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Omar Felipe Becerra Ocampo
 

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Omar Felipe Becerra Ocampo


 


“La literatura es una forma privada de la utopía”, Ricardo Piglia

Un cinco de enero de 1977 Aida Luz Ocampo tuvo los dolores de parto. A las 6:30 de la tarde conocí la clínica de los Seguros Sociales, como ven, me trajeron Los Reyes Magos, nací bajo el signo de capricornio. Invento historias desde que tengo memoria, las escribo desde que aprendí a escribir, en la escuela me enamoraba siempre de las profesoras de español, hoy estoy casado con una de ellas.

Me gano la vida en los salones de clase, de profesión estudiante, me gusta la montaña, la Coca-cola, el río y levantarme tarde. Creo en la literatura así sea mentira, confió en mis amigos así no sepa donde están, amo a mi familia y seguiré escribiendo así nadie lea mis relatos.

Omar Felipe Becerra Ocampo



A
Ana Maria
Carmen Helena
Aída luz


SOLO
JUEVES 28 DE FEBRERO DE 2002 10:15 PM
“En el galpón de los pavos reales he decidido ser el patito feo”



Cali se despeluca todos los días un poquito para sorprendernos. No sé si desde la codicia o la avaricia, terminamos tirándonos en una tierra próspera para todos los tiradores. Ciudad de polvo, sol y caricias, espacios habitados por la memoria que crea recuerdos olvidados, espejismos. Cali, la ciudad de razas mezcladas por el viento. Por ese ventarrón que todas las tardes se cuela por las lomas del oeste, esquivando edificios gigantes, para rociar de Pacífico la ciudad. Ventarrón que a mí también me unta esos muchos colores bajo el puto sol que camina a mi lado, produciéndome pensamientos que me sacan esa Cali que todos tenemos dentro; así no queramos, esta ciudad de mierda se quedó metida, agarrada en alguna retrechera entraña. El Pacífico y los Andes encuentran en Cali su valle, haciendo de este padazo de tierra un lugar engañadoramente bello, una montañas subidas con silicota y una planicie bien liposusocionan, vivimos en una ciudad capaz de enamorarse hasta de ella misma y al mismo tiempo de aniquilarse postrada en la codicia de unos pocos. Una ciudad de cuarta categoría metida en la parte baja de un país de quinta categoría y yo nacido en una familia que sabía que había que luchar para arañar algo de dignidad en medio de la miseria que nos acorralaba siempre.

El bar rosa, la soledad de la avenida Sexta, mis amigos andróginos, mi única posibilidad de llorar y llorar sobre la leche derramada. Bajo los laureles, porque no hay nada que hacer, siempre serás culpable, no tiene sentido que te esforcés por los que creen lo contrario, lo importante es saber. Ser culpable afecta, ¡no!, no comás cuento, lánzate al cinismo y al me importaunculismo. ¿Por qué te desgastás en explicar lo inexplicable? Lo que seguramente te llevará a que choqués la cabeza contra las paredes y a maldecir todo lo que pensás, sabés que siempre bajo ese estado la cagás y tenés que bajar los ojos y con el rabo entre las patas decir lo siento, lo siento, lo siento. Estás jodido. Por eso dedicate a respirar hondo y a contar hasta diez, tragar saliva siempre es bueno porque te relaja, te pone en sintonía con tus propios sabores aunque éstos terminen sabiendo a las frustraciones que no te permitirán ser nadie, sólo que cuando lo descubrás será demasiado tarde, en ese momento la justicia de la vida te dejará poco tiempo para celebrar tus hazañas.

En una ciudad que es todo y es nada a la vez siempre aparecen los que saben pescar en río revuelto y aprovechan a los incautos para venderle sus visajes sin sentido. Allí estamos todos detrás de lo que nunca sabemos, en esa cacería impune que sólo deja una sensación de haber gastado muchas incertidumbres, rodeados de pirañas detrás de su bocado. ¿Hasta cuándo putas voy a seguir así? Hasta que mis amigos me digan matate pues, matate, dejá de sufrir tanto, de quejarte, dolor de muela, matate y yo les responderé que aún no soy tan valiente, que prefiero esperar a que otro me mate y se condene, que todos son unos conformistas de mierda, que deben hacer algo por no caer en esa caldera implacable de las vanidades. Pero qué va, éstas sólo son las divagaciones de un viandante, de un resentido sin sentido, de un flaner pobre que abusa de la suela de sus zapatos y que aún cree que el destino le tiene grandes sorpresas.

Paso por el café Los Turcos, esquivo la nostalgia que luego me alcanza justo frente al teatro Calima, ese templo del séptimo arte ahora invadido por faldas largas y corbatas baratas que alaban fervorosos a un Dios. Estoy en la Sexta, no la de Andrés Caicedo, esta es mi zona con sus carros de perros, sus estancos, las putas, los jíbaros, la fila interminable de taxis, los gamines y el ejército de trapos rojos que cuidan carros. Hoy todos piensan en la Sexta = rumba; yo también, sin llegar a alebrestarme. Le digo a los manes que no quiero bareta, ¡qué tal! todo peludo no es mariguanero ¿o qué? Pasan por la berma tres gringos chuchentos con severendas cámaras de fotografía en el cuello, robada fija, ya perdieron, seguro se creen en Liverpool ¡ja! No sé si sea la liberación sexual o que sé yo, pero la mariconada se tomó la Sexta, pasan, te miran, se ríen, no son los travestis alebrestados del barrio Granada: son los noviecitos que se pasean por la avenida de camino a un bar. Avanzo esquivando motos en los andenes y diciendo que no a los meseros que me convidan a su bailes: “jefe, tenemos pantalla gigante y música crossover”. Los sitios los inauguran, se ponen de moda y si logran ser reconocidos se llenan hasta no más, luego empiezan de nuevo a quedarse solos porque ya hay un sitio nuevo y el ex-nuevo hay que remodelarlo, cambiarle de nombre o simplemente cerrarlo. Eso es la fiesta, mujeres y hombres que pretenden encontrar en los nuevos lugares ese sitio que nunca existirá porque vive en los deseos de nuestras mentes como la mujer ideal o como lo que de verdad queremos hacer en nuestras vidas.

