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“La literatura es una forma
privada de la utopía”, Ricardo
Piglia
Un cinco de enero de 1977 Aida
Luz Ocampo tuvo los dolores de
parto. A las 6:30 de la tarde
conocí la clínica de los Seguros
Sociales, como ven, me trajeron
Los Reyes Magos, nací bajo el
signo de capricornio. Invento
historias desde que tengo
memoria, las escribo desde que
aprendí a escribir, en la
escuela me enamoraba siempre de
las profesoras de español, hoy
estoy casado con una de ellas.
Me gano la vida en los salones
de clase, de profesión
estudiante, me gusta la montaña,
la Coca-cola, el río y
levantarme tarde. Creo en la
literatura así sea mentira,
confió en mis amigos así no sepa
donde están, amo a mi familia y
seguiré escribiendo así nadie
lea mis relatos.
Omar Felipe Becerra Ocampo
A
Ana Maria
Carmen Helena
Aída luz
SOLO
JUEVES 28 DE FEBRERO DE 2002
10:15 PM
“En el galpón de los pavos
reales he decidido ser el patito
feo”
Cali se despeluca todos los días
un poquito para sorprendernos.
No sé si desde la codicia o la
avaricia, terminamos tirándonos
en una tierra próspera para
todos los tiradores. Ciudad de
polvo, sol y caricias, espacios
habitados por la memoria que
crea recuerdos olvidados,
espejismos. Cali, la ciudad de
razas mezcladas por el viento.
Por ese ventarrón que todas las
tardes se cuela por las lomas
del oeste, esquivando edificios
gigantes, para rociar de
Pacífico la ciudad. Ventarrón
que a mí también me unta esos
muchos colores bajo el puto sol
que camina a mi lado,
produciéndome pensamientos que
me sacan esa Cali que todos
tenemos dentro; así no queramos,
esta ciudad de mierda se quedó
metida, agarrada en alguna
retrechera entraña. El Pacífico
y los Andes encuentran en Cali
su valle, haciendo de este
padazo de tierra un lugar
engañadoramente bello, una
montañas subidas con silicota y
una planicie bien liposusocionan,
vivimos en una ciudad capaz de
enamorarse hasta de ella misma y
al mismo tiempo de aniquilarse
postrada en la codicia de unos
pocos. Una ciudad de cuarta
categoría metida en la parte
baja de un país de quinta
categoría y yo nacido en una
familia que sabía que había que
luchar para arañar algo de
dignidad en medio de la miseria
que nos acorralaba siempre.
El bar rosa, la soledad de la
avenida Sexta, mis amigos
andróginos, mi única posibilidad
de llorar y llorar sobre la
leche derramada. Bajo los
laureles, porque no hay nada que
hacer, siempre serás culpable,
no tiene sentido que te esforcés
por los que creen lo contrario,
lo importante es saber. Ser
culpable afecta, ¡no!, no comás
cuento, lánzate al cinismo y al
me importaunculismo. ¿Por qué te
desgastás en explicar lo
inexplicable? Lo que seguramente
te llevará a que choqués la
cabeza contra las paredes y a
maldecir todo lo que pensás,
sabés que siempre bajo ese
estado la cagás y tenés que
bajar los ojos y con el rabo
entre las patas decir lo siento,
lo siento, lo siento. Estás
jodido. Por eso dedicate a
respirar hondo y a contar hasta
diez, tragar saliva siempre es
bueno porque te relaja, te pone
en sintonía con tus propios
sabores aunque éstos terminen
sabiendo a las frustraciones que
no te permitirán ser nadie, sólo
que cuando lo descubrás será
demasiado tarde, en ese momento
la justicia de la vida te dejará
poco tiempo para celebrar tus
hazañas.
En una ciudad que es todo y es
nada a la vez siempre aparecen
los que saben pescar en río
revuelto y aprovechan a los
incautos para venderle sus
visajes sin sentido. Allí
estamos todos detrás de lo que
nunca sabemos, en esa cacería
impune que sólo deja una
sensación de haber gastado
muchas incertidumbres, rodeados
de pirañas detrás de su bocado.
¿Hasta cuándo putas voy a seguir
así? Hasta que mis amigos me
digan matate pues, matate, dejá
de sufrir tanto, de quejarte,
dolor de muela, matate y yo les
responderé que aún no soy tan
valiente, que prefiero esperar a
que otro me mate y se condene,
que todos son unos conformistas
de mierda, que deben hacer algo
por no caer en esa caldera
implacable de las vanidades.
