|
URUGUAY.
Universo Dickinson
Momentos con Emily, escrita por
Milton Schinca en dos versiones (1979 y 1999) es una indagación en
el mundo interior de la poetisa norteamericana Emily Dickinson
(1830-1886). Un autor adepto a las recreaciones y al profundo
tratamiento de personajes históricos, Schinca atraviesa con esta
obra, por vez primera en este sentido, los límites nacionales; y
lo hace tal vez movido por la búsqueda de otro tipo de identidad:
una más universal. La pieza aborda una zona difícil, pues no se
trata de una recreación de la vida de la poetisa, sino de un
intento de acercamiento a su ser, a su enigmática personalidad, a
sus angustias de creadora, a los signos detrás de una escritura
tan original como sutilmente tempestuosa. La poesía de Dickinson
es personal e innovadora para su época, tejida con un lenguaje
sencillo y una sintaxis compleja, plena de quiebres, connotaciones
y metáforas poco convencionales. Sus misterios están ligados a una
existencia poco común, pero es en su obra -jeroglífico de esa
existencia- donde bucea Schinca para revivir o reinventar,
partiendo de la poesía, a la poetisa y su hermético universo. Un
cuidado refugio construido por ella para su pasaje por la vida
-"esa breve tragedia de la carne"-, y matriz de unas palabras que
continúan hoy sucediendo, ese universo-refugio es casi místico y
huele a flores. De los casi 2000 poemas que conforman la obra de
Dickinson, sólo media docena fueron publicados en vida. Es que
esta mujer proveniente de una familia puritana y religiosa, nació,
vivió y murió en una casona en Amherst (Massachussets), y casi no
salió de ella, durante más de 30 años, desde que decidió vestir
siempre de blanco y entregarse por entero a la escritura. Una vida
marcada por la contradicción entre la riqueza interior y la
escasez de contacto con el mundo exterior, hizo entonces de la
existencia de Emily, un pasaje que sólo quedó plasmado en la
entrelínea de su poesía. Desplegada su vida entre el universo
poético que se desataba tras las paredes de la casona, el cuidado
del jardín y de una madre enferma, y un tenaz epistolario con unos
pocos amigos y referentes, su elección tuvo que ver, sin duda, con
una particular visión de la existencia, del amor, de la muerte, de
la naturaleza, de esos temas que su poesía toca y trastoca,
haciendo de ellos un conjunto de discretos postulados. Estas son
las "claves de una escritura" que la propuesta intenta
desentrañar.
MUNDOS INTERIORES. En esta pieza que parece suspendida en el aire,
los "momentos" de Emily -reales o ficticios- aparecen engarzados
en una estructura que no sigue un orden cronológico. El personaje
oscila entre los 17 años, los 40, o esos 56 que tenía cuando la
alcanzó la muerte. Entre una fresca adolescencia o una adultez de
arrebatos juguetones, entre miradas de niña y aquellas en las que
pueden adivinarse las marcas de una larga vida de carencias, entre
la inseguridad y una omnipotencia de inteligente ingenuidad, entre
la paz del jardín y una rara angustia repentina, los ojos de
Estela Medina, su rictus impregnado de detalles, la precisión de
cada gesto, son las ventanas al interior de un personaje que se
vuelve entrañable desde el inicio.
Pero esta mujer tímida y huraña, de costumbres puritanas. Ésta,
cuyo sentido de la vida parece haberse proyectado más allá de su
"cuerpo real: una ceniza nunca empleada, un lugar erróneo", guarda
sin embargo -debe guardar necesariamente- una contrapartida. La
fuerza y ritmo de su poesía, la energía avasalladora y la pasión
que, aunque discreta, se percibe en cada trazo de su pluma, están
relacionadas con una "anti-Emily" que Schinca intenta también
imaginar, buscándola a través de la imaginación de su propio
personaje. "¿Somos también lo contrario de lo que vivimos?", se
pregunta Emily a partir de su trunca relación con Charles, el
clérigo de Filadelfia. "¡Qué inviable!", se contesta, y culmina
resignada: "que todo vuelva a su cauce".
