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URUGUAY
BCG en la Zitarrosa: Son lo
que son
“Recuerdo esa película de Ariane
Mouchkine en la que Moliére
joven viaja a Nueva Orleáns y,
perplejo ante su primer contacto
con el carnaval, dice: ¡éste es
el teatro que estaba buscando!”.
A veces hay imágenes que
persisten como síntesis o puntos
de partida. Esta escena que cita
Jorge Esmoris forma parte, sin
duda, del impulso que dio origen
a Sigue siendo BCG, un
espectáculo que se remonta al
carnaval primigenio y que
funciona, además, como
reafirmación de esa peculiar
trayectoria de la Anti-murga BCG
en nuestro medio.
Desplazada en 2001 del concurso
carnavalero a cuyo “Reglamento
Oficial” decidió –y por suerte-
no adaptarse, la BCG ha sumado a
sus veinte años de tablados,
tres veranos en la Sala
Zitarrosa. Allí, en “el lugar
más frío de Montevideo” según su
director, el excepcional
conjunto de
actores-cantantes-bailarines-músicos
ha sabido consolidar un nuevo
registro para su acostumbrada
propuesta.
Potenciada la calidad artística
a partir de las nuevas
condiciones infraestructurales y
técnicas, el espectáculo de este
año se propone, nuevamente, como
un viaje de estaciones
insólitas. Un borracho que “se
mama” porque no encuentra lógica
en las repeticiones mecánicas
que ritualiza la tradición
uruguaya, será la guía en este
laberinto subjetivo en cuyo
primer tramo se respira aquél
carnaval primigenio habitado por
las “mascaritas” tradicionales.
“El espectáculo se iba a llamar
‘Carnaval’, pero desistimos
porque podía restringir las
expectativas sobre una propuesta
que abarca muchísimo más”,
explica el director. Y lo cierto
es que en Sigue siendo BCG
conviven personajes y temas muy
diversos. Desde el terror al
sillón del dentista, hasta los
programas de la TV basura y sus
códigos, pasando por los lugares
comunes del ejercicio del poder
por parte de elementales
empresarios o los tics de los
proliferantes grupos cumbieros,
también incluye la tradicional
oposición “cultura erudita o
popular” resuelta al estilo de
Kevin Johansen y su “Cumbiera
intelectual” en una “Lectora
cumbiambera” que proclama una
“cultura con K”. La materia del
espectáculo es un intertexto en
apariencia imposible, pero que
adquiere, sin embargo, su
sentido pleno a la luz de la
totalidad. En este “puzzle que
se va armando con la gente”,
según define Esmoris, son
fundamentales las “bisagras” que
articulan lo heteróclito, pues
no se trata de una sucesión de
sketchs, sino de una compleja
construcción de sentido cuya
organización escénica funciona,
casi como la de los pensamientos
en la cabeza. Esto aparece –como
en todas las propuestas de la
BCG- muy bien logrado. Así, el
recorrido resulta efectivo, y
las “costuras” se hacen
invisibles.
SUBVERTIR PARA PRESERVAR. Libre
ahora de las prohibiciones del
“reglamento oficial”, la BCG se
encarga, apenas comenzado el
espectáculo, de informar las
prohibiciones que rigen para el
público en este nuevo escenario:
la sala Zitarrosa. “Está
terminantemente prohibido
encender cigarrillos, pasta base
o similar”, o “Sea un buen
ciudadano: ojo con los tupamaros”,
son algunas de las
recomendaciones del coro
medioeval de “censores” que
establece desde el vamos la
clave que regirá el espectáculo:
la deconstrucción y re-lectura
crítica de los variadísimos
discursos arraigados en el
imaginario social del Uruguay
actual.
Se trata de un universo de
convenciones que el público ya
conoce y acepta, de una poética
regida por un humor cargado de
ironía y que integra aspectos
del absurdo, del grotesco y de
la Commedia dell’Arte para
jugar, permanentemente, con los
diversos discursos establecidos.
La técnica es apropiarse de
ellos para -de acuerdo con una
lógica hermenéutica propia-
deconstruirlos y reformularlos.
En este sentido, BCG es murga.
Pero sucede que el carnaval, que
nace como discurso opuesto a lo
“serio”, a lo “solemne”, tiene
hoy su propia “seriedad”, su
“solemnidad”, sus clichés y sus
reglas inmutables, y es contra
este tradicional corset que la
BCG arremete desde hace 23 años,
partiendo de una irreverencia de
la que no queda exenta tampoco
la realidad social, económica,
cultural y política circundante.
“Anti-obra” es el subtítulo que
Ionesco dio a su Cantante calva
(1953), y según Patrice Pavis,
probablemente de allí se
desprenda el término
“anti-teatro” que designa a ese
teatro de “actitud crítica e
irónica frente a la tradición
artística y social”. En este
sentido, la “Anti-murga” se
plantea como una ruptura, no con
el género, sino con una
tradición que considera
obsoleta, y a la que ha aportado
nuevas características. De hecho
la BCG ha influenciado a la
mayoría de las nuevas murgas,
eso se ve en los tablados. De
esta forma, el grupo liderado
por Esmoris se separó, siempre,
de una tradición carnavalera que
apela a la jerga sensiblera y
“trascendente”, a la referencia
directa a figuras heroicas o
reprobables del momento, a la
evocación de ese “Momo Ortodoxo”
(Gustavo Remedi) celebrador de
la “garra charrúa”, la “viveza
criolla”, las “tradiciones
perdidas”, el “saludo cordial”,
la “marcha triunfal”.