Pero qué va, éstas sólo son las
divagaciones de un viandante, de
un resentido sin sentido, de un
flaner pobre que abusa de la
suela de sus zapatos y que aún
cree que el destino le tiene
grandes sorpresas.
Paso por el café Los Turcos,
esquivo la nostalgia que luego
me alcanza justo frente al
teatro Calima, ese templo del
séptimo arte ahora invadido por
faldas largas y corbatas baratas
que alaban fervorosos a un Dios.
Estoy en la Sexta, no la de
Andrés Caicedo, esta es mi zona
con sus carros de perros, sus
estancos, las putas, los
jíbaros, la fila interminable de
taxis, los gamines y el ejército
de trapos rojos que cuidan
carros. Hoy todos piensan en la
Sexta = rumba; yo también, sin
llegar a alebrestarme. Le digo a
los manes que no quiero bareta,
¡qué tal! todo peludo no es
mariguanero ¿o qué? Pasan por la
berma tres gringos chuchentos
con severendas cámaras de
fotografía en el cuello, robada
fija, ya perdieron, seguro se
creen en Liverpool ¡ja! No sé si
sea la liberación sexual o que
sé yo, pero la mariconada se
tomó la Sexta, pasan, te miran,
se ríen, no son los travestis
alebrestados del barrio Granada:
son los noviecitos que se pasean
por la avenida de camino a un
bar. Avanzo esquivando motos en
los andenes y diciendo que no a
los meseros que me convidan a su
bailes: “jefe, tenemos pantalla
gigante y música crossover”. Los
sitios los inauguran, se ponen
de moda y si logran ser
reconocidos se llenan hasta no
más, luego empiezan de nuevo a
quedarse solos porque ya hay un
sitio nuevo y el ex-nuevo hay
que remodelarlo, cambiarle de
nombre o simplemente cerrarlo.
Eso es la fiesta, mujeres y
hombres que pretenden encontrar
en los nuevos lugares ese sitio
que nunca existirá porque vive
en los deseos de nuestras mentes
como la mujer ideal o como lo
que de verdad queremos hacer en
nuestras vidas.
Cuando uno piensa que todo
tiempo pasado fue mejor es
porque ya se le vinieron los
años encima, el reloj de arena
ya dio la vuelta entera, no hay
nada que hacer, no queda sino el
camino de regreso. Recuerdo que
mi sueño era ir a Video Halley,
¡qué chimba!, tomar cerveza y
fumar Derby. Le dábamos mil
pesos al portero para que nos
dejara pasar sin cédula. Puro
parche de manes, velábamos
novia. Nunca teníamos un
levante, y si acaso lográbamos
sacar una chica a bailar, ya
salvábamos la noche; nos tocaba
parados porque las mesas eran
para los que pedían trago. Por
esos días yo conseguí una novia
muy linda, la felicidad se vino
en tumulto y me pegó una
revolcada elegante. Se llama,
porque vive aún la desgraciada,
Marcela. Teníamos 14 y 16 años,
yo me creía grande pero todavía
no podía dormir con la luz
apagada. Ella vivía a tres
bloques del mío, en un tercer
piso, era la hija menor de un
abogaducho, su mamá pasaba su
vida entre fregar, barrer y
cocinar mientras le cuidaba el
coño a sus dos hijitas, la menor
fue la que me tocó porque la
grande no salía sino con pelados
que estuvieran en la
Universidad. A mí me gustó de
una, una bizcocha, por eso no me
perdía fiesta de cuota, bazar en
el barrio, corría como loco
jugando escondite americano; en
pico botella siempre me hacía al
frente de ella, le regalaba
credenciales de Hello Kitty y
sudaba en mi equipo de voleibol
para que ella me viera. Un día
jugando a la verdad o se atreve,
dije que ella me gustaba y todos
mis amigos silbaron y entonaron
un: tan, tannnnnnn, tan, tan…
tan, tannnnnnn, tan, tan, tan,
tan, tannnnnnnn, tan, tan… tan,
tan. Luego, cuando la acompañé
hasta la casa le cogí la mano y
le pregunté que si nos
cuadrábamos, ella miró el piso y
sin soltarme la mano me dijo que
yo le gustaba mucho pero que
tenía que pensarlo. Volé hasta
mi casa e inauguré mis desvelos.
Al otro día se decidió a ser mi
novia si yo me comprometía a
dejar de andar tan sudado, a
arreglarme un poquito el pelo, a
quitarme la tierra de las uñas y
a no tirar gargajos; esos no
eran pedidos, fueron órdenes.
Compré una loción, guardé las
pantalonetas y me puse bluyines.
