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El amasijo
LA CAMISETA
COLORADA
(Donde se habla de
un levante, que más mejor olvidar)
Por: John Argerich
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Que estamos
clavados al polo norte como papel de astrasa en
baño de pobres, no lo discute nadie. La cosa es
saber por qué. Inquietud apta para ganar
prestigio amenizando cualquier reunión latina en
los pagos del Öresund. Y uno escucha novelas de
todo pelo y color. Así conocí valores que
reivindican su gloriosa identidad mesturando al
Che con Rodolfo Valentino, y hasta Charles Boyer.
Globeros de cuarta algunos, pero un chango se
lleva la palma con la aventura que relató.
Ganando por varios cuerpos, como dicen en el
turf. Cacho Iturbe era su gracia, todo un lonyi
de conversa sin rival.
-Bla, bla, bla… Y además, bla, bla, bla…
Una labia para hacer estragos en el minaje que
circula por Avenida San Juan. Y aquel varón
ratificaba la hilacha en sus gustos musicales.
Porque siempre iba tarareando unos versos de
gotán que prometían cañazo sin mirar a quien.
Cuando veo una pollera
no me fijo en el color.
Las viuditas, las casadas,
las solteras…
¡Para mí son todas peras,
en el árbol del amor!
Hábito que con el tiempo, le fue dando cierta
fama que transpuso la geografía del barrio.
Arquetipo de nuestra estirpe nacional, un decir.
Y terror de las percantas, que cuando lo junaban
tupido descubrían en su facha arrabalera, rasgos
propios del peludo Belcebú. Pero aunque dejara
en su ruta muchos corazaones rotos, siempre tuvo
tarro con el seso opuesto. Una contradicción
atribuible al gancho de todo lo que es
peligroso. Lámeselo ruleta rusa, o timba
sentimental. O "la beauté du diable", como decía
aquella costurera que dió el mal paso en las
noches de París. Dicho en román paladino, la
belleza de Lucifer. Pero esta vida es pródiga
haciendo excepciones, que a fuer de inesperadas,
escriben la historia. Y quien no me crea, léase
piola en el molde lo que ocurrió después. Para
más datos, cierta tibia mañana de octubre,
cuando las flores daban perfume a los balcones
de mi ciudad. Cachito venía caminando al tranco
corto por Pavón, luego de golear a unos ancianos
en la cancha de Independiente. Solteros contra
casados, como el lector barruntó. Y contento con
el pesto juvenil, porque era enemigo acérrimo de
todo lazo sentimental con título de propiedad.
Pensamientos que flaquearon cuando vió venir
cierto budín. "Para mí, para vos…" ¡Con hambre,
pobrecito, justo antes de almorzar!
-¿Va sola, piruja? -quiso informarse el héroe,
esgrimiendo la bruta cancha que lo había hecho
famoso en Centenera y Tabaré.
Ella lo miró sobrándolo con fría displicencia, y
repuso medio fruncida:
-Plancháte el rostro… ¿querés?
Después hizo un gesto que le saca al más pintado
las ganas de rascar. Mas él confundió señales,
tomándolo por una maniobra envolvente. Peligroso
error en tiempos del Proceso. ¿Qué hubiera sido
de su autoestima, si no? ¿O del arrastre
imbatible, que le daba ese aire ganador? Para no
decir minga del invicto sentimental. Y con tanto
balurdo en la mollera, halló respuesta al
desafío.
-¡Tranqui, princesa, que no jugás a placé!
-¡Mentiroso! -dijo ella.
Ese pleito parecía entrar ahora en terreno
negociable.
-Seguro, che…
-A Seguro lo llevaron preso, cuenta el refrán.
Y aquí cambia la historia, porque Cachito
cometió su gran error, menoscabando el sentido
de cuerpo
-¡Me cago en la cana! -exclamó.
-¿Cómo dijiste?
-¡Que me cago en la cana, che!
-¡Yo te viá dar, desacatado! Soy policía, y
ahora me acompañás derechito a la seccional.