Cuando uno piensa que todo tiempo pasado fue mejor es porque ya se le vinieron los años encima, el reloj de arena ya dio la vuelta entera, no hay nada que hacer, no queda sino el camino de regreso. Recuerdo que mi sueño era ir a Video Halley, ¡qué chimba!, tomar cerveza y fumar Derby. Le dábamos mil pesos al portero para que nos dejara pasar sin cédula. Puro parche de manes, velábamos novia. Nunca teníamos un levante, y si acaso lográbamos sacar una chica a bailar, ya salvábamos la noche; nos tocaba parados porque las mesas eran para los que pedían trago. Por esos días yo conseguí una novia muy linda, la felicidad se vino en tumulto y me pegó una revolcada elegante. Se llama, porque vive aún la desgraciada, Marcela. Teníamos 14 y 16 años, yo me creía grande pero todavía no podía dormir con la luz apagada. Ella vivía a tres bloques del mío, en un tercer piso, era la hija menor de un abogaducho, su mamá pasaba su vida entre fregar, barrer y cocinar mientras le cuidaba el coño a sus dos hijitas, la menor fue la que me tocó porque la grande no salía sino con pelados que estuvieran en la Universidad. A mí me gustó de una, una bizcocha, por eso no me perdía fiesta de cuota, bazar en el barrio, corría como loco jugando escondite americano; en pico botella siempre me hacía al frente de ella, le regalaba credenciales de Hello Kitty y sudaba en mi equipo de voleibol para que ella me viera. Un día jugando a la verdad o se atreve, dije que ella me gustaba y todos mis amigos silbaron y entonaron un: tan, tannnnnnn, tan, tan… tan, tannnnnnn, tan, tan, tan, tan, tannnnnnnn, tan, tan… tan, tan. Luego, cuando la acompañé hasta la casa le cogí la mano y le pregunté que si nos cuadrábamos, ella miró el piso y sin soltarme la mano me dijo que yo le gustaba mucho pero que tenía que pensarlo. Volé hasta mi casa e inauguré mis desvelos. Al otro día se decidió a ser mi novia si yo me comprometía a dejar de andar tan sudado, a arreglarme un poquito el pelo, a quitarme la tierra de las uñas y a no tirar gargajos; esos no eran pedidos, fueron órdenes. Compré una loción, guardé las pantalonetas y me puse bluyines. Desde allí todos los días nos veíamos en el parque o en las escaleras de su casa, y si no nos veíamos, pasábamos horas en el teléfono, hablando y hablando y hablando y hablando y hablando y hablando y hablando y hablando y hablando y hablando. Al llegar del colegio pasaba por su bloque para mirar si tenía las ventanas abiertas. Casi siempre ella estaba allí. Nos gustaba quedarnos amarrados de la mano, tomar gaseosa y comer papitas. Nuestro noviazgo fue el del sí, sí, sí del amor en mi unidad residencial, pues todos los del parche se empezaron a cuadrar. Hasta los feos hicieron un levante, en ese alboroto de hormonas. La gomina y la crema para barros entraron en furor. A unos les iba mejor que a otros con la niñas pero eso sí, nos veíamos chistosos bien arregladitos con la camisa por dentro todos los pollos roncos. Las salidas a Video Halley eran pues para contar fantasías sobre cómo le habían cogido las tetas, también con lujo de detalles explicaban a los demás amigos cómo ellas se ponían más arrechas. Fueron los días en los que probamos el Bórax, nos gustaba tanto hablar y hablar que terminábamos borrachos con dos cervezas y pidiendo al barman que nos diera una canequita de aguardiente por el reloj Benetton de uno de nosotros.

Voy por la Sexta con Blockbuster. Estoy cansado de caminar. Recuerdo cuando iba a las minitecas con mis amigos quinceañeros y nos formábamos en filas bien derechitas, mujeres frente a hombres para bailar house y tecno que William Mix Time Umaña mezclaba con sus vinilos. Los discos duraban lo que pudiéramos aguantar bailando. Eso sí era fiesta. Mientras apretábamos a las nenas con los merengues de los Hermanos Rosario en los salones de los colegios femeninos, soñábamos con ir a las discotecas de la avenida Quinta para ser grandes o, por lo menos, aparentarlo. Technotronic hacía de las suyas en Radioactiva. Las casas y los salones sociales se invadían de muchachos anonadados entre luces y bafles potentes, hacíamos una fila larga para entrar, llegábamos con la esperanza de que esa fuera nuestra noche, págabamos en la entrada para tomar gaseosa hasta embucharnos. Un amigo se había conseguido un revólver hechizo Calibre 22 que nos daba la posibilidad de empujar y mirar mal a los del parche de las Habichuelas. No sabíamos si en verdad eso disparaba, pero tenerlo entre los pantalones nos gustaba. Él lo alquilaba por mil pesos el día. A mí me gustaba pedirlo los sábados.

Llego al bar mezcla de rojo y blanco en una trasformación rara. Hay que hacer un stop en la entrada para saludar a los mismos de siempre y a otros esnobistas que con lo nuevo se dan a su comedia popular. Hoy en día cobran más, el volumen es más alto y hay un salón que se corta por unas escaleras que te suben a otro ambiente, toda esa afición por el diseño termina convirtiendo casas corrientes en salones de baile. El sitio es agradable pero siento nostalgia por minitecas. A cambio de las muchachas de colegio con cajitas cobrando la entrada, hay gorilas con detectores de armas controlando la puerta de esa falsa cofradía de electroadictos.

Ya estoy en el bar rosa, ja, ja, bajo el cielo carente de estrellas pero con todas las constelaciones moviéndose por mi lado, no es sino esperar a que suene algo para salir a bailar, pues para eso pagué. No hay mucha diferencia entre estar afuera o adentro, sólo que los que pagamos podemos pasar y pasar una y mil veces por la entrada levantando la mano donde ostentamos el sello del lugar. Por medio de empujones leves, pero efectivos, cambio dos tiqueticos del cover por cerveza, beer, birra, chela, pola, fría, agria, y luego, por fin, llego al salón donde la música y el calor son más fuertes. Bailo hasta que me harto, me recuesto a una pared para mirar al dj mientras pone, unas sobre otras, canciones que desde hace un tiempo se llaman electrónicas, una música que tiene más variables o mejores formas de nombrar la misma cosa; algo monorrítmico y polisémico.