Desde allí todos los días nos
veíamos en el parque o en las
escaleras de su casa, y si no
nos veíamos, pasábamos horas en
el teléfono, hablando y hablando
y hablando y hablando y hablando
y hablando y hablando y hablando
y hablando y hablando. Al llegar
del colegio pasaba por su bloque
para mirar si tenía las ventanas
abiertas. Casi siempre ella
estaba allí. Nos gustaba
quedarnos amarrados de la mano,
tomar gaseosa y comer papitas.
Nuestro noviazgo fue el del sí,
sí, sí del amor en mi unidad
residencial, pues todos los del
parche se empezaron a cuadrar.
Hasta los feos hicieron un
levante, en ese alboroto de
hormonas. La gomina y la crema
para barros entraron en furor. A
unos les iba mejor que a otros
con la niñas pero eso sí, nos
veíamos chistosos bien
arregladitos con la camisa por
dentro todos los pollos roncos.
Las salidas a Video Halley eran
pues para contar fantasías sobre
cómo le habían cogido las tetas,
también con lujo de detalles
explicaban a los demás amigos
cómo ellas se ponían más
arrechas. Fueron los días en los
que probamos el Bórax, nos
gustaba tanto hablar y hablar
que terminábamos borrachos con
dos cervezas y pidiendo al
barman que nos diera una
canequita de aguardiente por el
reloj Benetton de uno de
nosotros.
Voy por la Sexta con Blockbuster.
Estoy cansado de caminar.
Recuerdo cuando iba a las
minitecas con mis amigos
quinceañeros y nos formábamos en
filas bien derechitas, mujeres
frente a hombres para bailar
house y tecno que William Mix
Time Umaña mezclaba con sus
vinilos. Los discos duraban lo
que pudiéramos aguantar
bailando. Eso sí era fiesta.
Mientras apretábamos a las nenas
con los merengues de los
Hermanos Rosario en los salones
de los colegios femeninos,
soñábamos con ir a las
discotecas de la avenida Quinta
para ser grandes o, por lo
menos, aparentarlo. Technotronic
hacía de las suyas en
Radioactiva. Las casas y los
salones sociales se invadían de
muchachos anonadados entre luces
y bafles potentes, hacíamos una
fila larga para entrar,
llegábamos con la esperanza de
que esa fuera nuestra noche,
págabamos en la entrada para
tomar gaseosa hasta embucharnos.
Un amigo se había conseguido un
revólver hechizo Calibre 22 que
nos daba la posibilidad de
empujar y mirar mal a los del
parche de las Habichuelas. No
sabíamos si en verdad eso
disparaba, pero tenerlo entre
los pantalones nos gustaba. Él
lo alquilaba por mil pesos el
día. A mí me gustaba pedirlo los
sábados.
Llego al bar mezcla de rojo y
blanco en una trasformación
rara. Hay que hacer un stop en
la entrada para saludar a los
mismos de siempre y a otros
esnobistas que con lo nuevo se
dan a su comedia popular. Hoy en
día cobran más, el volumen es
más alto y hay un salón que se
corta por unas escaleras que te
suben a otro ambiente, toda esa
afición por el diseño termina
convirtiendo casas corrientes en
salones de baile. El sitio es
agradable pero siento nostalgia
por minitecas. A cambio de las
muchachas de colegio con cajitas
cobrando la entrada, hay gorilas
con detectores de armas
controlando la puerta de esa
falsa cofradía de electroadictos.
Ya estoy en el bar rosa, ja, ja,
bajo el cielo carente de
estrellas pero con todas las
constelaciones moviéndose por mi
lado, no es sino esperar a que
suene algo para salir a bailar,
pues para eso pagué. No hay
mucha diferencia entre estar
afuera o adentro, sólo que los
que pagamos podemos pasar y
pasar una y mil veces por la
entrada levantando la mano donde
ostentamos el sello del lugar.
Por medio de empujones leves,
pero efectivos, cambio dos
tiqueticos del cover por
cerveza, beer, birra, chela,
pola, fría, agria, y luego, por
fin, llego al salón donde la
música y el calor son más
fuertes. Bailo hasta que me
harto, me recuesto a una pared
para mirar al dj mientras pone,
unas sobre otras, canciones que
desde hace un tiempo se llaman
electrónicas, una música que
tiene más variables o mejores
formas de nombrar la misma cosa;
algo monorrítmico y polisémico.
La silicona se mueve al ritmo de
los bitt de la melodía de moda.
