|
|
Jericó, por Ilán Semo.-
31/03/05
 
|
|
Jericó, por Ilán Semo
La
Jornada
Ilán Semo
Hay ciudades, como Ákhaba,
que deben su historia al mar;
otras, más enigmáticas, a la
memoria, como Mosul o Toledo,
que fueron sinónimos del
laberinto teológico. Cartago
acabó siendo una capital de la
guerra y desapareció como una
pesadilla. La historia de
Jerusalén sería inconcebible sin
el término ocupación, y
Siracusa, según Lucrecio, hizo
fama por "sus plazas y sus
tiranos", una conjunción por lo
visto frecuente.
Desde sus primeras menciones,
Jericó aparece ya como una
ciudad amurallada. La dimensión
de una conquista, escribió
alguna vez Adriano, depende de
la grandeza de los conquistados,
y los autores del Viejo
Testamento, que conocían este
procedimiento narrativo, la
atribuyeron, en Jericó, a sus
muros. Para sitiarla, Josué
instaló a las tropas israelitas
en un campamento en las afueras
de la ciudad. "Por orden de
Dios, los hombres de guerra
dieron vueltas a aquella
fortaleza, una vez al día,
durante seis días consecutivos."
En medio de los soldados,
prosigue La Biblia, los
sacerdotes portaban el arca del
pacto, precedidos por otros
siete sacerdotes que tocaban las
trompetas. El séptimo día dieron
siete vueltas a la ciudad; al
final de la séptima vuelta,
mientras resonaba el toque de
las trompetas, el ejército
irrumpió en un clamor, los muros
se derrumbaron y los soldados
israelitas irrumpieron en la
ciudad. En 1932, John Garstang,
célebre arqueólogo, echó a
perder esta magnífica historia
con la hipótesis de que un
temblor habría derribado los
muros de Jericó. Desde entonces,
la ciudad cayó en manos,
sucesivamente (la lista es casi
infinita, la resumo), de los
fariseos, los persas, los
griegos, los sarracenos, los
sirios, de nuevo los israelitas,
los romanos, los árabes, los
turcos, los ingleses, los
palestinos, de nuevo los
israelíes y, hace unas semanas,
de nuevo los palestinos. La
historia universal en una nuez.
La versión más reciente de los
muros de Jericó tardó en ser
derribada casi 40 años. Tres
guerras, la intifada y una
década atroz de suicidas
políticos y religiosos los
echaron abajo. Hace unos cuantos
días, Jericó pasó a manos de la
administración autónoma
palestina frente a la
perplejidad, digamos, del mundo
entero, que auguraba un
conflicto sin solución, trenzado
por la ira, el odio y una estela
inagotable de agravios
(supuestamente) históricos,
religiosos y políticos.
Por su carácter súbito e
inesperado, la entrega de Jericó
(y otros territorios palestinos)
se suma al catálogo de
perplejidades en que se ha
convertido la historia del
tiempo presente. Por su
intensidad, no es un hecho menor
que la caída del Muro de Berlín,
y por su trascendencia habrá de
rescribir un imaginario (ya
global) que homologaba, con todo
el encono y la banalidad que
permiten el lenguaje político,
la causa palestina con las
fobias antisemitas y a la causa
de Israel con la cruzada contra
el terrorismo. La realidad se ha
revelado, una vez más, como un
sitio irreductible a su
parcelación en un catálogo de
ismos y torniquetes ideológicos.
La rapidez de los
acontecimientos desmoraliza
cualquier intento de
interpretación. Vista desde la
perspectiva de las negociaciones
en Egipto entre Ariel Sharon y
Mahmoud Abbas, ¿cómo interpretar
la función que cumplió hasta su
muerte Yasser Arafat en este
último y terrible tramo que
desembocó en el acuerdo de paz?
Difícil valorarla. Sin el rigor
de Arafat, la idea misma de un
Estado palestino habría sido
inconcebible. Pero los recientes
seis años, acaso los más crueles
de esta historia, fueron un
simple y llano delirio.
Toda esa absurda algarabía sobre
el carácter supuestamente
"expansivo" del Estado israelí
aparece hoy, frente al acuerdo
de El Cairo, como un recurso
estrictamente propagandístico e
inflamatorio, cuando no como una
retórica del antisemitismo.
Hace mucho que la mayor parte de
la población israelí -que no la
ultraderecha- anhelaba este
acuerdo, y Sharon no hizo más
que desplazarse hacia ese
consenso para poder seguir
gobernando.
La escena palestina abunda
también en asombros. Abbas logró
sentar a la mesa de las
negociaciones a los grupos
fundamentalistas, no sólo para
pactar una tregua con Israel,
sino para aceptar un régimen
aproximadamente democrático. Lo
impresionante es que lo haya
logrado. ¿Qué es entonces el
fundamentalismo islámico?
¿Sostendrá el acuerdo? Lo obvio,
después de las elecciones
palestinas, es que la mayor
parte de la población estaba
simplemente harta de ser
sustituida y suprimida por los
"mártires" y todo el frenesí
terrorista.
El proceso de paz apenas se ha
iniciado. En Medio Oriente la
historia se cuenta en horas, no
en días ni meses. Todo puede
suceder. Pero el simple hecho de
observar a Sharon y Abbas juntos
en una mesa negociando recuerda
que el destino pasado y venidero
de una sociedad nunca está
escrito.
Gentileza:: Pedro Flecha [pedroflecha@yahoo.com]
paginadigital |
|
  |
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|