La silicona se mueve al ritmo de los bitt de la melodía de moda. Niñas aún de bachillerato, se desplazan entre una masa de gente que baila con la cerveza en la mano. Ellas sienten que ése es su lugar, allí se creen grandes, los nuevos ricos y sus maravillosas lobas también aparecen con su inconfundible gesto: ¡aquí estoy! Mírenme pero no me toquen. Los siempre muchachos atentos esperando hacerse hoy el levante de sus vidas le caen a cuanta escoba con falda lo permita. Los infaltables rebeldes sin causa a los que no les gusta nada y están en todo; las neogippi, bellezas híbridas entre el esoterismo hindú y las vitrinas de Chipichape; los que pintan sus pelos de colores sicodélicos, tremendos cocuyos; los amigos del alma que se quedan sin cinco y se la pasan toda la noche pidiéndote cigarrillos, que quinientos para completar para la cerveza, y de salida se te canalean el taxi; los intelectuales discovery channel; los mírenme cómo estoy de crazy; los punkeros light; los estrellitas de pueblo, todos en una dificultad enorme para salir, para entrar, para ir al baño, para pedir un trago. Estamos en el lugar de moda, no sé si “in” pero parece que lo que pasa en la ciudad de la salsa está atravesado por música europea que nunca podremos asimilar. Nos creemos en un club inglés, experimentamos el erotismo del movimiento en un ritual copiado y pegado con engrudo a la tercera ciudad de un país del tercer mundo, miramos alrededor y reaccionamos, sabemos que inevitablemente estamos en él, vestidos con un disfraz incómodo, como en una baile de apariencias donde sobrevivimos copiando hasta nuestra precaria miseria, sin comprender lo raro que se ve el mundo con una forma de sentir donde no somos auténticos y donde terminamos siendo idiotas útiles sometidos bajo eso que no queremos entender.

Ya pagué, así que trato de bailar, pero ya no a mi gusto porque los parlantes votan electrofunkthouse. Todo suena a casi lo mismo, quiero salir de nuevo para hablar con uno que otro conocido, esconderme de la depresión que me produce sentir una ciudad sin sentido, donde los jóvenes, el futuro presente, se agrupa haciendo gala de no sé que cosas, en un bar donde hay que pedir permiso para no ir a pasar sobre ningún ego. No sé si se llame pérdida del sentido común pero creo que hay una generación que, sin la desvencijada utopía de los 60´s, habita aún esa remota posibilidad de ser, no de la imitación ramplona, me refiero al deseo de identificarse con alguien que te acompañe en la multiplicidad de necesidades de sentir.

Siendo más de la una del nuevo día y habiendo consumido mi cover en cervezas, me empujan por la espalda, me volteo confundido y descubro a varios gordos calvos que adornados con cadenas de oro zampado tequila, se ríen, esos que se ponen de profesión comerciantes y que llegan con el gesto de permiso que llegué yo. ¿Qué más hacer?, terminar el último sorbo de cerveza, no estorbar más y salir como pueda entre la gente sabiendo que no regresaré. Sé que no haré falta, pero también sé que en nuestra ciudad estamos cada vez más atolondrados y que seguramente ese bar rojo y blanco = rosa, es uno de los culpables.

La soledad es dura mientras todo el mundo se choca conmigo en mi mente, siento que por momentos necesito un milagro, que pase algo que reviente las cadenas de la cotidianidad para no terminar explorando miserias en terrenos desconocidos, peligrosos y existentes; pero esto no pasa de ser un mero pensamiento cachorro y frustrante que se agravaba mientras la noche no para de tirar. Estoy prendo, sé que si sigo tomando terminaré cagándola como siempre, pero aún no quiero parar, esta es la última birra, además no tengo casi plata y me está entrado como en reversa, una más, y una más, ¿sí o qué? La vida es una caja de sorpresas, bisuterías que te deslumbran, manada de abalorios efímeros que sólo la desilusión pone en su lugar. Tengo miedo aunque sé que morir hoy o dentro de 50 años daría prácticamente lo mismo.

El amor se fija en la mirada de dos cuerpos que no se dicen nada. La angustia, el sin sabor y la nostalgia bailan con pasos que hacen doler la vértebras. Movimientos bruscos, tragos amargos, sentimientos casi nostálgicos. Pierdo peso cada madrugada, mis amigos me visitan en las tardes, cada calmante me inquieta, sé que el tiempo de las despedidas siempre es corto. Hoy descubrí cómo duelen las venas atarugadas por males que las oprimen. La muerte no es una señora de negro, por ningún lado llegan las guadañas. Estoy totalmente quieto en el dolor de estar siempre acostado, esperando que eso, que debía llegar como el calmante eterno, tenga a bien aparecer. Debería correr hacia un abismo y olvidar en cada paso a cada uno de mis amores; podría abusar de la morfina y aletargarme para siempre bajo la sencilla sutileza del suicido. O mejor, tratar de esperar esos milagros de los que muchos hablan, intentar que se materialicen en un cuerpo que oprime cada día más el alma; pero sé que la resistencia cargada de nostalgia cambia sustancialmente las posibilidades de mi necesario intercambio.



Ya en mi retirada, paro a comerme una hamburguesa y, mientras el negro vestido de chef me la prepara, espero en una silla Rimax ubicada en el separador de la calle. Mucho queso, mi negro, con todas las salsas y una Coca-cola. Regresa a mi mente esa primera novia. Un día sentimos que besos complementados con una que otra caricia sabían mejor, así que desde esos días buscábamos lugares oscuros, esquinitas para, contra una firme pared, prolongar los espasmos producidos por el largo beso y por los movimientos cuidadosos de mis manos sobre su cuerpo de princesa. Primero la apretaba muy fuerte. Luego, desde su espalda, emprendía un descenso lento, siempre atento a sus reacciones; por sus nalgas que eran la gloria, la tocaba despacio y luego duro, sin pegarla mucho a mi cuerpo porque me daba mucha pena que me pillara parolo. Desde allí mi vida tomó definitivamente otro curso, otra dimensión sublime que trascendía a los estándares más finos del deseo, me sentía un latín lover, mejor que en película. Un día, seguro por efecto de los vinos, ella tomó mi mano y en un diálogo de nuestras lenguas, la pasó por sus pechos, yo nunca pensé que fueran tan suaves, los creía duros y ásperos, no sé por qué en mi mano quedó la forma de sus senos durante varios días. Esa noche me masturbé cuatro veces y no me bastaba. Allí sentí el amor, las tales mariposas en el estómago acompañadas de angustia, de anhelos. Entré en ese raro estado que hace que la sangre corra más rápido cambiando nuestra perspectiva del mundo. Casi pierdo el año, mi mamá le dijo a toda la familia que tenía novia. Me daba pena que cada vez que trataba de hablar con mis suegros se salieran de mi garganta los bochornosos gallos. Cuando me concentraba en sus ojos veía por vez primera el universo. Por eso en las tardes nos encontrábamos en mi apartamento para las exploraciones de ese nuevo territorio que creaba la unión de los cuerpos. Ávido de aventuras nos guiamos por revistas y videos que completábamos con comentarios de amigos para probar, probarnos y aprobar todo el placer que pudiéramos descubrir, mejor dicho, encoñados días y días. Pero mi media naranja, la madre de mis hijos, la heredera de mi futura fortuna, la mujer detrás de todo gran hombre, tocó a mi apartamento un puta tarde de un lunes gris. Llegó con la mochila del colegio y con una carta. Me la dio, se puso a llorar y bajó las gradas a toda.

