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Ponencia
Neoliberalismo cultural o el
arte políticamente correcto*
Para hablar del impacto que
ejercen las políticas
institucionales en el ámbito de
la producción artística
nacional, es necesario
establecer una serie de factores
que determinan de manera
esencial la forma en que autor e
institución se relacionan. En
este sentido, es imposible hacer
a un lado el análisis obligado
de un concepto que rige hoy por
hoy la lógica de las acciones y
el pensamiento del mundo en su
totalidad, me refiero a eso que
llamamos -en ocasiones
despreocupada e
irreflexivamente-
neoliberalismo.
Podríamos comenzar por definir
al neoliberalismo como el
entorno político, económico y
social que exhibe el capitalismo
mundial actual. En este
contexto, se establece nuestro
devenir como un campo minado de
relaciones de mercado que tejen
la lógica de desarrollo de las
sociedades y los individuos,
exaltando ante todo el valor del
objeto-mercancía como fuente
máxima de riqueza y poder, de
crecimiento y desarrollo en las
sociedades avanzadas de nuestro
tiempo.
Bajo este esquema, las naciones
poderosas ejercen su dominio
sobre los países
subdesarrollados, instaurando su
supremacía económica, política e
ideológica sobre el resto que,
en una clara desventaja de
poder, termina comprometiendo
sus valores fundamentales, entre
ellos: fuerza productiva,
riqueza natural e identidad
cultural.
Es decir, la estructura del
neoliberalismo funda sus bases
en las formas más exaltadas y
perversas de un capitalismo
mundial cuyo afán de imparable
ascenso económico sacrifica
aquello que, finalmente,
constituye el sustento real de
toda sociedad: sus individuos,
la identidad y los valores
culturales que aglutinan a cada
ser en un colectivo con nombre y
rasgos particulares.
Con esta perspectiva a cuestas,
resultan evidentes las
estrategias políticas e
institucionales que rigen la
vida cultural en nuestro país.
Éstas responden fielmente a los
cánones que determina la lógica
neoliberal en el mundo y buscan
satisfacer las exigencias del
exterior antes que atender las
necesidades concretas en su
interior.
Como resultado tenemos a un país
que ha empeñado toda posibilidad
de desarrollo artístico "real",
en orden de aceptar el
sometimiento absoluto ante
aquellas naciones poderosas que
determinan el curso del arte y
la cultura mundiales.
Obedeciendo a este fenómeno,
México se convierte por
consecuencia lógica, en un lugar
de asiduos imitadores e
incondicionales seguidores de
todo aquello que -desde afuera-
se nos determine como "la regla
a seguir" según el basamento
imaginario y simbólico
establecido por la cultura
hegemónica actual.
Bajo estas condiciones, nuestro
ámbito cultural y artístico no
tiene posibilidad alguna de
subsistir (y mucho menos de
trascender) si pretende acatar
sus propias reglas para la
creación, salvaguardar su
libertad artística y defender
sus propios procesos de
investigación.
Establecido este panorama,
encontramos que las políticas
neoliberales en el arte dan
eficientemente en el traste con
toda posibilidad de expresión
auténtica, original; al exaltar
y motivar efusivamente toda
aquella producción que siga -con
gran ímpetu y mayor docilidad-
las tendencias extranjeras
avaladas en el marco
internacional del comercio de
las artes.
Bajo esta pobre perspectiva,
podemos ubicar a un gremio
dancístico que no tiene más que
dos opciones: la primera resulta
el camino fácil y más seguro, y
consiste en ablandar el cuerpo
para que los azotes de la
dictadura neoliberal sean menos
dolorosos. Dicha elección
condiciona al artista a seguir
sin cuestionamiento los cánones
que se establecen como perfil de
aquello que se denomina "alta
cultura" o "arte de calidad
internacional".
Estos términos (bastante
inconsistentes, por cierto),
buscan definir a ese sector
productivo del arte y la cultura
nacional que ha consentido
acatar las bases de
participación dentro de la
contienda institucional por el
"lugar supremo", por el "título
mayor". De tal forma, el
propósito artístico pervierte su
sentido al asumir el acto
creativo como el desempeño de
una tarea que consiste,
básicamente, en reproducir
fielmente y sin distorsiones los
lenguajes estilísticos
extranjeros que gozan de la
mayor vigencia. Así,
corroboramos que el desfile
interminable de las versiones
mexicanas de Graham, Bausch,
Kilyan, Vandekeybus, y muchos
otros más, ha ocupado por
generaciones las carteleras
semanales de periódicos y
revistas nacionales, siempre con
la fuerte ilusión de ser
descubiertas por la institución
como la versión más fiel del
original. De esta manera se
cumple el "sueño mexicano"
de la danza en nuestro país:
conquistando el trono de la
réplica que nos permitirá
(mientras se conserve)
representar cual reina de
belleza a nuestra nación en el
extranjero por un período más o
menos seguro, acompañados por
supuesto, del nada despreciable
aval moral de nuestros
funcionarios más destacados.
