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Héctor Manrique en uno de los
mejores roles del teatro
venezolano.- 28/04/05
 
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Héctor Manrique en uno de los
mejores roles del teatro
venezolano.
“Mi Pío Miranda es llorón
pero no sé interpretarlo de otra
manera”
El acontecimiento cultural que
es el nuevo montaje de El día
que me quieras, puede atribuirse
tanto al formidable texto de
Cabrujas como al trabajo de
dirección y del elenco. Destaca
la interpretación de Pío
Miranda, “maestro de escuela,
cajero de imprenta, secretario
de un comprador de esmeraldas en
el río Magdalena, espiritista,
seminarista, rosacruz, masón,
ateo, libre pensador y
comunista”.
Héctor Manrique no suele
contestar su celular. Su faena
diaria involucra un insumo muy
delicado, que es la psicología
de los actores, con quienes
comparte escenario, aula y mesa
de trabajo (donde, todos
sentados, leen el texto para ver
cómo suena). De manera que
Manrique mantiene su teléfono
apagado para no ser interrumpido
mientras da clases o dirige a
las actrices de El monólogo de
la vagina (que regresa la tablas
locales con Tania Sarabia,
Gledys Ibarra y Elba Escobar) y
las de Panamá, adonde mandará un
trío integrado por Fabiola
Colmenárez, Beatriz Valdés y una
profesional del istmo. Al mismo
tiempo, prepara, con el actor
Basilio Álvarez, un montaje de
La Revolución, de Isaac Chocrón,
que deberá estrenarse a finales
de año; y sostiene periódicas
reuniones con el escritor Ibsen
Martínez, quien se encuentra en
el proceso de escritura de su
obra El señor Marx no está en
casa, que, según explica
Manrique, era la fórmula con que
el ama de llaves despachaba a
los acreedores del autor de El
Capital.
Como si fuera poco, todos los
fines de semana —desde el
viernes hasta el domingo— sale
al tablado de la Sala de
Conciertos del Ateneo de Caracas
para interpretar a Pío Miranda
en la pieza El día que me
quieras, de José Ignacio
Cabrujas, bajo la dirección de
Juan Carlos Gené, con un
desempeño que quedará por
siempre en la memoria de quien
lo vea.
—¿Quién es su padre?
—Héctor Rodríguez Bauza, una
persona muy importante en lo que
yo he hecho. Estuvo ausente
durante los primeros cinco años
de mi vida porque estuvo preso,
pero luego lo compensó con el
gran apoyo que me ha dado.
—¿Por qué estuvo preso?
—Por comunista. Yo nací el 14 de
enero de 1963 y a mi papá lo
metieron preso el 19 de abril de
ese mismo año. Cinco años
después, el reencuentro se
produjo en Moscú, donde vivimos
un exilio de nueve meses.
—¿Hay algo en su interpretación
de Pío Miranda que haya tomado
de su padre?
—Mucho. De mi padre y de su
hermano, mi tío Raúl, que murió
hace unos días, el 1º de abril.
Por ejemplo, el pantalón sobre
el ombligo, como lo usa mi Pío
Miranda, es idéntico a como lo
usaba mi tío Raúl, quien también
fue militante del Partido
Comunista. Mi tío Raúl era un
hombre más que solitario,
ermitaño. Fue una gran
inspiración para construir a
Pío.
—¿Su tío supo esto?
—No. Porque él no salía de su
casa. Vivía en el Bloque 2 de El
Silencio, de donde prácticamente
no salía nunca. Además, los
últimos cuatro meses de su vida
estuvo acostado; se murió 10
minutos antes de entrar en el
quirófano donde que le pondrían
una prótesis que le permitiría
volver a caminar.
Yo creo que Pío Miranda hubiera
podido terminar como mi tío
Raúl: un hombre que creyó en
algo, que se frustró y que se
aisló en su desengaño. Mi padre,
en cambio, a pesar de que lo
acobijan algunas frustraciones
importantes, optó por reírse.
Algunas personas que lo
conocieron desde su juventud me
han dicho que ahora es más
sociable y encantador que antes.
Mi tío Raúl, como creo que era
el destino de Pío Miranda, se
anuló, casi se desvaneció, nunca
se casó.
Todo eso me dio material para
construir a Pío.
—¿Su padre fue a ver la pieza?
—La ha visto varias veces. Él
tenía mucha resistencia porque
tenía una visión de Pío, igual
que la tenían muchos comunistas,
según la cual el personaje era
un idiota, un fracasado, un
ridículo.
Tras advertirme que la vería
antes del estreno para
asegurarse de que podía llevar a
sus amigos, fue a un ensayo en
el que estuvo él solo como
espectador. Y se impactó mucho.
