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La carrera de la vida, por
Miikel Agirregabiria Agirre
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16/03/05
 
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La carrera de la vida
Una metáfora
automovilística, válida para
cualquier edad, que enseña a
llegar muy lejos.
El profesorado está acostumbrado
a percibir las peculiaridades de
su alumnado, desde la más
elemental singularidad de cada
persona -que es un universo
único- hasta las severas
deficiencias sensoriales y
cognitivas propias de los casos
de "educación especial" ante
minusvalías físicas, sensoriales
o psíquicas. El personal docente
con experiencia sabe
perfectamente que, entre la
capacidad potencial de cada uno
de nosotros y el desarrollo
final que logremos, lo
definitivo es la voluntad propia
que obra milagros insospechados.
La constancia, la tenacidad y el
empeño forman la piedra
filosofal buscada por la
alquimia.
Como educador, siempre hubo una
historia alegórica que me fue
muy útil para motivar a mis
alumnos y alumnas en mis
funciones de tutoría, incluso de
personas adultas. El cuento –de
cosecha propia- relata la salida
de una carrera de largo
recorrido. Se presentan muchos
coches, de muy variada
apariencia, potencia y
antigüedad. Sus conductores se
analizan y pronto llegan a
conclusiones precipitadas.
Algunos creen que, al disponer
de vehículos más adaptados o más
modernos, serán seguros
ganadores. Igualmente, otros se
desaniman rápidamente al
comprobar que sus automóviles no
parecen tan lustrosos como los
de otros competidores mejor
dotados.
Dado que la carrera está
programada a varios años, tras
la presentación de los equipos
se producen muchas reacciones
inesperadas. Los presuntos
vencedores se toman el día
libre, porque pronto podrán
recuperar la ventaja que
concedan a sus más débiles
contendientes. Los que aceptan
su papel de perdedores arrojan
la toalla sin avanzar siquiera
unos kilómetros. Los jueces
avezados pronto descubren
quiénes serán probablemente
quienes triunfen al final de la
larga y afanosa aventura: Son
justamente quienes se aprestan a
correr con todas sus
posibilidades, aunque sean
reducidas, sin mirar a los demás
ni aceptar jamás la derrota,
sabiendo que llegarán hasta
donde estén dispuestos a no
desfallecer.
En las carreras automovilísticas
reales es cierto que el coche es
determinante, porque todos los
conductores son esforzados
vocacionales seleccionados por
una acreditada valía de trabajo
previo en su currículum. En la
vida cotidiana y entre la gente
normal sucede que la principal
diferencia entre unos y otros no
es el cociente de inteligencia,
ni las habilidades sociales, ni
la edad, sino el carácter
esforzado y la energía dispuesta
a sacrificar.
En la escuela y en la sociedad
advertimos repetidamente la
pertinaz tragedia de las
capacidades desaprovechadas, la
penosa catástrofe de los
abandonos prematuros, y la
sempiterna maldición de la
pereza, la desidia y la apatía…
incluida la de los educadores y
progenitores que aceptamos el
"fracaso escolar". Muchas veces
nos consideramos demasiado
incompetentes, nos suponemos
demasiado mayores, nos sentimos
demasiado cansados. Es evidente
que otras personas estarán más
dotadas que nosotros, que no
seremos los mejores y que nos
costará más lograr nuestros
objetivos. Pero recordemos que
sólo fracasa, quien no lo
intenta una y otra vez.
Fallar es legítimo y honorable;
abandonar sin intentarlo es lo
más triste y deshonroso.
Schiller señaló: "La voluntad de
la persona: he ahí su
felicidad". No existe mejor
cualidad y facultad que una
firme voluntad: Y esto está al
alcance de todos, porque la
voluntad es el alma de cada uno
de nosotros, lo que nos hace
grandes o pequeños.
Mikel
Agirregabiria Agirre. Educador
http://www.getxoweb.com/mikel
Artículo ilustrado en:
http://www.geocities.com/agirregabiria2005/carrera.htm
Gentileza:: Mikel Agirregabiria
Agirre [agirregabiria@euskalnet.net]
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