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Bob
Wilson. “La
vanguardia consiste en redescubrir a los clásicos”.-
29/7/04 (España)
 
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“La vanguardia
consiste en redescubrir a los clásicos”
El mito de
Proserpina, la hija de Júpiter y Ceres raptada por Plutón y cuyo
rapto provoca una terrible hambruna, inspira el nuevo trabajo
del director Bob Wilson. Proserpina, Perséfone se estrena el 22
de julio en el teatro romano de Mérida protagonizada por Emma
Suárez.
Rara es la temporada que no vemos un espectáculo de Bob Wilson
en nuestras carteleras. El director norteamericano es uno de los
más internacionales y, además, se prodiga en diferentes ámbitos
artísticos: si no es la ópera, tenemos ocasión de ser testigos
de una instalación o un espacio que ha diseñado para una
exposición o, como en el caso que nos ocupa, una obra de teatro.
Recientemente estuvo en Barcelona y Madrid con I La Galigo, un
hermoso espectáculo musical inspirado en un poema ancestral de
la mitología indonesia. Ahora vuelve con Proserpina, Perséfone,
producción del Festival de Mérida que protagoniza Emma Suárez y
que se estrena hoy en la ciudad emeritense.
Este tejano de Waco se inició en el mundo de la escena
procedente de las Bellas Artes. Fueron los trabajos de los
primeros escenógrafos colaboradores de Ballanchine, Merce
Cunningham y Martha Graham los que llamaron su atención a
mediados de los años 60. En 1971 creó Deafman Glance en
colaboración con un muchado sordomudo, una ópera que le valió el
reconocimiento del surrealista Louis Aragon, proveyó a los
críticos de un nuevo término, el de la “ópera silenciosa”, y le
sirvió para mostrar que lo suyo eran los montajes de larguísima
duración: Ka Mountain and Guardenia se escenificó durante siete
días en Shiraz (Irán) o The Life and Times of Joseph Stalin, una
ópera de doce horas. Aunque fue Einstein on the Beach, en
colaboración con el compositor Phillip Glass, lo que le abrió
las puertas de los teatros europeos.
ESTILO FÁCILMENTE RECONOCIBLE. Desde entonces ha tenido una
carrera con grandes proyectos en la que ha forjado un estilo
fácilmente reconocible marcado por un esteticismo minimalista:
sus espectáculos están presididos por una iluminación compleja e
impecable presidida por cicloramas de colores, bellas
escenografías por las que desfilan los actores con lentos
movimientos, recreándose en el gesto. Un teatro en el que Wilson
hace convivir la música, el arte, la literatura y la danza y que
le ha permitido colaborar con artistas de muchas otras
disciplinas (Heiner Müller, Tom Waits, David Byrne, Allen
Ginsberg, Susan Sontag, Lou Reed...).
–De entre todos los mitos clásicos, ¿por qué ha elegido el de
Proserpina?
–En 1993 diseñé una instalación artística para la Bienal de
Venecia en un viejo granero: Memory/Loss, que fue premiado con
el León de Oro de escultura. A partir de este trabajo desarrollé
este concepto en 1994, en Gibellina, en Italia, donde dirigí
T.S.E, un trabajo inspirado en La tierra baldía de T.S. Eliot
con música de Philip Glass. Era una especie de “instalación con
actores” puesta en escena en el espacio no convencional de un
granero. Entre las distintas escenas había una dedicada al mito
griego de Perséfone. Trabajando en esta escena, la amplié y
añadí nuevas partes y así he creado la producción teatral
Proserpina, Perséfone.
–¿Qué le fascina del personaje?
–Lo que me fascina es el poder de renuncia que tiene.
(Proserpina, la versión romana de Perséfone, es una alegoría de
la muerte y representa el renacimiento de las estaciones. La
historia cuenta cómo es raptada por Plutón que se la lleva al
Hades o mundo subterráneo. Su madre Ceres, diosa de la tierra,
desesperada va en su busca y descuida los campos, lo que produce
una terrible hambruna. Cuando encuentra a su hija, ésta ha
comido un grano de granada cultivada en el infierno que la
vincula a él. Pero Júpiter, Plutón y Ceres deciden que
Proserpina divida el año entre su estancia en los infiernos,
durante el invierno, y su regreso a la tierra, en primavera).
