|
|

|
El amasijo
EL HOMBRE DE LA
BOLSA
(Donde se habla de
perjuicios y manyabrolis) Por: John Argerich
|
 |
Imprimir 
|
El Danielito
Recoletti había sido de todo en esta vida. Salvo
chorro, botón, o linyera, claro, que para él
esos oficios constituían lo más mistongo de la
escala laboral. Chorro, porque afanando te
chapan siempre. ¡Botón, para qué hablar! Y
linyera mucho menos, siendo amigo del confort.
Así que cuando llegó a Malmö, se hizo vendedor
ambulante. Que con la mosca del Social se morfa
a diario, pero nadie hace carrera. Una movida
grosa, aunque no de carambola, sino por falta de
habilitación municipal. ¡Pobre Dani! La vaca se
le hizo toro cuando quiso laburar en la parada
del bondi.
-¡Jabones, peines, antisudoral… Todo lo que
exige la elegancia moderna…! -ofrecía, muy
consciente de su papel.
-¡Deje subir a los pasajeros! -gritó un chófer,
preocupado por el horario.
Y como Recoletti no le daba bola, se cabrió
tanto, que avisó por radio. Así que al ratito
cayó la cana.
-¿Que carajo estás haciendo ahi, negro de
mierda? -dijo uno, para empezar a conversar.
-¿No ves que estás molestando?-agregó otro.
-¡Mostrame el pasaporte!- dispuso el jefe.
Y después de observarlo unos minutos, dictó
sentencia.
-¡Rajá o te saco a patadas!
Lo de siempre, así que llevado por la malaria,
nuestro crédito acabó tocando timbres. Un laburo
de órdago, sobre todo a la mattina. Y adentro
del melón, le gambeteaban las estrofas tristes
de un gotán.
"Cuado gastés los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar…"
-¡Peines, alfileres de gancho…! ¡Vendo todo
barato…! -decía el pobre a modo de presentación
en sueco básico, si le abrían la puerta.
Pero de tanto ir el cántaro a la fuente, por fin
se rompe. Así que tras mucho correr la coneja se
avivó que ese era una busquerre sin futuro.
Mejor vender algo que creara más expectativas.
Con lo cual aumenta el lucro, disminuyendo
esfuerzos. Dimensiones que, según batían
nuestros mayores, son inversamente
proporcionales. No matarse para parar la olla,
un decir. Y con tan precisa ubicación
primermundista, Danielito probó todos los fatos
que hay. Cigarrillos polacos, quinielas
extraoficiales, licor hecho en casa, ropa usada,
el tuttiquanti de siempre. Hasta que cierto día,
en lo más hondo del balero, se le prendió un
farolito de papel. El negocio para pasar al
frente eran las bolsas de plástico. De esas que
te dan en el super para no tener que llevar la
carne en el bolsillo. Recogerlas por la yeca es
gratarola. Después sólo hace falta una somera
limpieza , y se las puede colocar en cualquier
feria dominguera. A precio de ocasión, eso sí,
porque los clientes son caretas para buscar la
pichincha. Cualquier cosa que ofrecés piden
rebaja, y cuando te dejaron como turco haciendo
la plancha, sacan tarjeta de crédito. Ni un sope
para muestra, la verdad. Pero en esos
bolichongos hay oportunidades, y el que rebusca
pierde stock por falta de envase. Un balurdo de
pilchas, morfi, chiches para el bulín, y libros
viejos, que es difícil llevar en la mano.
Arriesgado oficio además, con la manga de pungas
que andan sueltos. Los cuales aportan en patota,
y si están medio cebados, te piantan hasta el
funye, sin darte tiempo de reaccionar.
-¡Vendo bolsas usadas! -ofertaba el Dani, con
potente voz.
Y de tanto oírlo, la gente empezó a comprar.
Hasta que se convirtió en estrella del quehacer
dominical. Entonces muchas mamás lo utlizaban
también como punto de referencia para meter
pavura a algún pibe con alma de fakir.
-¡Mirá nene, ahí está el hombre de la bolsa! ¡Si
no comés la sopa, le digo que te lleve!
Y el nombrecito prendió, máxime al ampliar el
Dani su línea comercial con bolsitas hechas en
papel maché. A lo que siguió merca buena de
arpillera sintética, para exigentes. Porque a
los cambalaches también va la gente bien.