La segunda opción para subsistir
dentro del esquema neoliberal
nacional es la más complicada,
además de que no ofrece grandes
posibilidades de cetro y corona,
ni viajes de representación al
extranjero, ni avales morales
institucionales. Esta
alternativa representa, en sí
misma, una forma cultural de
resistencia; consiste en
desenvainar la espada,
acomodarse el ropaje y asumir
con mucho corazón y una buena
parte de cerebro, la defensa de
un modo propio de expresión. El
que se decide por esta opción de
sobrevivencia apostará su futuro
protegiendo siempre la libertad
en la creación y el espacio
sagrado para la reflexión e
indagación constante.
Aquí, la propuesta artística
constituye una visión crítica
del mundo, y en este sentido, un
planteamiento ético y estético
que busca transformar e incidir
en su entorno desde el discurso
poético.
Al margen quedan el interés por
los hits estilísticos en boga o
las tendencias primavera-verano
dictadas por las potencias del
neoliberalismo corporal.
Desde esta postura creativa, las
influencias en el lenguaje y los
intercambios de información
producto de un mundo
globalizado, se asumen como
elementos que constituirán el
material para la deconstrucción
de un universo complejo y
personal. Aquí, la reelaboración
de nuestro entorno cercano y
lejano funda el sustento mismo
de la propuesta, que se expresa
mediante la interpretación
individual del mundo que
vivimos.
Obviamente, todo esto resulta
muy poco atractivo para los
principios de relación de
mercado que establecen las
instituciones culturales
instauradas, abiertamente, bajo
la lógica hegemónica del
neoliberalismo mundial.
De esta manera, al no cumplir
con las expectativas de
homogeneidad indispensables
dentro del esquema globalizante,
las posibilidades de acceso a
estrategias adecuadas para la
producción, difusión y promoción
de la obra artística que surge
en la resistencia se reducen
ampliamente, estableciéndose un
orden jerárquico claramente
delimitado, en el cual (como si
se tratara del mundo al revés)
la imitación, la postura
irreflexiva ante el arte y la
sociedad y el sometimiento,
prevalecerán y tendrán mayores
expectativas de vida en
contraste con la autenticidad,
el sentido crítico y el riesgo.
Asomarnos a nuestra realidad
desde esta perspectiva resulta
por demás avasallador. Según
Enrique Carpintero, autor del
ensayo Metáfora del héroe
colectivo, en el mundo actual
"la sensación de devastación es
lo que define la subjetividad
colectiva e individual en
amplios sectores de la
población"; en el neoliberalismo
el individuo y la colectividad
pierden su identidad; no importa
lo que un individuo o grupo
social piense o sienta, el poder
hegemónico del gran capitalismo
mundial se encarga de borrar las
diferencias, las
particularidades, las esencias.
Y aquí me pregunto, ¿qué es el
arte si no la expresión profunda
de las particularidades de un
individuo y de una sociedad?,
¿cuál es la función primera del
arte si no la objetivación de un
universo interior personal,
único e irrepetible, capaz de
sintetizar nuestra visión
crítica sobre el mundo que
experimentamos?.
Hegemonía y globalización, son
conceptos intrínsecamente
relacionados a las políticas
neoliberales. Ambos implican una
fuerte dosis de destrucción
sistemática de la identidad;
entenderlos no conlleva a
aceptarlos.
Eduardo Coiro , sociólogo y
escritor argentino, establece
que, en el capitalismo, el poder
(la institución) "nos obliga a
vivir en rituales de
sometimiento, en chantaje
fáctico a la razón y como
rehenes de la necesidad.
En las instituciones domina la
regla de la productividad
creciente del malestar, y así,
TODOS PUEDEN AGUANTAR UN POCO
MÁS."
Ante este estado de cosas, hacer
arte en contra de los principios
que plantea el esquema
neoliberal mundial, a la vez que
defender lo que queda de nuestra
identidad individual y
colectiva, equivale a
visualizarnos en medio de la
noche más oscura, en un inmenso
mar enfurecido, con un remo y
sin lancha.
Sin embargo, contra todos los
pronósticos, por absurdo que
parezca, existen siempre algunos
cuantos temerarios que estarán
dispuestos a aventar el remo y a
buscar la aurora emprendiendo el
nado con sus propios brazos.
* Evoé Sotelo México.
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