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Lindsay Kemp: “Siempre he
querido interpretar a Elizabeth
I”.-
06/04/05 (España)
 
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Lindsay Kemp: “Siempre he
querido interpretar a Elizabeth
I”
Ha sido Nijinski, Isadora
Duncan y Salomé, pero tiene
tanto de ellos como de Peter
Pan. Lindsay Kemp trajo el reino
de Nunca Jamás a los escenarios
con su mítica Flowers a finales
de los años sesenta, y desde
entonces no ha abandonado sus
coreografías coloristas de gran
belleza visual donde la palabra
cede ante la danza, la música y
la imagen. El coreógrafo,
bailarín, mimo y director
regresa a la interpretación con
Elizabeth I. El último baile,
que se estrena el 1 de abril en
el Palacio de Festivales de
Cantabria. Muerte y vida se
mezclan en esta obra onírica
donde Kemp interpreta a la reina
virgen en las últimas horas de
su vida.
De pequeño transformaba su
paraguas en un miriñaque y
contaba historias para escapar
de la grisura de su Liverpool
natal. Así se fraguó el creador
que tantos estereotipos ha roto
a lo largo de su carrera.
Flowers, Nijinski, Alice o
Salomé son algunas de sus
coreografías más
representativas, a las que se le
suma la dirección de óperas como
La flauta mágica, Iris, La
Traviata y Madame Butterfly
–ésta última estrenada también
en el Palacio de Festivales de
Cantabria, que coproduce El
último baile junto con otros
cuatro teatros españoles–.
Después de tres años sin
interpretar, Kemp (1938) vive
con excitación las horas previas
a su regreso a la escena.
–El personaje de Elizabeth I ya
le subyugó a los cinco años
cuando vio en el cine Las vidas
privadas de Isabel y Essex. ¿Por
qué se ha hecho esperar tanto
este montaje en su carrera?
–Todas mis obras se nutren de mi
experiencia vital, pero el caso
de la reina Elizabeth I es,
quizás, el más contundente pues
siempre ha sido una obsesión
para mí. Toda mi vida he estado
fascinado por su persona y por
todo lo que ella representa: el
glamour, la efervescencia
cultural –representado
especialmente en el teatro de
Shakespeare– y el amor
apasionado. Todas esas facetas
ligadas a su persona me
interesan mucho.
–¿Es éste el papel de su vida,
más que su Divine de Flowers?
–Digamos que es el papel que
lleva toda la vida esperándome.
Y ahora soy lo suficientemente
viejo como para interpretar a la
reina Elizabeth I en esta etapa
de su existencia. Siempre me ha
fascinado su figura, desde su
capacidad de liderazgo hasta su
apasionada vida amorosa.
–¿Qué rasgos comparte con la
llamada reina virgen?
–La pasión por la vida, el amor
por la belleza, la tolerancia,
la búsqueda de la inspiración...
todo eso que conduce a la
felicidad. Ella era muy
apasionada, y creo que eso va a
ser perfectamente comprendido
por el público español, que
también lo es.
LA REINA SE MUERE
–¿Cuál es el retrato que hace de
la reina en la obra?
–El de una gran líder que
agoniza, que vive sus últimas
horas sumida en los recuerdos de
lo que fue su vida. Es el viaje
a la mente de una mujer en el
filo de la muerte que pasa
revista a una existencia en la
que están presentes el amor, la
angustia, las dudas, el miedo y
la tragedia –algo que vivió con
la ejecución de su prima María
Estuardo y de su amante el Conde
de Essex–. Esta obra tiene un
estilo muy surrealista y
onírico, puesto que esos
sentimientos se confunden en su
memoria. Su vida es a la vez una
danza dolorosa y apasionada.
Ella baila porque presiente que
la muerte esta próxima.
–Si Flowers fue el montaje
revelación de su juventud ¿es
este Último baile su obra de
madurez?
–Esta obra es el resumen de toda
mi vida, especialmente del
ahora, porque no me gusta perder
el tiempo pensando en el ayer ni
en el mañana. Retrata cómo me
siento ahora y cómo enfoco mi
arte ahora.
-¿Es éste también el último
baile de Lindsay Kemp?
–No. Habrá muchos bailes después
de éste, se lo puedo asegurar,
aunque sigo los consejos de mi
madre y bailo con la misma
energía como si fuera el último,
por si acaso.
–La muerte es una constante en
su obra, presente en personajes
como Salomé, Nijinski, Isadora
Duncan, en óperas como Madame
Butterfly... ¿Cómo la aborda?
–Estoy fascinado por la muerte
al igual que lo estuvieron Genet,
Baudelaire, Rimbaud... Es muy
teatral. Me gusta su ritual y
desde pequeño me interesó: las
flores, los llantos, los rezos.
Yo sólo intento transformar toda
esa parte terrible en arte.
–Sin embargo sus espectáculos
son a la vez muy luminosos y
vitalistas, con un toque naïf.
¿No cree que se podría
malinterpretar este estilo como
frívolo?
–Sé que a veces mis montajes
pueden parecer un poco frívolos
pero eso es porque soy un clown,
y el clown disfraza la seriedad
de frivolidad. Al público le
seduce más ésto que lo primero.
Pero incluso mi frivolidad es
seria. El ser humano necesita
también divertirse; créame, ser
formal cansa mucho. Hay que
jugar porque tenemos tantas
cosas de las que preocuparnos
que o buscamos un equilibrio
entre los dos polos o estamos
perdidos. De vez en cuando me
gusta ser infantil y sentirme
como un Peter Pan que se
divierte en el mundo de los
niños, un universo lleno de
espontaneidad y confianza. Y eso
se refleja en mis espectáculos.
–¿La finalidad del arte debe ser
el puro entretenimiento o se le
debe exigir un compromiso con la
realidad que lo rodea?