Contrariamente a esta línea, ha
optado por rendir tributo al
“Momo Dionisíaco”, ese “dios,
diablo u hombre” que –como la
murga- es “lo que ha(ce)” y no
pertenece “ni al cielo ni al
infierno”; de allí que pueda ser
“un pobre inmigrante más” o un
antihéroe sumergido en el
alcohol o que “por la plata
baila”.
Se respeta la estructura “saludo
/cuplés, popurrís/ retirada”
típica de una murga, pero la
originalidad reside en la
subversión de los contenidos
habituales para cada uno de los
tramos. Este mecanismo utilizado
siempre como forma de ruptura,
se hace aún más evidente
(incluso explícito) en Sigue
siendo BCG, en la medida en que
el discurso propio es precedido
por una explicitación sobre cómo
debería ser el tradicional.
Un ejemplo de este mecanismo de
inversión de las expectativas es
el “estribillo final”, al que se
llega –explica el coro-
“siguiendo con el protocolo”.
Este es el momento “esperado por
todos” en que “la murga
arremete”. Sin embargo, la
euforia anunciada es sustituida
por un estribillo que se canta a
sí mismo, al ritmo de “Singing
in the rain”.
En cuanto a las distintas partes
que componen el espectáculo se
percibe un justo balance en
cuanto a tiempos, ritmos, y peso
de las mismas en la estructura
general. De todos modos –y como
suele ocurrir en este tipo de
performances- se distinguen
tramos “fuertes” y otros más
“fáciles” o “livianos”. Dentro
de los momentos brillantes,
podemos mencionar la discusión
entre “la murga” y su hijo de la
posmodernidad, o el cuento de
Hansel y Gretel por una madre
desquiciada, la explicación
sobre cómo “Volvió” la murga, o
la historia uruguaya relatada a
ritmo de samba por el grupo
“Sonho du Tatú” creado como
estrategia para atraer el
turismo brasileño. Por otra
parte, vale destacar –como
también lo hiciéramos respecto a
We are fantastic- la calidad en
los arreglos musicales (Gonzalo
Durán, también responsable de la
música original) y en las
interpretaciones, así como el
vestuario. Sigue siendo BCG
cuenta, asimismo, con una mayor
participación de algunos
integrantes del elenco que se
separan del colectivo. En este
sentido se distinguen, tal vez
con mayor intensidad que en
otros años, brillos individuales
no sólo en el canto ( Maia
Castro y Jaime Cid), sino
también en las actuaciones
(Néstor Guzzini y Gonzalo
Durán).
Una vez terminado el atípico
“estribillo final”, explota un
rock ‘n’ roll (verdadero
“estribillo final” de la murga),
reafirmando que “sigue siendo
BCG”. Todo termina con la ya
acostumbrada salida a 18 de
julio al ritmo de los tambores,
que rompe no sólo con la “cuarta
pared” entre el espectáculo y el
público, sino también con una
quinta, la separa al teatro de
la calle. En el sentido que le
otorga Bajtín, la propuesta es
dialógica, por oposición al
discurso monológico hegemónico
en el que el del carnaval se
incluye. Pero –y justamente por
esto- BCG no deja de ser una
murga. Es una murga, sí, y una
que continúa ejerciendo y
reafirmando esa postura que se
le adjudicara hace algún tiempo:
“autocrítica, experimental e
irreverente hacia las formas y
conceptos del género”.
RECICLAR DEFINICIONES. “Hubo
temas de años anteriores que nos
vinieron ideales para lo que
estábamos haciendo y los
readaptamos. Por ejemplo, la
canción que evoca a Momo es del
88. O ‘No queremo’ a nadie’, que
es incluso de nuestra época pre-carnaval,
de nuestro primer espectáculo en
el teatro La Candela en el 83.
Esa canción es una especie de
definición. Por eso cada tanto
fue apareciendo, renovada, en
distintos carnavales”.
CARNAVAL Y BRECHT. “Para el año
que viene espero poder estrenar
un espectáculo que tengo pensado
desde hace años. Una versión de
La ópera de dos centavos
adaptada a una murga, que se
llamaría La murga de tres
vintenes. Es un espectáculo
mucho más grande, pero quiero
hacerlo porque considero que
este es el momento de la BCG de
abordar un trabajo de ese tipo.
Creo que ya se ha formado un
actor distinto, un actor de un
estilo que –desde la perspectiva
teatral- puede ser asociado a la
sátira, o a la farsa, un actor
que es un clown pero sin la
escuela del clown, un actor que
se fue haciendo sobre la base de
una propuesta, de una compañía
concreta como es la BCG. En la
obra de Brecht se dará la
convivencia entre las distintas
categorías y figuras del
carnaval, y aparecerán también
personajes como Dick Tracy,
Palito Ortega, Atahualpa Del
Cioppo. Es una idea que sigue
aquello que decía Brecht
respecto a que ‘si en un
espectáculo hay un cliché es un
fracaso, pero si están todos los
clichés reunidos es un éxito’.
Para esa locura saldríamos
entonces, sí, a buscar auspicios
o financiación, porque hasta
ahora nuestros auspiciantes han
sido siempre los mismos: Nada,
Nadie y Ninguno”.
Lucía Masci, Caras y Caretas,
febrero de 2005
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