Balurdos del más allá (Donde se habla de añorar un copetín).- 15/9/04
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BALURDOS DEL MAS ALLA

(Donde se habla de añorar un copetín)

Por: John Argerich

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Antes de empezar una crónica tan poco constructiva como ésta, quiero hacer una aclaración. Que si en la vida hubo un tipo atorrante, ése fue Marcelino Villanueva. Entonces no debe extrañarnos el escepticismo con que lo recibieron en el cielo cuando fue a tocar el timbre, después de muerto.
-Que yo sepa, méritos no tenés -dijo San Pedro.
-Pero consigo whisky importado a mitad de precio.
-¿Acá arriba?
-Yep.
-Siendo así...
Y para ver si se podían arreglar los papeles, el portero le hizo relatar su vida. Pero, ¿qué iba a contar? Si no había hecho otra cosa que morfar tupido, beber a crédito, y apoliyar la simia. Así que optó por presentarse como un producto de la galleta social.
-Yo gambetié el empedrado desde pibe según me trató la suerte, don -expuso- Que es grela, como bien dice el gotán.
Entonces relató sus andares por si el santo, que era conocedor, encontraba elementos capaces de mejorar su ráting. Todo fuera por unas copitas los días domingo. Y el relato empezó en la época de María Castañeta, cuando el malevaje tenía la batuta, y paraba en un feca de Villa Urquiza. Pero con el pire de los años, dióse vuelta el estofado. Primero vinieron los planes urbanísticos. Y la city fue cambiando de facha, no sé si para bien o para mal. Del damero a la jungla gris. Y con tanta obra pública en curso, él debutó con la cana todavía de purrete, afanando una carretilla.
-¡La gran puta! -dijo San Pedro- Pero eso no es tan grave, si se lo mira bien.
El muerto no se hizo rogar, porque se jugaba el futuro, y fue largando tranqui la milonga que fue su vida. Tras el cambio de imagen llegaron los petiteros, unos sofaifas con berretín de gente bien.
"¡Adío, che!", se saludaban como quien cumple un ritual, en su fútin vespertino por Avenida Santa Fe. Y ofuscado por las multitudes, nuestro buen difunto tuvo su segunda revolcada con la ley, al debatirse la propiedad de dos billeteras.
-¡Eso es más grave! -dijo el santo.
Pero lo asaltó el recuerdo de su último copetín, cuando anduvo de levante por la Tierra. Visto lo cual, añadió con espíritu conciliador:
-Pasémoslo por alto, esta vez...
Y Villanueva siguió contando su historia. Al rato empezaba una época más bien ruidosa, por los tiros. Con mi general haciendo equilibrio en la cuerda floja. Y como decía un mambo de la época, aparecieron los gorilas. Toñas de pocas pulgas, vestidos con ropa fina y bufoso en riestre, que no se bancaban ni una. Y si te barruntaban medio orsái, ibas en carroza, ibas. Pero no al corso de Belgrano sino a "Emergencias" del Cínicas, que es otro cantar.
"El primer cuidáo del hombre es conservar el pellejo" -dijo un gaucho viejo, cierta vuelta.
Por eso ningún pirucho disputó la yeca al grasaje libertador. Mas todo tiene principio y fin. Salvo la redondez del círculo, tema que afortunadamente no ocupa hoy nuestra página. Así que redepente, las cosas cambiaron otra vez.
-Un despelote... -dijo Marcelino- ¡con este servidor haciendo buena letra, para acomodarme en algo!
-¡Tuviste mala suerte, hijo mío! -repuso el santo, comprensivo.
-Nací estrellado, vea, así que para desquitarme de tanto correr la coneja les metí el cuento del buzón a dos tanos que cayeron como chorlitos. Lástima que uno de ellos tenía un sobrino en la Federal.
-¿Cómo se resolvió el entuerto? -demandó San Pedro, empezando a preocuparse por lo difícil que se estaba haciendo el proyecto de tomarse unas copitas después de misa.
-Tres costillas rotas y un año en Sierra Chica.
-¡Eso no es una mancha, si te puedes arrepentir!