PINTURA SENSIBLE. Pero Momentos con Emily es, ante todo, una
atmósfera rodeada por la inminencia de la muerte, y un repaso de
vida junto a ciertos personajes clave. No más que esto. Una
pintura de intimidad, sensibilidad, subjetividad, y un juego
deliberado en un tiempo incierto, se colocan por encima de una
anécdota concreta, y el espectador es atrapado por la fuerza del
personaje. La puesta de Nelly Goitiño es una lectura fina que se
apoya en la magistral Medina y en un Levón que, como partenaire,
se desempeña a la altura más allá de ciertos tics o afectaciones
ya casi inevitables. En Levón recaen, alternadamente, los
personajes que rodearon a Dickinson: su hermano Austin (su
confidente y representante de sus afectos), el pastor Charles
Wadsworth (el amor no concretado), Newton (su maestro, reflejo de
su poesía nunca entendida), la voz de su padre (las preguntas sin
resolver y la inminencia de la muerte). Levón realiza una
encarnación vigorosa de cada uno de los personajes que le tocan en
suerte, pero es sólo en la voz de la protagonista, que el texto
adquiere una dimensión casi mágica: textura inasible, una
atmósfera de lilas y olmos y objetos y palabras que connotan más
de lo que denotan.
Goitiño capta la pieza como lo que es: un clima, un ambiente, una
indagación en esos "momentos", en esos estados de ánimo
progenitores de lo único concreto y tangible de Emily: su poesía,
sus cartas.
La cuidada creatividad en cada uno de los rubros técnicos completa
esta puesta que -aunque naturalista- instaura el clima onírico
sugerido por la poética del texto, que responde a la poesía de la
propia Dickinson, y que aquí puede casi respirarse. Son lábiles
las fronteras entre lo real y lo imaginado, entre lo escrito y lo
experimentado, entre la vida y el poema, y la directora mueve los
hilos con precisión, para concretar cada matiz del juego.
Una escenografía para la que confluyen Ramón Mérica y Adán Torres,
incluye un logradísimo jardín interno, y casi consigue evitar la
habitual problemática de una sala incómoda como es la del Teatro
del Centro, donde las columnas siempre esconden a alguna parte del
público, alguna parte del espectáculo. Hay un cuidado evidente en
la ambientación de época, y cada objeto seleccionado por Mérica
aporta a la concepción general de la puesta. Participa
decisivamente la iluminación de la siempre atinada y creativa
Claudia Sánchez.
ACERCAMIENTO VITAL. Finalmente, Momentos con Emily guarda una
reflexión en torno al ser y su trascendencia, su pasaje por la
vida, su permanencia en sus obras. Pero incluye también un planteo
sobre la condena del artista en su tiempo, esa condena que implica
el dolor de ser sin saber que se es, y una entrega que sólo se
hace tangible luego de desaparecido ese "lugar erróneo. Criatura
trivial, este cuerpo". Contrariamente a lo que le ocurriera en
vida, Dickinson se ha hecho conocer. Trascendió finalmente su
propia existencia, una mera excusa, según propone esta pieza, para
volverse esa "otra" que pasará a "ser cada cosa", pues la muerte
"no será un disolverse; será un sumarse". Así, según la visión de
Schinca, esperó Emily a la muerte, y su poesía logró luego
sumarla, incluirla en un mundo del que vivió excluida.
Sin embargo -aclara el autor en el programa de mano- "…todo ser
humano es, por más que nos rebelemos, inasible. Aún para sí mismo.
Lo más que nos es dado hacer es acercarnos a su inmediación con
delicadísimo tacto y un indeclinable respeto". El arte, el buen
teatro, serán siempre un interesante "acercamiento".
Lucía Masci. Caras y Caretas.
20 de febrero de 2004
Gentileza::
Correo CELCIT [
celcit@arnet.com.ar] CELCIT-Argentina. Bolívar 825.
(1066) Buenos Aires. Teléfono: (5411) 4361-8358
Presidente: Juan Carlos Gené. Director: Carlos Ianni. e-mail:
correo@celcit.org.ar
paginadigital
|