Niñas aún de bachillerato, se
desplazan entre una masa de
gente que baila con la cerveza
en la mano. Ellas sienten que
ése es su lugar, allí se creen
grandes, los nuevos ricos y sus
maravillosas lobas también
aparecen con su inconfundible
gesto: ¡aquí estoy! Mírenme pero
no me toquen. Los siempre
muchachos atentos esperando
hacerse hoy el levante de sus
vidas le caen a cuanta escoba
con falda lo permita. Los
infaltables rebeldes sin causa a
los que no les gusta nada y
están en todo; las neogippi,
bellezas híbridas entre el
esoterismo hindú y las vitrinas
de Chipichape; los que pintan
sus pelos de colores
sicodélicos, tremendos cocuyos;
los amigos del alma que se
quedan sin cinco y se la pasan
toda la noche pidiéndote
cigarrillos, que quinientos para
completar para la cerveza, y de
salida se te canalean el taxi;
los intelectuales discovery
channel; los mírenme cómo estoy
de crazy; los punkeros light;
los estrellitas de pueblo, todos
en una dificultad enorme para
salir, para entrar, para ir al
baño, para pedir un trago.
Estamos en el lugar de moda, no
sé si “in” pero parece que lo
que pasa en la ciudad de la
salsa está atravesado por música
europea que nunca podremos
asimilar. Nos creemos en un club
inglés, experimentamos el
erotismo del movimiento en un
ritual copiado y pegado con
engrudo a la tercera ciudad de
un país del tercer mundo,
miramos alrededor y
reaccionamos, sabemos que
inevitablemente estamos en él,
vestidos con un disfraz
incómodo, como en una baile de
apariencias donde sobrevivimos
copiando hasta nuestra precaria
miseria, sin comprender lo raro
que se ve el mundo con una forma
de sentir donde no somos
auténticos y donde terminamos
siendo idiotas útiles sometidos
bajo eso que no queremos
entender.
Ya pagué, así que trato de
bailar, pero ya no a mi gusto
porque los parlantes votan
electrofunkthouse. Todo suena a
casi lo mismo, quiero salir de
nuevo para hablar con uno que
otro conocido, esconderme de la
depresión que me produce sentir
una ciudad sin sentido, donde
los jóvenes, el futuro presente,
se agrupa haciendo gala de no sé
que cosas, en un bar donde hay
que pedir permiso para no ir a
pasar sobre ningún ego. No sé si
se llame pérdida del sentido
común pero creo que hay una
generación que, sin la
desvencijada utopía de los 60´s,
habita aún esa remota
posibilidad de ser, no de la
imitación ramplona, me refiero
al deseo de identificarse con
alguien que te acompañe en la
multiplicidad de necesidades de
sentir.
Siendo más de la una del nuevo
día y habiendo consumido mi
cover en cervezas, me empujan
por la espalda, me volteo
confundido y descubro a varios
gordos calvos que adornados con
cadenas de oro zampado tequila,
se ríen, esos que se ponen de
profesión comerciantes y que
llegan con el gesto de permiso
que llegué yo. ¿Qué más hacer?,
terminar el último sorbo de
cerveza, no estorbar más y salir
como pueda entre la gente
sabiendo que no regresaré. Sé
que no haré falta, pero también
sé que en nuestra ciudad estamos
cada vez más atolondrados y que
seguramente ese bar rojo y
blanco = rosa, es uno de los
culpables.
La soledad es dura mientras todo
el mundo se choca conmigo en mi
mente, siento que por momentos
necesito un milagro, que pase
algo que reviente las cadenas de
la cotidianidad para no terminar
explorando miserias en terrenos
desconocidos, peligrosos y
existentes; pero esto no pasa de
ser un mero pensamiento cachorro
y frustrante que se agravaba
mientras la noche no para de
tirar. Estoy prendo, sé que si
sigo tomando terminaré cagándola
como siempre, pero aún no quiero
parar, esta es la última birra,
además no tengo casi plata y me
está entrado como en reversa,
una más, y una más, ¿sí o qué?
La vida es una caja de
sorpresas, bisuterías que te
deslumbran, manada de abalorios
efímeros que sólo la desilusión
pone en su lugar. Tengo miedo
aunque sé que morir hoy o dentro
de 50 años daría prácticamente
lo mismo.
El amor se fija en la mirada de
dos cuerpos que no se dicen
nada. La angustia, el sin sabor
y la nostalgia bailan con pasos
que hacen doler la vértebras.
Movimientos bruscos, tragos
amargos, sentimientos casi
nostálgicos. Pierdo peso cada
madrugada, mis amigos me visitan
en las tardes, cada calmante me
inquieta, sé que el tiempo de
las despedidas siempre es corto.
