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El amasijo
PASION ESTIVAL A
PURO MOTOR
(Donde se habla
del asfalto y sus tentaciones)
Por: John Argerich
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¡Por fin llegó el
verano! -dijo la locutora de TV 2, con una
sonrisa de película, mientras cruzaba impúdica,
las de andar.
Y aunque parezca mentira, ese sueño largamente
acariciado se había vuelto palpitante realidad.
Luego de muchos meses de lluvia y frío, por fin
un rayo de sol barrió las nubes eternas que
cubren esta parte de Europa. Y ocurrido el
milagro, toda Suecia se preparaba para
celebrarlo con el entusiasmo de los grandes
acontecimientos capaces de modificar el
comportamiento social.
-¡Por fin llegó el verano! -se oía en todas
partes.
"Un verano corto pero maravilloso", prometían
los panfletos de propaganda que imprime Su
Majestad para engatusar a los turistas
desprevenidos. El gesto adusto se vuelve
sonrisa. Las calles se llenan de alegres
damiselas escasamente vestidas. Las playas, ni
qué hablar. Y enajenado por mundos de ilusión,
quien posee un vehículo, se larga al pavimento,
dejando para mañana lo que con mal tiempo
hubiera hecho hoy.
"¡BRRRRR…!"
Cuando rugieron los motores, Karl Gustav sintió
que la adrenalina le llegaba al cerebro. ¡Un
auténtico macho escandinavo, montando los 1000
centímetros cúbicos de su Harley Davidson!
Ciento veinticinco kilos de peso, el pelo rubio
atado en coleta, guantes y saco de cuero.
Indumentaria que culminaba con pantalones
camuflados tipo paracaidista y botas de combate
con puntera metálica, por si fuera preciso
abrirse camino a patada limpia, lo que nunca se
sabe. Uno va tranqui por la vía, pensando en
cosas lindas, pero el mundo de los
motociclistas, violento por definición, estalla
cuando menos se lo espera, al llegar las
calenturas del verano. Como le pasó a don
Quijote cuando pensaba en Dulcinea y en vez del
rostro amado, aparecieron ante sus ojos los
molinos de viento. Un tiempo pletórico, por así
decirlo, de emociones como las que inspiraron al
bueno de Espronceda para escribir sentidos
versos.
"Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,"
-dijo el poeta-
"mi ley la fuerza y el viento,
¡mi única patria, la mar!"
El capitán pirata disfrutaba las delicias de la
navegación sentado alegre en la popa, mientras
soñaba con destripar sin compasión a sus
rivales. ¿Acaso siente otra cosa un piloto de
alta cilindrada, cuando se desplaza raudo sobre
esas rutas de aventura, bajo el cielo azul? Con
el aire tibio del verano azotando su cara tensa,
las manos crispadas sobre los controles del
bólido. Y como símbolo supremo de status, con
una rubia exuberante y pintarrajeada aferrándose
a sus espaldas, para no caerse de la moto con
cada aceleración.
-Más bien que no -dirá el lector.
Pero sabemos que la diversidad es condición
intrínseca del alma humana, así que en este
mundo no todos piensan igual.
-¡Miren qué pinta de boludo! -comentó un
morochón, junando de reojo, cuando la moto se
detuvo al lado de su auto.
-¡Cayáte que a lo mejor entiende!
¡Vaya premonición! Porque, sin pescar un pito la
castilla pese a varios viajes al sol
mediterráneo, Karl Gustav se sintió tocado. Más
que nada por esa mirada torva del mono que iba
sentado atrás. Pues, como es sabido, todos los
extranjeros portan designios inconfesables.
Hecho verificable a diario, que se complementa
con otra observación no menos sutil: Cuanto más
tintos, peor.
-¡Maldito cabeza negra! -exclamó el
motociclista, mientras se apeaba blandiendo una
llave inglesa, listo para tomar la justicia
migratoria en manos propias.
Pero la luz del semáforo cambió a verde, y
metiendo fierro, los del auto sacaron ventaja.
Entonces el cordobés que iba atrás dijo otra
frase célebre.
-¡Chupáte esa mandáaarina, chei!
