La camisate colorada (Donde se habla de un levante, que más mejor olvidar).- (Argentina) 2/6/04
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LA CAMISETA COLORADA
(Donde se habla de un levante, que más mejor olvidar)

Por: John Argerich

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Que estamos clavados al polo norte como papel de astrasa en baño de pobres, no lo discute nadie. La cosa es saber por qué. Inquietud apta para ganar prestigio amenizando cualquier reunión latina en los pagos del Öresund. Y uno escucha novelas de todo pelo y color. Así conocí valores que reivindican su gloriosa identidad mesturando al Che con Rodolfo Valentino, y hasta Charles Boyer. Globeros de cuarta algunos, pero un chango se lleva la palma con la aventura que relató. Ganando por varios cuerpos, como dicen en el turf. Cacho Iturbe era su gracia, todo un lonyi de conversa sin rival.
-Bla, bla, bla… Y además, bla, bla, bla…
Una labia para hacer estragos en el minaje que circula por Avenida San Juan. Y aquel varón ratificaba la hilacha en sus gustos musicales. Porque siempre iba tarareando unos versos de gotán que prometían cañazo sin mirar a quien.

Cuando veo una pollera
no me fijo en el color.
Las viuditas, las casadas,
las solteras…
¡Para mí son todas peras,
en el árbol del amor!

