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La crisis mundial del agua y la reificación de los recursos hídricos del planeta.- 17/9/04
 

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La crisis mundial del agua y la reificación de los
recursos hídricos del planeta.- 17/9/04


 


 

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En lo esencial, y de la manera en que se propone redactar el acuerdo de momento, los gobiernos se verían en la obligación de tener que demostrar que toda medida o regla relativa al agua (y a otros servicios, tales como la sanidad y la educación) es "necesaria", que se inspira de "criterios transparentes y objetivos", que cumple con las "normas internacionales pertinentes" y que es la menos restrictiva para el comercio de entre todas las que se hubiera podido adoptar. Por ejemplo, para defender las normas relativas al agua potable ante un jurado de la OMC, un gobierno tendría que probar que ha analizado hasta la última posibilidad concebible de mejorar la calidad del agua, que su propuesta fue sometida a una evaluación de su impacto sobre el comercio internacional de los servicios de aguas, y que terminó optando por el mecanismo que resultaba menos restrictivo para los proveedores privados extranjeros.

Por otra parte, el AGCS aún no ha adoptado la debil excepción del artículo XX del GATT relativo a la conservación, lo cuál equivale a un clarísimo y deliberado intento de subordinar las metas de conservación a las de la liberalización del comercio. Como lo hace constar el especialista en comercio canadiense Steven Shrybman en su opinión jurídica de marzo 2001 sobre el AGCS: "Están en peligro la propiedad pública de los recursos hídricos, los servicios de agua del sector público, y la autoridad de los gobiernos en lo que se refiere a regular las actividades empresariales por motivos de protección del medio ambiente, de conservación o de salud pública."



El Agua y Los Tratados Internacionales Sobre Inversión


Además de los acuerdos anteriores, los países del mundo entero están firmando tratados bilaterales de inversión que, en su mayoría, dejan sus sectores de los recursos naturales abiertos a las inversiones incondicionales por parte de las empresas del otro país signatario. En este momento existen 1.720 acuerdos bilaterales y su número aumenta cada año. La mayoría de estos tratados bilaterales contienen disposiciones parecidas a las del capítulo XI del TLCAN, permitiendo así a los países signatarios demandar a los gobiernos y obtener indemnizaciones en concepto de "expropiación". Este es el camino escogido por Bechtel en su proceso contra el gobierno boliviano.

Los tratados bilaterales sobre inversiones toman por modelo el Acuerdo Multilateral sobre inversiones (AMI), tratado propuesto por los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que fue rechazado en el otoño de 1998 debido a la oposición internacional. Redactado por la Cámara Internacional de Comercio, el AMI contenía los mismos derechos inversionista-estado que el TLCAN, pero los aplicaba a una serie más extensa de sectores y empresas. Un "inversionista" de cualquier país mimebro podía reclamar el acceso a los recursos naturales de cualquier otro país indiscriminadamente y tendría el derecho de presentar una demanda en concepto de indemnización si le era negado este derecho. El AMI definía claramente las reglas de privatización de los bienes públicos, inclusive de los recursos naturales.

Estos acuerdos internacionales sobre comercio e inversiones están teniendo cada vez más poder y alcance. Sin embargo son muy pocos los ciudadanos del mundo que saben de su contenido o tan siquiera de su existencia. Ningún plan para la protección del agua se puede permitir encogerse de hombros e ignorarlos; constituyen un peligro tan presente como inequívoco para la administración de las aguas y deben de ser profundamente reformados o sencillamente abolidos.



La Necesidad de Adoptar Principios Comunes


"Las aguas forman familias que reparten su intimidad anidando en distintas capas. En la mayor escala posible, la red hidrológica es semejante al de toda la humanidad - Serbios, Rusos, Indios Koyukon, Amish, los miles de millones de habitantes de la República Popular China - y tiene muchísimos problemas, pero es dificil saber en que manera se les puede ayudar. A medida que se va avanzando río arriba hacia el hogar, la relación se hace cada vez más intima. El gran río es como el país de cada uno y anda algo desbocado. El lago es su primo. El arroyo su hermano. El estanque su hijo. Y, para bién o para mal, en la salud y en la enfermedad, usted está casado con su fregadero."

- Michael Parfit, National Geographic

Ante este nuevo milenio, el mundo se dispone a tomar decisiones cruciales y posiblemente irrevocables sobre el agua. Aparte de aquellos que deliberadamente están buscando beneficiarse de la crisis mundial del agua y de aquellos que siguen contaminando los sistemas fluviales aún sabiendo a ciencia cierta los daños que han causado, el daño que se le ha hecho al agua hasta la fecha ha sido sobre todo sin intención y más bien de tipo reactivo - un cóctel de negligencia, de ambición y de ignorancia benignas, exigencias harto excesivas sobre un recurso limitado, de contaminación descuidada y de desvíos sin tón ni són. La raza humana ha dado por sentado que el agua le pertenecía y en general no ha sabido juzgar la capacidad que tienen los sistemas fluviales de la tierra para regenerarse y recobrarse de nuestros actos inconscientes. Aunque ahora nos toque responder ante el enorme daño que hemos ido causando, quizás sea justo recordar que nadie trazó un plan deliberado para crear la escasez mundial del agua o acabar con el agua dulce del planeta.

