|
" Instantes "*,
Estilete de esperanza
Instantes es una esperanza en acción. Es un
alegato por la causa de la Humanidad y una
declaración de principios que excluye
neutralidades. Es un arrullo ético-estético,
axiológico, y un llamado a la resistencia hacia lo
que mata la vida; resistencia como la de Prometeo
ante el suplicio, que también Luis Arias Manzo
sufrió. Instantes contiene una historia de amor y
es un himno de amor hacia sus pares humanos. Hacia
su madre -solísima y poblada de dolor, cuando el
exilio del hijo en nuestra amada Francia, y hacia
Audrey, sa fille aimée-. Es negación de la
finitud, cuya entraña sutil el autor nos muestra,
en ofrenda y honra.
|
¿Novela, ensayo,
prosa...? Reniego de las calificaciones ortodoxas y /o simplistas. Y
no tiembla mi pulso -pero sí, y de regocijo, mi "adentro"- para
decir que Instantes es poesía. Pero Arias Manzo no hace alardes con
ella, ni siquiera en los pocos poemas -travesuras del Infinito- que
ofrece como tales e intercala en la narración. Sus travesuras del
Infinito son poemas que hacen, si cabe, más poético lo que no
presenta como tal... y ellos hacen de las suyas. Saben que Arias
Manzo pertenece al cortejo histórico de "trovadores" que buscaron, y
encontraron, entre los intersticios de la vida cotidiana y en sus
"arrabales" -aparentemente menos |

|
"poéticos", o no
poéticos "por definición"- la prosa. Prosa en principio adecuada
exclusivamente a lo "prosaico" de la vida cotidiana. Prosa que
encierra tesoros que, según se creía hasta no hace mucho, radicaban
solamente en el Olimpo celestial.
Entre estos "trovadores", pienso en un novelista (y poeta) como
Joyce, con su "Ulises-Bloom" navegando "banalmente" por un Dublín
lleno de hombrecitos y mujercitas oscuros como el propio
protagonista. O, ¿por qué no?, en un novelista (y poeta) como
Raymond Queneau, cuya encantadora "Zazie" -en su novela Zazie dans
le métro- pretendía confinar toda su "odisea" a un viaje por los
túneles del metro de París. |
En Instantes, la
"odisea" se limita a un viaje de tres días y dos
noches, en autobús, entre Santiago y Río de
Janeiro (con paso por Argentina y Uruguay); y a
otro viaje de vuelta de igual duración, y en el
mismo incómodo y lento y traqueteante medio de
transporte. Y nuestro "Odiseo" es el propio autor.
La excusa (la prosa) es el viaje real de Arias
Manzo a Río, en diciembre de 2001, invitado a la
presentación del libro Diáspora, de sus amigos
brasileños José María y Thereza Rabelo. En la obra
-dice Arias Manzo- éstos "narran su infausta
travesía por países de asonadas militares y
fascistas, comenzando por su propia tierra, donde
con la caída de Joao Goulart [presidente
constitucional de Brasil, de tendencia de
izquierda] en mil novecientos sesenta y cuatro, se
había iniciado la época [en el conjunto de
Hispanoamérica] de los golpes de Estado y de los
'gobiernos gorilas'. Todos ellos traidores puestos
al servicio de la primera potencia mundial, hoy
reafirmada en Imperio, y de los mezquinos
intereses de las minoritarias clases burguesas
locales de América Latina".
La prosa, claro, es siempre "línea recta", aunque
se presente fracturada o bifurcada. Y en este caso
se transmuta en poesía, cuando la línea recta del
viaje se vuelve elipse, curva, espiral, giro, en
el seno mismo del "prosaico" mundo que toma por
objeto el relato. O, como dice el autor, y no en
prosa sino en sus travesuras al Infinito: "...
Todo gira, como gira la ciudad, / Con sus
hambrientos en las esquinas / Y los hombres de
negocios que giran, / Y las prostitutas que buscan
girando, / Como yo, Amor, como yo, /Que te busco
atolondradamente rodando, / Y no te puedo
encontrar." (De "Los círculos viciosos de la
existencia", pág. 121).
Y giran también esos instantes que dan título al
libro. Los cotidianos y prosaicos, las
"pequeñeces"; aquellos que "son lo eterno", en
cita de Antonio Porchia recogida como epígrafe por
el autor. Y que hacen de "lo demás, todo lo demás,
lo breve, lo muy breve".
Pero instante y eternidad son lo mismo en Arias
Manzo. Entonces la poesía consagra aquello que
condena la prosa. Lo consagra narrativamente per
se, y lo ratifica como travesura al Infinito en y
dentro de la prosa: "Y así, eternamente,
perpetuamente, / Todo, como tú, y como yo, Amor, /
Todo se reencuentra, Amor, todo se va, / Y todo
vuelve. Así. En un instante todo retorna".
Como retorna en Instantes la tensión entre lo
material y el Azul, entre lo pedestre y lo
sublime; entre finitud y Absoluto, entre fe y
escepticismo... Y todo ello alcanza sus cumbres y
sus abismos casi simultáneamente.