Estuvo muy emocionado.
Vio en este Pío una gran fe,
fallida pero fe al fin. Ya no ve
a Pío solamente como un idiota;
han pasado muchas cosas y la
obra ahora tiene una lectura
diferente.
—¿Quién es su padre intelectual?
—Juan Carlos Gené, sin duda
alguna. Es mi maestro, es la
persona con la que más he
compartido mi trabajo y
constituye una referencia
constante en todo lo que hago.
Permanecí a su lado por 14 años,
desde 1982 hasta 1994, cuando
regresó a Argentina, su país
natal. Puedo mencionar también
como un padre intelectual a
Fausto Verdial, dueño del cuerpo
en el que más ha habitado Pío.
No sé cuántas funciones de El
día que me quieras llegaría a
hacer Fausto, pero fueron
muchísimas. Para mí fue una
influencia fundamental porque
Fausto era uno de esos actores
cuya casa, cuyo espacio natural,
es el escenario, el único lugar
donde pueden habitar a sus
anchas. Y eso es un aprendizaje
invalorable para quienes tienen
la dicha de actuar con alguien
así.
Leer con todo el cuerpo
—¿Cómo trabajó Juan Carlos Gené
en este montaje de “El día que
me quieras” ?
—Lo primero que hay tomar en
cuenta es que Gené es un
director de sutilezas (también
las tiene como actor). Su
propósito es que el director se
perciba lo menos posible, como
si no existiera. Y a pesar de (o
gracias a) esto, es un gran
director. Trabajábamos cinco
horas diarias, en la sede del
Grupo Actoral 80, en Parque
Central.
—¿Ya se habían aprendido la
—Él nos había pedido que lo
hiciéramos. No estaba sujetada
del todo en nuestra memoria,
porque si hay algo que le sirve
a un actor como recurso
mnemotécnico son los
desplazamientos en el escenario
(te mueves de aquí para allá y
ahí llega la letra). La sucesión
de acciones físicas invoca la
“llegada” del texto a la
memoria. Gené llegó a Caracas un
jueves y el viernes estábamos
reunidos para hacer la primera
lectura, que, como es su
costumbre, la hizo él solo.
Cuando uno lo escucha, entiende
qué es lo que espera Gené de
cada actor y de todo el equipo,
hacia dónde va. A partir de ahí
hicimos, durante una semana, lo
que llamamos el “trabajo de
mesa”, que es la lectura, por
parte de los actores, del texto.
No es solamente una lectura y un
análisis de la obra sino que
comenzamos a leer el texto con
el propósito de que cada parte
comenzara a habitar el cuerpo
del actor y se fuera
convirtiendo en acciones. En esa
etapa tenemos que sentir en el
cuerpo qué es lo que quiere el
personaje, cuál es su objetivo.
De manera que, desde el segundo
día, cuando nos tocó leer a
nosotros, Gené nos dijo: “Lean y
accionen, confíen en sus
instintos”.
En esas lecturas se va poniendo
a flote qué pasa en la obra pero
también qué propone el actor,
qué visión tiene de su propio
personaje y de la pieza en
general; porque puede haber
visiones encontradas y ésa es
una de las funciones del
director, crear un clima de
trabajo y que todas las visiones
diversas converjan en una sola.
Terminada la segunda semana,
Gené empezó a “levantar” la
obra: nos levantamos de la mesa
y comenzamos a movernos sobre el
escenario. Antes de un mes ya
teníamos la obra levantada.
Había una gran emoción porque
nuestro maestro llegaba después
de 12 años de ausencia y un gran
amor por la obra. Un gran
compromiso.
—¿Este ha sido su primer
contacto con Pío Miranda?
—No. Cuando fui muy joven y
decidí que me dedicaría al cine
y al teatro, mi papá me mandó a
hablar con Rodolfo Izaguirre,
quien me remitió a José Ignacio
Cabrujas; y éste, a su vez, me
dijo: “Busque a Juan Carlos Gené,
que es el que de verdad sabe de
esta vaina”. Para la audición
con Gené y Enrique Porte, me
presenté con el monólogo de Pío
Miranda (un fragmento donde éste
explica a qué se ha dedicado en
sus 38 años de vida y por qué es
comunista). Yo no sé si el hecho
de estar ahora interpretando a
Pío es el cierre de un ciclo o
la apertura de otro, pero hacer
El día que me quieras es lo
mejor que me podía pasar en la
vida.
Milagros
Socorro.
El Nacional. Abril de 2005
Gentileza:: celcit [celcit@sinectis.com.ar]
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