No obstante, la ausencia de malicia ya no sirve de excusa. Sabemos demasiado. Ya se han establecido fuerzas que quisieran que el agua se convierta en una mercancía privada que pueda ser vendida e intercambiada en el mercado abierto, controlada por grandes multinacionales y garantizada para el mejor servicio de los inversionistas y de los sectores privados a través de los acuerdos mundiales sobre comercio e inversiones. Este es el futuro del agua si nos quedamos de brazos cruzados.



La Ética del Reparto del Agua


Para poder empezar a desarollar una ética del agua exhaustiva y sostenible, es necesario empezar por reconocer que existe una profunda injusticia humana en lo que se refiere al acceso del agua potable en todo el mundo. Los habitantes que carecen de este recurso viven casi exxlusivamente en el tercer mundo; los que tienen agua de sobra viven el el primero, donde los gobiernos y las empresas se han enriquecido por la colonización de las mismísimas regiones que ahora padecen escasez. Reconocemos en esta situación un trágico dilema. Se podría decir que los países industrializados tienen la obligación moral de compartir el agua con las regiones en las que escasea, aún cuando esto pudiera agravar el estado de ecosistemas que ya van camino de deteriorarse.

Los que opinan que el agua es una mercancía afirman que el agua que desemboca en el mar o que se encuentra en lo que el PDG de una empresa de forestería denomina a la "naturaleza decadente", no es útil para la gente o para la economía y que constituye así pues una mercancía desperdiciada. Los ecologistas advierten sin embargo que este es un análisis simplista. Entre otras cosas, el agua de los lagos no se puede exportar o desviar a menos que decidamos desecarlos. Las únicas fuentes de agua potable realmente disponibles son el agua que fluye en los ríos hacia el mar o que se extrae de las capas acuíferas. Por ejemplo, aunque Canadá posee casi una cuarta parte del agua dulce del mundo, gran parte de ella se encuentra en los lagos o sistemas fluviales que fluyen hacia el norte. El hecho de acarrear cantidades voluminosas de este agua causaría enormes deterioros en los ecosistemas del país.

Los científicos advierten que la extracción de cantidades masivas de agua de los cauces podría destruir los ecosistemas. La bajada de los niveles de agua puede crear agujeros y secar los pozos. El movimiento del agua a gran escala acarrearía tremendos costes energéticos; una versión del proyecto del Canal GRAND exigía la construcción de una serie de plantas nucleares a lo largo de la ruta para proveer la energía necesaria para el traslado de tan descomunales volúmenes de agua. Existen proyectos hidroeléctricos y de desvíos de las aguas que están causando fenómenos locales relacionados con el cambio climático, la reducción de la biodiversidad, el envenenamiento por mercurio, la deforestación, y la destrucción de los pantanos y del habitat de los peces. No nos queda más que imaginar el deterioro que un mega proyecto como el Canal GRAND podría causar.

Los estudios científicos muestran que la extracción de agua a gran escala afecta no sólo los sistemas vecinos sino también los ecosistemas que se encuentran a lo lejos. "Este trabajo demuestra más allá de toda duda que el agua no se desperdicia por el hecho de desembocar en el mar. Sugiere que los efectos acumulados de la extracción de agua de los lagos, ríos y arroyos para su exportación en petroleros podrían tener repercusiones de gran escala en el entorno del litoral y del mar," afirma el especialista hidrográfico canadiense Jamie Linton.

Richard Bocking compara el hecho de desviar los ríos a una apuesta de tipo faustiano. "Para obtener energía hidroeléctrica o para la irrigación, estamos dispuestos a intercambiar gran parte de la vida de un río, de sus valles y sistemas biológicos, e incluso el modo de vida de la gente que se encuentren en el camino. A medida que se va concretando el coste de cincuenta años de construcción de presas, ya no podemos albergarnos en la excusa de que desconocemos las consecuencias de tratar nuestros ríos y lagos como vulgares sistemas de fontanería."

¿Qué decir sin embargo del argumento humanitario que aduce que en un mundo en que el agua se reparte de manera injusta, las regiones más acaudaladas tienen la obligación de compartir su abastecimiento con los demás? Quizás convenga hacer la distinción entre un planteamiento a corto y a largo plazo. La importación del agua no es una solución recomendable a largo plazo ni para los ecosistemas ni para las personas de las regiones donde el agua escasea. El agua es tan necesaria a la vida que nadie debería de depender de los abastecimientos extranjeros que pudieran interrumpirse por motivos políticos o ecológicos.

También conviene distinguir ente comercio del agua y reparto del agua. Cuando se trata de un intercambio comercial, los que realmente necesitan el agua serán ineludiblemente los últimos en recibirla. Unicamente podrán disponer del agua acarreada sobre largas distancias por los petroleros los ricos, y sobre todo las grandes empresas. Importar el agua únicamente para los que pueden permitírselo reduciría el cáracter acuciante de los esfuerzos y de las presiones políticas para hallar soluciones auténticas, sostenibles y justas para resolver los problemas de escasez que conocen algunos países.

