaba. Antes de que se me acabara la última fría, puse en la nevera todas las botellas. No compraba cerveza en lata porque esas dan lectospirosis. Desconecté el teléfono y entré a Internet, inicié por un chat donde todos los babosos reprimidos gozaban insultándose mutuamente, yo sólo leía como asistiendo a una conversación de amigos, revisé varios correos mientras me molestaba la muela. Me dolía desde que me la tiré partiendo la pepa de un chontaduro, tenía ganas de fumar pero esperé a que me dieran unas incontrolables, además el humo incomodaba a los de la casa.
Me animé y entré al chat.

“Su madre la sietetetas, la que se la comen los bulteadores de la galería de Siloé, la pirigalluda, la que vi trabajando en la diez, todos los de este chat son unos malparidos, blenorrágicos, desocupados”.

Gozaba leyendo los demás improperios que mis contertulios quisieron compartirme. No está bien ponerlos aquí por respeto a los lectores y posibles guionistas. Sólo les diré que barrieron con mi santa madre, insultaron mi virilidad, pasearon el castellano por todas mis partes pudendas y me maldijeron hasta la sexta generación.

Después de este nutrido intercambio léxico morfológico, metafórico y poblado de símiles y de analogías, me retiré y viajé por la red cual hombre araña. Me inmiscuí en un laberinto sin salida, encontré y desencontré deseos y olvidos. Ojeé revistas del mundo, caminé de mi pieza a la nevera, pillé lugares de amistad, mujeres despojadas de sus vestiduras, bajé música en mp3, traduje al español canciones de U2, hablé con un amiga ecuatoriana en el MSN, hice todo un viaje intercultural, me sentí un hombre de mundo y brindé por eso, estaba unido a la humanidad por un cable telefónico. Todos sabían que estaba allí pero me sentía solo, con la esperanza de encontrar a otro ser en el mundo con la misma soledad, y hacer que nuestras almas se unieran en un cibernético aliento.

Desde que llegó la computadora a mi casa, la vida era otra cosa. Ya casi ni salía, intimaba de manera intrépida con ella, no era del todo original, ella era un cloncito rendidor, aún no la comprendía totalmente porque claro, era mujer, pero creía que podíamos convivir, ayudarnos mutuamente. No podía confiar del todo en ella, por eso la tenía al lado de mi cama. No tenía una computadora rechimba; es lo mismo que con las mujeres, siempre que te ennovias aparece una mejor y con más funciones; pues así son las pc. En la que ahora escribo no es la gran cosa, es más, le causa mucha dificultad hacer algunas operaciones, pero para este relato aguanta, aunque… aquí entre nos, este texto ya lo ha borrado varias veces, pero aquí está porque hago copias de seguridad, es que estos programas piratas son muy inestables.

Me zampé la última cerveza, era prudente que no tomara más, la pantalla se movía, me estaba riendo como agüevado, busqué en la cocina y, gracias a San Etílico, hallé media botella de Cariñoso que es dulzón y entra suave. Seguramente sobrevivió a la ancheta de navidad, tomaba y escribía… Hablé con una griega que sabia español, con un señor que quería hacer negocios conmigo. Me dieron ganas de bailar y bailé. Hasta me animé para salir, pero ya eran las 12:47, a esa hora no tenía nada que hacer, ya había perdido el año. Contrario a lo que pensé, el Cariñoso me entró en reversa y ahí sí que no se quedaron quietas las letras. De inmediato me desconecté dejando varias búsquedas inconclusas, además no quería más nada. Me metí en las sábanas y no me importaba que los zancudos me picaran la cara. Pensaba en qué habría sido de mí si hubiera salido, seguro estaría bailando elegante con alguna woman. No sé cuándo me dormí, pero soñé con una amiga del bachillerato, ya no me acuerdo que pasó en el sueño.

