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DE LAS
DIVINAS NOCHES CON MARK RYDEN
Silvia Banfield
Lo que tengo frente a mí es una pizza y toda la
noche por delante, unas cuantas notas atrasadas,
este ventanal que me lleva a la calle y al
silencio de un día atado a varias puntas, sin
fin. Ignoro por qué pienso en el desierto y en
una isla, también en una carretera. Se me repasa
sólo el día frente a esta masa recalentada,
invento milenario, solución popular, hogaza que
se me cuelga en el insomnio de la noche. En un
principio fueron los faraones, como el verbo en
las sagradas escrituras, ellos, los agraciados
por los principios de esta masa mágica llena de
olores y placeres propios de la moda imperial.
Me mira con sus ojos llenos de tomate y
aceitunas, casi me sonríe la cándida esfera,
voladora y agraciada redonda criatura, como si
supiera su destino transitorio. Pero viene
rodando desde hace tres mil años, de época en
época, hasta nuestros días, transformada, como
si los tiempos la maquillaran con nuevos
ingredientes y sabores. Hasta mi mesa llegó de
una moderna pizzería que queda a sólo cien
metros de este edificio, que no tiene aspecto
napolitano, tierra definitiva donde nació esta
manera rápida de comer y que los italianos
comparan con el Coliseo romano y la Capilla
Sextina. Nunca he sabido si Leonardo Da Vinci o
el Dante, se alimentaban de pizzas y de ahí
venía su talento, la genialidad de los dos
divinos. Yo, me inclino por esta de hongos, con
vegetales, aceitunas y palmitos. Normal de
queso. Me refleja la ventana lo que hay detrás
de la noche y no estoy en un mesón de la Edad
Media, sino en este siglo medieval desarrollado,
que nos sorprende y sacude de pies a cabeza casi
sin estorbarnos el polvo en que nos
convertiremos. Por eso prefiero esta pizza
liviana con un buen vino, que turno por días,
chileno, argentino y francés. Democrático todo,
pensando no sólo con el estómago, sino con el
corazón. Que me perdone Mafalda. En todo caso
nuestra historia, que no ha tenido fin, es una
ficción. Vivimos lo más parecido a la realidad
de lo desconocido, el mundo sorpresa, el tiempo
telaraña, sin red, y el cuerpo que suscribe todo
tipo de agresiones, es un perfecto imán de un
planeta chatarra anunciado por la TV. He
detenido hoy a esa caja misteriosa, que nos dice
lo mismo de una distinta manera, más o menos
apropiada, dependiendo de la ocasión. Todo tiene
su minuto, pero también el silencio, esta es la
hora, pasada las 12, en que sólo se sienten las
huellas de los gatos, más si es uno negro que me
visita a los pies del edificio, dos o tres veces
por semana. Pero es puntualmente silencioso.
Marcan de silencio y sombras la noche. La noche
no se va a llevar mi nota, ni las divagaciones
de la historia de la pizza, ni mis tiempos
indefinidos, ni estas nostalgias por mi Divino,
que no es ninguno de los dos mencionados con
méritos propios.
La noche me la dibuja Mark Ryden, con su aspecto
de profesor de ciencias, su mirada detrás de los
espejuelos sin definición, esa pose de pintor de
provincia, la amplia frente de avenida y el
bigote que presume dar carácter a su rostro
pasivo, que no lo alteran los colores, ni las
pesadillas surrealistas, los pequeños fantasmas
de la realidad que suele incluir en sus
portadas, afiches, en sus trabajos publicitarios
francamente. Una niña inocente, distraía quizás,
con más ganas de recorrer el Tamesis una tarde
Alicia en el País de las Maravillas, que salir
rodeada de carnes crudas colgando de unos
ofensivos ganchos,
En esa alucinación que nos pone Mark Ryden como
espectadores de su mundo, se mezcla lo
religioso, fantástico, una modernidad a prueba
del tiempo, lo decididamente antiguo, el pasado,
y esas dosis de sueños surrealistas, el
subconsciente del propio Ryden. Su pequeño
cuarto retratado ante mí, destaca a Lincoln, con
su barba de leñador, el rostro limpio de la
nación. Y en el lienzo, un desnudo de una joven
arrodillada, con esos rostros que se asemejan a
las mujeres de Chaplin en el cine mudo, pero
algo más niña, triste, estilizada en la precoz
adolescencia. Es su Estudio en California y se
ve presidida la escena donde labora, por un
mono, con un birrete papal. Es él quien pinta. ,
no yo, sostuvo en una oportunidad, señalando a
Magic Money, El Mono Mágico, quien pinta,
dibuja, crea por las noches. Ryden me hace la
noche con esta mirada irreal al mundo, desde su
orilla al centro del sueño. Son tiempos
vaqueros, recuerdo mis vacaciones en Colorado,
la nieve en los inviernos blancos, encerrada a
veces como un mono de nieve frente a un
ventanal, o la carretera extensa que me alejaba
de las malditas canchas de golf, ese cementerio
de agujeritos insípidos, y me basta con ver la
cara, el rostro de la estupidez de mi ex,
saliendo con sus instrumentos de batalla hacia
el campo, y yo en dirección contraria para
respirar. Sus caminatas en el césped, eran mi
liberación. Volvamos a Mark, a sus divinos
monos, a la representación de su realidad, a lo
que no vemos y está ahí en el gesto, la mirada
de tatuaje, la comicidad el olvido, la gota que
cae de la cañería abandonada sobre una página
del diario de ayer y se expande en el sentido,
el curso de su propio camino.
