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La
memoria: esa herida en el espejo (Uruguay).- 23/7/04
 
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La memoria: esa
herida en el espejo
El epígrafe a Los
Caníbales guarda una intención: "En recuerdo de Cornelius Tabori,
muerto en Auschwitz, un comedido gastrónomo. Esta es la historia
poco común de unos comensales, narrada por los descendientes de
aquellos que participaron en el festín, así como por ambos
supervivientes, a los cuales les debemos el conocimiento de los
hechos", explica el autor. Escrita en 1968 por George Tabori (El
coraje de mi madre, Jubileo, Mein Kampf farsa), Caníbales pudo
haber sido escrita hoy. El judío-húngaro-británico-alemán
escoge, movido por su propia herencia, el tema del Holocausto.
Pero la pieza va más allá de esta elección. Aborda, de manera
sorprendentemente actual ese universo, y lo trasciende, pues no
redunda en la denuncia de hechos ya conocidos, sino que se
instala, con inteligencia y coraje, en la difícil trama de la
reconstrucción social de una historia. Una que, como todas, no
puede ser más que discurso, interpretación de fragmentos,
lectura que implica y compromete a más de un actor y a más de
una generación, y que siempre aparece atravesada por la
subjetividad y esos momentos de intimidad que los protagonistas,
generalmente, se llevan consigo. La historia no se compone sólo
de hechos, sino del tratamiento de las marcas que éstos dejan.
Así, el autor maneja distintas versiones, según los dos
sobrevivientes, sobre las situaciones que ambos presenciaron 25
años antes.
De ahí la importancia hoy de esta puesta que, de la mano de la
Comedia Nacional y Alberto Rivero, enfrenta al público uruguayo
con una necesidad tan propia como urgente: la de la lectura
analítica y crítica de nuestra propia historia, más allá de los
"datos". No hace mucho TV Ciudad realizó un documental en el que
se le preguntaba a jóvenes montevideanos qué sabían de la
dictadura. El resultado fue espeluznante: el olvido parecía
haber triunfado. Caníbales viene a demostrar que sólo
conociéndonos, en las dimensiones más profundas de nuestra
humanidad, en la exposición de nuestros límites, nuestros
miedos, nuestras contradicciones, nuestras cualidades, podremos
reconocernos.
Hoy, en un tiempo en el que generaciones y generaciones
continúan víctimas del silencio y del desconocimiento de su
propia historia, esta pieza funciona, entonces, como un llamado
de atención, más o menos universal, sobre la elaboración de las
heridas.
Pero ¿es posible para cualquier sociedad "resolver bien" o
apenas "resolver" situaciones terriblemente inhumanas como
Aushwitz o como las propias dictaduras latinoamericanas? ¿Es
posible recuperar algún tipo de dignidad? ¿Qué han hecho con
nosotros? ¿Estará allí la clave que explica la deshumanización
que hemos alcanzado en la actualidad? ¿Somos producto de esas
guerras? ¿Cómo no serlo? Si el poder continúa imponiéndose hoy
con una brutalidad transparente que ya no necesita máscaras,
sólo puede hacerlo porque antes atravesamos estas situaciones, y
porque el camino hacia su comprensión y elaboración es
enmarañado. Por eso es clave la pregunta que cierra esta pieza,
y lo es para víctimas y victimarios: "Papá, ¿qué hiciste en la
guerra?". Dónde estaban, por qué actuaron como lo hicieron, por
qué hoy actúan así, por qué y cómo murieron, qué pasó realmente,
son las preguntan que atraviesan los cuerpos escritos de los
hijos y nietos de todas las guerras, y la búsqueda de su
respuesta es un acto vital imprescindible.