George Wurmitzer, Alcalde de Simitz, pequeña localidad de los Alpes austriacos, describe la diferencia entre el reparto y el comercio del agua al manifestar su inquietud en relación con las exportaciones de agua a gran escala a partir de su localidad:

"Yo entiendo que es un deber sagrado ayudar al sediento. Pero me parece un pecado trasladar el agua únicamente para que las personas puedan tirar de la cadena de sus inodoros y lavar sus automóviles en regiones desérticas…No tiene sentido y es una locura ecológica y económica."

Como dice Linton , " puede que el argumento más poderoso contra la exportación [comercial] del agua reside en que únicamente serviría para perpetuar el problema principal que inicialmente causó la crisis del agua - la creencia que para satisfacer las exigencias cada vez mayores de la gente por el agua bastaría con aumentar el nivel de abastecimiento. Este modo de pensar es el que ha llevado al drenaje de los lagos, al agotamiento de las capas acuíferas y a la destrucción de los ecosistemas acuáticos en todo el mundo

Si consiguiéramos no obstante mantener el control público sobre el agua, podría ser posible compartir el abastecimiento a corto plazo entre países en tiempos de crisis. En tales casos, el hecho de compartir el agua debería de ir surtido con unos plazos y condiciones rigurosos de suerte que la región beneficiaria deje de depender de estos suministros lo antes posible. De esta manera, el agua serviría para fomentar la recuperación de los sistemas fluviales. Empero, este tipo de resolución es inconcebible mientras que la privatización del agua del mundo siga sin cuestionarse; las empresas no permitirían el establecimiento de un sistema de traslado de agua con fines no lucrativos.



La Ética de la Tarificación del Agua


De la misma manera, el llamamiento para otorgarle un valor económico real al agua - que cada vez más lanzan los ecologistas para señalar como corresponde que en muchos países acaudalados en agua el suministro de este recurso se da por sentado y se desperdicia de mala manera - debe de entenderse en un contexto político. El planteamiento consiste en que, si se le impone un valor económico al agua, la gente estaría más dispuesta a conservarla. Pero en el clima que reina actualmente, subsisten graves inquietudes que han de plantearse a propósito de la tarificación del agua.

En primer lugar, la tarificación del agua acentúa la falta de igualdad que existe en el mundo en relación con el acceso al agua. Como sabemos, los países que padecen duras penurias de agua son aquellos en que residen las personas más desfavorecidas de la tierra. El hecho de cobrarles por un abastecimiento escaso de entrada es una receta segura para agudizar las diferencias en el reparto.

La cuestión de la tarificación del agua ahondará por lo tanto las diferencias entre Norte y Sur. El nerviosismo en torno a la escasez mundial del agua conlleva un sobreentendido. Casi todos los artículos sobre el tema empiezan recordando la explosión demográfica y los lugares donde ocurre. Lo que se sobreentiende es que "estas personas" son las culpables de la crisis del agua que se expande sin tregua. Pero apenas doce por ciento de la población mundial consume el 85 por ciento del agua, y da la casualidad que el doce por ciento en cuestión no reside en el Tercer Mundo.

La privatización de este escaso recurso generará un mundo que funcionará a dos velocidades - los que pueden permitirse el agua y los que no. Obligará a millones de personas a escoger entre necesidades tales como el agua y los cuidados médicos. En Inglaterra, las tarifas elevadas obligaron a las personas a escoger entre enjuagar sus hortalizas, tirar de las cadenas de sus inodoros o bañarse.

En segundo lugar, y en virtud de los acuerdos comerciales existentes, el agua tarificada se convierte en una mercancía privada. Unicamente si el agua se mantiene como servicio público, como un producto suministrado y protegido por los gobiernos, podrá escapar de la onerosa aplicación de las medidas impuestas por estos acuerdos de libre comercio. Los acuerdos son tajantes: si el agua se privatiza y sale al mercado abierto, acabará en manos de los que se lo pueden permitir y no en las de los necesitados. Según lo dictaminan las reglas y condiciones de estos acuerdos, una vez que se abrá el grifo, ya no se podrá volver a cerrar.

El Banco Mundial afirma que subvencionará el suministro de agua a los pobres. Cualquiera que esté al tanto de los problemas del estado de bienestar, particularmente en el tercer mundo, sabe que este tipo de caridad resulta punitivo en el mejor de los casos, e inexistente en la mayoría de ellos. El agua es un derecho fundamental humano que se encuentra garantizado en el Convenio Internacional de la ONU sobre Derechos Humanos. La distribución gratuita del agua no es lo que los artífices de esa grandiosa declaración tenían en mente.

En tercer lugar, la tarificación del agua, tal y como se plantea por ahora, no tendrá demasiado impacto. Se admite por regla general que el consumo de agua en los centros urbanos se divide de la manera siguiente: 70 por ciento para el sector industrial; 20 por ciento para el sector institucional; y de 6 a 10 por ciento para uso doméstico. Sin embargo la mayoría de los debates en torno a la tarificación del agua giran alrededor del consumo individual. Como ya es notorio, los grandes usuarios empresariales logran escabullirse del coste del agua.

