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Los jóvenes, una clase con el
signo de la rebeldía, por
Claudia Herrera Beltran.-
10/03/05
 
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Los jóvenes, una clase con el
signo de la rebeldía, por
Claudia Herrera Beltran
Investigadores reconstruyen
la estigmatización de ese sector
desde el Porfiriato hasta hoy
La música es uno de los espacios
en el cual los jóvenes logran
mostrar sus emociones e
inconformidad con los esquemas
sociales. Pollos, perros
preparatorianos, dandys,
pistolos, rebeldes, rocanroleros,
onderos, jipitecas, pandilleros,
cholos, chavos banda, punketos,
darketos, tecnos, cegeacheros.
Desde finales del siglo XIX la
sociedad mexicana ha
representado a la juventud con
un conjunto de imágenes en las
que subyacen no pocas veces el
temor a lo diferente, a quien
pretende romper con las
tradiciones.
Empeñados en reconstruir estas
historias, donde las referidas
representaciones pueden servir
de coordenadas, un grupo de
sociólogos, historiadores,
politólogos y antropólogos
elaboró durante dos años una
amplia investigación sobre el
devenir de los jóvenes desde el
Porfiriato hasta la actualidad.
El libro Historias de los
jóvenes en México, editado por
el Instituto Mexicano de la
Juventud, la Secretaría de
Educación Pública y el Archivo
General de la Nación, elabora en
más de 400 páginas un mapa
inédito sobre este sector social
que fue ganando peso hasta
convertir a México en un país de
jóvenes, pero que, hasta hace
unas cuantas décadas, no tenía
derechos reconocidos, porque, se
decía, lo alcanzaría cuando
llegara a la edad adulta.
En este panorama juvenil se
abordan tópicos como la
burguesía porfiriana, el
surgimiento de grupos de choque
estudiantiles, la participación
de los jóvenes durante el
cardenismo, el proceso de
formación del sujeto juvenil de
izquierda en la UNAM, cómo llegó
el rock a México y diversos
aspectos de las generaciones de
las décadas de los 70, 80 y 90.
José Antonio Pérez Islas,
coordinador de la obra junto con
Maritza Urteaga Castro-Pozo,
explica que este recorrido
significó la oportunidad de ir
más allá de los enfoques
habituales que encasillaban al
joven en el ámbito de los
movimientos estudiantiles.
"En la mayoría de los estudios
aparecían los sectores
privilegiados de la sociedad,
como los intelectuales del
Ateneo de la Juventud, los
estudiantes que lucharon por la
autonomía universitaria o en el
movimiento del 68, pero faltaba
saber qué ocurría con las
mujeres jóvenes, con los
obreros, con los campesinos, que
en su momento eran invisibles."
Fuera del estudio de los
sectores de elite del país, lo
que había era fundamentalmente
una visión policiaca del tema,
los menores infractores, los
delincuentes. "Nos parecía que
eran los dos extremos y en medio
no sabíamos nada de los
jóvenes."
Así, en 12 capítulos, los
autores describen de qué forma
los jóvenes se hicieron
presentes en diversos aspectos
de la historia del país, pero
también recogen situaciones que
muchas veces quedan silenciadas,
como son sus vidas cotidianas.
Ejemplo de lo anterior es el
capítulo Cómo se enamoraban
madres y abuelas de antaño.
Cortejo y noviazgo 1900-1960,
escrito por Mar-tha Eva Rocha
Islas, que describe los códigos
de comunicación amorosa que
desarro- llaron los muchachos
para hacer frente a una sociedad
profundamente represiva de la
sexualidad.
La tarea de recopilar distintas
miradas sobre lo juvenil no fue
sencilla. Pérez Islas explica
que primero hicieron un
inventario de proyectos de
investigación sobre la juventud
en México y hallaron que algunos
investigadores ni siquiera los
habían concebido así, porque en
el pasado no había una idea de
juventud o ésta era vaga.
La travesía por las historias
juveniles se complementa con
material gráfico del Archivo
General de la Nación, que
permite entender por qué durante
mucho tiempo ser joven no
significaba otra cosa más que
ser casi adulto. Fotografías de
la primera mitad del siglo,
similares a las que cualquier
familia mexicana conserva,
muestran a señoritas vestidas de
igual forma o parecida a sus
madres o abuelas.