Hoy descubrí cómo duelen las
venas atarugadas por males que
las oprimen. La muerte no es una
señora de negro, por ningún lado
llegan las guadañas. Estoy
totalmente quieto en el dolor de
estar siempre acostado,
esperando que eso, que debía
llegar como el calmante eterno,
tenga a bien aparecer. Debería
correr hacia un abismo y olvidar
en cada paso a cada uno de mis
amores; podría abusar de la
morfina y aletargarme para
siempre bajo la sencilla
sutileza del suicido. O mejor,
tratar de esperar esos milagros
de los que muchos hablan,
intentar que se materialicen en
un cuerpo que oprime cada día
más el alma; pero sé que la
resistencia cargada de nostalgia
cambia sustancialmente las
posibilidades de mi necesario
intercambio.
Ya en mi retirada, paro a
comerme una hamburguesa y,
mientras el negro vestido de
chef me la prepara, espero en
una silla Rimax ubicada en el
separador de la calle. Mucho
queso, mi negro, con todas las
salsas y una Coca-cola. Regresa
a mi mente esa primera novia. Un
día sentimos que besos
complementados con una que otra
caricia sabían mejor, así que
desde esos días buscábamos
lugares oscuros, esquinitas
para, contra una firme pared,
prolongar los espasmos
producidos por el largo beso y
por los movimientos cuidadosos
de mis manos sobre su cuerpo de
princesa. Primero la apretaba
muy fuerte. Luego, desde su
espalda, emprendía un descenso
lento, siempre atento a sus
reacciones; por sus nalgas que
eran la gloria, la tocaba
despacio y luego duro, sin
pegarla mucho a mi cuerpo porque
me daba mucha pena que me
pillara parolo. Desde allí mi
vida tomó definitivamente otro
curso, otra dimensión sublime
que trascendía a los estándares
más finos del deseo, me sentía
un latín lover, mejor que en
película. Un día, seguro por
efecto de los vinos, ella tomó
mi mano y en un diálogo de
nuestras lenguas, la pasó por
sus pechos, yo nunca pensé que
fueran tan suaves, los creía
duros y ásperos, no sé por qué
en mi mano quedó la forma de sus
senos durante varios días. Esa
noche me masturbé cuatro veces y
no me bastaba. Allí sentí el
amor, las tales mariposas en el
estómago acompañadas de
angustia, de anhelos. Entré en
ese raro estado que hace que la
sangre corra más rápido
cambiando nuestra perspectiva
del mundo. Casi pierdo el año,
mi mamá le dijo a toda la
familia que tenía novia. Me daba
pena que cada vez que trataba de
hablar con mis suegros se
salieran de mi garganta los
bochornosos gallos. Cuando me
concentraba en sus ojos veía por
vez primera el universo. Por eso
en las tardes nos encontrábamos
en mi apartamento para las
exploraciones de ese nuevo
territorio que creaba la unión
de los cuerpos. Ávido de
aventuras nos guiamos por
revistas y videos que
completábamos con comentarios de
amigos para probar, probarnos y
aprobar todo el placer que
pudiéramos descubrir, mejor
dicho, encoñados días y días.
Pero mi media naranja, la madre
de mis hijos, la heredera de mi
futura fortuna, la mujer detrás
de todo gran hombre, tocó a mi
apartamento un puta tarde de un
lunes gris. Llegó con la mochila
del colegio y con una carta. Me
la dio, se puso a llorar y bajó
las gradas a toda.
En pocas palabras, lo que decía
era que me quería muchísimo, que
ella no me merecía, que no me
quería hacer más daño y que lo
mejor era que nos dejáramos.
Festejo mis fracasos, ¿qué más
podría hacer frente a una vida
perdida en medio de ilusiones
vanas? Culpables sin rostro
danzan una danza cucusclánica
frente a mi retrato, hoy hasta
las comidas sanas me producen
náuseas. Ayer transcribí con
sudores un camino que delimitaba
la angustia. Muchos de mis
amigos se cambiaron de bando, y
mi última admiradora parece que
se consiguió un buen tipo.
¿Cómo así que nos dejáramos? Eso
quería decir que no estuviéramos
juntos, pero no lo creía de
ella, la dulce, no podía hacerme
esto, pero, ¿por qué?, ¿por
qué?, ¿por qué? Y no me llamó de
nuevo ni me pasaba al teléfono.
Yo me tiraba la tarde en el
parque detrás de su casa hasta
que un día la vi besarse, como
me besaba a mí, con un muchacho
todo bien arregladito. Los
seguí, iban de la mano y se
subieron a un Renault 6. El
triplehijueputa tenía carro,
pues claro, esa si es mucha
perra, culpé a la hermana de
haberle dañado la cabeza. Quería
matar por primera vez en la vida
a un hombre. Me fui a mi casa.