¿Por qué será que en Cali el sol tiene que meterse por la ventana para levantarlo a uno? El calor me despertó, sudaba, me deslizaba hasta lugares fríos de la cama. Lo que me hizo parar fue la seca de la garganta, la sentía carrasposa, me paré un poco mareado, di tumbos hasta la cocina, busqué en la nevera lo más frío que pillara. No vuelvo a beber –pensé-, eso es muy feo, yo no sé uno por qué es tan marica y paga para envenenar su cuerpo. ¿Será que la puta memoria no es rencorosa?, todo me sabía a mierda y quería quedarme inmóvil, parar, no hacer nada.

Mientras trataba de enganchar de nuevo el sueño, a mi puta memoria le dio por evocar esos días de rumba donde habían parches establecidos: El bohemio, puro parche guitarra, donde se pasaba de La masa a Héroes del silencio con rapidez; el parche finquero, aguantaba si uno estaba bien acompañado, porque sino terminaba borracho o aburrido; el parche chiva, ese era bueno porque resultaba divertido pasar la noche de un lado para otro entrando y saliendo, saludando aquí y despidiéndose por allá, sólo que para ese se necesitaba carro, escogíamos una zona no muy grande porque ni la noche ni la gasolina rinden para jugar tenis con la ciudad; parche casa de amigo, para mí ese era el mejor, allí uno se acomodaba como rey siempre y cuando el amigo estuviera solo, salía barato, tu escogías la música y, cuando te rascabas o resultaba un levante, habían piezas gratis. Claro que este último tenía sus limitantes, por ejemplo los vecinos que no toleraban un after party bestial, y las nenas que casi nunca podían amanecer en otras casas. Había que salir al sereno a llevarlas, claro que si eras jodido, las mandabas en un taxi recomendadas ante la Santísima Virgen; por último, está el parche coliada de fiesta, éste resultaba ser el más provechoso en términos financieros, no era si no ubicar una fiesta: 15 años, matrimonio o grado, había que llegar tardecito para no quedar en evidencia. Encontrábamos trago, comida y niñas bien vestidas. Claro, nada es perfecto, muchas de las niñas andaban con la familia o con los babosos hermanos y novios. La otra es que en esas fiestas la música era desastrosa, los viejos barrigones saltaban y daban espectáculos bochornosos bailando house en círculo y haciendo coreografías con sus esposas que, casi siempre, era unas cerdas metidas, a punta de crema para manos, en minifaldas minúsculas. Por todo eso, era mejor quedarse en la calle y entrar sólo a bailar, al baño y a comer. Recuerdo otras fiestas: las de cuota, los bazares, los bingos, el día de padre, de la madre, el día del amor y la amistad, el 24 y el 31 de diciembre. Allí el jolgorio era general y multigeneracional, aprovechábamos para conocer, intimar y reseñar alguna nueva conquista.

En cualquier parte se necesita plata para rumbear pero a mí no me importaba. Ahora, con los años, aprendí que siempre es bueno tantearse el bolsillo y medir los gastos para poder tener una velada sin sobresaltos. Me cansé de dejar el reloj y la cédula en bares y discotecas, me cansé de llegar a la casa a pedirle a mi mamá que me pagara el taxi, de las patoniadas monumentales para llegar a dormir, de las largas noches tomando agua y gorreándole conchitos a los amigos. Si no tengo plata me aguanto, miro la TV, salgo a la esquina y tiro banca hasta que se me borra la raya. Es mejor un buen canequito entre vecinos que rogarle a un barman para que te dé un caneco por la libreta militar. Y esto sí se los digo con la mano en el corazón: no le gorren trago a los cacorros, ellos creen que todo hombre tiene un marica por dentro y se empeñan en desenterrártelo para luego enterrártelo, esos son requetetraicioneros. No se fíen que uno se emborracha y pierde el año, lo digo porque me lo han contado.

Soy descendiente de imperios anónimos, soy heredero de fortunas haladas, soy el mejor guerrero de cócteles y picnics y me moriré sin darme cuenta, sin agonizar, me desdibujaré en la penumbra lentamente, lentamente con la tristeza de los que nunca conocieron mis atributos.