–¿Qué texto ha seguido para contarnos este mito?
–Principalmente la Oda a Demeter de Homero, que en la obra es
recitada por Emma Suárez en el prólogo, y luego Brad Gooch, un
joven escritor afincado en Nueva York, ha escrito un texto
poético que describe el mito.
–Puede pensarse que el estilo Wilson se adapta muy bien a los
textos épicos. Lo pudimos ver en I La Galigo. ¿Un texto
mitológico le da mayor libertad que uno literario?
–Lo que me gusta de los textos mitológicos o de los poemas
épicos es su abanico de posibilidades, porque casi siempre
cuentan un historia simple. En mis primeros trabajos siempre
intenté crear la visión y dar la sensación de que hacía una
traslación más épica que literaria.
–Contar de antemano con una estructura arquitectónica como el
teatro romano de Mérida, ¿la convierte en el punto de partida
para su puesta en escena?
–Cada vez que comienzo un nuevo trabajo comienzo por el espacio.
Luego creo una estructura y, más tarde, con mis colaboradores,
la relleno. Si la estructura es sólida, entonces uno puede
sentirse muy libre en ella.
–¿Cree que cuando fueron construidos Mérida o Epidauro el teatro
debía ser algo más que un lugar para la representación?
–A mí simplemente me gusta pensar en mi labor como en la de un
artista. Tengo el mismo interés por el movimiento, las palabras,
la iluminación, el sonido, las imágenes. Estoy convencido de que
el teatro es el lugar donde diferentes artes pueden encontrarse.
Y en esta coexistencia hay espacio para la música, la danza, la
actuación.
–¿No le sorprende ser considerado como uno de los directores más
vanguardistas cuando la mayor parte de sus trabajos están
basados en textos clásicos?
–La vanguardia consiste a menudo en redescubrir a los clasicos.
–Creo que actualmente es el director más internacional, de Asia
a Estados Unidos y de allí a Europa; luego usted hace ópera,
teatro, exposiciones de arte. ¿Qué cultura y que ámbito
artístico le queda por explorar?
–Yo concibo mi trabajo como uno sólo, un opus, una construcción,
un producto que evoluciona en el tiempo y que combina varios
elementos y valiosas colaboraciones. Los pasos que doy están muy
claros para mí: Comencé con algunas “palabras silenciosas”, las
que los críticos franceses llamaron “estructuras silenciosas”. Y
siempre he estado interesado en algo que está entre el arte y la
vida.
–Hablemos de The Watermill Center, la fundación que usted ha
creado en Long Island (Nueva York) y que cada año ofrece
talleres a jóvenes artistas. Supongo que para ellos será un gran
incentivo trabajar con Bob Wilson, pero ¿y usted? ¿Qué
satisfacciones encuentra en la pedagogía?
–No estoy interesado en crear una escuela. No enseño un método
en Watermill. Me gusta pensar que es un laboratorio que anima
colaboraciones interdisciplinares, donde el arte, la tecnología,
los negocios y las humanidades interactúan con un espíritu de
innovación. El centro fue creado para dar oportunidades a la
gente joven para desarrollarse como artistas, para vivir y
trabajar juntos formando una comunidad especial, para definir y
explorar sus propios intereses mientras observan y colaboran con
profesionales establecidos”.
700 JÓVENES ARTISTAS. Fundado en 1992, el Centro sirve también
de archivo para los trabajos de Bob Wilson y de sus
colaboradores. Se trata de una fundación sin ánimo de lucro,
financiada con donaciones de organizaciones y particulares. Cada
año un centenar de estudiantes de 30 países siguen el programa
del centro, que se divide en dos partes: por un lado, crean
junto con Wilson, durante un periodo de dos semanas, una
instalación o performance en la que siguen muy de cerca todos
los oficios involucrados. La segunda parte consiste en
desarrollar un proyecto personal. Sobre 700 jóvenes han pasado
por la fundación, los cuales han podido trabajado con figuras de
la talla de la coreógrafa Trisha Brown, el compositor Philip
Glass –que ha puesto música a muchas obras de Wilson–, el músico
Paul Simon, las actrices Isabelle Huppert y Miranda Richardson o
la diseñadora Donna Karan.
Liz Perales. El
Mundo. 23 de julio de 2004.
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