Craso error, pues nunca debe cantarse victoria
por anticipado. Sentencia muy oportuna, porque
Karl Gustav no era de abandonar su presa así
nomás. Saltó a la moto, y en pocos segundos se
lanzaba tras el destartalado Volvo azul. Claro
que, con tanto tráfico de autos y camiones, la
cosa tenía sus bemoles. El hombre traspiraba un
sudor frío de rabia contenida, quitándose,
furioso, la chaqueta. Quedó así al descubierto
su mayor orgullo. Una jungla de tatuajes le
decoraba los brazos. Y entre ellos ocupaba un
sitio de honor la insignia de su club glorioso,
"Los diablos del Öresund", la mejor fraternidad
motociclista del mundo. Una estirpe de
valientes, unida por lazos inquebrantables de
lealtad. ¡Aquellos malditos y sucios extranjeros
no iban a salirse con la suya! Monika Britt
jadeaba de pasión ante tanta bravura, ya próxima
al orgasmo. Y aunque el Volvo tenía un eximio
piloto al volante, la distancia iba acortándose
en forma cada vez más preocupante.
-¡Te viá llamar Piantáaadino! -dijo el cordobés,
dirigiéndose al que manejaba, un valor
apellidado Santesteban, conocido entre los
orientales de Estocolmo por su buena mano para
hacer empanadas.
Y la observación era oportuna. El auto
zigzagueaba como una flecha entre los demás
vehículos, manteniendo una delantera cada vez
más comprometida. Sorteando autos y camiones de
todo tipo y tamaño. Pero de pronto ocurrió lo
inevitable. Se hizo un claro, y la moto logró
descontar distancia. ¡Había llegado la hora de
mostrarles a esos negros de mierda quién es
quién! Apareándosele por fin a toda marcha, Karl
Gustav descargó con fuerza letal un tremendo
fierrazo contra el parabrisas tornasolado del
coche. Entonces las cosas se precipitaron. El
charrúa pisó involuntariamente los frenos,
reacción muy común en caso de emergencia… ¡y
púfate! Describiendo un trompo, el auto embistió
de lleno a la motocicleta, lanzándola contra un
árbol. Sus tripulantes quedaron tendidos cuan
largos eran sobre el pasto. Y el diablo metió la
cola, porque en el torbellino resultante se
abrió una canasta, de la que salieron veinte
latas de cerveza. Pero no nos confundamos,
porque eso no era todo. Karl Gustav también
tenía sus berretines, y portaba otras
menudencias. Bagatelas en general, aunque
hubiera algo distinto, capaz de romper tanta
rutina. Entre los collares de vidrio pintado,
había dos tubos verdes, conteniendo sendos
proyectiles para bazuka antitanque. En uno de
los cuales manos anónimas habían escrito con
letra de bestia una dedicatoria que para buen
entendedor revelaba deseos largamente reprimidos
"¡Feliz cumpleaños, Renegades Motor Club!"
-Munición de guerra para borrar del mapa al club
rival -dijo un testigo que había sido sargento
de artillería.
-¡Entonces tuvieron suerte! -agregó otro,
mirando al Volvo- Si los proyectiles hubieran
explotado con el choque, no estarían contando el
cuento.
Pocos minutos después, llegó un blanco
patrullero policial tocando la sirena, del que
se bajaron unos ursos en uniforme azul con
franjas reflectoras. Hicieron muchas preguntas,
y como no lograban atar cabos, todos los
presentes acabaron en cana. Sin embargo, ese día
la pandilla de latinos andaba con suerte, que
los hizo caer parados una vez más. Sólo un par
de cachetazos por ser inmigrantes, "firme aquí",
¡y a casa! Pero Karl Gustav no tuvo igual
suerte, y a pesar de proponérselo, no lograba
recordar el origen de los dos proyectiles. Por
eso tuvo que comparecer ante el juez de turno en
materia penal. Un enérgico funcionario de buen
nombre, que vistas las circunstancias, le dictó
una sentencia ejemplar. Tres meses de terapia
psicológica para curarle la amnesia. Mas no nos
alarmemos, porque siendo el tratamiento de
naturaleza ambulatoria, debía presentar al
juzgado un parte de asistencia semanal.
Severidad capaz de cerrar muchas bocas.
Especialmente las de quienes creen que las leyes
son más blandas con los infractores de pelo
rubio.
-¡Lástima la moto abollada! -dijo Karl Gustaf.
-¡Nos vemos en el acto de desagravio que te
preparan en el club! -contestó Monika Britt, que
además de ser un budinazo, era sobrina del juez.
Moraleja:
En la vida hay que tener relaciones. Cuando vaya
al circo hable con el capataz, no con los monos.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
john.argerich@telia.com
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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