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El castigo.- 29/7/04 (Uruguay)
 

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El castigo.- 29/7/04 (Uruguay)


 


URUGUAY

El castigo

La Ingratitud (1998) de Ying Chen (Shangai, 1961) es la tercera novela de esta excepcional autora china que escribe en francés y que actualmente reside en Canadá.
Yan Zi, una joven china de familia pobre, se ha suicidado y se encuentra aún en un limbo entre los vivos y los muertos. Desde allí recapitula y analiza los últimos momentos de su vida, momentos subjetivos que se vuelven condición y causa para la autocondena que cumple. Su testimonio sobre la rigidez de las relaciones familiares y sociales, una mirada inteligente, irónica y desgarrada de su entorno y de cómo éste y sus normas operan en cada gesto íntimo, constituye la trama de una novela de fuertes rasgos existencialistas. En ella, su autora logra trazar, mediante una brillante mezcla de lenguaje directo y belleza de imágenes, la entrelínea de una vida cotidiana de apariencia inocua y trasfondo abominable. La constante regente es una gran violencia, siempre contenida y siempre a punto de estallar. Dentro de las relaciones intangibles a las que accedemos de la mano de Yan Zi se encuentra su madre, centro del relato. Habiéndola poseído como a un objeto, esta madre ha conducido a su hija por un camino corto y sin salida: el de la ciega obediencia a los deseos ajenos, y el de la culpa como mecanismo de posesión y manipulación. La "ingratitud" a la que refiere el título es hacia esta madre que le dio la vida al tiempo que la condenó a vivirla bajo su yugo. Siendo el matrimonio también dominado -como todo en la órbita de los vivos- por su progenitora, el único escape para Yan Zi, la única forma de ser, finalmente, ella misma, pero también la única forma de venganza, es la propia muerte. Chen logra unificar dos culturas (oriente y occidente) a partir de la lucidez con que interpela esa máscara de las "buenas costumbres" y la "férrea moral" tras la que se oculta la hipocresía de toda sociedad. Pero Yan Zi refiere a su muerte como a un "exilio", y esta sugerencia que aparece durante toda la obra, invita a una interpretación menos literal de la obra de esta china-canadiense. La voz de la protagonista vomita su resentimiento para concluir, finalmente, que todos pertenecemos a algo, y que sin eso no somos nada.
La prosa de Ying Chen abunda en elementos dramáticos, y la idea de llevarla a la escena puede resultar tentadora. El reto, sin embargo, no es menor. El valor del texto reside en la potencia de las imágenes que sugiere y sobre todo en las connotaciones de una entrelínea que la autora maneja con sutileza y virtuosismo. ¿Cómo plasmar entonces, mediante el dispositivo teatral, una prosa tan rica como difícil de asir? A este desafío se enfrenta Sandra Massera con El castigo, las muertes de Yan Zi, y lo resuelve mediante la transcripción literal de ciertos fragmentos según una lectura propia que intenta, más que una interpretación, un seguimiento fiel de la línea del relato original. La opción es la de un teatro "épico" (según su acepción brechtiana) y no dramático. El camino resulta el más sencillo, pues es el que sugiere la propia estructura del texto, que aquí no varía. Sin embargo, este camino no se destaca de forma evidente como un acierto para una escenificación que merece, a nuestro entender, otro tipo de trabajo dramatúrgico. Si la novela se desarrolla a partir de una narradora omnisciente, el aporte desde lo teatral pudo haber estado en una apelación al desarrollo de acciones dramáticas, más que a la exposición de situaciones. De todos modos, es opinable. Lo cierto es que en este pasaje del hecho literario al hecho teatral, los personajes se mantienen en la distancia que marca la voz narradora, y son -más que representados- "mostrados" mediante una acentuación lúdica de la teatralidad de la representación.
El espacio escénico recrea, mediante cuatro paredes de tela, esa "sala blanca y sin ventanas" en la que el cuerpo de Yan Zi espera ser cremado. Ese estado imposible entre la vida y la muerte en que se encuentra la protagonista es resuelto mediante una suerte de "juego de dobles" entre la actriz (Lila García) y un "cuerpo-réplica" que yace durante todo el espectáculo sobre su camilla. El resultado es una atmósfera enrarecida, casi onírica, que sirve al efecto deseado.
En el ámbito casi vacío, los actores marcan los límites de su territorio funcionando, cada uno, como pivote en torno al cual se organizan los demás. La iluminación focaliza, con una alternancia pausada, las "zonas" de cada uno de los personajes, que permanecen siempre en escena a excepción de la protagonista.
La mayor dificultad aparece a la hora de darle carnadura a ese personaje fascinante y complejo que es Yan Zi, y a partir del cual Chen construye a los otros. Éste resulta bastante más ingenuo y "plano" en el recorte de Massera, y pierde contundencia respecto al original.
Un intento de "rescate" de parte de la información que no aparece en la voz de los personajes sino de la narradora, así como reiteraciones que pretenden acentuar ciertos pasajes del texto, recaen en un coro que la directora introduce y que ella misma encarna. No vital para la comprensión del relato, ni para la estructura que la puesta asume (la narración continúa en boca de la protagonista) su inclusión resulta algo caprichosa y por momentos estorba.
En este universo de Chen las mujeres son fuertes y los hombres, débiles, funcionan por identificación con alguna de ellas. En este sentido la puesta aporta un elemento interesante, que resulta su punto fuerte: los personajes masculinos (el novio, el padre) aparecen "citados" por los personajes femeninos que los dominan (la madre y la abuela, respectivamente) y estas mujeres son, a su vez, encarnadas por actores (Nelson González y Marcel García). Un tercer personaje masculino (Bi, el joven a quien Yan Zi entrega su cuerpo para asegurar su muerte) es acertadamente representado, en su condición de "objeto", por un cuchillo.
Mención aparte merecen los trabajos de Lila García y Marcel García, que denotan profesionalismo y sensibilidad, y que casi logran abatir las carencias que presenta la concepción general de un espectáculo que se queda en una superficie a medio camino entre la poesía del texto y su estetización exagerada.
Creemos, finalmente, que el centro de un análisis de esta puesta debería gravitar sobre la compleja relación que surge entre el objeto de arte (La ingratitud) y su recodificación (El castigo, las muertes de Yan Zi). En ese diálogo, la puesta despierta interés por el material en que se basa; un interés que no logra captar, en tanto objeto independiente, hacia sí misma. Da la sensación, en este sentido, de que esta jugosa novela pudo prestarse a una propuesta de mayor riesgo y más largo aliento.

Lucía Masci. Caras y Caretas. 16 de julio de 2004.

 

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