En pocas palabras, lo que decía era que me quería muchísimo, que ella no me merecía, que no me quería hacer más daño y que lo mejor era que nos dejáramos.

Festejo mis fracasos, ¿qué más podría hacer frente a una vida perdida en medio de ilusiones vanas? Culpables sin rostro danzan una danza cucusclánica frente a mi retrato, hoy hasta las comidas sanas me producen náuseas. Ayer transcribí con sudores un camino que delimitaba la angustia. Muchos de mis amigos se cambiaron de bando, y mi última admiradora parece que se consiguió un buen tipo.

¿Cómo así que nos dejáramos? Eso quería decir que no estuviéramos juntos, pero no lo creía de ella, la dulce, no podía hacerme esto, pero, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Y no me llamó de nuevo ni me pasaba al teléfono. Yo me tiraba la tarde en el parque detrás de su casa hasta que un día la vi besarse, como me besaba a mí, con un muchacho todo bien arregladito. Los seguí, iban de la mano y se subieron a un Renault 6. El triplehijueputa tenía carro, pues claro, esa si es mucha perra, culpé a la hermana de haberle dañado la cabeza. Quería matar por primera vez en la vida a un hombre. Me fui a mi casa. Me senté en la mesa del comedor y de un sólo lapo le escribí 54 poemas, firmé con sangre y se los dejé debajo de la puerta de su casa. Nunca pensé que mi vida de escritor iniciaría con semejante despecho. Creo que si no fuera por eso, hoy seguramente no estaría escribiendo esto. Descubrí el poder de la palabra (como dicen los pastores evangélicos) de juntar letras para exorcizar la vida y vea pues los avances que esos 54 poemas han logrado. Aún temo que en la cúspide de mi fama literaria a la muy bandida le dé por publicar esos versos, pues desde ya me retracto de cada uno. Ustedes deben entender las circunstancias, y no creo qué valgan como textos reales. Fue sólo el corazón desparramado de la manera más burda sobre hojas en blanco.

Las salsas se me deslizan por las manos y la mostaza casi me llega hasta los codos. No estoy lleno, más bien atarugado. Camino un poco para bajar el último pedazo de pan y luego, montado en el taxi, empiezo a cabecear. Ya no hay semáforos qué valgan, los seres de la noche se apoderan de los lugares que le roban a la penumbra.

El taxi en su afán, levanta a un man borracho, lo veo como a tres metros del andén, el taxista no para. Me pregunto de muchas maneras el significado de la palabra insignificante, siempre es difícil medir lo insignificante de un beso, de matar a una hormiga, si es una cucaracha mejor, de la vida misma como esa sucesión de insignificancias que se multiplican; por un mal paso morimos o logramos la gloria. Odio esta puta ciudad de mierda, ¿que por qué no me largo?, pues no sé, a lo mejor no he podido. Me da putería levantarme siempre acalorado, y que todos se crean los putas en este nido de ratas.

Al llegar a mi casa y despertar al vigilante, se suelta un lluviecita cacorra, melancólica. Caigo irremediablemente en la cama mientras oigo que desde la TV sale una voz arrulladora que habla de cremas para adelgazar.

Todo el viernes sobrevivo al guayabo de la rumba anterior; anoche pensé que tenía el control pero el grupo Ardila Lule se encargó de exprimirme hasta el último centavo con esos miaos de caballo que terminaron dejándome tan jodido como amanecí.


Estoy de paseo por el terreno de las conjeturas, al lado de esas preguntas pequeñas que separan las ganas de la decepción. Hay que decidir qué sentir y no alcanzo a ver hasta donde muere el deseo.

Camino llegando a una sala llena de desconciertos desde donde se ven cinco corredores plagados de culpa, hoy renuncio a la demencia y tomo posturas claras frente al sueño, maldigo a la memoria mientras paso por habitaciones vacías pero con rastros de violencia.

Tomo el sendero corto de los placeres, gotas de sangre marcan el camino, salto pegado a las paredes untándome de cal y silencio. En el último salón, dos latas de cerveza, cinco o seis cigarrillos y la garganta llena de propuestas para una mujer de pasos distantes, de ardientes razones y de planes utópicos que había encontrado la puerta que nunca se cierra.





VIERNES PRIMERO DE MARZO DE 2002


Mientras leo los letreros de la calle y veo a las parejas caminar de la mano, pasan por mi mente los recuerdos con los amores de mi vida, esas mujeres que me mostraron a garrotazos tiernos el camino que aún no sé cual es pero allí voy. La última fue la que me dejó más jodido. En las lidias del amor uno nunca aprende por más que se dé contra el mundo, la terquedad no hace callo y a estas alturas todavía sigo dándome de tumbos contra el universo, trompadas con mi destino y patadas en las guevas con mi futuro. Hace seis meses, en un viernes como hoy, cuando le pica a uno la casa, la vi y sólo con esa mirada, creo que me dio un poco de su vida, pero un poco nada más y aún en este momento deseo poderla ver. Ella no quiere saber de esta figura ni por referencia. Porque parece ser que eso que le gustaba de mí, hoy le es indiferente, pasé de moda en sus caprichos, ya es más fácil que suene de nuevo la lambada a que yo le guste otra vez. Por esa simple razón decidí salir a follarme al mundo, a coquetearle al destino, a picarle el ojo a mi suerte; pero no con esa ralea de pelles amigas mías, eso pa´qué, era hora de probar suerte. Con mi porte y parlamento podría levantarme a una nena nueva, o en su defecto, caerle a una amiga sabrosona para no blanquearme y, de paso, olvidarla del todo si es que olvidar es lo que quiero. Tenía 25.000 pesos, buen plante, no un capital, pero con eso se toma, se picha y se pelea. Antes de salir me bañé bien restregado, tenía la pinta, la “todas caen”. No hay mujer inconquistable, la teoría Coelho en mi cabeza y el mundo es mío, soy un ganador. Salí a eso de las nueve de la noche para que no me tocara coger taxi de ida. Esta ciudad se muere en las noches, no pasa nada y la quietud asusta. En el colectivo pensaba en los niños que aún, a esa hora, venden, limpian, maromean, roban, rapean. Hoy primero marzo de 2002, mi época, mi generación toma la batuta. Ya no soy un espectador, soy un participante de este circo, a mí que me tocó por suerte vivir el amor en los tiempos del sida. Esas orgías memorables de lo 60´s sólo son anécdotas de los que las vivieron y las añoran, ya todos en estos días andamos cabreados y con argumentos. Uno no se puede dar el lujo de gozar transando por allí con quien se le arrime, uno se llena de motivos y las muchachas, con mayor razón. Por eso con ellas ya toca es cuádraselas y hablarles serio, que ojo, que en la jugada con andar perruñando, a uno también le toca echar ojo y no andar revolcándose con cualquiera porque el sida sí-da y una vaina de esa en los Seguros Sociales… yo le cuento, papá. Pero aún así qué vivan las cirugías estéticas, el ron Bacardi limón, qué vivan La Loma de la Cruz, Las Tres Cruces, los condones, las mujeres complacientes, los espectáculos al aire libre y qué viva yo, ¡H.P!

