PASION ESTIVAL A PURO MOTOR (Donde se habla del asfalto y sus tentaciones).- 31/7/04
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PASION ESTIVAL A PURO MOTOR
(Donde se habla del asfalto y sus tentaciones)

Por: John Argerich

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¡Por fin llegó el verano! -dijo la locutora de TV 2, con una sonrisa de película, mientras cruzaba impúdica, las de andar.
Y aunque parezca mentira, ese sueño largamente acariciado se había vuelto palpitante realidad. Luego de muchos meses de lluvia y frío, por fin un rayo de sol barrió las nubes eternas que cubren esta parte de Europa. Y ocurrido el milagro, toda Suecia se preparaba para celebrarlo con el entusiasmo de los grandes acontecimientos capaces de modificar el comportamiento social.
-¡Por fin llegó el verano! -se oía en todas partes.
"Un verano corto pero maravilloso", prometían los panfletos de propaganda que imprime Su Majestad para engatusar a los turistas desprevenidos. El gesto adusto se vuelve sonrisa. Las calles se llenan de alegres damiselas escasamente vestidas. Las playas, ni qué hablar. Y enajenado por mundos de ilusión, quien posee un vehículo, se larga al pavimento, dejando para mañana lo que con mal tiempo hubiera hecho hoy.
"¡BRRRRR…!"
Cuando rugieron los motores, Karl Gustav sintió que la adrenalina le llegaba al cerebro. ¡Un auténtico macho escandinavo, montando los 1000 centímetros cúbicos de su Harley Davidson! Ciento veinticinco kilos de peso, el pelo rubio atado en coleta, guantes y saco de cuero. Indumentaria que culminaba con pantalones camuflados tipo paracaidista y botas de combate con puntera metálica, por si fuera preciso abrirse camino a patada limpia, lo que nunca se sabe. Uno va tranqui por la vía, pensando en cosas lindas, pero el mundo de los motociclistas, violento por definición, estalla cuando menos se lo espera, al llegar las calenturas del verano. Como le pasó a don Quijote cuando pensaba en Dulcinea y en vez del rostro amado, aparecieron ante sus ojos los molinos de viento. Un tiempo pletórico, por así decirlo, de emociones como las que inspiraron al bueno de Espronceda para escribir sentidos versos.

"Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,"
-dijo el poeta-
"mi ley la fuerza y el viento,
¡mi única patria, la mar!"