Dentro de mis amigos de farra estaba Paco el nostálgico, a ese man no le gustaba tomar y lo retábamos hasta que se metía su guarilaques. No era sino que le entraran bien y parecía una máquina del tiempo, empezaba a evocar, siempre era lo mismo, le daba por las canciones, primero las de Piero, Leonardo Fabio, Serrat, Sandro (tus labios de rubí, de rojo carmesí, parecen susurrar mil cosas sin hablar y yo que estoy aquí sentado frente a ti…) para después pasarse a la salsa pesada, cantaba el estribillo y todos lo seguíamos como podíamos; allí, Lavoe, Blades, Cólon, Ismael Miranda, Los Lebrón… bueno, teníamos repertorio para la noche. Luego se le venían a la memoria los amigos ausentes, sus recuerdos nos aguaban los ojos y ya no éramos quince destemplados en un andén sino quince pendejos ojiaguados relatando historias de los muertos: ¿te acordás de esa vez…? ¿Cómo así, él fue el que…?, ¡qué Dios lo tenga en su gloria! Siempre el que se orinaba los momentos álgidos de las noches era Silvio. A ese man sí que le gustaba pelear. Todos esperábamos el instante en el que se le volara el genio por cualquier cosa y se tirara lanza en ristre contra cualquiera de nosotros; un día se sintió porque no le creímos que se había comido a Laura, la hija de don Chucho el de la tienda. Se llenó de motivos, nos miró feo y le mandó severa patada a Mario Toro. Pobre Mario, nada más se cogía las güevas para que no se las estropeara más. ¡Uy! Me acuerdo de Mario, ese pelao era muy raro: se tomaba los blancos del Valle y le daba por torcernos los ojos, mejor dicho, se le aflojaba la cola, cada que íbamos a miar él se iba dizque a hacer lo mismo pero era falso. Nos guindiaba la verga, yo lo pillé; bueno, pero el caso es que un día Silvio se emputó y lo encendió con un riel de quimba que nos tocó meternos a los demás, yo le mandé su patada a ese man por arrebatado, ¡qué como es que le va andar cascando al pelado!, ¡qué vea que somos amigos! Se calmó, pero por si las moscas, no le dimos más trago y yo me le hice lejitos. En el andén no había afán, el que quería se entraba para su casa, no había mujeres y podíamos tirarnos pedos, lanzar gargajos y sacarnos mocos con frescura. La gente pasaba y nos miraba pero qué va, nada pasaba. Mejor evitar que la nostalgia me coja. Ellos ya son parte de esa historia irrepetible de mi existencia.

Salí sólo acompañado de mi rabia de muchos días, a patear el mundo, recorrí calles oscuras esperando a que un ladrón me sorprendiera para enfrentarlo, me puse ropa negra y roja, la correa de taches y las botas puntudas. Tenía que cobrar venganza, acechar, mostrarme hostil. Caminé por entre la muchedumbre en las afueras de los bares, reté al tránsito alebrestado del viernes, encaré a varios tombos malgeniados, pero nada, el mundo impávido nada que reviraba, y yo ya me mamé de quebrar vidrios, de pintar paredes ¿por qué será que nadie quiere dejarse tentar? Los puedo atender a todos después que se vengan de a uno, pero nada, aún nada, y entonces ¿cómo sacarme esta puta piedra?












DOMINGO 8 DE SEPTIEMBRE DE 2002 10:45 AM

El domingo llegaba rápido pero avanzaba lento. Cuando todos estaban acostados en mi casa, yo aprovechaba para salir a comprar la prensa y pandebonos calientes. Hacía chocolate, me tomaba un litro de agua fría, leía el periódico por pedazos, en los clasificados buscaba trabajos que no implicaran madrugar mucho. Lo único que encontraba eran avisos solicitando vendedores y más putas. Lo demás, puras fantasías o trabajos del mínimo que sólo servían para que la familia y los vecinos no lo vieran a uno acostado todo el día. Así me la pasaba buscando entre las páginas algunas cosas para distraerme pero era inútil, a pesar de que leí casi cuatro páginas de oferta sobre empleos, nada me llamaba la atención, no quería ser mensajero, ni cobrador, mucho menos vigilante, ni vendedor puerta a puerta, o panadero-pizzero, qué tal yo de conductor de taxi. Además, no podía emplearme de tiempo completo porque todavía estaba viendo algunas clases en la Universidad. Pensaba en el clasificado ideal: “Se necesita joven creativo para proyecto cultural y educativo en Cali, buen sueldo y flexibilidad horaria”. Pero qué va, eso tan bueno no existe.

