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Por
Silvia Banfield
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MI PERÍODO ROSA Y EL ALEPH KAFKIANO
Esta es la sexta nota del día. La décima tasa de
café. El 18 avo cigarrillo. La novena llamada
que contesto. El día siete del calendario. El
quinto mes del año. El cuarto cenicero que boto.
La millonésima vez que maldigo frente al
ordenador y hasta yo me borro. Me desactualizo.
La sexta vez que inicio este lead, un encabezado
que se me hace humo en la cabeza. Las
matemáticas nunca me fueron fieles y creo que tu
tampoco, querido. Qué importancia tiene, dirías,
si estuvieras aquí, si ya pasó. El campo de golf
es un verde epitafio en esta relación. Debo
tomar temprano mañana el avión a Denver. Me
perderé el último capítulo de Friends, pero me
lo iré imaginando en el vuelo. Para eso es bueno
subirse a las nubes. El día que deje de soñar,
le escribí el otro día a mi papá, hago como
Quino, le cierro la boca a Mafalda.
Está nevando levemente y mis ojos se quieren
cerrar. un paisaje blanco puede borrar hasta el
pasado. Siempre hay un último capítulo. Más café
negro. Hace frío. Pensar a esta hora es como
borrar el negro a la noche. Hacer un puzzle
sobre el mar. Esperar que entre por al ventana
una paloma untada en nieve y acuerde contigo la
paz, al menos por ese instante de magia.
Necesito una historia. Me guiñan sus ojos los
diarios, que están atrasados en unos tres días
por lo menos. Mis pinturas, mis pinceles. Esto
se llama abandono. El ocre, el rojo, el negro,
la noche, el insomnio, el hilo, yo.
La noche está estallando en muchas partes en
este minuto. Es más que un presentimiento.
Entran vivos y salen muertos. Caminan con dos
pies y vuelven rectos.
La noticia es la venta del Garçon á la Pipe de
Pablo Picasso (Pablo, Diego, José, Francisco de
Paula, Juan Nepomuceno, Maria de los Remedios,
Crispin, Crispiniano de la Santissima Trinidad,
Ruiz y Picasso) por sobre los cien millones de
dólares, y porque aún el arte maraville a los
pelmazos operadores de la bolsa. Los siento, no
sé, como espantapájaros inanimados, pero son
aves de rapiña que no dudan en arrancarte el
alma, además no saben besar, y juegan golf.
Creen Que todo lo tienen y consigue, como
Internet. El lienzo rosa está frente a mí.
Picasso entra por la puerta. Toma los pinceles.
Me siento desnuda. Me siento diván. Me siento en
la silla. Lleva el atril con magia, del rosa, al
azul. Él es el muchacho de la pipa. En mamelucos
azules. No tiene más de 24 años. Su corona es
una guirnalda de rosas. Colori rosa. Picasso se
cotiza más que el Papa. Después de todo él
dibujó la paloma de la paz. ¿Dónde estará ese
cuadro? Debiera presidir la O.N.U. Sólo le falta
levantarse como Lázaro.
Hay melancolía en este cuarto-estudio, nuestro
período rosa. Me hace sentir por momentos una
señorita D´Avignon. No sé que hace Pablo y por
qué lo tuteo, pero me hace sentir la mujer con
la guitarra. Estoy cuadriculada, soy un cubo
desnudo. Me siento primitiva. Siento las notas
en mis entrañas. Si el poeta estuviera. Me armo
y desarmo. Qué rosa, azul, roja está noche
picassiana, con el Minotauro, mi hilo
desvanecido en el aire reencontrado en su
laberinto. Período blue, naufrago. Crispiniano
de la Santissima Trinidad, alcanzo a decir.
Cuando me enredo me parezco a Clinton frente a
Mónica L .¿Pero qué estoy diciendo? Si esa es la
historia. No, no lo del habano y todo eso, la
pasante. No. Ni el traje almidonado por William
Jefferson Clinton, el más grande seductor de la
Casa Blanca en tiempos de paz y guerra, quiso
decir alguna vez Gabriel García Márquez. Esa
noche con García Márquez y Carlos Fuentes,
Clinton confesó que su película favorita era
Hihg Noon, Sólo ante el peligro. Fue algo
Sensacional. Un Sheriff abandonado por su pueblo
cuando los vecinos vieron que venían a vengarse
contra él. Pero esa noche sentenció el futuro
con una rara bola de cristal: mi único enemigo
es el fundamentalismo religioso de derecha. No
ahondemos más por este túnel, ya sin salida, y
veamos que sucedía en el cono vacío del
espejismo kafkiano del caso Mónica L y su
entorno.
Tampoco se trata de la mirada caspita de su
mujer, la abogada brillante que le traspasó
todos los códigos del amor. Fue Hillary C.,
quien aguantó la mecha del Clinton gate y
sostuvo el frágil andamio de la doble moral
victoriana. Una se atraganta hasta con el pavo
de Acción de Gracia. Se vuelan las plumas
victorianas, el puritanismo rojo de vergüenza.