Me senté en la mesa del comedor
y de un sólo lapo le escribí 54
poemas, firmé con sangre y se
los dejé debajo de la puerta de
su casa. Nunca pensé que mi vida
de escritor iniciaría con
semejante despecho. Creo que si
no fuera por eso, hoy
seguramente no estaría
escribiendo esto. Descubrí el
poder de la palabra (como dicen
los pastores evangélicos) de
juntar letras para exorcizar la
vida y vea pues los avances que
esos 54 poemas han logrado. Aún
temo que en la cúspide de mi
fama literaria a la muy bandida
le dé por publicar esos versos,
pues desde ya me retracto de
cada uno. Ustedes deben entender
las circunstancias, y no creo
qué valgan como textos reales.
Fue sólo el corazón desparramado
de la manera más burda sobre
hojas en blanco.
Las salsas se me deslizan por
las manos y la mostaza casi me
llega hasta los codos. No estoy
lleno, más bien atarugado.
Camino un poco para bajar el
último pedazo de pan y luego,
montado en el taxi, empiezo a
cabecear. Ya no hay semáforos
qué valgan, los seres de la
noche se apoderan de los lugares
que le roban a la penumbra.
El taxi en su afán, levanta a un
man borracho, lo veo como a tres
metros del andén, el taxista no
para. Me pregunto de muchas
maneras el significado de la
palabra insignificante, siempre
es difícil medir lo
insignificante de un beso, de
matar a una hormiga, si es una
cucaracha mejor, de la vida
misma como esa sucesión de
insignificancias que se
multiplican; por un mal paso
morimos o logramos la gloria.
Odio esta puta ciudad de mierda,
¿que por qué no me largo?, pues
no sé, a lo mejor no he podido.
Me da putería levantarme siempre
acalorado, y que todos se crean
los putas en este nido de ratas.
Al llegar a mi casa y despertar
al vigilante, se suelta un
lluviecita cacorra, melancólica.
Caigo irremediablemente en la
cama mientras oigo que desde la
TV sale una voz arrulladora que
habla de cremas para adelgazar.
Todo el viernes sobrevivo al
guayabo de la rumba anterior;
anoche pensé que tenía el
control pero el grupo Ardila
Lule se encargó de exprimirme
hasta el último centavo con esos
miaos de caballo que terminaron
dejándome tan jodido como
amanecí.
Estoy de paseo por el terreno de
las conjeturas, al lado de esas
preguntas pequeñas que separan
las ganas de la decepción. Hay
que decidir qué sentir y no
alcanzo a ver hasta donde muere
el deseo.
Camino llegando a una sala llena
de desconciertos desde donde se
ven cinco corredores plagados de
culpa, hoy renuncio a la
demencia y tomo posturas claras
frente al sueño, maldigo a la
memoria mientras paso por
habitaciones vacías pero con
rastros de violencia.
Tomo el sendero corto de los
placeres, gotas de sangre marcan
el camino, salto pegado a las
paredes untándome de cal y
silencio. En el último salón,
dos latas de cerveza, cinco o
seis cigarrillos y la garganta
llena de propuestas para una
mujer de pasos distantes, de
ardientes razones y de planes
utópicos que había encontrado la
puerta que nunca se cierra.
VIERNES PRIMERO DE MARZO DE 2002
Mientras leo los letreros de la
calle y veo a las parejas
caminar de la mano, pasan por mi
mente los recuerdos con los
amores de mi vida, esas mujeres
que me mostraron a garrotazos
tiernos el camino que aún no sé
cual es pero allí voy. La última
fue la que me dejó más jodido.
En las lidias del amor uno nunca
aprende por más que se dé contra
el mundo, la terquedad no hace
callo y a estas alturas todavía
sigo dándome de tumbos contra el
universo, trompadas con mi
destino y patadas en las guevas
con mi futuro. Hace seis meses,
en un viernes como hoy, cuando
le pica a uno la casa, la vi y
sólo con esa mirada, creo que me
dio un poco de su vida, pero un
poco nada más y aún en este
momento deseo poderla ver. Ella
no quiere saber de esta figura
ni por referencia. Porque parece
ser que eso que le gustaba de
mí, hoy le es indiferente, pasé
de moda en sus caprichos, ya es
más fácil que suene de nuevo la
lambada a que yo le guste otra
vez. Por esa simple razón decidí
salir a follarme al mundo, a
coquetearle al destino, a
picarle el ojo a mi suerte; pero
no con esa ralea de pelles
amigas mías, eso pa´qué, era
hora de probar suerte. Con mi
porte y parlamento podría
levantarme a una nena nueva, o
en su defecto, caerle a una
amiga sabrosona para no
blanquearme y, de paso,
olvidarla del todo si es que
olvidar es lo que quiero. Tenía
25.000 pesos, buen plante, no un
capital, pero con eso se toma,
se picha y se pelea. Antes de
salir me bañé bien restregado,
tenía la pinta, la “todas caen”.