Cuando me desperté estaba tan desparchado que hasta pensé en llamar a la nena nueva era tuerce alambres o a la limones podridos, pero ¿qué les diría?, ni modo, además ¿qué haríamos?, llevarla a la piscina porque es lo único que un domingo deja hacer a los acalorados caleños. Qué pena, con esa barriga que tenía ella y andar por ahí exhibiéndola. Eso no aguantaba. Al río sería prudente, pero a Pance llegaba mucha ralea y qué va, no era para sacrificarse tanto, tampoco es que sea de sangre azul pero no me imaginaba bañándome con totuma mientras los demás bañaban sus perros y sus carros. Claro que si llevaba a la muchacha más arribita donde están los charcos bacanos de mi Pance, de pronto nos cogía la guerrilla; jodido de nuevo. Era mejor no torear al destino y esperar a que pasara el tiempo infernal y despiadado. Pensé en que ese día sería un día más viejo, podía hacer muchas cosas y estaba allí atolondrado mirando muñequitos y practicando el rasquimbol, el deporte nacional. Sería paciente. ¿Será que por tanta paciencia que hemos tenido en este país, los vivos han hecho lo que se les ha dado la gana con nosotros? Era mejor no torear más el tema, era mejor retozar y esperar a que un milagro llegara, o sino, que vinieran los gringos y nos compusieran esta joda.

Qué domingo frío, melancólico, aunque sabía que hacia el medio día llegaría de nuevo el bendito y secador sol. La casa se llenaba del olor a chocolate que aprendí a preparar con mi mamá. No sabía qué hacer, la inutilidad y la ansiedad nunca logran hacer buena pareja, eso me inquietaba. “Parejas”, una palabra tan plural pero tan singular al mismo tiempo, no lograba entender qué significaba. Tenía muchas ganas de hablar pero aún era de mañana y no estaba bien llamar a alguien para que me dijera que estaba enguayabado, que boleta despertar a los amigos para que me salieran con el “hablamos luego” o “de pronto nos podemos ver mañana”. Tenía montones de trabajo, tres libros nuevos que debía leer para una clase en la U. Pero sólo pensar en mi alma mater me daba escalofríos.

Decido ponerme a botar letras en el pc y escribir una columna para el periódico de la Universidad sobre la juventud y las artes en la postmodernidad, ¡qué maricada! Escribí tres reglones y descubrí que no tenía ánimo de hacer nada, estaba como para quitarle las pilas al reloj, ponérselas al control del tv, arroparme y pasar de canal a canal mientras me diera hambre. Quería dormir revolcándome como una sanguijuela entre las sábanas, evitando los recuerdos.

Qué días extraños los domingos, días en que por pura genética no se puede hacer nada, si acaso ir a cine o a un partido de fútbol, pero nada más. Tragar saliva es rico después de un desayuno saludable, lo disfrutaba. De nuevo con el periódico en la mano pensaba en qué pasaría con los millones que se robaron los del Municipio, qué se habrán comprado con eso o qué se comprarían; yo con un pedazo de esa platica me hubiera hecho a una casa grande para poner una panadería, y a comer pandebono y a piropear muchachas, dedicaría mi existencia. Eran las once de la mañana y me entró la culpa por gastar el tiempo viendo en la tv tantos muñequitos cabrones. Como para hacer algo busqué refugio en mi amiga la computadora, que desde su Windows me apreciaba y me dejaba disponer de su Word, me llamaba a escribir. Me sentía seguro frente a ella, estaba cómodo aunque había situaciones en las que respondía mal, pero la reiniciaba y era como si todo arrancara de nuevo.

