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Uruguay: Lector por horas en
Sala Verdi, por Lucía Masci.-
06/04/05 (España)
 
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Uruguay: Lector por horas en
Sala Verdi
Entre el aluvión de
propuestas prescindibles,
banales, de fácil armado, fácil
digestión y fácil olvido que ha
deparado la búsqueda del “efecto
de taquilla” durante el verano
montevideano que culmina, han
aparecido, sin embargo, algunas
propuestas que deciden apostar
por el teatro en tanto espacio
para el “goce de la reflexión”.
El lector por horas, estrenada
recientemente por la Comedia
Nacional, es uno de esos escasos
ejemplos. Dato: un elenco de
excepción incluye a Lucio
Hernández y a Pepe Vázquez en su
debut como parte del elenco
oficial.
Del dramaturgo valenciano José
Sanchís Sinisterra, El lector
por horas (1999) coloca en una
fina trama intertextual a tres
protagonistas que, habitados por
y habitantes en la palabra,
desarrollarán un triángulo de
extrañas relaciones. Ismael
(Lucio Hernández), un
ex-profesor de literatura ahora
desempleado, se convierte en el
“lector por horas” del título
luego de aceptar un inusual e
imposible contrato.
Se trata del que le propone
Celso (Pepe Vázquez), un hombre
rico en busca de “una voz
neutral, impersonal”, mediante
la cual su hija Lorena (Roxana
Blanco) -quien ha perdido la
vista en un accidente- pueda
revivir su vínculo “directo” con
la literatura. Así, Ismael
deberá ser el imparcial
instrumento para la lectura de
Lorena, pero se convertirá
también en “la bala” de una
guerra librada hace mucho tiempo
entre padre e hija.
Lo que sigue es el desarrollo,
atravesado por una peculiar
selección de textos y autores
(desde Faulkner o Tommaso di
Lampedusa hasta Flubert o Rulfo),
de una anécdota enmarañada que
se va iluminando, más que a
partir de hechos concretos, en
base a las sugerencias de un
subtexto que el público-lector
deberá desentrañar y
reconstruir. De ahí la
importancia de esta pieza que
indaga en los oscuros
intersticios de la
interpretación y la recepción, y
se constituye en una interesante
provocación a partir de la
teorización de su propia
materia.
En este sentido es relevante la
reflexión que se establece sobre
los límites del concepto de
intertextualidad que atraviesa
la obra, dentro de la propia
obra. Sanchís convierte a uno de
sus personajes (Ismael), en el
autor de una novela que si para
el mundo es “plagiada”, para él
es “intertextual”. Aparece
también, entonces, el antiguo
concepto de influencia, y la
dificultad de sus aplicaciones.
Pero la propia pieza es un texto
teatral que reescribe,
releyéndolos, otros textos
literarios que a su vez sirven
–por la lectura que de ellos se
establece, está claro- como
escenario para las acciones de
sus personajes.
TEORÍA Y DRAMATURGIA
Si la mayoría de las piezas
teatrales del valenciano son
ejercicios de reflexión
metateatral, El lector por
horas, sobre la literatura,
constituye junto con La raya en
el pelo de William Holden
(2001), sobre el cine, parte de
una trilogía sobre otras artes
que, aún incompleta, aguarda una
pieza que reflexione sobre la
música. Pero aquí nos
encontramos, además, con el
Sanchís que une a su trabajo
artístico sus inquietudes
teóricas, esas que desarrolló en
Teatro Fronterizo, grupo de
investigación teatral que fundó
en 1977 y con el que buscó
profundizar en el estudio de los
límites y alcances de la
teatralidad. Nos encontramos, en
este sentido, con lo
intertextual, pero también con
la implicación del espectador en
la ficcionalidad, el
cuestionamiento de la fábula y
del personaje tradicional, lo no
dicho, lo enigmático, y otras de
las principales preocupaciones
del teóico que subyacen a la
construcción de esta trama en
dos actos. Al respecto, importa
consignar que si en el primero
la anécdota reposa detrás de las
palabras, surgiendo tal como en
esas láminas en que se descubre
un dibujo tridimensional, ya en
el segundo aparece una
dramaturgia menos experimental,
en la que la anécdota tiende a
explicitarse en diálogos y
acciones más manifiestos.
