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Excusas y algo más....-
04/05/05 (Uruguay)
 
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Excusas y algo más...
De los jóvenes autores,
actores y directores catalanes
Joel Joan y Jordi Sánchez,
Excusas! hace foco en los
conflictos de cuatro personajes
treintañeros que comienzan a
definir sus caminos vitales. Las
“excusas” del título son las que
rigen las vidas de estas dos
parejas que intentan, hasta el
último momento, justificar sus
miedos y ocultar sus
frustraciones tras la
manifestación de apariencias no
del todo verosímiles. Pero, en
todo caso, la impostura es la
regla, de modo que a ninguno le
importa si el otro miente o no.
Se trata de una pieza cuyo éxito
desde su estreno en 2001 en los
escenarios catalanes derivó en
una versión en castellano (se
montó con igual suceso en
Madrid) así como en una
adaptación cinematográfica
(2003), también protagonizada
por sus autores. La versión
uruguaya, a cargo de Omar Varela,
retoma la versión en castellano
y la adapta al lenguaje local,
manteniendo la necesaria
procacidad en los diálogos y
logrando –justamente a partir de
esa opción- el ritmo y el
registro que los personajes y la
trama exigen. La hilaridad de
las situaciones planteadas
establece, desde el inicio, la
clave de comedia que rige la
pieza.
Sin embargo, a medida que fluyen
las situaciones y que los
personajes se enredan en caminos
de difícil o imposible retorno,
vemos que lo que aparentemente
se instaló como una comedia más,
con sus reglas y
convencionalismos, va dando paso
a una reflexión más profunda, a
partir de una sólida estructura
dramática en dos actos. Si el
primero constituye la
presentación de los personajes y
de las principales líneas de
conflicto, el segundo (que se
abre con una desopilante
grabación en un contestador)
plantea un desenlace en el que
la hilaridad es llevada al
máximo para aplacarse,
bruscamente, hacia el final.
Así, a una risa casi permanente
sobreviene el dolor de un drama
que el público logra –aunque sea
en parte- reconocer.
Los ricos también lloran.
Los personajes presentados gozan
de cierta comodidad económica,
de modo que este habitual
problema se encuentra fuera de
los conflictos, que aquí pasan
más bien por las decisiones
profesionales y vitales, así
como por la propia cobardía a la
hora de elegir. Y es que todos
prefieren la comodidad, antes de
jugarse por su propia felicidad.
En base a esta lógica, Begoña (Graciela
Rodríguez) se queda con Jesús
(Leonardo Franco) pese a estar
enamorada de otro hombre. La
“excusa” es la tranquilidad que
la fidelidad de Jesús le otorga.
Por su parte, este hombre
inseguro y dominado, lleva una
vida digitada entre su mujer y
su mejor amigo y, lejos de pasar
por la incomodidad de
preguntarse por sus propios
deseos, acepta un hijo que no
quiere y una familia que no lo
hace feliz. Ha delegado todo en
Begoña, y en esa entrega reside
su comodidad. Si bien parece
diferente, el caso de Cristian
(Juan Antonio Saraví) no se
aleja demasiado de estos
mecanismos.
Armado de una “coraza” de hombre
fuerte, decidido y emprendedor
tras la que pretende ocultar su
infantilismo -y que se
complementa con una leve
adicción a la cocaína-, Cristian
cree que puede vivir guiado por
su ello y evadiendo cualquier
tipo de compromiso. Sin embargo,
cuando la vida lo lleve a
descubrir sus reales deseos,
será demasiado tarde. Susana
(Celeste Villagrán), tiene su
propio refugio: su profesión y
un mundo de fantasías en torno a
ella que le servirán –sumadas a
un creciente alcoholismo- para
negar la actitud de ese Cristian
a quien ama profundamente pese a
todo, así como para –luego-
tapar el dolor por lo que nunca
pudo tener. De algún modo, se
trata de dos parejas
aparentemente opuestas, que sin
embargo encuentran su
denominador común en una
infelicidad producto de la
impostura. Begoña y Jesús son
presos de una triste
cotidianidad casera, mientras
que Cristian y Susana permanecen
atrapados en sus propios
discursos sobre sí mismos y sus
éxitos sociales o laborales. El
resultado es, para los cuatro,
el desencuentro y el dolor, que
aparece como marca indeleble
cuando las excusas comienzan a
desmoronarse.
Con un fuerte sabor a Woody
Allen, la mezcla entre la
comicidad y la tragedia coloca a
la pieza en un interesante
borde, el de un humor ácido
desarrollado desde la intimidad,
en el que se establece un
constante juego de balance entre
los códigos de uno y otro
género. La transición entre una
risa sin descanso y la sensación
de desolación del final
(adecuadamente apoyada en el
tema “Vete de mí”, de Homero y
Virgilio Expósito), es uno de
los mayores logros de la pieza.
Elenco compacto
Todas las escenas se desarrollan
en el comedor de Jesús y Begoña,
mientras las demás habitaciones
del departamento aparecen
funcionalmente sugeridas. En
este sentido, las permanentes
entradas y salidas de los
personajes, así como las
puntuales intervenciones de
sonidos grabados, aportan a la
sensación de movimiento y
naturalidad, superando los
problemas de una sala incómoda
como la Shakespeare del teatro
del Anglo, con dificultades para
las entradas de los actores y
limitaciones para la creatividad
en cuanto a diseños
escenográficos. Respecto a los
trabajos actorales, se destaca
el de Saraví, quien encuentra el
ritmo y las inflexiones
adecuadas para el infiel e
inmaduro que le toca en suerte.
Por su parte, Rodríguez
despliega su performance de
siempre: compone a esa mujer
fálica y/o frustrada que ha
repetido hasta el hartazgo.
Pero esto se convierte -en la
medida en que el papel de Begoña
se lo permite- en un acierto de
la dirección, en tanto Varela se
apoya en los conocidos tics de
una actriz que aquí funciona. En
cuanto al resto del elenco,
Villagrán y Franco cumplen con
lo suyo, la primera aportando a
su personaje adecuados toques de
humor, y el segundo en un
peligroso borde hacia la
caricaturización de su
personaje. Como sea,
consideramos que, más allá de
los desempeños individuales,
importa la dinámica generada
entre los integrantes del
elenco, que funcionan como un
bloque logrando un buen
complemento.
Lucía
Masci, Caras y Caretas
Gentileza:: Celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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