–No debemos constreñir el arte a
un solo significado porque eso
lo empobrece y limita su
esencia. Para mí es, entre otras
cosas, un medio de sublevación
del alma, como hicieron Pablo
Casals o Isadora Duncan, que
tanto me han influido. Duncan
nunca perdió la juventud de
espíritu y transformaba todo
estímulo e inspiración en arte
para conectar con los sueños del
público y darle alas. Para mí
ése es su verdadero sentido:
animar los sueños del público y
que sueñen conmigo.
EL DON DE LA DANZA
–Jacques Lecoq dijo que el
silencio sólo podía ser roto
mediante la palabra o la acción.
Usted ha elegido lo segundo,
¿por qué?
–Para mí la danza es mucho más
importante que las palabras y es
la puerta abierta a los sueños y
la forma con la que mejor sé
comunicar mis pensamientos.
Afortunadamente la danza es
universal, y creo que esa es la
clave que me ha permitido llegar
a un público tan variado y tan
amplio. Yo soy un poeta cuya
lengua es la danza, al igual que
García Lorca comunicaba sus
anhelos y miedos a través de la
palabra. La danza es mi don,
carezco de la destreza de las
palabras, así que he tenido que
labrar mi elocuencia a través
del baile. Nunca he sido muy
bueno con las palabras, incluso
de pequeño cuando me empeñaba en
interpretar Shakespeare no podía
recordarlas.
–¿No cree que el mimo está
desprestigiado en la actualidad?
–El mimo se ha vendido y por eso
tiene ese desprestigio. Su
grandeza ha sido prácticamente
olvidada. Sólo Marcel Marceau
sobrevive como el último eslabón
de esa gran línea pero le han
salido muchos imitadores, lo que
ha contribuido al estancamiento
del arte. Se ha convertido en
algo superficial y dependiente
de la técnica, y ese es un gran
error. Por eso lo encuentro tan
aburrido. Para mí la gran mímica
está más cerca de la danza que
de ninguna otra cosa.
–¿Cómo nació el personaje de
Lindsay Kemp?
– Como Sherezade, de la
necesidad de contar historias.
Imagínate, para un niño que ha
nacido y pasado su juventud en
una ciudad como Liverpool, las
historias eran la única forma de
sobrevivir y de protegerme a mí
mismo. Sin el humor tampoco
habría podido sobrevivir.
–¿Por qué le gusta tanto
interpretar personajes
femeninos?
–Lo que me gusta es el acto de
la transformación. Me divierte
transformar mi aspecto en una
mujer, explorar los aspectos
femeninos de mi personalidad y
ver cómo conquistan al resto
porque eso requiere de una gran
técnica. Sucede lo mismo cuando
doy vida a un villano. Los malos
son más divertidos de
interpretar. Prefiero encarnar a
Ricardo III que alguno de esos
ídolos de “matinée”, porque
además no tengo la presencia
necesaria. Me gusta presumir de
mi masculinidad pero también
meterme en la piel de personajes
como Divine. Elizabeth me
fascina porque lo encarna todo:
lo masculino y lo femenino.
–En la década de los 70
revolucionó la escena con
apuestas como Flowers. ¿Qué
lugar cree que ocupa su teatro
hoy?
–La vanguardia, en el fondo, es
lo clásico. Igual que Picasso y
el cubismo.
INSPIRACIÓN ANCESTRAL
–¿De ahí que su inspiración esté
en las fuentes clásicas?
–Sí. Lo que me inspira es lo
ancestral, lo oriental –como el
Kabuki y el Noh–, el teatro
griego, los musicales, la
comedia del arte, y la filosofía
popular de La Barraca lorquiana.
Yo comencé mi carrera actuando
en la calle, por eso me gusta
tanto el teatro popular.
–¿Qué le parece la danza que se
hace actualmente? ¿Qué artistas
le interesan?
–Los grandes nombres de la
escena, Nijinski, Martha Graham,
Paul Taylor... ellos son mis
héroes. Yo veo muy poco teatro
pero lo poco que veo no me
inspira casi nada. Todo ese
movimiento postmodernista es tan
feo... Pina Bausch es de las
pocas que han conseguido
conmoverme. Ella tiene un
espíritu hermano al mío, tiene
un sentido del humor muy
estimulante. Un nombre que me ha
sorprendido es el de Rafael
Amargo, su trabajo es
sorprendente. En general, me
gustan mucho los bailarines de
flamenco.
–¿Cuál cree que ha sido su
principal aportación al mundo de
la danza y el teatro?
–Creo que mi continuación de las
tradiciones ancestrales. Me
gustaría pensar que he
restaurado los ingredientes
esenciales del teatro que amo.
He aprendido de todos esos
grandes bailarines anteriores a
nosotros, y esa enseñanza es la
que intento transmitir a mis
alumnos cuando les digo que lean
esos libros, o que escuchen esa
música del pasado, que tengan en
cuenta el cine... Hay que
devolverle al teatro una de sus
funciones esenciales, la de
entretener, y parte de lo que
hoy veo en el teatro –que no es
mucho– es muy aburrido. Hay que
recuperar la diversión, el
glamour, la belleza, la poesía y
el alma. Es necesario conmover
desde la escena y lo que veo no
tiene la belleza y la magia
suficiente. La gente ha dejado
de creer en el poder de los
sueños.
–Teniendo en cuenta su amor por
la lírica y España, ¿para cuándo
una zarzuela?
–¡Eso es algo que me encantaría
hacer! Me entusiasma su espíritu
y belleza, y creo que estoy
preparado para hacerlo. (Se
despide tarareando La verbena de
la paloma).
Itzíar De
Francisco. El Mundo.
Gentileza:: Celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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