Caminaron como veinte cuadras, porque los
colectivos pasaban llenos, y en caso de apuro
nunca hay un teléfono a mano. Luego vino la
rutina reglamentaria. Identificación, calabozo,
y dieta, para amansar al penado y que éste se
vaya palpitando lo que le espera. A la noche el
hábil interrogatorio, previo un par de
cachetazos, así entramos en calor. Después le
arrancaron las pilchas, preparándolo para el
segundo round. Y entonces salió a relucir su
camiseta roja, honra de Independiente, tantas
veces estandarte en las canchas del mundial.
-¿Pilchas coloradas? -dijo un cana medio pelado,
que por la facha parecía hincha de Boca Juniors-
¿Sos comunista, vos?
Pero Cachito no tuvo tiempo de contestar.
-¡Rompéle el alma, morocho! -dispuso otro milico
con jinetas de cabo, a quien llamaban "Gato",
por secreto sumarial.
Enseguida al sospechoso le vendaron los ojos. Y
con ambas manos atadas a la espalda, dos bravos
agentes del orden le dieron una viaba de mi
flor. Para advertencia solamente, porque los
cargos no eran tan graves. Pero vivíamos los
tiempos del Proceso, como se ha dicho, cuando
todo estaba permitido para salvar nuestra forma
de vida occidental y cristiana.
-¡Chupáte otra piña más!
El show duró hasta que los canas se aburrieron.
Después alguien lo alzó en vilo, metiéndolo en
el baúl de un patrullero. Y empezaron a dar
vueltas, hasta que, con los huesos hechos
compota, lo tiraron en una playa de carga, junto
a las vías del tren. Y debió llegar caminando a
la pensión, porque le habían limpiado hasta el
último mango que llevaba encima, como enseña el
manual de procedimientos.
-¿Qué te pasó, Cachito? -dijeron los vecinos más
solidarios.
Pero nunca falta un fúlmine de alma envenenada.
-Lo veía venir…¡El que mal anda, mal acaba, che!
Lo cierto es que luego de ese incidente, la vida
del Cacho Iturbe cambió. Porque no bien salía al
aire libre, le pedían documentos. Como si los
botones estuvieran pendientes de su vida, sin
otra cosa que hacer. Pero quedarse en casa era
aún peor, porque cada dos por tres llegaba la
patota. Siendo costumbre en todo allanamiento
cascar primero al respetable público. Después
romper toda la casa, y por último afanarse
cuanto les viniera bien. Cosas buenas, eso sí.
Que algún aliciente corresponde a los salvadores
de la patria.
-¿Dónde pongo el televisor, Carpincho?
-En el Falcon hay lugar.
Y de tanto ir el cántaro a la fuente, por fin se
rompe. Así es como, de sospechoso nomás, cierto
martes negro Cachito no vió otra salida para
conservar el pellejo, que rajarse del país.
-¡Adiós, Pampa mía! -dijo antes de tomarse un
bondi rumbo al espacio exterior.
Y con ese curriculum, estaba escrito que su
destino fuera el de tantos otros desgraciados.
Quienes tras mucho chamuyar burócratas
internacionales de dudosa solidaridad,
terminaron aterrizando nada menos que en Suecia.
Tierra helada conocida apenas por referencias.
Aunque alguna peculiaridad fuera del dominio
público. Verbigracia, que las naifas merecen
libro aparte, que "automóvil" se dice "volvo", y
que en el norte hay unos osos peludos, capaces
de hacer fruncir al más guapo.
"¡Todo este balurdo por mi pinta de camba y los
colores del club!", pensaba Iturbe.
Así que, al interrogarlo Invandrarverket, las
respuestas cayeron como cascotes.
-¿Pide ústed. asilo político, Herr Iturbe?
Kuente su history, por favor.
Pero mejor cuidarse, porque nunca se sabe dónde
hay un ortiba.
-¡Faltaba más! -dijo con su mejor sonrisa- La
bronca fue por la camiseta, don. Anote que pido
asilo deportivo, en vez.
Había surgido una nueva figura jurídica, y el
honesto funcionario no pudo ocultar su asombro.
El caso debía ser estudiado en altas esferas del
poder. Y tratándose de un caso atípico, lo
recibieron con interés. ¡Bien distinto, sería
hoy! Porque como dicen las viejas, todo tiempo
pasado fue mejor.
THE END

Copyright: John Argerich, 2003
john.argerich@telia.com
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.
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