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La latinidad: Pasado,
presente y futuro.-
22/03/05
 
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La latinidad: Pasado,
presente y futuro
Palabras pronunciadas por
Carlos Fuentes al recibir en Rio
de Janeiro el primer Premio de
la Latinidad otorgado por la
Academia Francesa y por la
Academia Brasileña de las
Letras.
La Latinidad tiene un pasado,
un presente y un futuro.
El pasado latino se me hizo
presente en la Facultad de
Derecho de la Universidad
Nacional Autónoma de México
cuando, junto con mi generación
de abogados, tuvimos la fortuna
de estudiar el Tratado de
Derecho Romano del jurista
francés Eugéne Petit.
En este momento, la Latinidad y
la juridicidad --el Estado de
Derecho-- se volvieron sinónimos
para mí. Tres principios
iluminaron desde entonces mi
concepto del orden jurídico y
moral. El primero, la obligación
de cumplir lo prometido: pacta
sunt servanda. El segundo, la
voluntad constante de impartir
justicia dando a cada cual lo
suyo: jus sun cuique tribuere. Y
el tercero, afirmar la identidad
gracias a la diversidad: soy
hombre y nada humano me es
ajeno.
Italia está en la fundación de
la Latinidad pero ésta pronto
abrazó a los pueblos de raíz
gálica e ibérica: el mayor texto
de Julio César tiene a Francia
por escenario y si España le dio
a Roma tres césares --Trajano de
Itálica, Adriano de Andalucía y
Teodosio de Cauca-- le dio,
sobre todo, escritores --los
poetas Marcial y Lucano-- y al
filósofo primodial del
estoicismo hispano-latino,
Séneca, natural de Córdoba y
representante eterno de la
espiritualidad latina que reúne
los valores de la libertad y la
pasión, la naturaleza y la
muerta, aceptados como
realidades, no como
fatalidades...
La cuna de la Latinidad la mecen
las olas del Mare Nostrue y a su
flujo y reflujo contribuyen las
culturas ribereñas, desde la
helénica que nos llega por
Italia, hasta la hebrea y la
islámica, que entran por España.
Por eso, cuando en el siglo XV
Europa descubre a América y
América descubre a Europa, el
Mediterráneo latino se extiende
hasta el mar de las Antillas y
hacia el sur, a las costas del
Brasil explorado, pronto hará
quinientos años, por el
navegante portugués Pedro
Alvares Cabral.
La conquista de América por
Europa fue una catástrofe que
destruyó grandes civilizaciones
indígenas. Pero una catástrofe,
nos advierte la filósofa
andaluza María Zambrano, sólo es
catastrófica si de ella no nace
nada que la redima.
De la catástrofe de la conquista
nacimos todos nosotros, el mundo
indo-latino de América, el mundo
mestizo indoamericano al lado
del mundo aborigen sobreviviente
de mil maneras en la cultura
barroca, sincrética y
comunitaria de los siglos
coloniales.
Tenaz supervivencia del mundo
indígena y expléndida floración
del mundo mestizo, portador de
dos sangres y por ello
doblemente creativo, como lo
demuestran las obras del
encuntro cultural indo-hispano,
la poeta mexicana Sor Juana Inés
de la Cruz y el cronista
peruano, el Inca Garcilaso,
seguidos del gran azquitecto y
escultor mulato de Brasil,
Aleijadinho, prueba él mismo del
mestizaje afro-latino,
descendiente, el gran
Aleijadinho, de la otra gran
aportación a la Latinidad de
América, la de la negritud
llegada a nuestro continente en
los barcos del sufrimiento y con
las cadenas de la esclavitud,
para darnos, aquí, su lección de
inmensa vitalidad, su
resistencia y su infinita
capacidad de amor y de trabajo.
El presente de la Latinidad es,
pues, un gran árbol a las
genealogías transatlantica que
comunican, en una corriente la
ida y vuelta, al Mediterráneo
con el Caribe, a Veracruz con
Cádiz, a Cartagena de Indias con
Génova, a Santo Domingo con
Marsella y a Rio de Janeiro con
Lisboa.
Basta evocar este collar de
perlas marinas para entender
hasta qué grado la comunidade es
comunicación. Comunidad y
comunicación de los valores
jurídicos, morales y estéticos
que muestra Latinidad europea e
americana ha reunido, hasta
formar una identidad latina que
es la suma de sus partes --España
y México, Brasil y Francia,
Italia y Colombia, Portugal y
Uruguay--.
El triunfo de nuestra identidad
consiste en no desdeñar la
identidad de nadie, porque con
la identidad de todos proponemos
el respeto a la diversidad de
cada uno.
¿Qué nos une como civilización?
Lo propio y todo lo demás. La
identidad y la diversidad. O más
bien dicho, la generosa apertura
a la diversidad a partir de la
conciencia adquirida de la
identidad. Mexicanos, franceses,
brasileños, sabemos quiénes
somos.
Nuestra identidad no está en
duda.