Por último, en un sistema de oferta pública por el agua, ¿quién será el que la compre en beneficio del medio ambiente y de las generaciones futuras? A lo largo de este debate sobre la privatización y la tarificación, apenas se menciona el mundo natural y las demás especies. Esto se debe a que el medio ambiente no forma parte de la ecuación comercial. Si perdemos el control público de nuestros sistemas hidrográficos, ya no quedará nadie habilitado a reclamar esta fuente de vida para la tierra.

Pero la necesidad de dejar de desperdiciar el agua es acuciante. El diálogo sobre la tarificación del agua es crucial; sin embargo, debe de desarollarse en un marco más extenso. En honor a la eficacia y a la justicia, cualquier consideración seria relativa a la tarificación del agua debe de tener en cuenta tres factores: la pobreza de algunos países; el agua como derecho humano y el agua en la naturaleza.

Para ocuparse del primer factor, la pobreza de algunos países, los gobiernos podrían tomar varias medidas desde ya mismo. Entre ellas figuran la cancelación de la deuda del Tercer Mundo, el aumento de los presupuestos dedicados a la ayuda extranjera hasta alcanzar sus níveles anteriores (siete por ciento del PIB), y la implantación de un impuesto de tipo Tobin (nombre de un ministro canadiense) sobre especulación financiera que permitiría pagar por infraestructuras hidrográficas y servicios de abastecimiento universales.

Para tratar de la cuestión del agua como derecho humano, los países deben adoptar constituciones como la de Africa del Sur, que garantiza el agua ante todo para la gente, en segundo lugar para la naturaleza, y tercero para la economía. A cada habitante de Africa del Sur se le garantiza el agua suficiente para cubrir sus necesidades fundamentales; y la tarificación no entrá en juego hasta que estas necesidades estén cubiertas.

Para asegurar que la supervivencia del ecosistema sea un elemento clave de cualquier nuevo sistema que pudiera incluir la tarificación, las recetas obtenidas deben de servir para proteger el medio ambiente, sanear los pantanos, hacer respetar las normas relativas al agua potable y proceder a la reparación de las infraestructuras defectuosas que en este momento están causando grandes desperdicios del recurso.

Por otra parte, el acento debe de ponerse en los que más abusan del agua - es decir las grandes industrias y las actividades agropecuarias. Los gobiernos deben recordar la primacía de la ley a aquellas empresas que se dedican a contaminar y a malgastar tan preciado recurso. Pueden asímismo recurrir a la implantación de un regimen impositivo más justo que capte algunos de los miles de millones imponibles que las grandes empresas consiguen eludir. Estos ingresos podrían ser muy útiles para sanear los sistemas hidrográficos agonizantes del planeta. El acento debe manifiestamente ir colocado en los que más utilizan el agua comunitaria para luego cosechar los beneficios del uso de este bién común, de este mandato público, máxime en una era en que proliferan las fusiones y las grandes multinacionales. El sector empresarial no tiene derecho a privar a nadie de sus derechos humanos inalienables; si tal es el precio del beneficio, el precio resulta demasiado elevado.

Sin embargo, ninguna de estas condiciones se pueden dar si el agua no es controlada en beneficio público. Si se permite que el agua sea comercializada y controlada por las empresas, el principio lucrativo seguirá imperando. En tal caso, la tarificación del agua se convertiría en una herramienta de mercado, en lugar de un medio que sirva de incentivo para la conservación y para asegurar que el agua siga siendo un derecho fundamental para todos los habitantes de la tierra.



La Protección del Agua: Diez Principios


Para que todos los níveles del gobierno y las localidades del mundo entero puedan tomar el tipo de medidas que se imponen, es urgente que lleguemos a un acuerdo sobre los principios y valores que deben guíar nuestros actos. A continuación proponemos unos principios para entablar el diálogo:

1.El agua pertenece a la tierra y a todas las especies.

El agua, al igual que el aire, es necesaria para la vida. Sin agua, los humanos y otros seres morirían y sería el fin de los sistemas hidrográficos de la tierra. La sociedad moderna ha perdido el respeto por el lugar sagrado que le corresponde al agua en el ciclo de vida, así como sus afinidades espirituales con el preciado liquido. Esta falta de respeto por el agua ha permitido que abusáramos de ella. Para poder enderezar el mal que hemos causado, tenemos que empezar por redefinir nuestra relación con el agua y reconocer su lugar esencial y sagrado en el seno de la naturaleza.

Como el agua pertenece a la tierra y a todas las especies, los dirigentes políticos deben representar los derechos y las necesidades de otras especies en todas sus decisiones. Las generaciones venideras también son partes interesadas que requieren representación en las decisiones que se tomen sobre el agua. La naturaleza, y no el hombre, está en el centro del universo. A pesar de toda nuestra brillantez y nuestros grandes logros, somos una especie animal que necesita el agua por las mismas razones que las demás. Contrariamente a otras especies, sin embargo, únicamente los humanos tenemos el poder de destruir ecosistemas sobre los cuales dependen todas y por lo tanto, los humanos tenemos la urgente necesidad de redifinir nuestra relación con el mundo natural.

Jamás se debe tomar decisión alguna sobre el consumo de agua sin antes tomar enteramente en cuenta las repercusiones que puede tener sobre el ecosistema.

2.El agua debe dejarse donde está en la medida de lo posible.

