|
Que tan difícil
es ser pintor daltónico
Por Juan Manuel Jaramillo
A los cuatro años tuve el primer indicio de mi
daltonismo. Iba con mi padre y otra gente
montando a caballo por una finca que teníamos en
el Valle. Mi padre me preguntó si me gustaba el
carmín encendido de sus flores, pero yo no veía
nada rojo, solo veía verde sobre verde. A pesar
de ser tan pequeño, el desespero de no entender
lo que me quería mostrar, lo que era evidente
para todos, se me quedó grabado.
He pintado desde siempre. Desde pequeño tengo
una habilidad especial para hacerlo y cuando
entré al Gimnasio Moderno y me inscribí en las
clases de pintura que se ofrecían sobresalí de
inmediato. Mis compañeros se acercaban admirados
a ver mis cuadros, pero siempre notaban algo:
¿Por qué pinta el pasto naranja?, ¿porqué el
cielo es violeta?. Una de las profesoras se dio
cuenta de que posiblemente era daltónico y me lo
dijo. La palabra me sonó horrible, como a una
enfermedad mortal y asustado fui a donde mis
padres y les conté. Me llevaron al médico, me
hicieron los exámenes de rigor y se estableció
que en efecto sufría de daltonismo. Tenía ocho
años.
Seguí pintando, pero no poder utilizar los
colores como los demás empezó a angustiarme.
Gracias a Luis Caballero, que era de mi clase,
superé el problema. Él me ordenó la paleta, me
dijo: estos son los azules, aquí están los
verdes y mas allá los amarillos. Desde eses
momento interpreto el mundo de las otras
personas y de alguna manera llevo una doble vida
en la pintura. Digamos que en mí hay un pintor
hacia el exterior y otro íntimo. El primero es
una acuarelista, un paisajista con gran acogida
que ha participado en mas de cuarenta
exposiciones, que utiliza pinceles gordos y no
se asusta ante formatos grandes, arriesgado,
pero que te todas formas trabajo con los colores
de los otros, bajo estándares que la mayoría
considera son los normales. El segundo pinta con
plena libertad, pinta como quiere, como ve en
realidad el mundo y se reserva para si esos
cuadros, no se los muestra a nadie. Ese, el
íntimo, es el que mas me gusta.
Los cuadros que decido mostrar al público pasan
primero por un comité de aprobación conformado
por mi esposa y mis hijos. En un principio todo
este proceso tenia algo de embarazoso pero nada
mejor que ellos para decirme con sinceridad si
una de mis obras pertenece a los cánones
normales o si la tengo que dejar para mi
colección personal.
En un momento aquella doble condición de pintor
con doble vida, llegó a ser tan trágica, pero
como todo en la vida el tiempo puso de su parte
para que la superara. Afortunadamente también
aprendí a manejar sin mucho misterio los
inconvenientes cotidianos que parten de mi
daltonismo, que es moderado con el de otros (hay
quienes solo ven en blanco y negro). Aún me
acuerdo de las fiestas de muchacho a las que iba
con una corbata o un traje que no combinaban
para nada y de todo el mundo ante mi temeraria
extravagancia, como de hecho le sucedió a John
Dalton, hombre que le dio el nombre a mi
enfermedad. El tipo, que tenia fama de muy
equilibrado, se presentó un día frente al rey
vestido con una túnica roja brillante creyendo
que estaba vestido de un sobrio verde.
Desde hace un buen tiempo aprendí a no sentirme
raro por pedir ayuda a la hora de tener que
comprar una chaqueta, a no pagar una vez por una
color pistacho creyendo era un camel y llegar a
la casa luciéndola como si nada.
Otra de las cosas que aprendí es que cada vez
que llega una empleada nueva a mi casa le doy
instrucciones precisas: le solicito
comedidamente que me organice en el ropero las
medias o los sacos en estricto orden con el fin
de evitar confusiones.
Es un hecho que los daltónicos necesitamos más
luz que los demás. Cuando cae la tarde, cuando
empieza a oscurecer, los colores como tal
desaparecen para mi, se convierten en tonos
grises, de brumosos verdes. Creo que por eso me
emociona tanto Joseph M. Turner, el pintor
británico que les abrió campo a todos los
impresionistas. Ese desvanecimiento cromático me
obliga a utilizar una poderosa lámpara cuando
pinto por las noches para poder tener una idea
cercana de los colores. Igual, creo que mi forma
de pintar acuarelas también ha partido de mi
condición. Lo que pinto son paisajes no deudores
del detalle sino mas bien impresiones, imágenes
de valles, explanadas o mesetas que se han
fijado en mi retina y que luego pongo sobre el
papel.
Existen una gafas con filtros que ayudan a
corregir el daltonismo pero yo nunca he querido
utilizarlas. Una vez hice la prueba y lo que
sentí y vi no me gustó. Me di cuenta de que el
mundo de todas maneras no era mi mundo, lo sentí
artificial, ajeno. Un mundo tan diferente, tan
lejano que preferí quedarme con el mío. Además,
a estas alturas de mi vida no tengo tiempo ni
ganas de aprender otro.
(Tomado de la Revista SOHO)
paginadigital
|