¿Sabremos aceptar, acto seguido,
nuestra diversidad interna y
nuestra diversificación
exterior? Diversidad interna:
respeto de cada uno a las
diferencias políticas,
religiosas, sexuales,
intelectuales e raciales dentro
de cada una de nuestras
comunidades latinas.
Diversidad externa: Voluntad de
associarnos entre nosotros sin
sacrificar nuestras relaciones
plurales con el mundo.
Para nadie es un místerio que la
relación de Iberoamérica con
Europa es no sólo una vocación
de nuestras culturas, sino una
necesidad de nuestras economias.
La diversidad que a nadie
desdeña pero a todos libera, la
pluralidad de opciones contra
las tendencias a una supuesta
fatalidad pragmática: examinemos
nuesra conciencia compartida
para afirmar que la Latinidad en
todas sus manifestaciones --la
europea y la americana-- sólo se
construye como civilización
incluyente, jamás excluyente.
Abarcante, jamás restrictiva.
Por eso pienso que la Latinidad
del futuro, una fez afirmada y
concertada la unidad de sus
identidades, será el buque
insígnia --la carabela con
boleto de ida y vuelta-- de un
siglo XXI que será mestizo o no
será; que será migratorio o no
será.
Acaso el futuro de la Latinidad
será medido y juzgado por la
capacidad de los países de
nuestra estirpe para dar y
recibir, para admitir que en el
mundo global de la comunicación
y la interdependencia, van a
moverse no sólo las cosas, sino
las personas, y que el estatuto
del trabajador migrante merece
el respeto y la protección
debidos a su aportación
indispensable --cultural y
económica-- a las comunidades
que los reciben. La economía
global no debe privilegiar a las
mercancías sobre los
trabajadores y los trabalhadores
son portadores de culturas
mestizas que enriquecen a las
comunidades que los acogen, como
la Italia romana, la España
ibérica y la Francia gala se
enriquecieron entre sí y
enriquecieron a las actuales
sociedades del nuevo y el viejo
mundos.
El mundo del siglo XXI será
migratorio o no será.
El mundo del siglo XXI será
mestizo o no será.
La mejor defensa contra la
limpieza étnica, la xenofobia y
el racismo que a todos nos
amenazan y ponen en duda la
posibilidad de un nuevo orden
internacional, es la apertura a
lo diverso, reconocernos en él y
ella que no son como tú y yo, y
admitir que una cultura parece
en el aislamiento, pero se
fortalece en el contacto con
otras culturas.
¿Estamos seguros de haber amado
a todos los seres humanos que
caben en nuestro abrazo?
No es, por todo ello, nuestra
Latinidad concepto excluyente
sino incluyente, civilización
que en las palabras de un gran
americano del Norte, Abraham
Lincoln, se debe manifestar con
odio hacia nadie y con caridad
hacia todos, y en las de un gran
liberal mexicano, Benito Juárez,
como el respeto al derecho ajeno
como única garantia de la paz.
Escuchemos también la voz de una
filósofa francesa,
judeo-cristiana, heroína moral
de nuestro terrible siglo,
Simone Weil, cuando nos demanda
la voluntad de nunca despreciar
a los que sufren y de nunca
detestar a quien nos odia.
Y tengamos el valor de fundar
cada dia, como nos lo pide la
gran novelista brasileña Nélida
Piñón, la República de los
Sueños, sueños de una Latinidad
a veces incumplidos pero siempre
invencibles, nacidos de
ilusiones a veces perdidas pero
también de amores siempre
ganados.
Cierro así el círculo abierto
cuando a los veinte años de edad
estudiaba en la Universidad de
México el Derecho Romano y en la
Universidad de Ginebra el
Derecho Internacional,
alimentando mi convicción, en
los años de la posguerra, la
reconstrucción europea y la
voluntad de crear sociedades
viables en Latinoamérica, de que
las obligaciones jurídicas
jurídicas se cumplen, la
justicia le da a cada cual lo
suyo y la verdadera unidad es el
respeto a la diversidad.
Quizás, como nos lo enseñaba el
texto francés del Derecho Romano
del profesor Petit, el derecho
es, ni más ni menos, el arte de
lo bueno y de lo justo.
En este espejo podemos
reconocernos todos, europeos y
americanos.
Señores Presidentes de la
Academia Francesa y de la
Academia Brasileña de Letras:
Ser premiado por la institución
fundada en 1635 por el Primer
Ministro Richelieu como parte de
la construcción de un espacio
público para la inteligencia
francesa y por la institución
fundada en 1897 por el más gran
novelista latinoamericano del
siglo XIX, Machado de Assis, es
una recompensa que acepto con
alegría y gratitud pero que me
obliga a confirmar, señores
Druen y Niskier, que la historia
no ha terminado porque no hemos
terminado de contar historias.
Mientras haya vida, habrá
narrativa. Habrá narravida.
