La sentencia del zorzal (Donde se habla de los riesgos afines al manducar).- 18/8/04
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LA SENTENCIA DEL ZORZAL
(Donde se habla de los riesgos afines al manducar)

Por: John Argerich

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Lorenzo Doppiatesta era un porteño hijo de inmigrantes. Y como su nombre lo indica, tipo con cabeza. No sólo por ser portador de descomunal azotea, sino por su agudísimo intelecto. La primera condición le cambió el nombre, una vuelta que iba a comprarse una boina con los colores de Independiente para el clásico de Avellaneda. Meta buscar, y todas le quedaban chicas.
-¡Tenés el marote de una ballena, Lorenzo! -dijo el tendero.
Y como bien sabemos, en la patria no se perdona la más mínima ocasión de cargar al prójimo. De ballena a pez hay sólo un paso, y así nació un nombrecito que lo acompaña hasta hoy.
-¿Qué decís, farabuti?
-Chau, Pescado.
Ya dijimos que Doppiatesta era un bocho. Crimen por el cual terminó en cafúa, como tanto valor afincado en el exilio. Más terco que mula de gallego, además. Y siendo un pensador innato, llegó a Suecia con el coco desbordando ideales nacidos en los corrillos de la vieja facultad. Que la patria socialista, que el hombre nuevo, que pan y libertad, que patatín y patatán. Pero tras rumiarse las primeras albóndigas con dulce de frutilla, vio que lo concreto tenía entidad propia. Y aunque duela, a veces la realidad es poco afin a nuestros sueños. ¡Aquí la metafísica se expresa en efectivo, hermanos! Billetes, así me entienden, y si abundan, más mejor. Entonces puso el coco en segunda, porque la adaptación al medio es ley del esfuerzo por subsistir. Así que dejando sus libros favoritos para mejor oportunidad, se hizo mercachifle. O sea un cazador de giles, con vocación de choreo. Primero, por ansias de bajar costos, el Pescado Doppiatesta sacaba cosas de las tolvas, para vendérselas a los giles de la escuela donde le enseñaron a hablar la lengua local. Pero esos cursos no son para siempre, y cuando le dieron diploma se vio obligado a gastar caminantes de puerta en puerta. Por último, puso un puestito en la feria de usados dominical. E iba piola en sus empeños, con chispazos del Mercosur.
-¿Kuánto mucho vale esta sakko? -dijo un sueco.
-Cien coronas, don.
-Ufa, ké karo, che…
Pero ventas son amores, y el Pescado dejó volar la imaginación.
-Se trata de una prenda con valor histórico, que usó un primo segundo del finado Wallenberg.
-Siendo así…
Tras lo cual, el cliente peló la de cuero, aflojando un canario, que Doppiatesta chapó al vuelo, dando las gracias. Con tanta habilidad comercial, los mangos iban formando un bulto cada vez más gordo bajo el colchón, y así empezó la milonga. Porque como dicen mis pocos amigos con guita, cuesta más administrar una fortuna que ganársela. ¿Cómo invertir tanto morlaco honestamente amarrocado? Pescadito interrogaba a la almohada, y tras muchas noches de insomnio, cierto amanecer brumoso, San Genaro lo iluminó.
-¡Alquiláte un localcito, y vendé comida criolla al paso, pibe! -dijo el santo, frunciendo la jeta- A los cumpas les gusta el buen morfi, y no te vas a arrepentir…
Palabras que entonces sonaban bien, porque aqui había muchos paisanos. Y vistas tales razones, nuestro héroe laburaba sin dar ni pedir cuartel. Dejó el colchón vacío, pero puso un negocito pipí-cucú. Empanadas salteñas, pasta frola al dulce de membrillo, chorizos de campo, y el tuttiquanti que alegra la mesa nacional. Después amplió sus instalaciones ocupando el garage de una casa vecina, y con mucho esfuerzo convirtió la fonda en restaurant. Todo iba viento en popa, y con el éxito hicieron crisis las ganas de rajar.
-¡Me pianto de vacaciones! -dijo un día.
-¿Ande, compadre? -preguntó un chileno.
-¡A la Reina del Plata, che!
Dicho lo cual, hizo como esquimal aburrido. Tomarse el bondi sin calentarse más. "Después, otra vez Buenos Aires…", como cantaba el gotán. Todo a pedir de boca, aunque la rubia Margot no estuviera esperándolo frente al muelle, porque llegó en avión. Sin embargo la fortuna iba a sonreírle, y doblando una esquina cualunque tropezó con Pochita, un viejo amor de la juventud. Quien fue bomba del barrio, y una mina contraflor. Mas la piruleta pasa para todos, y si vamos a ser francos, quien no le da al chupi, le da al morfi. Entrada en carnes la nami, para no desmentir un apellido ilustre. Morfoni, como sus mayores, llegados de Italia en 1943.
-¿Vamos al cine, mi amor?
-Preferiría un restaurant…
Entonces el Pescado Doppiatesta recordó unas palabras de Carlitos Gardel, cuya suma algebraica es prenda de nuestra identidad nacional.
-A las minas de hoy -dijo el sabio- no se las puede engrupir con conversa. ¡Hay que darles de morfar!
Y la Pochi sacudía contenta sus 110 kilogramos por esas calles de Dios. Al punto de provocar comentarios vehementes, cuando no irreproducibles en este medio de divulgación cultural.
-¡Son globos, que la carne buena se exporte!
Pero en sus largas caminatas, a veces encontraban un coro mucho peor, que el Pescado más de una vez quiso desbaratar a casotes.