El capitán pirata disfrutaba las delicias de la navegación sentado alegre en la popa, mientras soñaba con destripar sin compasión a sus rivales. ¿Acaso siente otra cosa un piloto de alta cilindrada, cuando se desplaza raudo sobre esas rutas de aventura, bajo el cielo azul? Con el aire tibio del verano azotando su cara tensa, las manos crispadas sobre los controles del bólido. Y como símbolo supremo de status, con una rubia exuberante y pintarrajeada aferrándose a sus espaldas, para no caerse de la moto con cada aceleración.
-Más bien que no -dirá el lector.
Pero sabemos que la diversidad es condición intrínseca del alma humana, así que en este mundo no todos piensan igual.
-¡Miren qué pinta de boludo! -comentó un morochón, junando de reojo, cuando la moto se detuvo al lado de su auto.
-¡Cayáte que a lo mejor entiende!
¡Vaya premonición! Porque, sin pescar un pito la castilla pese a varios viajes al sol mediterráneo, Karl Gustav se sintió tocado. Más que nada por esa mirada torva del mono que iba sentado atrás. Pues, como es sabido, todos los extranjeros portan designios inconfesables. Hecho verificable a diario, que se complementa con otra observación no menos sutil: Cuanto más tintos, peor.
-¡Maldito cabeza negra! -exclamó el motociclista, mientras se apeaba blandiendo una llave inglesa, listo para tomar la justicia migratoria en manos propias.
Pero la luz del semáforo cambió a verde, y metiendo fierro, los del auto sacaron ventaja. Entonces el cordobés que iba atrás dijo otra frase célebre.
-¡Chupáte esa mandáaarina, chei!
Craso error, pues nunca debe cantarse victoria por anticipado. Sentencia muy oportuna, porque Karl Gustav no era de abandonar su presa así nomás. Saltó a la moto, y en pocos segundos se lanzaba tras el destartalado Volvo azul. Claro que, con tanto tráfico de autos y camiones, la cosa tenía sus bemoles. El hombre traspiraba un sudor frío de rabia contenida, quitándose, furioso, la chaqueta. Quedó así al descubierto su mayor orgullo. Una jungla de tatuajes le decoraba los brazos. Y entre ellos ocupaba un sitio de honor la insignia de su club glorioso, "Los diablos del Öresund", la mejor fraternidad motociclista del mundo. Una estirpe de valientes, unida por lazos inquebrantables de lealtad. ¡Aquellos malditos y sucios extranjeros no iban a salirse con la suya! Monika Britt jadeaba de pasión ante tanta bravura, ya próxima al orgasmo. Y aunque el Volvo tenía un eximio piloto al volante, la distancia iba acortándose en forma cada vez más preocupante.
-¡Te viá llamar Piantáaadino! -dijo el cordobés, dirigiéndose al que manejaba, un valor apellidado Santesteban, conocido entre los orientales de Estocolmo por su buena mano para hacer empanadas.
Y la observación era oportuna. El auto zigzagueaba como una flecha entre los demás vehículos, manteniendo una delantera cada vez más comprometida. Sorteando autos y camiones de todo tipo y tamaño. Pero de pronto ocurrió lo inevitable. Se hizo un claro, y la moto logró descontar distancia. ¡Había llegado la hora de mostrarles a esos negros de mierda quién es quién! Apareándosele por fin a toda marcha, Karl Gustav descargó con fuerza letal un tremendo fierrazo contra el parabrisas tornasolado del coche. Entonces las cosas se precipitaron. El charrúa pisó involuntariamente los frenos, reacción muy común en caso de emergencia… ¡y púfate! Describiendo un trompo, el auto embistió de lleno a la motocicleta, lanzándola contra un árbol. Sus tripulantes quedaron tendidos cuan largos eran sobre el pasto. Y el diablo metió la cola, porque en el torbellino resultante se abrió una canasta, de la que salieron veinte latas de cerveza. Pero no nos confundamos, porque eso no era todo. Karl Gustav también tenía sus berretines, y portaba otras menudencias. Bagatelas en general, aunque hubiera algo distinto, capaz de romper tanta rutina. Entre los collares de vidrio pintado, había dos tubos verdes, conteniendo sendos proyectiles para bazuka antitanque. En uno de los cuales manos anónimas habían escrito con letra de bestia una dedicatoria que para buen entendedor revelaba deseos largamente reprimidos "¡Feliz cumpleaños, Renegades Motor Club!"
-Munición de guerra para borrar del mapa al club rival -dijo un testigo que había sido sargento de artillería.
-¡Entonces tuvieron suerte! -agregó otro, mirando al Volvo- Si los proyectiles hubieran explotado con el choque, no estarían contando el cuento.
Pocos minutos después, llegó un blanco patrullero policial tocando la sirena, del que se bajaron unos ursos en uniforme azul con franjas reflectoras. Hicieron muchas preguntas, y como no lograban atar cabos, todos los presentes acabaron en cana. Sin embargo, ese día la pandilla de latinos andaba con suerte, que los hizo caer parados una vez más. Sólo un par de cachetazos por ser inmigrantes, "firme aquí", ¡y a casa! Pero Karl Gustav no tuvo igual suerte, y a pesar de proponérselo, no lograba recordar el origen de los dos proyectiles. Por eso tuvo que comparecer ante el juez de turno en materia penal. Un enérgico funcionario de buen nombre, que vistas las circunstancias, le dictó una sentencia ejemplar. Tres meses de terapia psicológica para curarle la amnesia. Mas no nos alarmemos, porque siendo el tratamiento de naturaleza ambulatoria, debía presentar al juzgado un parte de asistencia semanal. Severidad capaz de cerrar muchas bocas. Especialmente las de quienes creen que las leyes son más blandas con los infractores de pelo rubio.
-¡Lástima la moto abollada! -dijo Karl Gustaf.
-¡Nos vemos en el acto de desagravio que te preparan en el club! -contestó Monika Britt, que además de ser un budinazo, era sobrina del juez.

Moraleja:
En la vida hay que tener relaciones. Cuando vaya al circo hable con el capataz, no con los monos.


THE END                      

 

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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