Recuerdo a Mark Ryden, cuando era un artista
under, compartiría conmigo quizás esta noche una
pizza, las estrellas detrás del ventanal, un
vino, las pocas cosas que uno espera de la vida,
a demás de la verdadera piel, no la equivocada
caminando sobre el campo de golf. Compartiríamos
música de piano y le enseñaría tocar guitarra. A
gobernar verdaderamente nuestro corazón sin la
cautela de la meta del agujerito número tanto y
de ninguna otra prisión. Lo recuerdo más
solitario, con la misma mirada ausente, pero
recuperada, dentro de sus comics, en el trazo
secundario de la vida detrás del propio olvido.
Cuando hoy las grandes galerías de Nueva York y
su castillo victoriano se lo tragan con un
billete de cien mil dólares, quisiera creer que
nada corromperá tus sueños Mark. Porque todo
será posible si dejamos que los sueños corran el
sueño de nuestra película. Yo me dejé seducir
una vez por una casa, cuando era de la teoría, y
lo recomendé una vez que me enviaron poema, que
se me devuelve como un boomerang. El poeta me
decía que habitaba la casa como si fuera un
zapato, un maletín, como si cargara un río.
Recuerdo una asfixia voluntaria, la que yo asumí
torpemente, como un café descafeinado, y olvidé
el río interior, la magia Mark, los sueños. Veo
aún a cristo en tus pequeños cuadros, sátiras a
la realidad, hay cábala, una visión mística, un
lenguaje de búsqueda y comunicación subterránea.
Hay misterio y pasión. Me transformas la noche
en recuerdos con las carátulas, las portadas
coloridas, estos ensueños babilónicos, mientras
el mundo estalla en mil pedazos, y a veces
siento que me entra arena de algún desierto pro
los oídos, ojos, me cubre la piel de una segunda
piel. Lo nuevo no existe, sino lo que nosotros
queremos ver y construir. Un paso más allá lo da
la nueva realidad. Tú en tu castillo como Kafka
en los laberintos con tus dibujos que siento que
crecen por las noches, se expanden por las
calles californianas, salen de sus pequeñas
miniaturas a visitarnos. Yo, con mi pizza en
vuelta en la nada, con mi café negro, y que viví
tanto tiempo con K, en ese inútil naipe verde
sin esperanza que iba siempre a hacer en el
maldito agujerito de la vida. Nunca se te
ocurrió dibujar una cancha de golf con las
cabezas de los idiotas apareciendo en los
agujeritos? Yo me veía con el palo disparándolas
contra un muro de cemento. Así fue que terminé
viendo al hombre del diván, pero preferí la
terapia de la poesía.
Tengo en mis manos Desperation de Stephen King,
con tu alucinada portada. Lo compré porque fue
acusado de plagio. Fue patético, el juez cuando
dijo el único parecido con lo que dice la
profesora es que las dos son malas. La
denunciante, recuerdo, fue Christina Starobin,
la autora de Blood Eternal, una historia sobre
vampiros que montan un servicio de reparación de
automóviles, en un suburbio de New Jersey. Tanta
basura en el mercado de la palabra. Tragamos
como smog palabras con plomo, azufre, hasta
intoxicarnos finalmente junto a la pantallita
crazy. Qué tiempos en que Bill Clinton leía Cien
Años de Soledad de García Márquez. Todo era más
real. Se había descubierto el hielo. Esa sería
una buena portada, el colombiano de la guayaba
con una barra de hielo y Clinton, comprándosela
con un dólar. Reafirmaría el pragmatismo con
imaginación. Si vamos a comprar algo, que sean
sueños. El petróleo está mucha profundidad, es
negro y ajeno, contamina el cuerpo y el alma,
enrarece hasta los puntos cardinales.
Tengo la otra portada, de tapas azul, herencia
el color del poeta, gusto mío también. Un camino
y un ave de mal agüero vampiresa,
sobrevolándolo. Yo, en esta noche. Parece una
gran luna azul. Tu portada es más terrorífica
desde las letras del autor y el título. La
desesperación se hace chiquita ante el King. Eso
sí, nada supera a Poe, King.
Están tus niños de grandes cabezas y ojos en esa
portada. Me gustan, adoro los niños, soy también
profesora. Te imagino esta noche en Castle Green,
en California, sí, durmiendo entre sábanas
azules, las manos recién lavadas, cepillado de
dientes, con los ojos entreabiertos hacia el
alto cielorraso, una gran ventana frente a la
noche, cortinas rojas, una mesita con pinceles,
colores, un atril, y un bananito, esperando la
llegada de Magic Monkey.
La magia de los monos por el rey de los monos.
