|
|

Homenaje a los mentores de la Revolución de Mayo. Alma
y perfil del criollo de 1810
|
|
|
Homenaje a los mentores de la Revolución
de Mayo
ALMA Y PERFIL DEL CRIOLLO DE 1810
Por Ricardo Santiago Katz (*)
Especial para Agencia NOVA
No fue el medio virgen e inocente de la naturaleza, ni las razas y sus culturas
los que chocaron en esta parte de América; el conflicto se produjo entre padres
europeos, es decir, españoles acostumbrados a la conciencia de su valer, decir y
entender, y los hijos criollos, pobres y libertos gracias a la Ilustración y a
que les pusieran ayos esclavos para que creciesen contemplando la vergüenza del
que se embriaga de tristeza, o falto de libertad.
Estos criollos eran “amigos de cosas nuevas”, como observó el tesorero Montalvo
en 1585, disposición natural que, para los reales intereses, era necesario
reprimir o por lo menos no fomentar. Si hasta se creyó, por opinión autorizada,
que al criollo debía excluírsele de la profesión eclesiástica, para que no se
instruyera.
El comercio de los frutos del país bastaba para que Buenos Aires acentuase cada
vez más sus características de ciudad mercantil y próspera, sin necesidad que
sus hijos alimentasen, con los hombres y las ideas que recalaban en sus puertos,
esa ansia de novedad y cambio, a veces inclinada a la versatilidad, que
fomentaba su coraje, su desprecio por la vida propia y ajena, su altivez que
parecía labrada a punta de cuchillo.
En el criollo de esta parte de Sudamérica lo que predominaba no eran los rasgos
del indio, difícilmente asimilable, al que cazaron o procuraron exterminar en la
guerra de fronteras que éste suscitaba con sus malones y latrocinios. Lo que
había en el fondo de sus rasgos, acentuado y modificado por el medio en que le
tocó nacer, era el carácter del español trasplantado, levantisco, dispuesto a
seccionarse en reinos, provincias, condados o comunas.
Lo que se ha llamado “desprecio de la ley” -ya fuera contrabando,
aprovechamiento, prebenda y burla simple- en los primeros siglos de la
dominación española en nuestra tierra, junto con la adjudicación de los cargos
en subasta pública mediante el negro Pascual, pregonero, que auguraba a los
adquirentes “que buena, que buena, que verdadera prole haga”, no es en esencia
más que soledad e individualismo, egoísta sin duda, del que deja que detenten el
poder quienes tengan apetito de mando o de riquezas mientras él busca la
justicia por su mano, ya que no cree en la de los de arriba.
En 1810, el ánimo de los hombres patriotas no era de duda. Ellos fueron los
autores de nuestra Revolución de Mayo, de ellos los méritos. Pero de ellos
también, de sus padres y abuelos, de los estamentos en que estaba configurada la
sociedad hispano-colonial, dependía la condición en que vivía la mujer, su
compañera. Condición que iba a ser modificada bruscamente, como corresponde a
toda verdadera revolución, que empieza por aparecer en las ideas y conforma el
cuerpo de las leyes antes que penetre como un hábito nuevo en la realidad.
A la mujer criolla se le debe ese amor a la tierra en que se vive y en la que la
recompensa viene después de mucho esfuerzo, pero sabe a lágrimas y a constancia.
Allí la luz y el color con que se bañan las cosas le recuerdan hechos de su
propia, íntima existencia: la primera palabra que la conmovió, el nacimiento o
la muerte de un ser querido. Cuando los pueblos dejan de ser nómades, el
sedentarismo -y acaso su vicio, el apego excluyente a la tierra patria, y hasta
el nacionalismo xenófobo- se han debido siempre a la mujer. El alma universal
del hombre tiene otras ventajas, quizás metafísicas; pero la que lo arraiga a la
tierra y a la existencia es la mujer. Su compromiso se llama: “aquí” y “ahora”.
(*) Licenciado en Ciencia de la Educación y escritor bonaerense. E-mail:
rskatz4@hotmail.com .
Gentileza:: Agencia NOVA [
noticias@nova-net.com.ar ]
PAGINADIGITAL
|
Imprimir 
paginadigital
|
|