LA OSCURIDAD Y EL SILENCIO
En una poética de lo intangible,
la fantasía cotidiana, las
ambigüedades, el espacio-tiempo
inaprensible, se traslucen en
personajes que -obedeciendo a
leyes contradictorias semejantes
a las que rigen el inconsciente-
habitan esas zonas
intersticiales en las que
afloran sus deseos, miedos y
resistencias.
Ellos aparecen aquí como
representaciones de ese discurso
fragmentario e inacabado que nos
habita, y en el que nos
constituimos en tanto lectores
de la ficción y la realidad.
También fragmentaria y también
inacabada, la pieza es entonces
un pretexto para la acción del
espectador-lector-productor. De
los personajes, se sabe que
detrás de las relaciones de
poder y sumisión que establecen
hay otras circunstancias
anteriores.
Tal vez también que Celso busca
un confidente para desahogar sus
actos corruptos, o que su gran
biblioteca se le ha vuelto ya
invisible; o que Lorena busca un
amante para salir de su
reclusión, o de su ceguera
atiborrada de imágenes; o que
Ismael busca el dinero que le
demanda la enfermedad de su
madre, o sólo un trabajo que no
lo exponga socialmente, donde
poder ejercer su silencio
plagado de sonidos. Pero estas
pequeñas pistas sólo sirven para
que el espectador pueda adivinar
en inflexiones, reacciones o
gestos mínimos una vida aquí no
explicitada, tal como hace
Lorena con Ismael. Y puede
hacerlo porque los personajes
tienen la contundencia de una
fina construcción que lo
permite. En definitiva, la pieza
apunta a la labor de un
espectador que debe agregar lo
elidido y leer (dotar de
sentido) lo presente. Y lo
sugerido basta para la
reconstrucción de una rica
trama.
UNA ACERTADA LECTURA ESCÉNICA
De ahí el valor de esta pieza
que en la puesta de Spinno Lara
adquiere su justa dimensión y
profundidad. La lectura
escénica, apoyada en un elenco
de excepción, juega con el peso
de los silencios y de las
pausas, que funcionan aquí como
repeticiones que dan paso al
espectador. La dirección logra
así establecer un ritmo propio
para esa atmósfera enrarecida y
subjetivizada que el texto
propone, obteniendo un resultado
inmejorable.
Los personajes actúan desde ese
universo intransferible que se
edifica en el acto de lectura,
en el que convergen fantasías,
recuerdos y pulsiones para la
construcción íntima de imágenes
y sentidos, y esta poderosa
fuerza interior que los guía se
percibe desde el inicio gracias
a la justeza de los desempeños
actorales. Es en las rendijas
que logran abrir en cada
inflexión para dejar entrever
otra cosa detrás de las
palabras, acciones o silencios
de sus personajes, que se
disfruta plenamente a estos tres
actores que “viven” sus papeles
con un dominio completo de su
arte.
Aunque los tres acatan las
directivas de Lara, aportan
también sus brillos personales.
Blanco se luce en los saltos y
cambios bruscos de registro que
maneja para la construcción del
personaje discontinuo y
atormentado que le toca en
suerte. Hernández, un actor que
siempre ha sorprendido por su
destreza física, se consolida
aquí con una composición que
privilegia ante todo la palabra,
y a la que otorga un aplomo que
sólo puede lograr un actor de
primera categoría.
Desde la supuesta “neutralidad”
de su lector, Hernández hace
emerger también los
resentimientos e inseguridades
de un personaje ambiguo y rico,
y lo hace a partir de la
sutileza de sus acciones
contenidas. Vázquez aporta su
solidez de gran actor a su
Celso, al que incluso se da el
lujo de salpicar con ciertas
chispas de humor, sin romper
nunca con el justo balance que
logra en su composición.
La escenografía de Goeckler
capta la especial geografía que
la oscilación del texto va
trazando. Así los claroscuros de
una trama en la que rigen las
referencias a la literatura y el
tiempo, se materializan en un
enorme y distorsionado collage
fotográfico que recrea la
oscuridad laberíntica de la casa
de Celso al tiempo que funciona
también como proyección
metonímica de los estados de los
personajes. La música de
Schellemberg concretiza en
ajustados sonidos el ritmo
obsesivo y circular de la pieza.
Lucía
Masci, Caras y Caretas.
Gentileza:: Celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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