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Grandes hombres
de la historia
Alfredo Nóbel: su niñez
Por Ricardo Santiago
Katz (*)
rskatz4@hotmail.com
El hombre con voluntad de hierro y sueños de
niño, quien un día llegaría a ser uno de los
hombres más conspicuos en virtud de las luces de
su privilegiado espíritu creador.
Especial para Agencia NOVA
En la periferia urbana de una de las más
hermosas ciudades del mundo, en la magnífica
Estocolmo que se yergue enhiesta sobre un puñado
de islas, semejando un manojo perfumado de
irupés flotando sobre el azul del mar, en esa
urbe y perla del Norte que serenamente atisba el
límpido firmamento y refracta la nívea blancura
del majestuoso piélago ártico, nació Alfredo
Nóbel.
Hubo de ser allí, precisamente, como paradigma,
porque es Estocolmo una ciudad con músculos de
acero y sueños de siglos; donde el destino tejió
la cuna de Alfredo Bernardo, el hombre con
voluntad de hierro y sueños de niño, quien un
día llegaría a ser uno de los hombres más
conspicuos en virtud de las luces de su
privilegiado espíritu creador.
Alfredo vino al mundo el lunes 21 de octubre de
1833, que de acuerdo a los cánones de la
simbología arcaica apologa a Selene, a la reina
de la noche que ejerce su hegemonía sobre las
almas enamoradas y sobre los soñadores. En
realidad, Nóbel fue también un soñador y de
recia organización cerebral, un guerrero del
esfuerzo y un Quijote de la Ciencia.
Era el tercero de los cuatro hijos de una
respetable familia de esa ciudad que había
conocido tiempos de mayor holgura económica. El
núcleo familiar lo constituían: el padre, Manuel
Nóbel (1801-1872); la madre, Andrietta Ahsell,
fallecida en 1889; el hermano mayor, Roberto
(1829-1896); el segundo, Luis (1831-1888); el
tercero, Alfredo (1833-1896) y el cuarto, Emilio
(1836-1863). Habitaban en uno de los barrios
pobres de Estocolmo, en donde fueron a
refugiarse aguardando tiempos mejores.
Roberto, Luis y Emilio eran niños robustos, en
pleno goce de salud, en tanto que Alfredo era de
constitución enfermiza, el que requería de
constantes cuidado de su atribulada madre quien
lo vigilaba de continuo. Sin duda que,
respondiendo al inescrutable juego de la
compensación, esta deficiente condición física
fortaleció la parte afectiva en su progenitora y
engendró la causa motriz de tan acendrado
cariño.
El jefe de la familia era llevado por los fuegos
fatuos de una imaginación frondosa, fantástica,
portentosa y desordenada a la vez, pues se
entregaba a toda clase de inventivas que rayaban
hasta lo inverosímil. Su versatilidad era tal,
que rara vez concluía los múltiples trabajos que
comenzaba, abandonándolos a medio camino para
emprender otros que, repentinamente, habían
despertado un nuevo interés.
La abnegación, la constancia, el raciocinio en
íntimo ajuste al método, la claridad en los
conceptos y en los juicios y la fe en el éxito
final, son condiciones y cualidades que afloran
en el hombre de temple, a quien no le arredran
los imprevistos obstáculos. Ante bien, son los
escollos que han de sortear y que atenacean su
inquietud, consolidan sus anhelos y pujan
proyectar sus afanes más allá siempre, tras lo
indefinido, tratando de colocar mojones de
esperanzas en el círculo huidizo de lo
inalcanzable.
La infancia de Alfredo no fue de las más
venturosas. Por un lado la salud deficiente, con
propensión a lo imprevisto, a la caída física,
lo que determinaba el empañe del horizonte de su
alegría y coartaba la libre expansión de su
niñez.
Por el otro, obraba la estrechez económica que
constreñíalo a los límites de la carencia de
todos aquellos objetos de deseos que nutren las
ambiciones de los pequeños. La culpa de la
pobreza con su cohorte de aprietos pecuniarios
habíala que buscar en los sueños de Manuel, su
padre, pues como se ha inferido, en el
encadenamiento de inconclusas inventivas la
hacienda de los Nóbel se había ido agotando.
(continuará)
(*) Licenciado en Ciencias de la Educación y
escritor bonaerense.
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