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Enredos temporales en el Victoria.-
13/4/04
(Paraguay)
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Enredos
temporales en el Victoria
Con respeto por la
pieza, así como por las claves de expresión seguidas para la
puesta, el bailarín, actor y director Ismael Da Fonseca estrenó
en el Victoria “Los Enredos de Escapino” (les Fourberies de
Scapin) de Molière (1622-1673).
Estrenada en París en 1671 con el propio Molière en el papel de
Escapino, esta pieza escrita tres años antes de la muerte del
“maestro de la farsa” es una celebración del “teatro puro”, y
también de una vuelta a los propios orígenes del dramaturgo, a
aquellos tiempos en que, con la compañía de los Béjart, Molière
viajaba en carromato por toda Francia ofreciendo espectáculos
cuyo objetivo central era la risa.
Es lógico plantearse, a más de 300 años de su estreno, que un
montaje actual de este “clásico” debe albergar, necesariamente,
un planteo renovador. Para el caso de esta puesta de Da Fonseca,
no es la transgresión de las formas lo que hace a la renovación
sino una profundización en ellas. De allí que esta opción se
vuelva casi un tributo a los orígenes de aquella teatralidad de
Molière y a los del propio arte teatral, aunque no está exenta,
sin embargo, de interesantes aportes personales en los que se
reconoce la escuela del propio director: esas vertientes
teatrales de las que se nutrió y que se perciben en todos sus
trabajos.
Molière combina aquí elementos de la Commedia dell’arte, la
farsa francesa y la comedia latina, y Da Fonseca retoma estas
fuentes para un espectáculo en el que logra articular el respeto
a las exigencias del texto, a un código, y a una estructura de
reglas muy precisas, con el respeto a sí mismo en tanto creador
e investigador actual del su permanente objeto de indagación y
asombro: el arte teatral.
Entre los “tipos fijos” de la Commedia dell’arte, aparecen aquí
los zanni (divididos en el criado astuto que conduce la trama –Escapino-
y el tonto e ingenuo –Silvestre-), los jóvenes amantes (Octavio
y Leandro, enamorados respectivamente de Jacinta y Cerbineta) y
los Pantaleones o “vecchi” (viejos avaros y mezquinos de
expresión burda y grosera -aquí Arganto y Geronte, padres de
Octavio y Leandro-). Los prototipos aparecen fielmente
representados, para una trama en la que los “enredos de Escapino”
consisten en lograr, mediante su astucia y su entrenadísimo
manejo de artimañas y engaños, la concreción del amor de los
jóvenes –contra la voluntad de sus codiciosos padres- así como
la consecución del dinero que éstos necesitan y que el criado
obtiene, irónicamente, de los herméticos bolsillos de los
propios viejos.
Más allá de las relaciones establecidas entre los personajes por
la anécdota, los juegos escénicos de esta puesta se convierten
en el centro de interés. En cada uno de los personajes puede
reconocerse, desde su primera entrada, un propio ritmo verbal y
gestual, una propia forma de moverse, un propio modo de
expresarse, una propia cadencia, una relación particular con el
entorno. A esto contribuye decisivamente el diseño de las
máscaras (Jorge Añón) así como el vestuario (Ana González), que
lejos de constituir un simple adorno son incorporados por los
actores a un riguroso proceso de construcción de sus personajes.
Intereses, modalidades y acciones se articulan en un juego que,
a partir de la pieza de Molière, revitaliza formas antiguas
otorgándoles un nuevo valor o, al menos, un valor recuperado.
La puesta denota un cuidado especial en el arte de la escena y
de la técnica corporal -muy elaborada- del actor, y tras la
soltura y gracia de cada uno de los personajes de esta comedia
fresca y de reconocibles constantes dramatúrgicas, puede verse
el meticuloso trabajo que, para este espectáculo, realizaron
tanto el director como cada uno de los integrantes del elenco. A
la ductilidad y versatilidad de Da Fonseca -quien hasta podría
resultar irreconocible detrás de su acrobático arlequín Escapino-
se suma un elenco en general solvente, salvo marcadas
excepciones que –tal vez por falta de experiencia- no lograron
un desempeño a la altura de las exigencias. Resaltan por la
excelente composición de sus “vecchi” Daniel Bérgolo y Sergio
Gorfain, sorprendiendo este último por el acierto en los tonos
vocales y gestualidad de ese decrépito que le toca en suerte, un
acierto cuyo valor se redobla cuando al final del espectáculo se
descubre la juventud del actor tras la máscara.
En cuanto al manejo del espacio, un teatro Victoria despojado y
aprovechado al máximo -inclusive para la integración de algunas
“acrobacias” casi siempre en manos del protagonista-, funciona
como una “caja de sorpresas” en la que el público puede
descubrir nuevos rincones y posibilidades.
Uno de sus contemporáneos ha afirmado sobre Molière que “su
carácter propendía a lo real, y su talento a la sátira”. Lo
cierto es que este dramaturgo que sintetizó en prototipos la
estructura de una sociedad claramente estratificada como la de
la Francia del siglo XVII vuelve hoy, al parecer, eludiendo los
embates del tiempo. Afortunadamente, su capacidad para denunciar
y ridiculizar costumbres e hipocresías mediante la risa, ha sido
festejada con rigor y precisión en este espectáculo que propone
el equipo conducido por Da Fonseca, y que es ante todo una
indagación en una línea. Precisamente, en ese rigor radica el
valor de esta puesta que, además, tiene la virtud de acercar al
público uruguayo a un género poco frecuentado.
Lucía Masci
Caras y Caretas. 26 de marzo de 2004.
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