Luego vino otra clase de gente a llenar el ámbito de la ciudad. Los chivudos, con minas vestidas tipo gitano, que leían "El Capital". Lástima que al generalato la cosa no le gustó ni cinco. Pues, como ya sabemos, los milicos de entonces sólo leían Patoruzú. Y vino un vade retro que te la voglio dire. Mucha gente acabó bajo tierra, otra en lejanos pagos, como tantos conocidos. Los más tranquis abajo de la catrera, hasta que pasara el temporal. Después las cosas se fueron tranquilizando, pero tanto bolonqui había dejado huella, y ya nadie tenía ganas de doblar el lomo. Circunstancia en que Villanueva, de pura malaria, visitó otra vez Villa Devoto, por afanarse una caja de cartón.
-¿Qué tenía adentro? -preguntó el presidente del tribunal.
-Bolitas de plástico.
-¡No le crea nada, señor juez...! ¡Abajo de las bolitas había un Kalachnikoff! -gritó el fiscal-¡Este anda en la joda, che!
-¡Cinco años de encierro! -dispuso la autoridad.
-¡No me cuentes más, que comparto tu dolor...! -comentó San Pedro, ansioso por terminar de una vez con un trámite que se iba poniendo feo.
Mas la naturaleza tiene horror al vacío, y al irse los barbudos, el buco fue ocupado por otros protagonistas de la noche. Unos pibes de ojos oblicuos y conversa arrevesada, que del vamos no los entendía ni Yagoma. La invasión coreana, destinada a dejar profundas huellas culturales.
-Transmite LR3 Radio Belgrano de Buenos Aires, con la red azul y blanca de emisoras argentinas -dijo el locutor- Y ahora escucharemos a la orquesta típica dirigida por el maestro Fumiyo Yokosuke, interpretando la milonga de Katsumi Murai "Harakiri por amor".
Los kioscos de la Dirección de Festejos propalaban nuestra música ciudadana por Avenida Corrientes, de Callao a Plaza Once. Mala atmósfera para alguien con tanta pasión musical. Y a Marcelino Villanueva lo vieron llevándose un altoparlante.
-¡Adentro! -dijo el botón.
"Si era sólo fiebre artística, eso no debe excluir del paraíso al solicitante", escribió San Pedro en el informe, evocando como un sueño cada vez más remoto las aromas de un Smuggler "on the rocks".
Antes las cosas se hubieran resuelto con más sentido comercial, cuando la gente iba al laburo silbando "Bei mir bist du shein". Pero aquellos pioneros se hicieron humo, y ahora en el Once si no hablás coreano, vas muerto. Ya lo dijo el poeta: "¡Quien te ha visto y quien te ve!" Sin embargo, en esta vida no todo son estrofas arrugadas de sentimiento. Porque mientras San Pedro tomaba nota, apareció otro difunto. Don Prudencio Navarro, cuarteador de Barracas, que al adoquinarse las calles porteñas quedó cesante y se hizo manosanta. Pero el recién llegado lo conocía.
-¡Me metiste el perro al tirar las cartas, desgraciado! Gritó Marcelino Villanueva con indignación de fiambre fresco, al verlo.
Pero había pasado mucha agua abajo del Puente Alsina.
-¿A vos quién te conoce, che? Desembuchá la precisa, que estoy en la Directiva -repuso don Prudencio.
-En 1955 me leíste un futuro color de rosa, con guita y poco esfuerzo -dijo Villanueva- ¿Cómo explicás tanto pirulo a la sombra, que me chupé?
-No es culpa de nadie, hijo mío -quiso mediar San Pedro, porque el cuarteador tenía influencias- Satanás metió la cola, seguramente.
El tema era difícil, y Navarro cantó la justa:
-El naipe se trabuca con tanto fato, che. Y como decía Eleonora, "Nadie sabe lo que ignora... "
Pero pará la mano y batíla, ¿es cierto lo que dice el chiva? ¿Vos podés traer whisky barato al Paraíso, che?
-Yep.
-Entonces no hablemos más, y te firmo el nombramiento.
-Todo se arregla con caridad -dijo San Pedro.
Y chocho de contento, Marcelino sacó una botella del maletín virtual. Había ascendido a los cielos, donde no hay que pagar las cuentas, ni se labura jamás... ¡Buena ocasión para brindar!


THE END                      

 

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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