Aquí, los hijos de los muertos en Aushwitz se encuentran con dos
de los sobrevivientes. La historia, que se focaliza en un
episodio durante la convivencia de doce presos en una barraca
(cocinaron y se comieron a uno de ellos), trasciende el tiempo y
el espacio y abre paso a una pintura de personajes y
subjetividades que resulta, en su cotidianidad, trascendente. No
sólo conviven muertos y vivos, sino que los personajes se
desdoblan en unos y otros, según el relato. Los protagonistas y
sus descendientes son representados por el mismo actor en cada
caso, pues uno y otros serán el mismo mientras la historia se
repita, mientras el olvido sea una posibilidad. Cabe señalar en
este punto, que la puesta de Rivero no alcanza a sortear con
éxito esa dificultad en el texto. Los planos tienden a
unificarse en uno solo (el del campo de concentración), y los
cambios de tiempos y personajes se vuelven confusos.
Si todos los pueblos del globo tienen una historia secreta, una
historia de humillación y barbarie, el hallazgo de Tabori es,
más allá de la elección de la atmósfera -que pudo haber sido
cualquier otra-, plantear el tema a través de los descendientes.
Trae, más allá de los hechos, los discursos sobre los hechos, y
la pieza logra entonces, así, gravitar sobre un público que se
encuentra hoy en un particular proceso de elaboración: la de sus
propios flagelos, la de sus propios silencios.
"Sobrevivimos 2 de nosotros. Heltai tiene una fábrica de
juguetes. Yo soy ginecólogo. Me va bien: 2 automóviles y
parrillero al aire libre en el jardín", cuenta Hirshler, y esta
es tal vez la mayor ironía. Que todo continúe como si nada
hubiese pasado. Que tal vez sus descendientes puedan estar,
ahora mismo, asesinando palestinos. A esto, el personaje suma
una desopilante descripción de sus visitas a un psicoanalista
que no lo escucha ni lo entiende, y que encarna, metonímicamente,
al conjunto de una sociedad demasiado preocupada por otras
cosas.
Entre las miserias aquí consignadas no aparecen sólo los
flagelos físicos sino también los intelectuales. Estos hombres
intentan recordar sus vidas lejos del horror, mantener, bajo
cualquier medio, su "humanidad". Y ésta, es su cultura. Como los
presos políticos uruguayos que llegaron a "hacerse amigos" de
una mosca o de una alpargata para no enloquecer, estos
personajes construyen historias mezclando realidad y desvarío,
para no volverse del todo los animales en que se los pretendió
convertir. Para estirar el último hilo de vida, o para esperar
la muerte con algo de dignidad. Las danzas, los ritos, los
cuentos, las anécdotas, les recuerdan quiénes son, aunque el
encierro prolongado, el hambre, la falta de referencias,
dificulten la tarea. Pero el horror es presentado a través del
humor, y este es uno de los mecanismos mediante los cuales
Tabori busca dignificar lo más indigno. Porque aquí se dice lo
no dicho, lo que no aparece en la denuncia, lo que compete sólo
a cada hombre, a cada individualidad, a cada uno de los
personajes en los que se expresa esa "condición humana", si se
nos permite un concepto tan vago e inaprensible.
A nivel formal, Tabori no rompe del todo con la representación
de una cierta "realidad" consensuada. Pero también intenta
desnaturalizar lo naturalizado. El tratamiento que hace del
concepto de poder, en tanto componente de lo humano, es un
ejemplo. Lo abstrae de tal modo que desplaza el centro de
reflexión, desde el objeto concreto que aborda, hacia la
generalidad planteada en el tema. No hay aquí, explícitamente,
víctimas y victimarios, sino hombres llevados al extremo. Los
propios presos establecen entre sí jerarquías, mecanismos de
poder, y tienen un enorme apego a lo normativo. Estas normas
aprendidas, que también son aquí puestas en tela de juicio,
aparecen en las características de los vínculos que los presos
desarrollan y evocan: la relación entre El Tío y El joven
Ramasseder, o la evocación que hace el profesor Glatz de su
madre, son ejemplos. Lo cierto es que cada uno está solo, más
allá de la forzada unión.
Estos presos que funcionan como rebaño o como masa informe
peleando por la supervivencia, pero que también han sido y
siguen siendo personas, con roles sociales (el cocinero, el
profesor, el extranjero entre los extranjeros, el estudiante de
medicina) que pretenden proyectarse ahora en su nueva condición
impuesta, construyen una atmósfera de cotidianidad enrarecida
que se mezcla con el horror a partir del humor y la ironía como
las armas de defensa.
