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Bolchevismo: El camino a la
revolución,
por Alan Woods.- 28/03/05
 
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Historia del Partido Bolchevique
desde sus comienzos hasta la
Revolución de Octubre
Bolchevismo: El camino a la
revolución
Por: Alan
Woods
EL MILITANTE
Una revolución, por definición,
representa tal punto de
inflexión que el proceso de
desarrollo humano adquiere un
nuevo ímpetu poderoso. Uno puede
pensar lo que quiera de la
Revolución Rusa de 1917, pero de
lo que no hay duda es de su
colosal significado histórico.
Durante más de tres cuartas
partes de su existencia, el
siglo XX ha estado dominado por
este acontecimiento. Incluso
ahora, en el amanecer de un
nuevo milenio, el mundo sigue
afectado por sus reverberaciones
de una forma importante. Por lo
tanto, el estudio de la
Revolución Rusa no requiere ni
explicaciones ni
justificaciones. Pertenece a esa
categoría de grandes puntos de
inflexión históricos que nos
obliga a hablar de un antes y de
un después, como la Revolución
de Cromwell en Inglaterra o la
gran Revolución Francesa de
1789-93.
Existen muchos puntos de
semejanza entre la Revolución de
Octubre en Rusia y las grandes
revoluciones burguesas del
pasado. En ocasiones, estos
paralelismos parecen casi
increíbles, extendiéndose hasta
las personalidades de los
principales dramatis personnae,
tales como la similitud entre
Carlos I de Inglaterra, Luis XVI
de Francia y el zar Nicolás,
junto con sus esposas
extranjeras. Pero a pesar de
todos sus parecidos, hay una
diferencia fundamental entre la
revolución bolchevique y las
revoluciones burguesas del
pasado. El capitalismo, a
diferencia del socialismo, puede
surgir, y de hecho surge,
espontáneamente a partir del
desarrollo de las fuerzas
productivas. Como sistema de
producción, el capitalismo no
requiere la intervención
consciente del ser humano. El
mercado funciona de la misma
manera que un hormiguero o
cualquier otra comunidad
autoorganizada del mundo animal,
es decir, ciega y
automáticamente. El hecho de que
esto tenga lugar de una forma
anárquica, convulsiva y caótica,
de que sea infinitamente
derrochador e ineficiente y de
que cree el más monstruoso
sufrimiento humano, es
irrelevante para esta
consideración. El capitalismo
"funciona" y ha estado
funcionando —sin la necesidad de
ningún control humano ni
planificación— durante unos
doscientos años. Para crear tal
sistema, no hace falta ningún
discernimiento o comprensión
especiales. Este hecho hay que
tenerlo muy en cuenta a la hora
de establecer la diferencia
fundamental entre la revolución
burguesa y la socialista.
El socialismo es diferente del
capitalismo porque, a diferencia
de este último, requiere el
control y la administración
consciente de los procesos
productivos por parte de la
clase trabajadora. No funciona
ni puede funcionar sin la
intervención consciente de los
hombres y las mujeres. La
revolución socialista es
cualitativamente diferente de la
revolución burguesa porque sólo
puede realizarse a través del
movimiento consciente de la
clase trabajadora. El socialismo
es democrático o no es nada.
Desde el principio, durante el
período de transición entre el
capitalismo y el socialismo, la
gestión de la industria, la
sociedad y el Estado debe
descansar firmemente en las
manos de la clase trabajadora.
Tiene que haber el grado más
alto de participación de las
masas en la administración y el
control. Sólo de esta manera es
posible impedir el surgimiento
de la burocracia y crear las
condiciones materiales para un
movimiento hacia el socialismo,
una forma superior de sociedad
caracterizada por la ausencia
total de explotación, opresión y
coerción, y, por lo tanto, por
la extinción gradual y la
desaparición de esa monstruosa
reliquia de la barbarie: el
Estado.
Hay también otra diferencia.
Para conquistar el poder, la
burguesía tuvo que movilizar a
las masas contra el viejo orden.
