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CUBA. Ceremonias para
desafiar el calor.-
24/04/05
 
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CUBA. Ceremonias para
desafiar el calor
Carlos Díaz Y su Teatro El
Público vuelven a demostrar alta
capacidad de convocatoria. Ahora
—ante la lamentable ausencia de
aire acondicionado en el
cine-teatro Trianón— han ocupado
el escenario, dispuesto las
sillas alrededor del hecho
escénico y dotado a los fieles
espectadores de abanicos con los
que, además de conjurar el
calor, podemos leer las notas al
programa. Otra vez el sentido
del terminado artesanal, de la
utilidad pública del teatro. Esa
visión integral —que va del
repertorio al diseño de la
propaganda— es uno de los
méritos esenciales que distingo
en Carlos y su tropa.
Ceremonias para actores
desesperados es el título que ha
dado Abilio Estévez (1954) a un
ciclo de monólogos escritos en
la década de los noventa. En el
espectáculo que nos ocupa, Díaz
asume Santa Cecilia —estrenada
aquí por el grupo Galiano 108,
con premiada actuación de Vivian
Acosta— y Freddie, totalmente
nueva para el público cubano. En
los textos de Estévez para el
actor en solitario se localizan
muchos de los valores de sus
obras para varios personajes
como Perla Marina o La noche.
Está el protagonismo de la
palabra, resuelta teatralmente,
pero siempre deslumbrante desde
el punto de vista literario; la
mezcla de lo filosófico con lo
cotidiano, el elogio vehemente a
las pasiones terrenales, la
nostalgia perenne.
Santa Cecilia es el monólogo que
prefiero dentro de la obra de
este autor. La formidable
alternancia entre vida-muerte,
fugacidad o memoria está tejida
de deliciosas situaciones y
permite un despliegue verbal
impresionante. El montaje de
Díaz resulta sobrio y eficaz. Un
director que se ha caracterizado
por mover elencos numerosos y
apelar a complicados recursos
escénicos, demuestra aquí ser
capaz de hacerse fuerte en una
cuerda íntima y casi desnuda.
Resulta evidente la
concentración del creador en la
dirección de actores y el esmero
en alcanzar un ritmo que tornase
fluidas y agradables dos horas
de reflexión. A pesar de la
voluntaria renuncia a las
imágenes abigarradas o los
juegos frenéticos de otros
espectáculos, en el vestuario de
su reiterado colaborador
Vladimir Cuenca, se asoma la
espectacularidad que constituye
un sello de la labor de Teatro
El Público. Alain Ortiz —también
vinculado a sonados espectáculos
como La Celestina o Ícaros—
resulta parco en cuanto al
lenguaje de los objetos.
Consigue una óptima integración
de la escenografía a las tareas
escénicas de los dos actores. La
banda sonora —a cargo de Adrián
Torres— contrapuntea con gracia
las situaciones y los silencios.
Uso pocas veces el adjetivo
excepcional. Me lo permito ahora
para el desempeño de Osvaldo
Doimeadiós en Santa Cecilia. Se
juntan aquí sus conocidas
cualidades de comediante y las
menos valoradas dotes de actor
dramático. Doime canta en
registros diversos, elabora una
suerte de danza entre
trascendental y cotidiana,
derrocha recursos desde el punto
de vista gestual y de las
gradaciones de su voz. Todo lo
anterior está matizado por la
sinceridad artística, una
desnudez, una sinceridad dentro
del alarde técnico, que se
integra orgánicamente a la
escueta cantidad de elementos
sobre el escenario. Trae a la
anciana centenaria del fondo del
mar, la despliega como símbolo
de una Habana de la memoria y
nos enseña, de forma fugaz y
pícara, su propio rostro
moviendo los hilos de la magia.
Aunque parto solo de dos
funciones de la temporada y no
he estudiado el texto, me asalta
la sospecha de que Freddie es
una obra menor dentro de la
espléndida dramaturgia de
Estévez. Díaz en su puesta en
escena y Omar Franco como
intérprete debieron enfrentar
una base textual inteligente y
expresiva, pero a ratos
abstracta y difusa. El montaje
apela a darle cuerpo a los
personajes evocados, recurso
válido, pero que por momentos
afecta la pulcritud de la
visualidad de la puesta. Franco
—todo un consagrado en el reino
del humor y de ascendente, para
muchos sorpresiva, carrera en la
vertiente dramática— se enfrenta
aquí a un personaje lejano a sus
experiencias anteriores. Omar da
pruebas de entrenamiento,
ligereza, versatilidad y
encanto. En la primera de las
funciones aprecié titubeos en el
decir, que debía ser virtuoso
para asumir un texto tan
elaborado y singular. En la
segunda las palabras de Abilio
encontraban mayor acomodo y
efectividad, aunque el
intérprete debe seguir bordando
matices. Asumir este resbaladizo
rol, dialogar con el rico estilo
de Carlos Díaz parece ser otra
estación consagratoria para el
talentoso y carismático
teatrista.
Desde el verbo, Teatro El
Público vuelve a ser noticia
como antes se impuso a partir
del juego frenético o la
voluntaria irreverencia, donde
también resultaba fácil
localizar conceptos y un estilo
definido. Aplaudo la presencia
de estas ceremonias en nuestra
cartelera, a la vez que confío
en el regreso de rostros
numerosos y personajes diversos
sobre las tablas del Trianón.
Amado del Pino
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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