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VENEZUELA
Suroeste
El Teatro San Martín de Caracas,
bajo la égida de Gustavo Ott y
su grupo Textoteatro, lleva 12
años de labores útiles en pro de
la cultura venezolana y muy en
especial para la singular zona
del suroeste caraqueño. Eso no
se puede negar, salvo que se
pretenda ignorar ese trabajo de
hormiguitas que ahí se ha
realizado por intermedio de las
artes escénicas y además
desechar el rescate de una
generación de comediantes y
autores que no eran aceptados en
ninguna otra parte. Ojalá que
ese equipo humano ahí presente
-porque son únicamente los
artistas quienes hacen tan
nobles tareas- perdure años más
y logre formar y poner en marcha
a una generación de relevo,
nacida en ese sector, y que
lleve en sus venas la
importancia del pan del teatro,
porque quien lo prueba es más
humano y por ende más reflexivo
y con capacidad para soñar. No
hay que olvidar que sin relevos
adecuados, nuevamente se vivirá
otra versión del mito de Sísifo,
esa maldición que también
acompaña a los hacedores de la
cultura criolla.
Durante el 2005, que marca una
docena de primaveras útiles del
Teatro San Martín de Caracas,
habrá una sólida programación
entre la que figura, para
diciembre, un Festival
Internacional, además de una
serie de estrenos, reposiciones
y demás eventos durante los
meses que faltan para cerrar
este “año bisagra”. Y como
inicio de esas benditas
actividades, se estrenó
Bandolero y Malasangre,
asombrosa pieza de Gustavo Ott,
aceptablemente puesta en escena
por Luis Domingo González, y con
la ejemplar actuación de David
Villegas.
Bandolero y Malasangre es un
unipersonal que se desarrolla en
siete escenas y donde siete
personajes lanzan sus más
desesperados o patéticos
mensajes de soledad en medio de
una sociedad que no se inmuta
por los padecimientos ajenos y
que sólo busca el lucro personal
y la satisfacción de sus
pasiones.
Bandolero y Malasangre es otra
reflexión que propone Ott sobre
la compleja idiosincrasia
venezolana, la cual va desde el
hombre solitario que cumple su
rutina durante una noche del 31
de diciembre, hasta las
vicisitudes de una mujer que por
razones estéticas se hace
implantar sendas prótesis
mamarias para así capturar y
preservar, no se sabe por cuánto
tiempo, a su marido.
Es un texto alucinante donde se
degustan los monólogos de un
miserable perrero que no
comprende el significado del
amor en las palabras que le
transmite un poema; a un ex
taxista que lo perdió todo en el
deslave del estado Vargas, aquel
fatídico 15 de diciembre de
1999; que exhibe el drama de los
solitarios marineros copuladores
con muñecas de plástico, o el
alucinante monólogo de un
cobrador a quien le robaron su
fémina. En fin, la miseria
humana, esa que Emile Zolá
plasmara magistralmente en sus
novelas, se materializa, se hace
carne gracias al calificado
intérprete que es David Villegas
-aplaudido a escena abierta, en
el estreno, este viernes 28- y
al dramaturgo Gustavo Ott.
La dirección del espectáculo,
aún en proceso de ajustes, debe
resolver el problema del espacio
escénico y en especial la
ubicación del vestuario y la
utilería que utiliza David
Villegas durante su fantástico
performance. Colocar en el piso
tales materiales vitales para el
actor, obliga a éste a una serie
de innecesarias actividades
físicas, las cuales aumentan el
tiempo escénico y ponen en
peligro la resistencia del
comediante.
Unas minijaulas que sirvan de
mesitas o unos ganchos que bajen
de la parrilla, pueden resolver
tales agachadas e incluso
evitarle futuros problemas
musculares. Además no es
elegante o estético el sube y
baja del histrión que debe ir
metiéndose en la piel de su rol.
David Villegas debutó hace años
en el Teatro San Martín y ahora
ha demostrado todo lo bueno que
aprendió, ahí, en el suroeste.
¡Bravo!
E.A. M.U. El Mundo. 31 de
enero de 2005
Gentileza:: celcit [
celcit@sinectis.com.ar ]
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