Quizás el Mágico te pintaría flotando frente a
la Casa Blanca, vestido de negro, como te gusta,
rodeado de velas rojas, cirios más bien con
llamas azules, que llevan tus grandes y ricos y
famosos cultores de hoy: Jane Fonda, si
Barbarella, The Queen, con sus labios rojos,
piernas de columnas griegas, esas armas
galácticas que marean al hombre de Rifle, su
presencia decidida, casi varonil, de montaña de
Colorado. Tú Mark, este es un paréntesis, porque
al retrato siguen llegando más artistas, una
mirada de Peter Pan a la Fonda. Su melena color
miel que se desprende por la galaxia, su firme
mirada hacia el futuro, libertad, digo yo, hasta
mi pequeña prisión sale de las rejas. Robert de
Niro frente a la Fonda, de mirada mística, en su
frente dibujada una pequeña Casa Blanca,
Leonardo Di Caprio, entero de amarillo con un
cirio del mismo color, flama amarilla, de ropas
brillantes y la pisciana californiana Christina
Ricci, de enaguas rojas, pálida, devota, con su
perfume de Gabrielle Manzini, que llega a los
aposentos del emperador global. Ringo Starr, que
ama las pinturas de Mark Magic Money, y las
compra, es el baterista de la noche, vestido de
botones del Palacio de Buckingham. Cirios negros
con nieve plateada, a la entrada de la White
House. Anima Chilli Pepers en el Salón Oval (Red
Hot, carátula de Mark Ryden. En las escaleras,
cerca de donde se reciben los presidentes, entre
el pequeño jardín y el micrófono, niñas
mexicanas, salvadoreñas, colombianas,
puertorriqueñas, argentinas, ecuatorianas,
dominicanas vestidas de Alicia en el país de Las
maravillas, con sus cartelitos negros con
retratos de Lincoln y Jesucristo (futura
carátula de Mark Ryden). Cada una de ella con
una muñequita Barbie con una hoz y un martillo
en la mano. Detrás de donde se paran los
presidentes para saludar a los periodistas, un
telón negro, con un mosaico de las ciudades del
mundo en su historia en ruinas, firmado abajo:
Atila, Remember. Cuando las niñas de la
inmigración latinoamericana son recibidas para
un desayuno en el comedor de la cocina, las
paredes están empapeladas con afiches de
películas, comics, Los Locos Adams paseando en
silla de ruedas a Pinochet por los jardines de
La Casa Blanca, el presidente de Bolivia jugando
con una réplica del Titanic, Fidel Castro
escuchando La Guantanamera con los cubanos de
Miami en la Calle 8. Superman sobrevolando
Manhattan con Margaret Tatcher con una Z del
zorro en sus pechos, en la otra mano la Dama de
Hierro lleva una criptonita encargada de
Afganistán. Al fondo una montaña azul de
lapislázuli hace señas Bin Laden o el Mullah
Omar, montados en unos burros, con sus espadas
de lasser negras. (En todo Afganistán se ve La
Guerra de las Galaxias y el santo y seña es:
(Que La Fuerza nos acompañe).Los empleados de la
Casa, todos de negro, con turbantes rojos y
amarillos los hombres para diferenciar a los
gay, y las mujeres con sus burkas, se instalan a
orar de pie, mientras un enano políglota, de
ojos grandes, con un monito al lado y su órgano,
pegado a un megáfono, anuncia en sánscrito,
latín, griego, ruso, alemán, inglés, castellano,
árabe, la exhibición de la película: El día que
nos subimos sin orquesta al Titanic (segunda
parte). Aparece Mafalda al final del End, y
dice: Che Mark, no tomes la sopa, los cocineros
son de Bagdad.
Se sienten descender lentamente caracoles por
las alfombras de la Casa Blanca camino a una
reunión multitudinaria hacia el Río Potomac, a
pedir por la paz del mundo, donde se leerá el
discurso La Caja de Pandora Tocó Fondo.
Estamos en manos de Mark Magic Money, no podemos
olvidarlo. Chris Carter escribe conmigo estos
X-Files en un café de los alrededores de la Casa
Blanca. Es nuestro guión. Somos nuestra propia
conspiración. Hollywood somos nosotros mismos.
Escribimos sobre la nieve en Washington, pero no
se borran las palabras. Me recuerdo un día
cuando nos nevó a la llegada el Aeropuerto de
Denver. Venía de New Jersey, había dejado mi
automóvil sepultado en nieve frente a mi casa.
Me tomé una foto antes de partir con bufanda, un
abrigo y mi perro Tango. Iba leyendo un poema
del poeta: Ella, la virgen, la inmaculada/ no
deja de parir este putísimo/ polvo celestial,
cuando vi caer la nieve sobre Denver, como un
verso herido, y un tiempo no muy lejano, lo sé,
le abrazaré como si yo fuera su única noche.
Jugaremos ajedrez, me juré, al bajar del avión.
Yo seré la reina como decías en tus cartas y tú
el peón. Jaque a la Reina.
Gentileza::Rolando
Gabrielli [
panaglobal@hotmail.com ]
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