La naturaleza ha puesto el agua en el lugar que le pertenece. Jugar con la naturaleza acarreando grandes cantidades de agua de los cauces puede causar la destrucción de los ecosistemas. La extracción y desvío de las aguas a gran escala, afecta no solo los sistemas circundantes, sino también los que se encuentran a lo lejos. El agua que desemboca en el mar no se "desperdicia". Los efectos acumulados de la extracción del agua de los lagos, ríos y arroyos tiene impactos desastrosos a gran escala para el entorno del litoral y del mar así como para los pueblos indígenas de la región así como para otras personas cuyo modo de vida depende de los recursos naturales del lugar.

Aunque pueda haber una obligación de compartir el agua en tiempos de crisis, tal como se hace para los alimentos, no es una solución recomendable a largo plazo que los ecosistemas o los habitantes de ninguna región del mundo empiecen a depender de los abastecimientos extranjeros para esta fuente de vida. El hecho de importar una necesidad tan fundamental podría crear una relación de dependencia que no es acertada para ninguna de las partes. Al aceptar este principio, aprendemos a conocer la naturaleza de los límites del agua y a convivir con ellos, y empezamos a girar la vista hacia nuestras propias regiones, localidades y hacia nuestros propios hogares buscando medios para satisfacer nuestras necesidades mientras respetamos el lugar del agua en la naturaleza.

3.El agua debe ser conservada para todos los tiempos.

A cada generación le toca asegurarse que sus actividades no redunden en un empobrecimiento de la abundancia y de la calidad del agua. La única manera de resolver el problema de la escasez mundial estriba en un cambio radical de nuestras costumbres, especialmente en lo que se refiere a la conservación del agua. Los habitantes de los países acaudalados deben de cambiar sus hábitos de consumo, sobre todo en las regiones fértiles donde prolifera la bioversidad. De no actuar de manera más ahorrativa, estos países tampoco tendrán derecho a mostrarse reticentes a la hora de compartir el agua - aún por motivos ecológicos y éticos - sopena de exponerse a críticas enteramente justificadas.

La clave para mantener fuentes sostenibles de agua subterránea reside en asegurar que el ritmo de extracción no supere el del tiempo que necesita para realimentarse. Parte del agua destinada a las ciudades y a las actividades agropecuarias tendrá que ser restituida a la naturaleza. Hay que preservar extensos tramos de los sistemas fluviales; y los gobiernos deben de llegar a un consenso y fijarse una meta mundial. Los grandes proyectos de construcción de presas deben de aplazarse hasta nueva orden, o cancelarse del todo, y algunos de ríos que han sido desvíados, deben de volver a encauzarse de manera que su fluir esté en mayor consonancia con la naturaleza y las estaciones.

Las mejoras infraestructurales deben de convertirse en una prioridad para los gobernantes de todo el mundo de manera a poner fin a las tremendas pérdidas de agua debidas a la antigüedad y al estado de deterioro de las canalizaciones. Los gobiernos deben dejar de fomentar con subsidios las prácticas derrochadoras de las empresas. De esta manera, lograrán hacer pasar el mensaje que el agua no abunda y que por lo tanto no se puede malgastar.

4.El agua contaminada debe ser recuperada.

La raza humana ha contribuido colectivamente a la contaminaciòn del agua en el mundo y por lo tanto, debe responsabilizarse colectivamente de la labor de saneamiento. La escasez de agua y la contaminación vienen causadas por valores económicos que propician un consumo abusivo y muy poco rentable de este recurso. Estos valores están equivocados. Una resolución para el saneamiento del agua contaminada es un acto de autopreservación. Nuestra supervivencia así como la de todas las especies dependen de la recuperación de los ecosistemas que funcionan al són de la naturaleza.

Los gobiernos de todos los niveles y las localidades de cada país deben de proceder al saneamiento de los sistemas fluviales contaminados y poner fin, en la medida de lo posible, a la destrucción de los pantanos y de los entornos acuáticos. Hace falta adoptar leyes e instrumentos de ejecución rigurosos para tratar de resolver la contaminación que proviene de la agricultura, de las alcantarillas municipales y de los contaminantes industriales, que son las principales causas del deterioro del agua. Los gobiernos deben de volver a tomar el control sobre las grandes empresas de minería y forestería cuyas prácticas incontroladas siguen causando incalculables daños a los sistemas hidrográficos.

La crisis del agua no puede ser percibida al margen de otras importantísimas cuestiones ecológicas como son el arrasado de los bosques y los cambios climáticos imputables a la actividad humana. La destrucción de lagos y ríos debida al arrasado de los bosques daña muy seriamente el habitat de los peces. Los cambios climáticos acabarán causando condiciones extremas. Las inundaciones subirán de nivel, las tormentas serán más fuertes, las sequías se harán más largas. Y cada vez irá en aumento la demanda de agua dulce. El saneamiento del agua contaminrada exigirá un compromiso internacional capaz de reducir radicalmente el impacto del ser humano sobre el clima.

5.La mejor forma de proteger el agua es dejarla en su entorno natural.

