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Carlota Subirós y Roger Bernat, cara a cara. Los
renovados pilares del Lliure.- (España) 16/3/04
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Carlota Subirós
y Roger Bernat, cara a cara. Los renovados pilares del Lliure
Carlota Subirós y
Roger Bernat son dos de los directores elegidos por Álex Rigola
para su nueva etapa del Lliure. En oposición al grupo de
creadores atraídos por el TNC en torno a Sergi Belbel, este
equipo se inclina más por la experimentación, pero con estilos
distintos; Subirós desde la palabra, Bernat desde el mestizaje
con otras artes. La primera estrena el 11 de marzo en el Lliure
Noches Blancas de Dostoievski, mientras el segundo llega a La
Casa Encendida de Madrid el día 20 con La la la la la.
–¿En qué momento artístico llegan estas obras? ¿A qué principios
creativos responden?
–Carlota Subirós: Noches blancas es una vuelta a un tipo de
trabajo, que hice al comienzo, centrado en la creación
dramatúrgica. En los últimos tres años me he volcado en la
dirección de textos contemporáneos y ahora me apetecía incidir
en la dramaturgia y en la creación escénica con la incorporación
de otros lenguajes. Aquí hay influencia de Visconti y Robert
Bresson, que llevaron al cine la obra. En estas Noches blancas
conviven la Rusia de Dostoievski, la Italia de Visconti, el
París de Bresson y la Barcelona de ahora.
–Roger Bernat: Quería dar la cara, tirar las cosas que me pasan
al público. Por eso escenifico lo que pienso, lo que hago, lo
que digo estando yo mismo sobre el escenario. Espero ser lo
suficientemente vulgar como para que todo lo que me ocurre sea
exactamente igual que lo que le ocurre al público.
–El teatro de Bernat es, en general, bastante físico y no tiene
una anécdota lineal, mientras que Subirós ha transitado más el
lenguaje y la palabra. ¿Cómo enriquece esa omisión-presencia de
lenguaje su obra? ¿La ausencia de texto facilita la
incorporación de otros lenguajes como los audiovisuales?
–R. B.: Godard dice que la imagen es la vida y la palabra la
muerte. También dice que no está del todo en contra de la
muerte. La verdad es que me da bastante igual si hay texto o no
en un espectáculo. A veces desconecto cuando alguien no para de
hablar en escena y empiezo a mirar el sudor cayendo por la
frente, la cara del actor que sólo escucha. Lo único que no
entiendo son los espectáculos que hacen como si el siglo XX
nunca hubiera existido, en los que los actores se disfrazan y
están orgullosos de hablar alto. Ésos son espectáculos para
especialistas del teatro, y yo no los entiendo.
–C. S.: Una cosa es el material de partida (textual o no) y otra
es cómo se trate en escena. Yo tengo una cabeza muy literaria y
poco visual. Me encuentro a gusto trabajando con textos en los
que buceo para ir al fondo. Pero el texto no es incompatible con
otros lenguajes; no son excluyentes. Su utilización responde más
a un concepto dramático que a otra cosa.
–Vivimos un momento teatral en el que el lenguaje empieza a
diluirse y, como consecuencia, también el personaje y la
narración lineal. ¿Los parámetros clásicos de teatralidad se han
quedado anticuados? ¿Necesitan una renovación?
–C. S.: El teatro es “antiguo” por naturaleza, pero también lo
es la interdisciplinaridad. Las modas responden a ciclos pero el
hecho teatral, el de gente que se junta para expresarse
utilizando distintos lenguajes, es algo innato a la naturaleza
escénica. El teatro es presente, y por tanto contemporáneo y
antiguo a la vez.
–R. B.: El teatro ya renovó sus pilares. Hace más de un siglo
dejó de ser un “medio de formación de masas” para convertirse en
un arte. Pero nadie se enteró. Así que siguió contando historias
para que luego alguien las llevara al cine, que es lo que en el
fondo todos desean.
Corromper el teatro
–¿El mestizaje con otras artes es algo positivo o puede llegar a
hacer desaparecer la esencia del teatro?