Sigo escribiendo porque escribir es lo único que no me hace daño, mejor aún, es lo único que puedo hacer sin sentir culpa. Al llenar páginas y páginas de ideas y de pendejadas, que son ideas mal pensadas, vacío toda mi cabeza de tantas fantasías, frustraciones y traiciones. Habito los personajes, me visto de historias, hago una trinchera de mi realidad contra la realidad en medio de la realidad y pese a ella. Nací necio en este puto país de mierda donde estoy acorralado por el odio y la desidia. No traeré hijos a esta tierra donde cada vez sentimos tanto caos y desespero, sé que el fin está cerca, cada día nos pisa los talones con más fuerza y terminaremos replegados en el mutismo, ya no tendremos más misericordia con las angustias. Una tierra sangre, paraíso perdido entre el no se puede y el no se debe. Tierra linda pero llena de trampas en esta latitud del globo reseco por la calentura, ¿qué hacer? Yo como que me uno a las beatas del barrio en la tarea de aferrarnos a las hostias.

Qué va, el cuento de la ciudad de la salsa es un asunto para agencias de viajes, no somos ningún sueño atravesado por ningún río o (caño mejor), ¿qué porque los intelectuales de a peso y las cuchibarbis se agolpan en bares lúgrubres, en la Bodeguita Cubana o en la Taberna Latina esto es la ciudad de la salsa? Pues no me parece. Tampoco creo que tres orquestas flojas puedan cambiar la identidad de los montañeros para inscribirnos en las listas mayores del son y el guaguancó. Yo me patoneo mi calicalentura y no encuentro acomodo, asidero como diría mi abuela. Lo mejor en este valle de incertidumbres y de desencuentros es no pararle muchas bolas a los que con alevosía se desgañitan frotando a Cali por todos lados. Esta es una ciudad de mierda, todos los que vivimos aquí estamos cagados y con el mar a dos horas de curvas y de guerrilla. Ni pa´qué hacer el viaje a Buenaventura si es otro cagadero peor. La vida y la muerte están juntas, sólo es cuestión de tiempo, de que llegue el momento, que por esas casualidades nos muramos y de allí a contar con suerte para no reencarnar en un palestino.

El viernes vi un muerto mientras venía de pagar los servicios. No fue el primero ni creo que sea el último que veré. A éste lo bajaron dentro de su carro, quedó con cara de extrañeza ante su nuevo estado. Creo que no sufrió mucho. Es que a unos se la ponen muy complicada para morir, y sólo para quedar con cara de mártir. Este ex-vivo que quedó obstaculizando el tráfico, fue el tema de vendedores de dulces, limpia vidrios y ciclistas que regresaban de trabajar. Después del caos ocasionado le hicieron el levantamiento y no pasó nada. La vida regresó por la misma calle y ese muertico entró en la lista cada vez más amplia de los muñecos, de los que pailaron, de los que la fusión de plomo y odio trasforma en cadáveres. Aquellos que por las cosas del destino se ganaron un pasecito vip al más allá. No se sabrá del todo quién fue ni por qué. En la historia del levantamiento estarán los impactos de bala, quedarán localizados con calibre, fecha, hora y lugar, quedarán las características físicas de la víctima, y lo demás, entrará al limbo de lo que es mejor no saber. Cuando logramos pasar el trancón que formó el suceso, el tema del colectivo fue la muerte y lo peligroso de la ciudad. Tres cuadras más adelante una bicicleta que cruzó imprudentemente tuvo un encuentro cercano con el colectivo en el que yo iba, ya el muerto pasó a un segundo plano y la discusión fue sobre quién tuvo la culpa de ese incidente, yo sólo fantaseaba con la idea de largarme a vivir en el Pacífico, entre negras espléndidas, que bailan currulao mientras yo me zampo un sancocho de pescado y tomo biche, por algo el destino me puso tan cerca del Océano.