El futuro para un mundo que pueda garantizar el agua reposa en la necesidad de residir en las "bioregiones", es decir en el entorno natural de las cuencas de los ríos. El bioregionalismo es la práctica de vivir adaptándose a los límites de un ecosistema natural. Las características de las aguas superficiales y subterráneas de cada cuenca constituyen un conjunto de parámetros fundamentales que gobiernan casi por entero la vida de determinada región; otros elementos, tales como la flora y la fauna, están ligados a las condiciones hidrológicas de la región. Por tanto, si vivir dentro de los límites ecológicos de una región es un factor clave para el desarrollo de una sociedad sostenible, las cuencas son un excelente punto de partida para establecer prácticas bioregionales.

Una ventaja de pensar que las líneas divisorias empiezan y acaban donde se encuentran las cuencas, es que el agua no conoce fronteras entre países o estados. La gestión de las cuencas permite un planteamiento más interdisciplinario de la protección del agua, y es una manera de romper las jaulas en las que se han encerrado los gobiernos tanto a escala internacional, nacional local y tribal, que llevan tantísimo tiempo erosionando la política del agua en el mundo entero. La delimitación de las cuencas, y no las líneas divisorias políticas o burocráticas llevará a una forma de protección y de toma de decisiones más cooperativa.


6.El agua es un mandato público por el que todos los niveles de gobierno deben velar.

Ya que el agua, al igual que el aire, pertenece a la tierra y a todas las especies, nadie tiene el derecho de apropiarse o de sacar provecho de ella a costa de otros. El agua constituye así pues un mandato público que debe de ser protegido por todos los niveles de gobierno y todas las localidades del mundo.

Por lo tanto, el agua no debe ser privatizada, reíficada, comercializada o exportada a granel para fines comerciales. Los gobiernos de todo el mundo deben de tomar medidas sin más tardar para declarar que las aguas de sus territorios son un bien público y deben poner en pie sólidas estructuras de reglamentación para protegerlas. El agua debe ser exonerada inmediatamente de todo acuerdo internacional, bilateral y de libre comercio e inversiones, existente o futuro. Los gobiernos deben de prohibir los proyectos de comercio del agua a gran escala.

Aún reconociendo que los gobiernos han fracasado miserablemente en lo que se refiere a proteger su patrimonio acuático, hay que recordar que esta situación tan solo puede ser enderezada a través de las instituciones democráticas. Si el agua se convierte en una mercacía que ha de ser claramente controlada por el sector privado, las decisiones a su respecto obedecerán exclusivamente a sus fines lucrativos.

Cada nivel de gobierno debe proteger el agua que ha sido confiado a su cuidado: las municipalidades deben de dejar de hacer redadas sobre los sistemas fluviales de las localidades rurales. La cooperación dentro de una misma cuenca redundará en la protección de sistemas fluviales y lacustres de mayor envergadura. La legislación nacional e internacional prevalecerá de cara a las grandes multinacionales y pondrá fin a las prácticas empresariales abusivas. Los gobiernos determinarán los adecuados níveles impositivos sobre el sector privado y estos impuestos servirán para la reparación de las infraestructuras. Todos los niveles de gobierno aunaran sus esfuerzos para fijarse una meta encaminada a preservar la naturaleza acuática del mundo.


7.Disponer de agua potable suficiente es un derecho fundamental.

Todas las personas del mundo tienen derecho a disponer de agua potable y de sistemas sanitarios en condiciones, donde quiera que vivan. La mejor manera de asegurar este derecho es manteniendo los servicios de abastecimiento y alcantarillado en el sector público, regulando la protección de las aguas y fomentando el consumo sensato del agua. Las personas que viven en las regiones donde escasea el agua únicamente podrán disponer del agua potable que necesitan mediante el fomento de la conservación y protección de sus recursos locales.



Los pueblos indígenas tienen derechos inherentes especiales en relación con sus territorios tradicionales, incluyendo el agua. Estos derechos ancestrales les pertenecen por el uso de posesión de la tierra y del agua de sus territorios y en virtud de sus antiguos sistemas sociales y jurídicos. El derecho inalienable de la autodeterminación de los pueblos indígenas debe ser reconocido y codificado por todos los gobiernos; la soberanía sobre el agua es un factor crucial para proteger estos derechos.

Los gobiernos de todo el mundo deben de hacer suya la frase "la caridad bien entendida empieza por uno mismo", e implantar una política preferente para proteger los derechos fundamentales de sus ciudadanos a disponer de agua. La legislación que exige que todos los países, localidades y bioregiones protegan los recursos hídricos locales, y que busquen nuevas fuentes locales antes de tornarse hacia otras regiones conseguirá muchísimo en lo que se refiere a poner fin a la práctica antiecológica de trasladar el agua de una cuenca a otra. Este principio quiere decir que las gentes y los granjeros del lugar tienen la preferencia. Las actividades agropecuarias y la industria, sobre todo las grandes multinacionales, deben de adaptarse a esta política preferente y conformarse con el segundo lugar sopena de verse clausuradas.

Esto no quiere decir que el agua ha de ser "gratuita" o que no hay más que autoservirse. Sin embargo, una política de tarificación que respete este principio ayudaría a conservar el agua y a preservar los derechos de todos los que tienen acceso a ella. La tarificación del agua y los "impuestos verdes" (que aumentan las recetas del gobierno a la vez que enfrían el consumo de recursos y su contaminación) deberían de ser más fuertes para las actividades agropecuarias y la industria que para los ciudadanos, y los ingresos correspondientes deben servir para proveer agua para todos.