"Deja de lado esa mierda filosófica y dime simple y llanamente
que mierda hiciste tú en la guerra", reclama el hijo del Ángel
de la muerte ante las mecánicas justificaciones de su padre
nazi, y aquí aparece otro punto interesante. Se trata de la
"humanización del monstruo", esa que lo hace vulnerable, esa que
abordara magistralmente, unos años después que Tabori, el
argentino Tato Pavlovsky respecto a los militares de la
dictadura (Podestá, El Sr. Galíndez).
Un rol a atender es el del Capo: aunque casi no interviene, él
es quien cambia la historia mediante la selección de momentos en
su cámara, como se hizo y se continúa haciendo, en todas las
masacres. Su "clic" podría ser hoy el de las cámaras de la CNN.
Pero si la historia siempre la escriben los poderosos, ¿qué pasa
con esta de los judíos? Es distinta, porque es la más
denunciada. Pero Tabori no denuncia esa historia, sino lo que
queda después. Los hijos del Capo, como los hijos del Ángel de
la muerte, son también víctimas, y esto es parte de lo indecible
que hay en Caníbales.
La puesta de Rivero es una transcripción escénica casi literal
de las indicaciones de Tabori, pero no logra superar los
desafíos que plantea la complejidad de la trama. El resultado es
una escenificación cuya extrema simpleza conduce a una sensación
de homogeneidad que compromete, por momentos, la comprensión del
espectáculo y hasta la identificación de los propios personajes.
La dirección se afinca en esa austeridad para la recreación de
una "barraca" en la que el público es integrado como parte de la
escenografía, "colgado" incómodamente de andamios desde los
cuales observa a los personajes hacinados en un corredor. Da la
sensación de estar sentado en sus camas, y en este sentido la
puesta compromete al espectador, más allá del texto. Sin
embargo, creemos que pudo darse aún un paso más. Rivero apela a
las virtudes de un elenco de excelencia, y lo hace funcionar
como a un bloque compacto, aunque sin desdibujar los rasgos
individuales que resaltan en cada uno de los protagonistas. La
coincidencia entre habilidades actorales y tipos físicos ideales
para cada rol parece servida. La atinada elección de los actores
es uno de los aspectos a destacar. Un ejemplo de ello es el
papel del cocinero Weiss, que parece escrito a la medida de
Alberto Sobrino. Se destaca el trabajo de Juan Worobiov, en el
complejo y fascinante papel de El Tío, el actor que intenta
hasta el último momento mantener las formas para conservar su
dignidad, negando la realidad, mintiendo y mintiéndose, incluso
traicionando. Por su parte, Lucio Hernández aporta, como
siempre, esa excelencia que da placer en el manejo corporal y
gestual, y en este sentido se despega del conjunto. Pablo
Varrailhón merece, también, mención aparte por la brillante
sutileza con que encarna a su joven Ramasseder, ese cuyos
reclamos a El Tío funcionan como un espejo de las preguntas de
las nuevas generaciones. Julio Calcagno, Tito Prieto, y Ernesto
Laíño matizan con adecuación y brillo cada una de las
inflexiones de sus personajes. El resto del elenco se desempeña
con justeza y completa un cuadro actoral compacto y sin
desbalances.
En un equipo técnico de primera línea, importa destacar el
trabajo de Paula Villalba en el diseño y tratamiento del
vestuario, y una selección musical que no pudo ser mejor. La
coreografía de Jannette Dreyfus aporta a la precisión del
rendimiento grupal, y otorga la intensidad justa a la escena de
amor protagonizada por Buno Cetraro y Alberto Sobrino.
Finalmente: ¿Qué valor tendría, hoy, seguir repitiendo una
denuncia? Poco, salvo que la presentación de los hechos y sus
consecuencias conduzca a otros hechos y otras consecuencias
similares, y mueva así a una reflexión de más largo aliento,
sobre nosotros mismos. Esto es precisamente lo que ocurre en
Caníbales, y no es un gesto menor.
Lucía Masci.
Caras y Caretas. 9 de julio de 2004.
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