-¡Salud, hombre de la bolsa! -decían los
feriantes, al verlo pasar.
Y como estaba en la onda expansiva, empezaron a
saludarlo con respeto. Después le dieron
crédito.
-¡Lévese esas medias y me las paga el domingo,
don Daniel!
-De dinero ni hablemos… ¡El televisor es suyo,
che!
Negocios entre paisanos, siempre. Con quienes
uno se maneja bien, hablando el mismo idioma. La
castilla que Cervantes nos legó. Aunque cada
tanto haya que dar una frenadita, para
explicarse.
-Mira gallo, los cabros no entienden cuando
dices "morfar"…
-¡Lastrar, manducar, echar pienso a la bodega! ¿Pescás
ahora, che?
-Más o menos, compadre…
-¡Compadrito a la violeta! -agegó un oriental.
Y el chango Recoletti se quedó semblanteándolo.
Que si escuchás pimienta, los locos manyan la
lunfa casi más igual que uno. Algo nerviosos,
tal vez.
-¡Rajá p'al campito a rejuntar boniatos, rajá!
-dijo el guruya.
Y la cosa no fue para más, porque Danielito no
le dió cinco de esférico. Estaba claro que
cuando pasás al frente, no hay dos que te miren
igual. Primero fue el éxito, luego vino la
elegancia, que aporta fama de bacán. Porque es
mentira que el hábito no haga al monje. ¡Andá al
banco, a pedir un crédito, vestido de atorrante,
si no! ¡Andá a visitar un vecino que está en
cafúa, y después me contás cómo te trataron en
la guardia! Lo cierto es que en las fiestas
latinas, Danielito dejó de pasar desapercibido.
No por andar haciendo bandera, que sin timidez
visible, era discreto. Sino porque los pendes
cantaban coplas alusivas, al verlo pasar. Y
siempre se acordaban de una, burrero viejo como
fué.
"Cómo tembló Palermo,
cuando sacando vales
pelaste la de cuero,
repleta de tovén!
-Pero no hablemos más de matungos, que me se
frunce el cuore -decía él- y por ahi tengo un
soponcio a temprana edad.
Sea como fuere, la delicia siempre es pasajera.
Y un negro día, el boncha que lee las noticias
por TV 2, dijo con cara de "falta envido":
-¡Cayó la bolsa! ¡Debacle en Hong Kong! Se teme
que la onda expansiva produzca una crisis
mundial…
Poco después, en la feria cundía el pánico.
-¿Le prestaste plata al de la bolsa, Pepino? Esa
mosca no la ves más.
-¡Pagá el feca de ayer, careta! -dijo el dueño
del bar.
-Espere que venda unas bolsas, che…
-¡Qué vas a vender, con la caída de Wall Street!
-Es el índice Dow-Jones… -agregó uno que
estudiaba inglés.
Los ánimos estaban cargados, y Recoletti se
quiso tomar el pire. No para borrarse, vista su
gran moral, sino hasta que volviera la calma.
Pero un morocho con jeta retobada le cortó el
paso.
-¡De acá no te piantás!
En resumen, ¿para qué vamos a seguir dando
vuelta a la mostaza? Le romperon el alma, al
pobre. Después llegó un patrullero. Y en la
comisaría estuvo horas a la sombra. Más que nada
por la pinta de latino, que siempre es
sospechosa. La amansadora, como dicen los
habitués. Sin fasos ni mucho esparcimiento a
mano. Hasta que finalmente vino el hábil
interrogatorio, y un cana metía pua en sus
desgracias. Porque al caído, todos lo patean.
-¿De qué laburás? -dijo al fin.
-Ando en el negocio de las bolsas, oficial…
De más está decir que la respuesta cayó pésimo,
porque todos tenían presente el drama de Wall
Street.
-Entonces te ganaste en buena ley la pateadura…
¡Y mejor encerrarte un cacho, por especulador!
Danielito Recoletti se defendía a los ponchazos,
pero de nada valieron sus argumentos. Mencionar
las bolsas era caer en desgracia. Es que con el
triunfo del liberalismo, todos la ven clarita.
No como antes, que el tecnicismo económico era
cosa de manyabrolis, nomás.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
john.argerich@telia.com
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
* ** * *
Curriculum
vitae clic aquí
paginadigital paginadigital
|
Imprimir 
paginadigital
|
|