Uy, ya es hora de bajarse. La Sexta se ve animada. Hay buenas viejas, travestis alebrestados, vendedores de bareta, todos los platipobres que salen a chicanear con carro prestado, los cacorros que no faltan, gamines al piso, puestos de comidas para todos los gustos y presupuestos. Dándome el roce por unas calles que tienen bares (casi todas) con mesas, mezanines y música crossover, pero yo no pago por tomarme un trago casi en la calle. De un tiempo para acá la mayoría de los bares tienen un cover, pues se estaban quebrando con tantos que iban y se la pasaban tomando agua en el baño y fumando Boston. El cover no es muy costoso, son cinco u ocho mil pesos que en los buenos sitios sirven para tomarse una cerveza o completar pal caneco. La cerveza es la bebida que puntea en los bares, en los que yo frecuento ésta es nacional, pues la importada es para los bares de yupis. A mí lo de mi tierra primero y más si vale entre dos mil y cinco mil pesos. No es barato pero es razonable. No soy de los que se van a parchar a la entrada de los bares a chupar andén y a tomar Yumanyi, tampoco estoy en esos extremos. Ya ustedes harán cuentas: Con diez luquitas uno rumbea así le toque ir a raspar ollas a la casa y sólo puedas invitar a las muchachas a bailar y peàtir cigarrillos a todo el que estire la mano, pero que salís, salís. En una ciudad de salsa es muy complicado romper con esa tradición; por consiguiente, el 80% de los lugares de rumba tienen ese género como el que predomina, aunque por esta época el vallenato, la música electrónica, el house, el acid jazz, las rancheras, el tribal, los merengues, el rock en español y el drum bass, han conseguido sus lugarcitos y sus seguidores. Si bien yo no soy fanático de la rumba que se llama crossover, no me le arrugo al parche que resulte, soy un todo terreno, bailo lo mismo una guaracha que un son, siempre y cuando esté bien acompañado. Podría seguir a la nena hasta a un culto cristiano.

Por eso lo de salir es una buena opción. No quedarse en la casa dando vueltas en la cama o llamando de puro destrabe a esas amigas feas o hartas que llenan la agenda. Me siento bien, me puse jeans y una camiseta de colores. Hoy es el momento para los zapatos rojos que están pegando. No estoy feliz pero confío en esas sorpresas que nos tiene preparado el destino a los que permanecemos atentos a lo que pase. Llegué temprano a este sitio, el de moda. La verdad, nunca entiendo qué hace que un sitio, de un momento a otro, sea el punto de reunión de determinadas personas. En esto de bares las cosas funcionan con una lógica un poco extraña; pero al que vine hoy es lo último aunque sea igual a los otros. Lo único es que a éste le llega mucha gente y eso lo hace bueno. Uno dice como pa´uno: “¿éste es el del que tanto hablaban en la cafetería, el bar de moda, el de allí nos vemos?” Yo quería ver si era verdad que aquí llegan las hembras más elegantes, y me encuentro con tremendo casting, se pasean princesas, reinas, mamitas, nenas, buenonas, cuchibarbis, anoréxicas, las miss siliconas, unas que parecen haber salido de párvulos hace un par de días, las lolitas que me enloquecen, algunas negras maravillosas, las infaltables gorditas buena gente, las feas que se creen lindas. Algunas me rozan con sus pechos, trato de no pasar desapercibido mientras mis ojos y mi cuello se la pasan como en un partido de tenis, mi cuerpo dice: “¿a cuál me como, a cuál me como?”

Hasta el momento la salida va de la siguiente manera: cada bar tiene su clientela y ésta empieza a formar una cofradía. Se caracterizan por la edad y los gustos, yo aún no me he podido meter a ninguna de éstas, aún estoy en los que pican allí o allá, un camaleón de los parches, si me toca soy fanático de Lavoe, pero si las amistades cambian puedo cantar U2 sin problema y me defiendo entre BIT y BAITES si las charlas y periplos saltan a esos ritmos, también puedo ser un 14 Cañonazos. Pero a mí, aquí entre nos, lo que me mata son las baladas, uy qué rico sería una salidita sólo con la música que evoca al amor. Mientras tanto pico aquí, allí, más allá. Son las 11:00, hora en que inicia la llegada de la gente, pero nadie entra de una, es un ritual que implica el merodeo, el coqueteo, la pantalla, miradas vienen y miradas van, saludos con los ojos, con las manos, besos, abrazos, nos vemos adentro, como estás de bonita, qué bien que viniste, se escuchan por todos lados. Hay que hacer que te vean y tu ves también. Cuando uno está varao se puede tomar un par de frías a precio de estanco e ir entrando en materia a ritmo de chismes y nuevas invitaciones, uno puede ir fumándose el primer cigarrillo mientras espera a que el bar esté lleno porque si no está teto, no está bueno; la lógica es que entre más me empujen, más violenta la rumba, entre más gente afuera de los baños, más in está el sitio.

Hoy estoy afuera del bar de moda, un bar para universitarios varados. Van llegando en taxi y los platuditos en carro. Lo parquean cerca para que los veamos y luego se quedan saludando, a mí nadie me saluda, será que no hay nadie de los míos y decido probar suerte adentro. Allí, solo, en la barra, miro a los qué van entrando y tomo sorbitos de cerveza, de a poquitos mientas el mal bicho de Los Cadillac hace bailar y cantar a algunos. Estos sitios son especiales, ya casi no se ven las discotecas y bailaderos con espejos, poltronas de felpa, luces estroboscópicas de colores, mesitas de vidrio transparente y meseros prestos a cualquier petición; hoy en día son casas que, sin muchos reparos, se trasforman en bares. Lo único que se necesita es una barra, unas pocas mesas, sillas, luces y listo el chuzo. Algunos más audaces adecúan los patios, los antejardines y las piezas se convierten en salitas de baile.

