El hombre de la bolsa (Donde se habla de perjuicios y manyabrolis), Por: John Argerich.-26/5/04
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EL HOMBRE DE LA BOLSA
(Donde se habla de perjuicios y manyabrolis)

Por: John Argerich

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El Danielito Recoletti había sido de todo en esta vida. Salvo chorro, botón, o linyera, claro, que para él esos oficios constituían lo más mistongo de la escala laboral. Chorro, porque afanando te chapan siempre. ¡Botón, para qué hablar! Y linyera mucho menos, siendo amigo del confort. Así que cuando llegó a Malmö, se hizo vendedor ambulante. Que con la mosca del Social se morfa a diario, pero nadie hace carrera. Una movida grosa, aunque no de carambola, sino por falta de habilitación municipal. ¡Pobre Dani! La vaca se le hizo toro cuando quiso laburar en la parada del bondi.
-¡Jabones, peines, antisudoral… Todo lo que exige la elegancia moderna…! -ofrecía, muy consciente de su papel.
-¡Deje subir a los pasajeros! -gritó un chófer, preocupado por el horario.
Y como Recoletti no le daba bola, se cabrió tanto, que avisó por radio. Así que al ratito cayó la cana.
-¿Que carajo estás haciendo ahi, negro de mierda? -dijo uno, para empezar a conversar.
-¿No ves que estás molestando?-agregó otro.
-¡Mostrame el pasaporte!- dispuso el jefe.
Y después de observarlo unos minutos, dictó sentencia.
-¡Rajá o te saco a patadas!
Lo de siempre, así que llevado por la malaria, nuestro crédito acabó tocando timbres. Un laburo de órdago, sobre todo a la mattina. Y adentro del melón, le gambeteaban las estrofas tristes de un gotán.

"Cuado gastés los tamangos,
buscando ese mango
que te haga morfar…"

-¡Peines, alfileres de gancho…! ¡Vendo todo barato…! -decía el pobre a modo de presentación en sueco básico, si le abrían la puerta.
Pero de tanto ir el cántaro a la fuente, por fin se rompe. Así que tras mucho correr la coneja se avivó que ese era una busquerre sin futuro. Mejor vender algo que creara más expectativas. Con lo cual aumenta el lucro, disminuyendo esfuerzos. Dimensiones que, según batían nuestros mayores, son inversamente proporcionales. No matarse para parar la olla, un decir. Y con tan precisa ubicación primermundista, Danielito probó todos los fatos que hay. Cigarrillos polacos, quinielas extraoficiales, licor hecho en casa, ropa usada, el tuttiquanti de siempre. Hasta que cierto día, en lo más hondo del balero, se le prendió un farolito de papel. El negocio para pasar al frente eran las bolsas de plástico. De esas que te dan en el super para no tener que llevar la carne en el bolsillo. Recogerlas por la yeca es gratarola. Después sólo hace falta una somera limpieza , y se las puede colocar en cualquier feria dominguera. A precio de ocasión, eso sí, porque los clientes son caretas para buscar la pichincha. Cualquier cosa que ofrecés piden rebaja, y cuando te dejaron como turco haciendo la plancha, sacan tarjeta de crédito. Ni un sope para muestra, la verdad. Pero en esos bolichongos hay oportunidades, y el que rebusca pierde stock por falta de envase. Un balurdo de pilchas, morfi, chiches para el bulín, y libros viejos, que es difícil llevar en la mano. Arriesgado oficio además, con la manga de pungas que andan sueltos. Los cuales aportan en patota, y si están medio cebados, te piantan hasta el funye, sin darte tiempo de reaccionar.
-¡Vendo bolsas usadas! -ofertaba el Dani, con potente voz.
Y de tanto oírlo, la gente empezó a comprar. Hasta que se convirtió en estrella del quehacer dominical. Entonces muchas mamás lo utlizaban también como punto de referencia para meter pavura a algún pibe con alma de fakir.
-¡Mirá nene, ahí está el hombre de la bolsa! ¡Si no comés la sopa, le digo que te lleve!
Y el nombrecito prendió, máxime al ampliar el Dani su línea comercial con bolsitas hechas en papel maché. A lo que siguió merca buena de arpillera sintética, para exigentes. Porque a los cambalaches también va la gente bien.
-¡Salud, hombre de la bolsa! -decían los feriantes, al verlo pasar.
Y como estaba en la onda expansiva, empezaron a saludarlo con respeto. Después le dieron crédito.
-¡Lévese esas medias y me las paga el domingo, don Daniel!
-De dinero ni hablemos… ¡El televisor es suyo, che!
Negocios entre paisanos, siempre. Con quienes uno se maneja bien, hablando el mismo idioma. La castilla que Cervantes nos legó. Aunque cada tanto haya que dar una frenadita, para explicarse.
-Mira gallo, los cabros no entienden cuando dices "morfar"…
-¡Lastrar, manducar, echar pienso a la bodega! ¿Pescás ahora, che?
-Más o menos, compadre…
-¡Compadrito a la violeta! -agegó un oriental.
Y el chango Recoletti se quedó semblanteándolo. Que si escuchás pimienta, los locos manyan la lunfa casi más igual que uno. Algo nerviosos, tal vez.
-¡Rajá p'al campito a rejuntar boniatos, rajá! -dijo el guruya.
Y la cosa no fue para más, porque Danielito no le dió cinco de esférico. Estaba claro que cuando pasás al frente, no hay dos que te miren igual. Primero fue el éxito, luego vino la elegancia, que aporta fama de bacán. Porque es mentira que el hábito no haga al monje. ¡Andá al banco, a pedir un crédito, vestido de atorrante, si no! ¡Andá a visitar un vecino que está en cafúa, y después me contás cómo te trataron en la guardia! Lo cierto es que en las fiestas latinas, Danielito dejó de pasar desapercibido. No por andar haciendo bandera, que sin timidez visible, era discreto. Sino porque los pendes cantaban coplas alusivas, al verlo pasar. Y siempre se acordaban de una, burrero viejo como fué.