Hábito que con el tiempo, le fue dando cierta fama que transpuso la geografía del barrio. Arquetipo de nuestra estirpe nacional, un decir. Y terror de las percantas, que cuando lo junaban tupido descubrían en su facha arrabalera, rasgos propios del peludo Belcebú. Pero aunque dejara en su ruta muchos corazaones rotos, siempre tuvo tarro con el seso opuesto. Una contradicción atribuible al gancho de todo lo que es peligroso. Lámeselo ruleta rusa, o timba sentimental. O "la beauté du diable", como decía aquella costurera que dió el mal paso en las noches de París. Dicho en román paladino, la belleza de Lucifer. Pero esta vida es pródiga haciendo excepciones, que a fuer de inesperadas, escriben la historia. Y quien no me crea, léase piola en el molde lo que ocurrió después. Para más datos, cierta tibia mañana de octubre, cuando las flores daban perfume a los balcones de mi ciudad. Cachito venía caminando al tranco corto por Pavón, luego de golear a unos ancianos en la cancha de Independiente. Solteros contra casados, como el lector barruntó. Y contento con el pesto juvenil, porque era enemigo acérrimo de todo lazo sentimental con título de propiedad. Pensamientos que flaquearon cuando vió venir cierto budín. "Para mí, para vos…" ¡Con hambre, pobrecito, justo antes de almorzar!
-¿Va sola, piruja? -quiso informarse el héroe, esgrimiendo la bruta cancha que lo había hecho famoso en Centenera y Tabaré.
Ella lo miró sobrándolo con fría displicencia, y repuso medio fruncida:
-Plancháte el rostro… ¿querés?
Después hizo un gesto que le saca al más pintado las ganas de rascar. Mas él confundió señales, tomándolo por una maniobra envolvente. Peligroso error en tiempos del Proceso. ¿Qué hubiera sido de su autoestima, si no? ¿O del arrastre imbatible, que le daba ese aire ganador? Para no decir minga del invicto sentimental. Y con tanto balurdo en la mollera, halló respuesta al desafío.
-¡Tranqui, princesa, que no jugás a placé!
-¡Mentiroso! -dijo ella.
Ese pleito parecía entrar ahora en terreno negociable.
-Seguro, che…
-A Seguro lo llevaron preso, cuenta el refrán.
Y aquí cambia la historia, porque Cachito cometió su gran error, menoscabando el sentido de cuerpo
-¡Me cago en la cana! -exclamó.
-¿Cómo dijiste?
-¡Que me cago en la cana, che!
-¡Yo te viá dar, desacatado! Soy policía, y ahora me acompañás derechito a la seccional.
Caminaron como veinte cuadras, porque los colectivos pasaban llenos, y en caso de apuro nunca hay un teléfono a mano. Luego vino la rutina reglamentaria. Identificación, calabozo, y dieta, para amansar al penado y que éste se vaya palpitando lo que le espera. A la noche el hábil interrogatorio, previo un par de cachetazos, así entramos en calor. Después le arrancaron las pilchas, preparándolo para el segundo round. Y entonces salió a relucir su camiseta roja, honra de Independiente, tantas veces estandarte en las canchas del mundial.
-¿Pilchas coloradas? -dijo un cana medio pelado, que por la facha parecía hincha de Boca Juniors- ¿Sos comunista, vos?
Pero Cachito no tuvo tiempo de contestar.
-¡Rompéle el alma, morocho! -dispuso otro milico con jinetas de cabo, a quien llamaban "Gato", por secreto sumarial.
Enseguida al sospechoso le vendaron los ojos. Y con ambas manos atadas a la espalda, dos bravos agentes del orden le dieron una viaba de mi flor. Para advertencia solamente, porque los cargos no eran tan graves. Pero vivíamos los tiempos del Proceso, como se ha dicho, cuando todo estaba permitido para salvar nuestra forma de vida occidental y cristiana.
-¡Chupáte otra piña más!
El show duró hasta que los canas se aburrieron. Después alguien lo alzó en vilo, metiéndolo en el baúl de un patrullero. Y empezaron a dar vueltas, hasta que, con los huesos hechos compota, lo tiraron en una playa de carga, junto a las vías del tren. Y debió llegar caminando a la pensión, porque le habían limpiado hasta el último mango que llevaba encima, como enseña el manual de procedimientos.
-¿Qué te pasó, Cachito? -dijeron los vecinos más solidarios.
Pero nunca falta un fúlmine de alma envenenada.
-Lo veía venir…¡El que mal anda, mal acaba, che!
Lo cierto es que luego de ese incidente, la vida del Cacho Iturbe cambió. Porque no bien salía al aire libre, le pedían documentos. Como si los botones estuvieran pendientes de su vida, sin otra cosa que hacer. Pero quedarse en casa era aún peor, porque cada dos por tres llegaba la patota. Siendo costumbre en todo allanamiento cascar primero al respetable público. Después romper toda la casa, y por último afanarse cuanto les viniera bien. Cosas buenas, eso sí. Que algún aliciente corresponde a los salvadores de la patria.
-¿Dónde pongo el televisor, Carpincho?
-En el Falcon hay lugar.
Y de tanto ir el cántaro a la fuente, por fin se rompe. Así es como, de sospechoso nomás, cierto martes negro Cachito no vió otra salida para conservar el pellejo, que rajarse del país.
-¡Adiós, Pampa mía! -dijo antes de tomarse un bondi rumbo al espacio exterior.
Y con ese curriculum, estaba escrito que su destino fuera el de tantos otros desgraciados. Quienes tras mucho chamuyar burócratas internacionales de dudosa solidaridad, terminaron aterrizando nada menos que en Suecia. Tierra helada conocida apenas por referencias. Aunque alguna peculiaridad fuera del dominio público. Verbigracia, que las naifas merecen libro aparte, que "automóvil" se dice "volvo", y que en el norte hay unos osos peludos, capaces de hacer fruncir al más guapo.
"¡Todo este balurdo por mi pinta de camba y los colores del club!", pensaba Iturbe.
Así que, al interrogarlo Invandrarverket, las respuestas cayeron como cascotes.
-¿Pide ústed. asilo político, Herr Iturbe? Kuente su history, por favor.
Pero mejor cuidarse, porque nunca se sabe dónde hay un ortiba.
-¡Faltaba más! -dijo con su mejor sonrisa- La bronca fue por la camiseta, don. Anote que pido asilo deportivo, en vez.
Había surgido una nueva figura jurídica, y el honesto funcionario no pudo ocultar su asombro. El caso debía ser estudiado en altas esferas del poder. Y tratándose de un caso atípico, lo recibieron con interés. ¡Bien distinto, sería hoy! Porque como dicen las viejas, todo tiempo pasado fue mejor.


THE END                      

 

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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