No hay mujer inconquistable, la
teoría Coelho en mi cabeza y el
mundo es mío, soy un ganador.
Salí a eso de las nueve de la
noche para que no me tocara
coger taxi de ida. Esta ciudad
se muere en las noches, no pasa
nada y la quietud asusta. En el
colectivo pensaba en los niños
que aún, a esa hora, venden,
limpian, maromean, roban, rapean.
Hoy primero marzo de 2002, mi
época, mi generación toma la
batuta. Ya no soy un espectador,
soy un participante de este
circo, a mí que me tocó por
suerte vivir el amor en los
tiempos del sida. Esas orgías
memorables de lo 60´s sólo son
anécdotas de los que las
vivieron y las añoran, ya todos
en estos días andamos cabreados
y con argumentos. Uno no se
puede dar el lujo de gozar
transando por allí con quien se
le arrime, uno se llena de
motivos y las muchachas, con
mayor razón. Por eso con ellas
ya toca es cuádraselas y
hablarles serio, que ojo, que en
la jugada con andar perruñando,
a uno también le toca echar ojo
y no andar revolcándose con
cualquiera porque el sida sí-da
y una vaina de esa en los
Seguros Sociales… yo le cuento,
papá. Pero aún así qué vivan las
cirugías estéticas, el ron
Bacardi limón, qué vivan La Loma
de la Cruz, Las Tres Cruces, los
condones, las mujeres
complacientes, los espectáculos
al aire libre y qué viva yo, ¡H.P!
Uy, ya es hora de bajarse. La
Sexta se ve animada. Hay buenas
viejas, travestis alebrestados,
vendedores de bareta, todos los
platipobres que salen a
chicanear con carro prestado,
los cacorros que no faltan,
gamines al piso, puestos de
comidas para todos los gustos y
presupuestos. Dándome el roce
por unas calles que tienen bares
(casi todas) con mesas,
mezanines y música crossover,
pero yo no pago por tomarme un
trago casi en la calle. De un
tiempo para acá la mayoría de
los bares tienen un cover, pues
se estaban quebrando con tantos
que iban y se la pasaban tomando
agua en el baño y fumando
Boston. El cover no es muy
costoso, son cinco u ocho mil
pesos que en los buenos sitios
sirven para tomarse una cerveza
o completar pal caneco. La
cerveza es la bebida que puntea
en los bares, en los que yo
frecuento ésta es nacional, pues
la importada es para los bares
de yupis. A mí lo de mi tierra
primero y más si vale entre dos
mil y cinco mil pesos. No es
barato pero es razonable. No soy
de los que se van a parchar a la
entrada de los bares a chupar
andén y a tomar Yumanyi, tampoco
estoy en esos extremos. Ya
ustedes harán cuentas: Con diez
luquitas uno rumbea así le toque
ir a raspar ollas a la casa y
sólo puedas invitar a las
muchachas a bailar y peàtir
cigarrillos a todo el que estire
la mano, pero que salís, salís.
En una ciudad de salsa es muy
complicado romper con esa
tradición; por consiguiente, el
80% de los lugares de rumba
tienen ese género como el que
predomina, aunque por esta época
el vallenato, la música
electrónica, el house, el acid
jazz, las rancheras, el tribal,
los merengues, el rock en
español y el drum bass, han
conseguido sus lugarcitos y sus
seguidores. Si bien yo no soy
fanático de la rumba que se
llama crossover, no me le arrugo
al parche que resulte, soy un
todo terreno, bailo lo mismo una
guaracha que un son, siempre y
cuando esté bien acompañado.
Podría seguir a la nena hasta a
un culto cristiano.
Por eso lo de salir es una buena
opción. No quedarse en la casa
dando vueltas en la cama o
llamando de puro destrabe a esas
amigas feas o hartas que llenan
la agenda. Me siento bien, me
puse jeans y una camiseta de
colores. Hoy es el momento para
los zapatos rojos que están
pegando. No estoy feliz pero
confío en esas sorpresas que nos
tiene preparado el destino a los
que permanecemos atentos a lo
que pase. Llegué temprano a este
sitio, el de moda. La verdad,
nunca entiendo qué hace que un
sitio, de un momento a otro, sea
el punto de reunión de
determinadas personas. En esto
de bares las cosas funcionan con
una lógica un poco extraña; pero
al que vine hoy es lo último
aunque sea igual a los otros. Lo
único es que a éste le llega
mucha gente y eso lo hace bueno.