–R. B.: La esencia del teatro es un ritual en el que mataban a
un carnero; es un lugar en el que al mismo tiempo que se hacía
Hamlet o Macbeth la gente se emborrachaba y se iba de putas. El
teatro siempre ha estado cerca de lo incontrolado, se ha
alimentado de lo oscuro. Cualquier contaminación beneficia
siempre que sirva para corromperlo, para convertirlo en lo que
ni tú ni yo somos capaces de desear.
–C. S.: El mestizaje es fértil y el teatro es su mejor tierra de
abono, ya que en él los límites son muy sutiles y se encuentran
diluidos.
–¿Asistimos al principio del fin del autor y al retorno de una
nueva figura tripartita, el autor-actor-director, como a veces
lo es el propio Bernat?
–C. S.: No lo sé, hay autores que necesitan interpretar sus
obras y otros que necesitan proyectarse en los actores. Es una
cuestión de talante, pero sí es cierto que el autor está muy
desprotegido en este momento. Hay grandes dificultades para que
un dramaturgo vivo estrene sus obras. Está aislado, algo que no
le sucede al director o al creador escénico, al que se le está
dando más margen para crear.
–R. B.: La única revolución que vale la pena vivir es aquélla de
la que no te enteras.
–Ustedes han tenido la suerte de estrenar en teatro públicos,
algo que pocos artistas de su edad pueden decir. ¿Realmente es
inaccesible para un artista joven acceder a estos espacios?
–R. B.: Acceder a un teatro público es tan sencillo como coger
el metro, parar en la estación adecuada, entrar por la puerta e
instalarse en el escenario. Y si a alguien no le gusta, ya te lo
dirán.
–C. S.: Yo creo que es dificilísimo. En mi caso he sido una
afortunada porque ha habido gente que me ha dado su confianza y
creo haber correspondido a ello con mi trabajo, pero no es lo
normal. La gente no consigue romper las barreras, se arriesga
poco por temor. También se arriesgan poco lo que programan y por
eso el circuito barcelonés se satura tan pronto. Sólo se busca
el éxito y el reconocimiento, cuando lo que se necesita es crear
un buen caldo de cultivo como sucede en ciudades como Berlín,
donde la actividad del teatro alternativo es desbordante. Hay
poca diversidad, y eso es malo para todo el mundo.
–¿Qué tiene que hacer el teatro para convertirse en referente de
la gente joven, como lo son el fútbol o el cine?
–C. S.: Tiene que ir más allá del propio teatro, que éste no sea
un hotel que visitas un día y te vas, sino que debe convertirse
en una casa de la cultura y las inquietudes, donde uno va a ver
un espectáculo pero también a su cafetería, a su librería o a
ver una exposición.
–R. B.: El teatro debe marcar goles.
Falta de personalidad
–Cuando echan un vistazo a las páginas de la cartelera teatral,
¿qué sensación les produce?
–R. B.: Hace años que no leo la cartelera.
–C. S.: Echo en falta más diversidad. En Barcelona hay un teatro
de calidad, tanto local como internacional, pero faltan
propuestas distintas. Las tendencias se repiten. Hay dos o tres
propuestas originales y el resto es una copia: “moderno”,
clásicos puestos al día... Hay poca personalidad y todos,
incluida yo, deberíamos buscar nuestra propio estilo.
–Siempre se ha dicho que el teatro es un enfermo crónico:
¿Ustedes qué le recetarían para que recuperarse su salud, al
menos por un tiempo?
–R. B.: No creo que el teatro tenga mala salud. Las salas están
llenas, las estrellas de la televisión bajan a los escenarios de
vez en cuando, los periódicos hacen mucho caso. Yo diría lo
contrario, yo diría que de tan buena salud apenas se da cuenta
de que está echando barriga y de que debería empezar a pensar en
la descendencia (algunos lo llaman “pensar en el I+D”).
–C. S.: La cultura es un lujo necesario para la salud mental y
social y necesita todo el apoyo del mundo en estos momentos. Las
artes escénicas necesitan más ayudas públicas, eso siempre, y
dar más cancha a la gente joven, que tiene mucho que decir.
El Mundo. 12 de
marzo de 2004.
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