Esto hubiera sido impensable
sobre las bases de declarar que
su propósito era el
establecimiento de las
condiciones necesarias para el
dominio de la renta, el interés
y el beneficio. En su lugar, la
burguesía se propuso a sí misma
como la representante de toda la
humanidad oprimida. En la
Inglaterra del siglo XVII, la
burguesía proclamaba la lucha
por el establecimiento del reino
de dios en la Tierra. En la
Francia del siglo XVIII, se
presentó como la representante
del dominio de la Razón. Sin
duda, muchos de aquellos que
lucharon bajo estas banderas
creyeron sinceramente que era
verdad. Los hombres y las
mujeres no luchan
desesperadamente, arriesgándolo
todo, sin una motivación
especial que nace de la
convicción ardiente de la
justicia de su causa. Los
objetivos declarados en cada
ocasión resultaron ser pura
ilusión. El contenido real de
las revoluciones inglesa y
francesa era burgués y, en la
época histórica dada, no podía
haber sido otra cosa. Y ya que
el sistema capitalista funciona
de la forma que ya hemos
descrito, no supuso ninguna
diferencia que la gente
entendiera cómo funcionaba.
La obra presente, a diferencia
de la mayoría que tratan de este
tema, no parte del punto de
vista de que las revoluciones
sólo pertenecen al pasado. Al
contrario. La situación actual
del mundo nos proporciona cada
vez más pruebas de que el papel
progresista del capitalismo
ahora está completamente
agotado. Las condiciones
materiales para el socialismo ya
han madurado hace tiempo a
escala mundial. Existe la
posibilidad de crear un mundo de
abundancia inimaginable. No
obstante, millones de personas
viven en una miseria abyecta. En
el contexto actual, el libro de
Lenin El imperialismo, fase
superior del capitalismo resulta
especialmente moderno. El poder
de los grandes bancos,
monopolios y compañías
multinacionales nunca ha sido
más grande, y no tienen más
intención de cederlo sin lucha
que los degenerados monarcas
absolutos del pasado. La primera
condición para el progreso
humano es romper el poder de
estos modernos amos
todopoderosos. Para poder hacer
esto, es necesario derrotar y
derrocar la resistencia de esa
clase que ostenta el poder en la
sociedad actual: los banqueros y
los monopolistas que ejercen su
dominio no sólo mediante su
poder económico, sino también
mediante su control del Estado y
de la cultura.
Para realizar estas tareas, es
necesario que la clase
trabajadora posea un partido y
una dirección adecuadas para
ello. A diferencia de los
revolucionarios franceses e
ingleses de los siglos XVII y
XVIII, la clase obrera moderna
sólo puede transformar la
sociedad sobre las bases de una
comprensión científica del mundo
en que vive. El marxismo, la
única forma consistente y
científica de socialismo, es el
que la proporciona. La historia
del bolchevismo nos suministra
un modelo de cómo esto puede
lograrse. Sería muy difícil de
encontrar en todos los anales de
la historia otro ejemplo de un
crecimiento tan sorprendente
como el del Partido Bolchevique
en 1917, cuando pasó de 8.000
miembros a más de un cuarto de
millón en el espacio de nueve
meses. No obstante, esta hazaña
no ocurrió como resultado de una
combustión espontánea. Fue el
resultado final de décadas de
trabajo paciente, comenzando con
pequeños círculos y pasando por
una larga serie de etapas en las
que a avances espectaculares,
les siguieron derrotas amargas,
desilusión y desesperación. Todo
ser humano conoce momentos
similares en su vida personal.
La totalidad de estas
experiencias es la vida misma, y
la manera en que un individuo
supera los problemas de la vida
y absorbe las lecciones de todo
tipo de circunstancias
diferentes es lo que le permite
crecer y desarrollarse. Sucede
exactamente lo mismo con el
desarrollo del partido.
Asimismo, los individuos
aprenden lecciones valiosas de
la experiencia y los
conocimientos de otros. ¡Qué
difícil sería la vida si
insistiéramos en ignorar la
sabiduría acumulada de los que
nos rodean! De la misma forma,
es menester estudiar las
experiencias colectivas de la
clase obrera de diferentes
países para poder evitar la
repetición de errores ya
cometidos. Como alguna vez
observó el filósofo
norteamericano Jorge Santayana:
"El que no aprende de la
historia, estará condenado a
repetirla".
Visítanos : www.elmilitante.org.
Gentileza:: cesar zelada [
tupacpe@yahoo.com ]
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