No me queda si no escribir porque camino por una ciudad cada día más extraña, donde los ecos se pierden en un falso civismo y en una tolerancia que raya en la pendejada. Yo no conozco el Cali de los juegos Panamericanos ni mucho menos vi a Jovita ni a Riverita, ¿qué es eso del Charco del Burro? No me digan que la historia de los años 60´s la escribió un tartamudo decadente embutido de maracachafa que le dio por matarse en el 77, el mismo año en el que yo nací. No gozo caminando por la Sexta, me importan un culo los hongos de Pance, ni para qué el club Colombia o el San Fernado. El Parque de las Banderas es un tremendo mantequeadero y hay que estar en la jugada o te roban. Ni las Tres Cruces ni el Cristo Rey están en mi Cali. Los referencio como sitios donde roban. ¿Qué putas es Cali?, no me digan que es ese barrio Obrero contado por un miserable lavaperros. Ese no es mi Cali, en mi Cali no hay putas ni coca, no existe Juanchito, no hay aceleres, no hay nada. A duras penas estoy yo esquivando huecos y esperando a que un carro bomba me vuele a la mierda.

Omar Felipe Becerra Ocampo
 

 

Gentileza::  OMAR FELIPE BECERRA [ literatura@colombia.com ]

paginadigital


Ir al principio,
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica
 
 
 
<h1>Diseño de sitios web</h1>
<h1>Diseño de sitios web</h1>
<h1>Diseño de sitios web</h1>

<h1>Taller literario</h1>

Diseño web
Optimización y posicionamiento

Clic Aquí

  Notas & Artículos
Educación
Noticias & Opiniones
Cartas de navegantes (opiniones)
El amasijo
Charlas sobre Arte
Entrevistas a artistas plásticos
Tecnología y ciencia
Teatro
Lectura y Textos
Artículos y boletines literarios
Temas varios
Entrevistas
Chistes
Columnas para sonreír
Reflexión
Biografías


escritores de libros por encargo
mayorista de aceite en buenos aires
cursos de tai chi chuan
abogados de empresas de telecomunicaciones
mudanzas domiciliarias
hotels in bogota
Abogados de divorcios
internacion domiciliaria
portones automatizados
distribuidor mayorista de equipos de pilates
Alojamiento en la costa atlántica
rectificacion de motores
Asociacion Argentina de Propietarios de Camiones
chapas de zinc
fabrica de uniformes escolares
Cercos electricos
desarrollo de sistemas
alarmas contra incendios
Venta de departamentos
cursos on line
rectificaciones
fabrica de muebles clasicos y modernos
insumos de oficina para empresas
tratamiento bipolar
taller de píntura en zona norte
repuestos para de piletas de lona
reisen nach argentinien
Jubilaciones y pensiones
Carta astral
Bombas de vacio
 

© Copyright 1999-2010 Paginadigital®. - Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados  




|Pon a paginadigital en tu sitio | Sugiere esta página a un amigo | Responsabilidad |
 info@paginadigital.com.ar
   |  Ayuda |

Web diseñado y producido por paginadigital®, Copyright 1999 - 2011, todos los derechos reservados. Los nombres e íconos de: paginadigital, Kids, art, pinturas, grabados, dibujos, objetos. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados | Términos y condiciones

| Home | Cursos y talleres | Servicios de Internet |Agenda de Ferias y Exposiciones | Exposiciones de arte y galerías | Becas, maestrias y posgrados | Programación de teatro, cartelera | Centros culturales | Concursos de pintura, literatura, arte, video, television, tv, teatro, casting | | Conferencias, seminarios, jornadas | cartelera de cine, tv, fotografía | Música, recitales, bandas, música clásica | Libreria, venta de textos y libros | Museos | Coros, operas, conciertos | Noticias, notas y artículos | Música de tango, cena show | Textos, poesía, prosa, cuentos, poemas | Solidaridad | Tarot, astrología | Mapa del sitio | Foro | Not | Cart | Salas | Tel | Taller | Taller literario | Enlaces útiles