Mi meta para esta noche es, por lo menos, darle un besito con apretadita a una buena nena y llevarme a casa algunos teléfonos de bizcochas. Lo complicado está en que yo soy medio nuevo en este parche y la cosa no es fácil, pero para grandes hombres, grandes metas. Las pintas aquí son raras, las muchachas se ponen colores psicodélicos y las más colinas se pintan el pelo de tonos estridentes, se emperifollan con vainas rebuscadas y blusas vaporosas. Desde hace un tiempo, cada vez más, mis amigas se perforan distintas partes del cuerpo y se cuelgan aretes que en la lengua, que en la panza, que en la oreja, que en la ceja, que por allí, que más acá, como diría mi abuela: La era del zarcillo.

Aquel que no corre vuela y en el planeta son tantos, cómo pueden ser tantos si en la escuela nos enseñan a memorizar fechas de batallas, pero qué poco no enseñan de amor, discriminar… eso no está nada bien, ante los ojos de Dios todos somos iguales.

Está buena la música y pa´qué, el ambiente es amañador. Estoy a gusto, las cervezas me tienen a tono y hasta he bailado un par de temas yo solo, pero bueno, uno ve que la noche pasa, que las muchachas pasan, los tiqueticos del trago se agotan, los pocos amigos que se te acercan te saludan, se van, te sientes en realidad solo alrededor de tanta gente. Ahora es el momento de hacer algo, de sacar a relucir el arrojo, el alma de aventurero, todo un James Bond calihollywodesco. Es mejor intentar algo antes de que me coja la malparidez y se me noten.

Primer paso: contacto visual; se trata de fijar la mirada en una nena más tiempo de lo acostumbrado. Si te regresa la mirada, prueba superada, si no, cambio de candidata. Lo intento con tres que son las que seguro están solas, pero nada. Bueno, las cosas se ven complejas hoy.

Segundo paso: acercate a algún grupo donde está un amigo tuyo y así hacés que te presenten a las niñas. Saludo efusivamente a dos grupos de amigos, hasta les brindo de mi escasa cerveza y les prendo a las niñas sus cigarros. Se me alejan como si oliera a mierda.

Tercer paso: abordar a una nena en lugares comunes, baños, salidas, o la barra. Lanzar un comentario y según sus repuestas plantear un diálogo, o en su defecto, un interrogatorio que se selle con la salida a la pista. Ninguna me da cuerda para iniciar una conversación.

Cuarto paso: pedirle ayuda a un mesero, barman, portero y así conseguir los datos de las niñas, pero aquí no tengo confianza con ninguno de los trabajadores.

Quinto, desesperado paso: salir a la pista y bailar solo. Eso es como tirarse al charco y manotear según la corriente femenina. Suena Manu Chau, me logro emparejar pero la dicha dura lo que dura la canción porque una vez terminada cada niña se va para su parchecito a estar con sus amigos, y yo, tan solo como llegué.

Sexta (la milagrosa): que sin hacer mayor cosa, una doncella se te presente y que ella a ti te guste. Allí sí, ¡bingo mi hermano!, moñona, después de esa al otro día hay que comprar chance con las últimas cuatro cifras del número telefónico de ella.

Séptima (la rastrera): como para no irse en blanco hay que caerle a las borrachas o a las feas. Uno se empieza a meter en la cabeza que cualquier hueco es trinchera, que a lo mejor sea rica o que seguramente tenga amigas bonitas, estar allí como un perro, azare y azare a la que le dé chico a uno.

Antes de irme decido plantarme en la barra otro rato y dar la faena por terminada. A las dos de la mañana llego a la triste conclusión que hoy fue otro día perro como los anteriores. Eso de levantar viejas en las barras de los bares sólo pasa en las películas, y aquí con lo timbradas que se mantienen, intentarlo es perder el tiempo. Las que medio me miraron eran feas o eran manes y no aguanta ceder tanto por un polvo. Será regresar a la casa aburrido con la derrota a cuestas, solo y arrepentido por las horas de sueño vital que se perdieron en mirar detenidamente a toda doncella que se pasaba por mi lado. Me sirvió como terapia y como destrabe no más.

También es cierto que no tengo la pinta como para levantármelas de una. Hay que ser sincero. Pero una vez que las nenas sobrepasan la barrera de la mera imagen y logro que se instalen a mi lado, mis diálogos finamente perfeccionados cumplen efectos de encantamiento, pues las alabo sin zalamerías hipócritas, les valoro lo que dicen y motivo su interés; con ese discurso han caído hasta las más sofisticadas doncellas. La semana pasada, sentado en esta misma barra y tomando lo mismo que hoy, estaba a punto de tirar la toalla, de marcharme, y en casa hacerme la paja de la honrilla, pero la vida es bella, bellísima: En el momento de despedirme, una mujer o eso parecía, se sentó a mi lado y, un poco inquieta, se puso a mirar detenidamente mis zapatos. Pa´ que les digo que no si sí, esa nena me gustó a tal punto que es la que estoy esperando hoy, pues no sé cómo pero impregnó en mi retina su rostro (es cursi, pero el amor es cursi ¿o no?) Para que sepan como inició todo, haré un pequeño recuento.

¡Ésta es! Definitivamente ¡ésta es!, pensé. Apliqué la estrategia de ¿quiere tomar algo?, fue la apertura. Levanté la voz pidiendo una Club Colombia y la miré a ella que con los ojos dijo: para mí nada.
- Me le presenté -ella se rió como si me llamara Ruperto.
- ¿Cómo estás? -pero nada, no obtenía respuesta, pasaron varios minutos en los cuales nada más tomaba de a sorbitos y la miraba de reojo.
Después dijo: -¿Sabés? Desde que té vi sentí una energía. No se de qué me hablaba pero me habló, no era muda.
- Sí, yo también quedé electrocutado con tu mirada.
- No, no, hablo de una energía vacanísima, una… no sé. Me llamo Sofía.
- ¿Por qué no estás tomando?
- La verdad, no tomo.
Y sacó una botella de una mochila colorida con rombos y figuras indígenas, la botella fue de agua Cristal pero ahora tenía como unas hierbas adentro, un cultivo hidropónico verdoso, ella tomó y me brindó un sorbo. Claro que no recibí, de pronto era burundanga.
- ¿Te gusta bailar? - Pregunté.
Ella me dijo que no, que prefería disfrutar de la música mientras los demás bailaban. Yo, que doy mis mayores pasos en la pista no pude proceder, toda ella era un enigma: camisa hindú de las originales, bluyin Americanino de los originales que parecían haber sobrevivido a un ataque de hipoclorito, tenis made in Malasia, aretes, abalorios y colgandenjas que le pendían de distintos lugares, además tenía un peinado tipo Spice Girl.
- Y qué, mona, ¿tu estás en alguna moda o algo así?
Me miró golpeado y me dijo sacando pecho que ella era neogippie, y yo quedé en las mismas. La miré. Luego llegaron minutos de incómodo silencio y tuve la sensación de que ella en cualquier momento se podía ir, pero la mente es linda y le solté una pregunta para reanudar la charla: ¿A qué te dedicas? Me dijo que estudiaba técnicas de masajes. Por fin algo que yo conocía. Puse cara de admiración y empecé a hacer unas figuras con mis manos. Ella las miró pero no se inmutó, alabé los masaje, lo terapéuticos, relajantes y excitantes que resultan, que bien caería un masaje después de una noche de rumba. No fue sino que yo dijera eso y mi levante arrancó a hablar con un entusiasmo propio de los narradores del fútbol. Ella contaba de la nueva era, del reiki, de la mesoterapia, de comer sólo vegetales, de vainas ecológicas, yo la escuchaba y la veía narizona; estaba esperando que de un momento a otro sacara su escoba y saliera volando. Me preguntó mi signo, dijo cosas sobre el esoterismo y dele con el cuento de mi energía, que me veía mi aura, y yo concentrado en su magicbra, que tal lo mío, yo sentado con la señorita Infinito channel, pero lo importante no es el camino, es el fin y yo asentía con la cabeza durante su monólogo.