Pérez Islas lo explica: "Los
jóvenes de mitad del siglo XX no
se diferenciaban mucho de los
adultos; se vestían como ellos,
porque la idea era convertirse
en adulto lo más pronto posible,
porque en ese momento ganarían
ciertos derechos que como
jóvenes no gozaban."
Los rebeldes sin causa del
siglo XIX
En el capítulo dos, Urteaga
Castro-Pozo hace un valioso
repaso de las distintas imágenes
juveniles del México moderno, y
recuerda cómo se estigmatizaba a
los jóvenes que "transgredían"
las formas institucionales del
deber ser desde hace más de 100
años.
Rememora que a partir de la
publicación del libro Ensalada
de pollos (1871), del escritor
José Tomás de Cuéllar, se
co-mienza a llamar a los jóvenes
así (pollos). Es decir,
"bípedo(s), de 12 a 18 años de
edad, gastado(s) en la
inmoralidad y en las malas
costumbres".
"Cuéllar los clasifica en cuatro
tipos: 1) pollo fino, hijo de
madre mocha y rica y gallo de
pelea, ocioso, inútil y
corrompido por razón de su
riqueza; 2) pollo callejero,
hijo bastardo o sin madre, hijo
de reformistas, tribunos, héroes
y matones y descreídos
liberales; 3) pollo ronco, de la
misma raza que el callejero,
distinguiéndose por ser
plagiador, y 4) pollo
tempranero, respecto a los otros
tres, pues con menos edad tiene
más vicios y el co-razón más
gastado".
Las pollas, agrega la autora,
alimentan la segunda imagen
femenina que aparece dibujada en
este periodo. Unas son de alto
copete: adineradas, con
instructores y profesores
particulares en casa; asistían a
clubes, restaurantes, fiestas,
bailes y tenían una socialidad
intensa con otras jóvenes.
Mientras que las pollas de bajo
copete pertenecían a las clases
medias, hacían lo imposible por
vestir bien, asistían a
funciones gratuitas, a las
comedias de aficionados y a los
bailes, vivían en vecindades e
imitaban a las pollas ricas.
Hoy se pueden encontrar
definiciones parecidas de los
jóvenes, aunque con otros
adjetivos: fresas, yupis, chavos
banda, pero en esencia describen
a un mismo personaje, el joven.
Un aspecto que distinguió al
México porfirista, añade el
texto, es que los estudiantes
eran escasos, pertenecían a la
clase media o alta, no tenían
organización gremial y estaban
mucho más integrados al sistema
porfirista de lo que
tradicionalmente se acepta.
Más allá de lo que fueran los
jóvenes, el poder político
establecía un deber ser. En este
recorrido, los estudiosos
describen que desde los años del
alemanismo la imagen
institucional era aquella del
joven integrado, escolarizado y
deportista.
Pero en esos años, la cara
oculta del sueño mexicano podía
encontrarse en ciertos jóvenes
de los sectores populares
urbanos que fueron retratados
por Luis Buñuel en la película
Los olvidados, además de los
pachucos y los pandilleros.
Nuevas culturas
Por medio de este repaso
cronológico de las culturas
juveniles de este siglo,
aparecen los rebeldes o rebecos
de los años 50, primer modelo
estadunidense de juventud
impulsado por la industria
cultural, que representa a los
violentos y cuestionadores del
mundo heredado de sus padres.
Cuando se habla de jóvenes es
inevitable referirse al rock and
roll. En esta publicación hay un
apartado especial sobre el tema.
Pérez Islas explica:
"México fue el primer punto que
em-pezó a reproducir esa cultura
proveniente de Estados Unidos, y
es donde más rápidamente la
industria cultural asume el
movimiento musical y se
convierte aceleradamente en un
negocio. Por ejemplo, fue el
primero que empezó a traducir
le-tras en español."
Del rock, Historias de los
jóvenes en México describe el
movimiento jipiteca de finales
de los 60, el surgimiento de los
chavos banda contrapuestos a la
juventud burguesa, representada
por los fresas.
Las imágenes recientes de la
investigación abarcan a los
tecnos, seguidores de la música
electrónica; los jóvenes
vaqueros bailando música
grupera; los cholos y, por
último, el movimiento
estudiantil de 1999, que fue
producto de la masificación de
la enseñanza, la burocratización
de los cuadros administrativos,
el abandono académico y la
politización partidista en las
universidades.
Gentileza:: Pedro Flecha [pedroflecha@yahoo.com]
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