De chismes ya tuvieron bastante los medios. El
hombre que tocaba el saxofón y tocó en la tenue
penumbra Oval, el muelle manso del sexo juvenil,
hábilmente expuesto al sexto sentido, salió
airoso finalmente. Sin una sola Enmienda. Esta
es una gran nación. WJC se elevó por sobre los
pronósticos y superó uno de sus más formidables
obstáculos en su mandato: Mónica L. Conducta
inapropiada fue la palabra que acomodó el
paquete Clinton –Mónica. Y, End. Pero todo eso
fue diversión, mientras que lo de ahora es
tortura. , según estoy leyendo el Washington
Post, que no cesa, como una licuadora, presentar
fotografías sobre los horrores de la cárcel del
Saddam, sin Saddam, en los mejores tiempos de
Saddam, como si Saddam mandara sus propios
masajistas, cortadores de yugulares, psiquiatras
de campaña, torturadores de cabecera,
violadores. Prefiero mirar el techo, me levanto
a la cocina, un vaso de agua, aire, cuando me
aparece ese ser de negro, con una capucha lleno
de alambres, suspendido en el propio terror. El
periodismo es también un oficio masoquista, es
lo que concluyo. Fotos para la vergüenza
nacional, un curso intensivo de degradación, la
basura humana, el escombro, los restos chatarra
de la carne. En el umbral del asco, sé que la
pantalla no respondería mis preguntas, por
vergüenza y quizás esté entendiendo mi asombro,
impotencia, mis ganas de querer ser marciana.
El niño rosa de Picasso posiblemente quedó en
manos de Lily Safra, la viuda de un banquero. Y
debe estar en sus manos en este momento. ¿Qué
estará haciendo con ese muchacho de mameluco
azul? La vida en rosa por 104 millones de
dólares, es más que una novela, mi querida Lily,
convengámoslo. Nueva York, son todas las misas
de París, incluidas las del Papa Picasso. El
otro posible comprador del Muchacho de la Pipa,
es Ste-phen Cohen, un corredor de bolsa. Cómo
los detesto. Gente sin corazón, sentimientos,
claro, más que por lo que hay detrás, sobre,
bajo, según, tras, dentro de la bolsa. Pobre
Crispin, Crispiniano de la Santissima Trinidad,
Ruiz y Picasso, supiera en que manos quedó la
rosa coronada de su jardín. Ste-phen Wynn, un
propietario de casinos, podría también estar
disfrutando del bambino rosa. ¿Un acierto o
desacierto del azar?. No sabemos. Un financista,
un Getty y el cofundador de microsof, Paul Alle,
quizás serían ganadores ganadores de la subasta
del Muchacho de Picasso de los años 20. la época
del Charleston, a menos de una década de la gran
crisis, Chicago no se dejaba retratar. Así se
reporta N.Y. el 2004, salvajemente mundana,
moderna, pragmática, adorablemente posesiva. Mi
manzana favorita, por alguna razón Eva y Adán te
mordieron. Cae la nieve y tú en tus playas, me
digo. Caribe to night, estrellas, luciérnagas,
luna llena, mar. No por blanca, la noche es
menos espesa: Silvia Banfield.
El mundo ya no pareciera estar en facha para ser
pintado. Menos de rosa, tampoco azul. No me
imagino la paloma de Picasso volando frente a mi
ventanal. Si veo crecer el muro frente a las
Naciones Unidas. Cómo deben estar riéndose los
constructores del muro de Berlín. Leo claramente
un titular en su frontis: No vengan a lamentarse
aquí. La ONU recomienda “humanizar la guerra”.
Me pregunto que habrá querido decir esta
inefable institución, tan venida a menos,
pariente pobre de los Derechos Humanos. Estoy
viendo la foto de la mujer soldado que arrastra
su perrito iraquí. El mundo es una mascota
americana. Cuando el mono se afloje de la
cadena, hacia qué árbol treparemos nosotros, me
pregunto. ¿O nos perderemos en el desierto en
una de sus tormentas? No me atormento más,
escribir, es mi trabajo, y esta noche no he
podido tomar el pulso a esta última nota, que se
rescribe así misma, con sus interminables dudas,
silencios, actualizaciones sobre la marcha,
agujeros negros, un presente aterrador. La
muerte es polaca también en Bagdad, leo un
último cable. El rosario es más largo. Siento
Pesado el teclado. Las yemas encendidas. Los
ojos, un oráculo sin futuro. Mañana en Denver.
Deseo un final feliz en Friends y para mí
también, lejos del campo de golf. La nota real
tendrá que esperar. Quizás en el avión. Y veo
que no soy la única. Al otro lado de la ciudad,
en algún lugar, Bill Clinton lucha con sus
memorias. El teclado, con su silencio, arremete
contra su orgullo personal. No avanza. No
duerme. Al menos es lo que dice la última
edición de Vanity Fair. No es para menos, ya le
adelantaron 10 o 12 millones de dólares. Está
bajo vigilancia y asistencia de su editor. No es
mi caso Bill, digo. Apago el computador. Es muy
tarde. Es muy tarde para sorprender a la
imaginación. La vida en rosa está del otro lado.
Cierro los ojos y no veo más que el inefable
porteño que temía a los espejos y tenía una fe
ciega en la muerte. La nieve no cesa y la noche
no logra oscurecerla. Sentado en su Aleph
kafkiano, Borges ve como Stalin borra de las
fotos a Troztky, quien entra por la otra puerta
y vuelve a ponerse para la foto. La historia no
es diferente. Sólo los cadáveres cambian, la
foto es la misma. Yo, no me quedaré como La
femme aux bras croisés de Picasso
Silvia Banfield
Gentileza::Rolando
Gabrielli [
rolandoamadeo22@yahoo.com ]
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