8.Los mejores defensores del agua son las localidades y sus ciudadanos.


Las administraciones locales, que no las empresas privadas, las tecnologías prohibitivas o inclusive el gobierno, son la mejor garantía de protección del agua. Los únicos que pueden hacerse una idea del efecto acumulado de la privatización, la contaminación, la extracción y el desvío de las aguas de una localidad, son sus ciudadanos. Son los únicos que conocen los efectos de las pérdidas de empleo o de las granjas debido a que las grandes empresas toman las riendas o desvían el agua para usarla en lugares lejanos. Hay que comprender que los ciudadanos y las localidades en las que residen, son los "guardianes" en primera línea de los ríos, lagos y de los sistemas de los cuales dependen su vida y sus quehaceres.

Para que las soluciones a la escasez sean asequibles, sostenibles y justas, deben de inspirarse y fundamentarse en las localidades. Los proyectos de saneamiento que funcionan a menudo se deben a organizaciones ecológicas y cuentan con la intervención de todos los níveles de gobierno, y hasta a veces con donativos privados. Pero estos proyectos no serán víables o sostenibles si no van guíados por el sentido común y la experiencia de las comunidades locales.

En las regiones donde escasea el agua, se están volviendo a considerar con cierta urgencia el recurso a las tecnologias indígenas ancestrales, tales como el compartir el agua y sistemas de captación de la lluvia, que habían sido abandonados para abrazar las nuevas tecnologías. En algunas regiones, las gentes del lugar se han reponsabilizado enteramente de las canalizaciones y han establecido fondos a los que deben de contribuir los consumidores de agua. Estos fondos se utilizan para abastecer a toda la comunidad.


9.El público debe participar a partes iguales con el gobierno para proteger el agua.

Un principio fundamental para salvaguardar el agua de cara al futuro es que el público debe de ser consultado e invitado a participar a partes iguales con los gobiernos en la formulación de las políticas relativas al agua. Hace demasiado tiempo que los gobiernos y las organizaciones económicas internacionales como son el Banco Mundial, la OCDE y los burócratas del libre comercio se dejan guiar por intereses comerciales. Inclusive en las rarísimas ocasiones en que se las invita a tomar asiento en la mesa de negociaciones, las organizaciones no gubernamentales (ONG) y los grupos ecológicos no suelen tener ni voz ni voto. Las empresas que dedican importantes fondos al apoyo de campañas políticas suelen obtener contratos ultrapreferentes para el dominio de los recursos hídricos. A veces incluso ocurre que los grupos empresariales que hacen presión en los pasillos terminan redactando el enunciado de los acuerdos y tratados que adoptan los gobiernos. Esta práctica ha dejado en entredicho la legitimidad de los gobiernos en todas partes.

Se deben de crear procesos mediante los cuales los ciudadanos, los trabajadores y los representantes ecológicos sean tratados como socios a partes iguales a la hora de determinar las políticas relativas al agua y sean reconocidos como los verdaderos herederos y guardianes de los principios indicados.

10.El agua no será un recurso sostenible si prevalecen as políticas de mundialización económica.

Los valores de la mundialización económica, es decir el crecimiento ilimitado y la expansión del comercio mundial son totalmente incompatibles con la búsqueda de soluciones para resolver la escasez del agua. Concebida para recompensar al más fuerte y al menos escrupuloso, la mundialización económica pone fuera de juego a las fuerzas de la democracia local que tan desesperadamente hacen falta para asegurar el futuro del agua. Si aceptamos el principio que para proteger el agua debemos esforzarnos por vivir dentro de nuestros propios cauces, se debe renunciar a la práctica de percibir al mundo como un sólo, único y perfectísimo mercado de consumo.

La mundialización económica perjudica a las comunidades locales por el hecho de facilitar el movimiento de los capitales y permitir el robo de los recursos locales. La liberalización del comercio y de las inversiones permite a algunos países vivir por encima de sus medios ecológicos y de los recursos hídricos de los que disponen; otros abusan de sus fuentes limitadas de agua para irrigar los cultivos que destinan a la exportación. En los países ricos, las ciudades e industrias nacen y crecen en un abrir y cerrar de ojos en los desiertos. Una sociedad que lucha para que el agua sea un recurso sostenible, se opondría a este tipo de prácticas.

Sólo se podrá alcanzar un futuro sostenible, si buscamos una mayor autonomía regional, que no menor. El construir nuestras economías sobre la base de los sistemas hidrográficos locales es la única manera de integrar políticas medioambientales sensatas con la capacidad productiva de la gente, a la par que proteger nuestras aguas.



Conclusión


El mundo acaba de celebrar el cincuenta aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948). Esta declaración señaló un momento clave en la larga epopeya internacional en pos de afianzar la supremacía de los derechos del ser humano y del ciudadano por encima de todo tipo de tiranía política o económica. Junto con el Convenio Internacional sobre Derechos Económicos Sociales y Culturales y el Convenio Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos, dicha declaración viene a ser La Carta Magna del siglo XX. Aparte de otorgar los plenos derechos humanos a todas las personas de la tierra, cualquiera que sea su raza, su religión, su sexo y muchos otros criterios, la Declaración incluye los derechos del ciudadano, y los servicios y protecciones sociales que todo ciudadano tiene el derecho de exigir de su gobierno.