Señor Presidente de la República
Francesa, Jacques Chirac: Desde
mi infancia, y por herencia
familiar, aprendi y leí la
lengua francesa y formé mi
propia imaginación de escritor
en las páginas de esa gran obra
ininterrumpida y única que es la
Literatura de Francia.
J'entretiens avec la France, M.
Le Président, une vielle
histoire d'amour... Desde que
tuve el honor de conocerle y
tratarle, hará más de veinte
años, siento por usted la
admiración y el afecto que su
custodia de los valores
republicanos y de la vida
democrática, merecen
ampliamente.
Siempre he dicho que Francia es
el fiel de la balanza de nuestra
América Latina, el justo
equilibrio entre un Norte, a
veces, demasiado frío y un Sur,
en ocasiones, demasiado
caliente.
Lo que nunca ha aceptado es la
idea de una Francia puramente
racionalista, pues de la pasión
vital de Rabelais a la pasión
civil de Albert Camus, el
corazón y las ideas francesas
laten con pareja intensidad.
Ejemplifica lo que digo la
figura de Balzac, cuyo
bicentenario celebramos este
año, y que es, junto con
Cervantes y Faulxner, mi maestro
narrador. En Balzac, como en
nadie, la sociedad y el sueño se
reúnen y es esta quizás la mejor
cualidad de Francia y los
franceses: crear obras que le
dan tiempo a la eternidad. Je
vous remercie, M. le Président
Chirac, de votre presence et de
votre parole.
Señor Presidente de la República
Federativa de Brasil, Fernando
Henrique Cardoso:
Sé que muchas de las ideas de
civilización que hoy celebramos,
las comparto con usted, como
comparto lecturas de Max Weber
que nos permiten afirmar, para
el siglo que viene, la esperanza
de un politeísmo de valores.
Pero es a su lectura como
intelectual brasileño de autores
brasilenõs, señor Presidente,
que yo le debo en gran medida mi
amor bien pensado hacia un
Brasil al que amo de manera
natural desde que aprendi a
hablar, en esta cidade
maravilhosa que hoy nos acoge,
cerca de un gran escritor
mexicano, el embajador Alfonso
Reyes.
Como él, estoy convencido, señor
Presidente, que Dios es
brasileño.
En la lectura del Brasil que
usted nos ofrece, encuentro la
evocación de Caio Prado y el
incentivo de los movimientos
migratoríos; de Gilberto Freire
y el carácter plástico de las
culturas; y de usted mismo como
ejemplo de ese Brasil cordial --es
decir, de corazón-- que nos
ofrece un vasto territorio para
esa forma del amor que es la
igualdad de oportunidades para
todos; para esa forma de
justicia que es la seguridad
legal para todos, y para esa
forma de la política que es la
democracia con bienestar y con
ética para todos. Sin todo ello,
nuestras jóvenes democracias
pueden revertir a la tentación
autoritaria. Se necesita no sólo
hacer política, sino hacerla con
justicia y con amor para afincar
la democracia imaginada por
Sergio Buarque: un sistema de
reglas generales que permitan el
acceso de todos los ciudadanos a
oportunidades cada vez mayores y
mejores.
Muito obrigado, senhor
Presidente Cardoso, por sua
presenca e suas palabras.
Señor Presidente México, Ernesto
Zedillo Ponce de León:
Usted es Jefe de Estado y yo soy
escritor, pero compartimos usted
y yo la calidad --y la cualidad--
de ser ciudadanos mexicanos.
Ello es ya una forma de la
fortuna y es como tal, como
ciudadano de México, que recibo
hoy este galardón de la
comunidad latina, rogándole que
lo comparta conmigo y, por su
distinguido conducto, con los
mexicanos que hoy se dirigen con
paso seguro a un orden
democrático para el siglo XXI,
en el que Mexico ponga al dia la
agenda de su modernidad, una
modernidad que requiere
seguridad jurídica, bienestar
económico, libertad política,
altos niveles de educación para
tener altos niveles de
producción y todo ello, señor
Presidente, basado en la
extraordinaria continuidad de la
cultura de México, que se
remonta a las civilizaciones
indígenas de la aurora de
América, pero que depende de la
más grande riqueza actual de
nuestro país: la riqueza de su
capital humano, el esfuerzo, la
inteligencia y la ternura, sí,
la emocionante ternura de
nuestros trabajadores, de
nuestros padres, madres e hijos
mexicanos.
Gracias, señor Presidente
Zedillo, por su presencia y por
sus palabras. Señores
Presidentes, Señoras y Señores,
Todo esto abarca la Latinidad:
nuestra tierra cultural es
inmensa.
Pero la riqueza misma de nuestra
civilización nos ímpone una
obligación ineludible.
Debemos estar a la altura de
todo lo que ha sido prometido en
nuestro nombre.
En nombre de esta esperanza y de
este deber, recibo con gratitud
y emoción el primer Premio de la
Latinidad. Muchas gracias.
Gentileza:: Juanita Velez
Taboada [veleztaboada_juanita@latinmail.com]
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