"Gorda panceta, revientagalleta,
se llena la panza con pan y manteca"

Es que pibes y colifas tienen un rasgo en común, cantar la justa. Pero el amor es ciego. Y sea por su soledad aplastante, sea para presentar en conjunto la declaración del impuesto a la renta, un buen día se casaron. Antigua costumbre que consiste en jurarse ante testigos un montón de cosas imposibles de cumplir. O sea un pacto informal, cuya ruptura no afecta el buen nombe y honor de los contratantes. Pero, soslayando especulaciones cínicas, ¡viera Vd. qué linda estaba la iglesia de Santa Consolata! Un oasis rococó y florido en pleno barrio de La Mondiola. Así terminó este romance, con el triunfo del amor
-¡Manden fruta, che! -exclamaron los familiares directos, al verlos partir.
Y con un adiós lloroso a Ezeiza, la moderna aeronave trepó cielos, buscando el sol. Lo cual es un decir, naturalmente, porque los recién casados iban a radicarse en Suecia. Donde, como sabemos por puta experiencia, el astro rey aparece rara vez.
-¡Qué forma de llover!
-Como en Londres… ¿vió?
Los comentarios corrientes de quienes, faltando mejor tema, recurren a las veleidades climáticas para trabar relación. Pero la vida sigue su curso imperturbable, a pesar del mal tiempo. Bueno fuera, si no.
-¡Qué hermosos ravioles frescos! -dijo Pochi, embargada de emoción cuando entró al Restaurant La Buena Mesa, obra cumbre del Pescado Doppiatesta.
Y en tren de lastre, pocos le pisaban el poncho.
-¡Plato del día! -ordenaron dos turistas con acento alemán.
-Lo siento, no queda más…
Es que Pochita era leal a su apellido de soltera. Morfoni, como sus mayores que llegaron de Italia en 1943. Y no había inventario capaz de saciar su hambre, razón por la cual el boliche debió cerrar.
-¡Del amor a la quiebra hay sólo un paso! -explicaba Lorenzo Doppiatesta al señor juez.
-¡Pobre tipo acabar así, después de tanto esfuerzo! -decían los amigos, al ver la estoicidad con que llevaba su cruz.
Así es como el Pescado acabó otra vez vendiendo merca sacada de las tolvas. De puerta en puerta, y a la salida del Folkets Park. Sonriendo a pesar de todo, pues la vida es bella cuando hay amor. Y Pochita tarareaba en la cocina la sentencia del Zorzal.
-El que quiera naifa en casa… ¡que le dea de morfar!


THE END                      

 

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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