Tensión, sí. Síntesis de los contrarios, para Luis
Arias Manzo, y coincidimos, síntesis, pero no la
mentada "atracción de los opuestos". Puerta que se
abre y puerta que se cierra. Amor e indiferencia.
Lo inasible y lo vacuo. Estilo y ostentación. El
Poder y la carencia. Vida que quiere vida y muerte
que siembra muerte. ¿De qué "atracción" hablan?
Travesura del Infinito, poesía en la prosa. Y uno
de sus vértices en esta obra, cuando el
protagonista-autor evoca sus instantes sin tiempo
en Mendoza, Argentina. El primer lugar suyo para
esa clausura del Ser que es el exilio.
Arias Manzo los veía correr en pos de una
martineta. De "una ave de la familia de las
gallinas, que emprende un vuelo hasta doscientos o
trescientos metros máximo y, cuando cae, sigue
corriendo a una velocidad difícilmente alcanzable
por un hombre". Y al principio le fue negada esa
fracción de Absoluto, esa Travesura al Infinito
que lo habita, y cada vez más, y vaya si lo sé. Y
no se sumó a la aventura. Hasta que el mandato del
Azul fue de nuevo, y como siempre, su timón. Y
entonces corrió junto a aquellos "que entendían el
sentido de la libertad a su manera, en una carrera
loca detrás de un pajarraco que nunca se
alcanzaría. Fue mientras corría montaña abajo
cuando sentí cómo me desprendía del dolor que me
producía estar lejos de mi país".
Bendita martineta, metáfora de libertad y
develación. En aquellos días de crímenes
silenciosos, Luis Arias Manzo -en su primer
exilio- tuvo que trabajar como "hormigonero" en
Yacimientos Petrolíferos Fiscales, hoy "Repsol
Y.P.F.", capitales de España. De la "Madre Patria"
de los argentinos, que hoy los expulsa cuando a
ella recurren por desempleados, por excluidos, por
puños rotos contra las puertas del anhelo.
Martineta bendita que lo hizo encontrar-se, cuando
se vio "inmerso en el grupo de trabajadores que
corrían en forma desordenada saltando rocas,
arbustos y grietas. Por primera vez formaba parte
de un equipo de obreros rudos que entendían el
sentido de la libertad a su manera".
Cansado de carretilla y pala y con su miedo por
"vivir en un país [Argentina] que estaba al borde
de la guerra civil y en donde los cómplices de la
dictadura de Pinochet mataban a chilenos en
aquella maldita 'Operación Cóndor'... fue mientras
corría por las quebradas de aquellas montañas
entre porrazos y porrazos, viendo a mis compañeros
cómo se volvían a levantar con más fuerza e ímpetu
aún después de cada caída, que entendí el
sacrificio y el verdadero significado de aquella
carrera: despojarme progresivamente del
sentimiento de ser un explotado de la Tierra. Fue
durante aquella carrera cuando me sentí libre por
primera vez, comprendiendo el precio de la
libertad de los hombres que sufren".
¿Por qué la capacidad de recuperación del ser
humano?, me pregunté muchas veces. Sobrevivientes
de torturas y horrores -como Luis-, viven, crean,
aman. Porque para algunos, como él, su prójimo es
el mundo. "¿Quiénes son los que sufren? No sé,
pero son míos" (Pablo Neruda)
El amor a sus demás. Y sus instantes de amor con
la brasileña Betsabet, su compañera imprevista de
asiento en el mismo autobús. El amor, que es
sustantivo y certidumbre, en los tres días y las
dos noches de regreso de Río a Santiago.
Y en la Terminal chilena, la separación. Y
entonces, Arias Manzo se pobló de silencio. Como
el de Rimbaud, cuando a sus dieciocho años terminó
Una temporada en el infierno. Como el de Hölderlin,
entre poema y poema. Silencio, como el de un
adagio en el desierto. Silencio de "martineta" que
"nunca se alcanzaría".
Silencio que para nuestro poeta y narrador de
travesuras al Infinito es también síntesis de
contrarios, incredulidad que se resuelve en una fe
final, instante interminable:
"Las cosas giran como gira la historia; / El
nacimiento surge de un círculo indescriptible, / Y
el renacimiento mana de una gran rueda / Cuando
agotada deja de girar. / Entonces, naces tú y
nazco yo, enamorados ya. / Y nos vamos por la
vida, lejanos, / Pero, en la rodoviaria* nos
volveremos a encontrar."
Bienvenido, Luis -otra vez, ahora con Instantes- a
la rodoviaria de Poesía que une Belleza y Verdad,
Libertad y Justicia, Amor y Fraternidad. Tu poesía
desgarra el viento, como estilete de fe en el
destino humano. Palabra de ojos limpios y mirada
sin sombras, la tuya. Palabra de virginidad para
el mal. Palabra creadora de albas, para una
Humanidad siempre insomne. Por la vida.
* Terminal de buses
Cristina Castello
www.cristinacastello.com
--------
Luis Arias Manzo, " Instantes ", Apostrophes
Ediciones, Chile 2004, 126 pp.
Cristina Castello
www.cristinacastello.com
info@cristinacastello.com
paginadigital
|