Pensaba, no sé si es una maldición pero tenía un dulce para las locas, ¿será que tengo cara de psiquiatra? Es que me toca lidiar con unas de atar, y ésta que sólo bebe hierbas clasifica como para un concurso, ni mandada a hacer para un museo de feria, recordé que mi amigo César (traba eterna) me decía que las hembras con marihuana se ponen arrechas, yo le traté de insinuar que si quería nos podíamos trabar, que allí afuera el de los dulces vendía un maracachafa regia.
Ella se rió y por fin me vi con posibilidades de terminar la noche en sus brazos esotéricos.
- Entonces qué, reina, ¿salimos a hacer mercado?
Y la belleza exótica me respondió que estaba en una etapa de abstinencia. ¡Vida hijueputa! La miré decidido: ¿y hasta cuándo? Ella revisó una libreta que sacó de la mochila y me respondió que hasta dentro de dos lunas. ¡Qué suerte! Será hasta dentro de dos días, la trabo y me la como, pensé.

Uno nunca termina de aprender sobre mujeres, claro, como ellas siempre juegan con el deseo de uno, en todo momento saben que las saboreas y abusan de eso para manejarnos, no joda y esta vez me sentía no sólo fracasado sino viejo, ¿qué ha pasado con mi vida que hay muchas cosas que yo ya no conozco? No le llevo tantos años a esas muchachas pero vivo en distinta órbita. Lo único que me alivia es que además de mi pinta, también poseo una energía que a las que la logran pillar las vuelve locas, claro que no sé si al final sea negativa o positiva porque ya llevo dos viernes viniendo a este bar y no la veo, nada que regresa, lo último que hablamos fue que nos podíamos ver en La Tertulia, o afuera del conservatorio, o en últimas, nos veríamos en esta barra como la primera vez. Por eso hoy uso camisas de colores aunque conservo los zapatos que a ella le gustaron. Un amigo de los alternativos me ha recomendado esta fragancia de la India que me unté hasta en las güevas, quedé pasado a baño de motel, el chico Cresopinol, pero toca, pues quiero estar más acorde con la situación. Ya son las dos y no creo que llegue. Bueno tampoco teníamos una cita pero en el fondo guardaba la esperanza de que llegara, a lo mejor entró y al verme desde la puerta huyó, y yo que tenía hasta la marihuanita lista. Es que estos terrenos escabrosos de las conquistas requieren una puesta en escena que en la mayoría de los casos fracasa por el poco público.

Sé que mañana amaneceré con el mismo guayabo sempiterno de los sábados, estoy seguro que esta cervezas de más me hará romper algunas barreras y que gastaré los billetes aprontados para la sobrevivencia. Pero estando aquí medio amañado, medio acompañado, medio ofendido, que más dá tomarme otrica, y si se me antoja, por qué no un coctelito bien trancado pues hace unos minutos se me olvidaron las prudencias, ¡salud! Por mi cabeza pasan las caras de mi familia, veo a mi pobre vieja matándose para que todos estemos bien, a mi padre, a mis tíos, eso es un mal síntoma, veo a un amigo de los de antaño y me dan ganas de abrazarlo y decirle que lo quiero, que lo extraño, que nuca le he dicho que simpre lo admiro, que me gustarían todas sus novias y que descubrí la importancia de Lavoe por su culpa. Mejor me voy porque ya siento que las lantejas con tajadas y arroz que me comí antes de salir de casa se me quieren devolver, y con esa fila que hay para entrar al baño, de pronto volteo el balde en mitad de la pista y no aguanta.

Salgo como apaleado pero tranquilo, me despido de quienes había saludado horas atrás. Me da un poco de envidia ver a las parejas besándose. Camino despacio a ver si algún amigo me invita a un parche de remate. Por allí oí que los de la Facultad de Diseño tienen una rumbita en casa de Beto pero no me invitaron, y llegar como de pegote no aguanta. Por eso camino entre gamines, vendedores de dulces, ciudad, frío, fila de taxis, me monto en el más bonito y veo desde la ventana la ciudad dormida. Muchos hacen el amor, otros descansan, la casa me espera, hoy no fue, mañana tampoco.


Rastros de una ciudad habitada por fantasmas, Calicalentura, calabozo, casa por cárcel. A los qué vamos para el infiero nos pasan por Cali para que nos vayamos aclimatando. Matando, medio mutilando. Juegos olímpicos de mierda, Tres cruces de mentiras y un Cristo Rey de copas rotas. Codicia y frustración pasean por el paseo Bolivar. Ríos de sangre que se desbordan en lágrimas de aguardiente. Cali de amenazas eternas, asoladora, burlonamente coqueta. Mi ciudad de acelere y desidia, con el paraíso cada vez más lejos.












SABADO 25 DE MAYO DE 2002


Caminar es rico siempre y cuando se tenga un destino claro, porque la vida moderna no da para dar y dar vueltas como un pendejo mientras el resto del mundo se tumba mutuamente. Hoy la ruta es: colectivo hasta la Beneficencia del Valle; luego, caminar por el Centro Cultural, es posible que me encuentre a un amigo, si estoy con suerte, a una amiga de las bonitas, si no seguir, hasta la colina de San Antonio a velar novia y chuzo, decir 50 veces que no a los que te venden cervezas. Dejar que pase la tarde y tomarla fresca. Después de las nueve de la noche hay que bajar, más tarde es difícil coger bus.