"Cómo tembló Palermo,
cuando sacando vales
pelaste la de cuero,
repleta de tovén!

-Pero no hablemos más de matungos, que me se frunce el cuore -decía él- y por ahi tengo un soponcio a temprana edad.
Sea como fuere, la delicia siempre es pasajera. Y un negro día, el boncha que lee las noticias por TV 2, dijo con cara de "falta envido":
-¡Cayó la bolsa! ¡Debacle en Hong Kong! Se teme que la onda expansiva produzca una crisis mundial…
Poco después, en la feria cundía el pánico.
-¿Le prestaste plata al de la bolsa, Pepino? Esa mosca no la ves más.
-¡Pagá el feca de ayer, careta! -dijo el dueño del bar.
-Espere que venda unas bolsas, che…
-¡Qué vas a vender, con la caída de Wall Street!
-Es el índice Dow-Jones… -agregó uno que estudiaba inglés.
Los ánimos estaban cargados, y Recoletti se quiso tomar el pire. No para borrarse, vista su gran moral, sino hasta que volviera la calma. Pero un morocho con jeta retobada le cortó el paso.
-¡De acá no te piantás!
En resumen, ¿para qué vamos a seguir dando vuelta a la mostaza? Le romperon el alma, al pobre. Después llegó un patrullero. Y en la comisaría estuvo horas a la sombra. Más que nada por la pinta de latino, que siempre es sospechosa. La amansadora, como dicen los habitués. Sin fasos ni mucho esparcimiento a mano. Hasta que finalmente vino el hábil interrogatorio, y un cana metía pua en sus desgracias. Porque al caído, todos lo patean.
-¿De qué laburás? -dijo al fin.
-Ando en el negocio de las bolsas, oficial…
De más está decir que la respuesta cayó pésimo, porque todos tenían presente el drama de Wall Street.
-Entonces te ganaste en buena ley la pateadura… ¡Y mejor encerrarte un cacho, por especulador!
Danielito Recoletti se defendía a los ponchazos, pero de nada valieron sus argumentos. Mencionar las bolsas era caer en desgracia. Es que con el triunfo del liberalismo, todos la ven clarita. No como antes, que el tecnicismo económico era cosa de manyabrolis, nomás. 


THE END                      

 

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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