Estos derechos incluyen la seguridad social, la salud y el bienestar de la familia, el derecho al trabajo, a una vivienda decente y a cuidados médicos. Los convenios obligan a los gobiernos a aceptar la obligación moral y jurídica de proteger y fomentar los derechos humanos y democráticos señalados en la Declaración y contienen las medidas necesarias a su implantación. Los derechos y responsabilidades indiviuales los ciudadanos, tal como quedan establecidos en la Declaración, junto con los derechos y responsabilidades colectivas de las naciones-estado, tal como quedan establecidos en los convenios, constituyen las piedras angulares de la democracia del mundo moderno.

Pero medio siglo después, la falta de acceso al agua potable quiere decir que se le deniega a más de mil millones de personas un derecho garantizado en la Declaración de las Naciones Unidas. En el transcurso de estos cincuenta años, los derechos de los capitales privados han aumentado en proporción, mientras que los derechos de los pobres han desaparecido del mapa político. No es ninguna casualidad que el deterioro y el empobrecimiento de los sistemas hidrográficos del mundo coincidieran en un momento en que las grandes multinacionales incrementaban su poder y que se creaba un sistema financiero mundial en el que las localidades, los pueblos indígenas y los agricultores se han visto privados de sus derechos.

El papel del estado se ha alterado profundamente en las últimas décadas. Tal como lo explica el escritor y activista Tony Clarke, "las empresas sin identidad estatal están consiguiendo transformar a las naciones-estado y amoldarlas de acuerdo con sus intereses relativos a las inversiones y a la competividad a nivel mundial." Parece ser que los gobiernos y las instrituciones gubernamentales, inclusive las Naciones Unidas, han decidido hacer caso de estas fuerzas empresariales en el peor de los casos, y en el mejor, resultan incapaces de hacerles frente. El ciudadano se encuentra con que tiene que luchar y defender sus intereses por sí sólo.

En los últimos años, se ha constituido un movimiento internacional de trabajadores, de defensores sociales, de grupos de derechos humanos y de organizaciones ecológicas que intenta conseguir que las cuestiones humanas y ecológicas vuelvan a formar parte del programa político. Están formando poderosas alianzas entre ellas para influir sobre la política gubernamental en sus propios países y en todo el mundo, con vistas a desmantelar o al menos reformar las instituciones mundiales que obran en su contra. Los educadores públicos mantienen encuentros para iniciar el asalto encaminado a concienciar al público. Los ecologistas aunan sus esfuerzos para aminorar la marcha de los acuerdos internacionales de libre comercio. Los activistas internacionales que luchan contra la pobreza mantienen encuentros regularmente para forjar un nuevo "contrato social" internacional que propondrán a sus gobiernos.

Otros grupos de esta índole están procurando crear lazos entre ellos y tomar medidas directas para proteger el agua. El Proyecto Planeta Azul (Blue Planet Project) es una iniciativa internacional lanzada por el Consejo de los canadienses (Council of Canadians), para sustraer el agua dulce del mundo a la sombra cada vez más amenazadora del libre comercio y de la privatización. Durante el foro mundial sobre el agua mantenido en marzo del año 2000 en La Haya, los activistas del Canadá y de más de una docena de otros países organizaron la oposición al programa de privatización del foro y crearon una red internacional para proteger el agua como recurso común y derecho humano fundamental. El Proyecto Planeta Azul, que es un movimiento de la sociedad civil a nivel popular, pretende convertirse en una fuerza dinámica en todos los países y localidades del mundo.

Ha llegado el momento de adoptar una postura clara, con principios bien definidos, para poner alto a la devastación sistemática de los sistemas hidrográficos del mundo. A largo plazo, las naciones-estado tendrán que disponer de nuevas herramientas para establecer la normativa y las protecciones necesarias para salvar sus sistemas hidrográficos. Se debe desarrollar un derecho internacional que reconozca las obligaciones sociales del capital mundial en lo que se refiere a los intereses de los bienes comunes acuáticos del mundo, y que tenga el poder ejecutorio necesario. Pero si queremos salvar el planeta tierra, lo más fundamental es que sus ciudadanos empiecen a movilizarse sin perder ni un segundo más.



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Maude Barlow es Presidenta Voluntaria del Council of Canadians, el grupo de propugnación más amplio de Canadá. Es miembro fundador del Foro Internacional sobre la Mundialización (IFG) e integra su junta directiva. Conocida como oradora, organizadora y comentarista, Maude Barlow desempeñó un papel crucial en el movimiento internacional de ciudadanos que puso fin a las negociaciones de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) con respecto al Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (MAI).

Es autora de 12 títulos, todos de gran acogida, sobre los efectos del libre comercio y la mundialización en los programas sociales, la educación, los medios de comunicación y el medio ambiente.





Edición revisada

Primavera 2001



Autora: Maude Barlow
Presidenta nacional del Council of Canadians (Consejo de los Canadienses)

Presidenta del Comité sobre mundialización del agua del IFG





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