Uno dice como pa´uno: “¿éste es
el del que tanto hablaban en la
cafetería, el bar de moda, el de
allí nos vemos?” Yo quería ver
si era verdad que aquí llegan
las hembras más elegantes, y me
encuentro con tremendo casting,
se pasean princesas, reinas,
mamitas, nenas, buenonas,
cuchibarbis, anoréxicas, las
miss siliconas, unas que parecen
haber salido de párvulos hace un
par de días, las lolitas que me
enloquecen, algunas negras
maravillosas, las infaltables
gorditas buena gente, las feas
que se creen lindas. Algunas me
rozan con sus pechos, trato de
no pasar desapercibido mientras
mis ojos y mi cuello se la pasan
como en un partido de tenis, mi
cuerpo dice: “¿a cuál me como, a
cuál me como?”
Hasta el momento la salida va de
la siguiente manera: cada bar
tiene su clientela y ésta
empieza a formar una cofradía.
Se caracterizan por la edad y
los gustos, yo aún no me he
podido meter a ninguna de éstas,
aún estoy en los que pican allí
o allá, un camaleón de los
parches, si me toca soy fanático
de Lavoe, pero si las amistades
cambian puedo cantar U2 sin
problema y me defiendo entre BIT
y BAITES si las charlas y
periplos saltan a esos ritmos,
también puedo ser un 14
Cañonazos. Pero a mí, aquí entre
nos, lo que me mata son las
baladas, uy qué rico sería una
salidita sólo con la música que
evoca al amor. Mientras tanto
pico aquí, allí, más allá. Son
las 11:00, hora en que inicia la
llegada de la gente, pero nadie
entra de una, es un ritual que
implica el merodeo, el coqueteo,
la pantalla, miradas vienen y
miradas van, saludos con los
ojos, con las manos, besos,
abrazos, nos vemos adentro, como
estás de bonita, qué bien que
viniste, se escuchan por todos
lados. Hay que hacer que te vean
y tu ves también. Cuando uno
está varao se puede tomar un par
de frías a precio de estanco e
ir entrando en materia a ritmo
de chismes y nuevas
invitaciones, uno puede ir
fumándose el primer cigarrillo
mientras espera a que el bar
esté lleno porque si no está
teto, no está bueno; la lógica
es que entre más me empujen, más
violenta la rumba, entre más
gente afuera de los baños, más
in está el sitio.
Hoy estoy afuera del bar de
moda, un bar para universitarios
varados. Van llegando en taxi y
los platuditos en carro. Lo
parquean cerca para que los
veamos y luego se quedan
saludando, a mí nadie me saluda,
será que no hay nadie de los
míos y decido probar suerte
adentro. Allí, solo, en la
barra, miro a los qué van
entrando y tomo sorbitos de
cerveza, de a poquitos mientas
el mal bicho de Los Cadillac
hace bailar y cantar a algunos.
Estos sitios son especiales, ya
casi no se ven las discotecas y
bailaderos con espejos,
poltronas de felpa, luces
estroboscópicas de colores,
mesitas de vidrio transparente y
meseros prestos a cualquier
petición; hoy en día son casas
que, sin muchos reparos, se
trasforman en bares. Lo único
que se necesita es una barra,
unas pocas mesas, sillas, luces
y listo el chuzo. Algunos más
audaces adecúan los patios, los
antejardines y las piezas se
convierten en salitas de baile.
Mi meta para esta noche es, por
lo menos, darle un besito con
apretadita a una buena nena y
llevarme a casa algunos
teléfonos de bizcochas. Lo
complicado está en que yo soy
medio nuevo en este parche y la
cosa no es fácil, pero para
grandes hombres, grandes metas.
Las pintas aquí son raras, las
muchachas se ponen colores
psicodélicos y las más colinas
se pintan el pelo de tonos
estridentes, se emperifollan con
vainas rebuscadas y blusas
vaporosas. Desde hace un tiempo,
cada vez más, mis amigas se
perforan distintas partes del
cuerpo y se cuelgan aretes que
en la lengua, que en la panza,
que en la oreja, que en la ceja,
que por allí, que más acá, como
diría mi abuela: La era del
zarcillo.
Aquel que no corre vuela y en el
planeta son tantos, cómo pueden
ser tantos si en la escuela nos
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