Estoy en el centro, ¿de qué? No sé. Quiero caminar un rato, porque la quietud se trasforma en inutilidad. Los andenes son pequeños y llenos de vendedores ambulantes que no están en feria; ofrecen lociones a precios de oferta, el último grito de la moda en gafas, música de siempre, la ropa de moda, lotería, champús, mangas, chancacas, jugo de borojó y chontaduro. Esquivan los mendigos mientras busco una nueva ruta por la carretera, bien atento para no ser atropellado por una moto. El calor revienta en mi cabeza pero tengo que aguantarme las ganas de una gaseosa que no puedo comprar para no descompletar lo del pasaje. Busco la sombra porque es la única forma de burlarme del sol, a menudo veo algún conocido o eso creo, lo saludo formal como siempre, ¿qué tal de esa bella vida compadre? Veo los cerros aún verdes, las muchachas que llenan de picardía las fachadas, no sé que hacer. Algunos amigos me invitaron a ver un vídeo, sólo que salir a ver un vídeo no se justifica, lo hubiera visto en la casa mientras consagro la tarde al rasquimbol.

Cuando cae la noche muere el calor, ya sudé mucho, sería mejor si hubiera nacido en un lugar templado, no, mentiras, sino fuera por estas resolanas no tendría este color morenazo que a las muchachas les gusta, bronceado permanente. Una señora me ofrece la lotería, por un momento pienso en qué haría con esos 120 millones, me compraría un carro o seguramente una casa en el oeste de la ciudad. Cuando empiezo a amoblar mi casa, me desconcentro por un muchacho que pende de un colectivo para gritarme qué va hasta la Universidad del Valle y tiene puestos libres. Me niego con la cabeza y paso la calle. Son las cinco, momento en que la tarde de viento mezclado con polvo se le mete a uno en la boca cuando saca la lengua. Las calles están llenas de peladas con blusas pequeñas y jeans apretadísimos, parece que en cualquier momento puede acontecer una revelación, por eso estoy atento. No faltan los que tienen cara de ladrones, que cada día son más. Si me descuido pasando la calle me levanta un bus ejecutivo y pasaré a ser otro de la interminable lista de aplastados por carros durante el mes. No tengo monedas para el tullido ni tampoco quinientos pesos para la manga viche. Cali la sucursal del cielo, llena de muchachas bonitas, la de calles empolvadas y muy peligrosas. No hay día que no haya pensado en irme, en salir definitivamente a hacer cualquier cosa en otro lugar, porque no hay derecho que uno todos los días se la pase tentando a la muerte, pero qué va, cuando me voy por poco tiempo la extraño, es que aquí siempre pasan muchas cosas y uno no se da ni mierda de cuenta.

No sé si fue el destino, la suerte o el karma, pero habiendo tantas ciudades bellas en el mundo: París, Praga, Río, Viena, NY, terminé yo aquí tirado a mi suerte en el tercer mundo y de familia pobre, además con muy pocas cosas para hacer. Aún no entiendo por qué la gente no pasa por los puentes peatonales, será que temen a las alturas y juegan su vida en la agilidad de sus piernas. ¡Huy! esa muchacha de falda, si apuro el paso le alcanzo a ver los calzones cuando suba al puente, no, qué va, ni el color de los calzones ni nada. No sé por qué de un tiempo acá a las muchachas les ha dado por ponerse licras debajo de la falda, que necesidad tienen ¿ah? Nací a finales de los 70´s donde ya todo se había derrumbado. Por eso mi vida ha sido la sucesión continua de desbarrancamientos, de frustraciones. Lo único que pica en punta es la silicona, pero por lo demás, fracaso tras fracaso; primero, ver como se desmoronaban los ideales de troskistas, maoistas, leninistas, que empezaron a tener barriga y con eso a joderse del todo. Algunos se ubicaron en puestos públicos, por ende, se pusieron a robar. Los que se creyeron el cuento de las armas están regios en los cementerios o están desaparecidos. Los que tenían discurso se lanzaron a la política donde se quemaron o los quemaron; otros se ubicaron en las Universidades coqueteándole a quinceañeras, retractándose de sus actos pasados; y por allí debuta uno que otro de esos especímenes arcaicos más varados que Renault 4, metiendo “ideología” y criticando a sus contertulios que terminaron siendo esos burgueses que tanto repudiaron. Por eso es mejor no hablar tan duro para no terminar como escupiendo hacia arriba. La vida es así, desde la ilusión de un no futuro, la coherencia o la lógica no existen, qué mierda se puede hacer frente al destino, a mí que no me vengan con güevonadas de ideales, de utopías, yo sólo sé de guerra, de tensiones. Estoy seguro que el día de mañana habrá más guerra y pasado mañana una más. No creo en la paz ni en sus emisarios. Vi como se cayó el muro de Berlín y en directo pillé desplomarse las Torres Gemelas, presencié como se le descolgaron las tetas a mi primera novia, vi como cayeron mis amigos que decidieron trabajar para el narcotráfico, vi a la guerrilla asesinando gente como si mataran cerdos, narcopoliticoparamilitares, ¡uy!, todos muertos de miedo encarcelados en nuestras ciudades. Nada de eso podría conmoverme, nadie reina por siempre.

Semáforo que se respete tiene su vendedor y para más pica es un niño. Sin temor a equivocarme puedo decir que de cada diez niños, ocho son negritos, esos negros se multiplican más que chinos. Empiezo a subir la montaña hacia la iglesia y veo a algunos intelectuales de pueblo que morirán habiendo sido conocidos sólo por sus amigas. Qué lástima trabajar para dársela dizque de artista y botar todo en Tintín feo. Yo aún no he tenido un trabajo pues en casa tenia lo que necesita, pero a esta alturas de mi vida me da como pena andar pida que pida plata para todo, por eso busco en el país del desempleo un lugar donde yo sepa que estoy haciendo algo qué valga la pena, y como están las cosas, si no trabajo rápido seguro no podré jubilarme nunca, pero que afán, si cada año le suben cinco a los reglamentarios para pensionarse, según mis cálculos a mí me vendría tocando a eso de los noventa y pico de años si es que estoy vivo. Ya San Cayetano no es un barrio de puertas abiertas, sólo rejas y más rejas, timbres en las cuadras, señoras con rulos, hombres en pantaloneta que al sonar una alarma salen a perseguir con escobas, molinillos, sartenes, machetes y pistolas a los ladrones o a los que lo parezcan. Si uno no se cuida, por allí hay muchos que se la pillan y lleve, en mi Cali del alma el que da papaya… Alarmas, rejas, escoltas, camaras, machetes, perros, gases, lo que sea para lograr una seguridad democrática.

 

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Gentileza::  OMAR FELIPE BECERRA [ literatura@colombia.com ]

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