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URUGUAY
"Las mil y una noches".
Primer capítulo de un estreno a
largo plazo
Las mil y una noches, ambicioso
proyecto de la Comedia Nacional
que cierra la Temporada
Atahualpa del Cioppo, abre al
mismo tiempo una nueva etapa
para el elenco oficial: la de su
regreso a casa luego del
nomadismo que mantuviese durante
las reformas del Teatro Solís.
La adaptación recién comienza,
pero lo cierto es que con este
estreno el teatro vuelve a
nuestro escenario mayor. La
propuesta, signada por la
multiplicidad, funciona además –
y tal vez sin quererlo- como una
muestra parcial de la actual
realidad teatral montevideana,
ya que incluye a actores,
directores, bailarines, músicos
y técnicos de distintas
procedencias y escuelas,
especialmente convocados. Luego
de varias posposiciones y
cambios de planes, el
espectáculo se ha convertido en
un “ciclo” de tres partes a
representarse a lo largo de tres
meses. Más allá de los
resultados, de los diferentes
grados de coincidencia entre la
propuesta y su resolución,
cuenta la actitud de riesgo
asumida por la Comedia Nacional,
que prefirió a una oferta más
tradicional y segura, esta que
reúne la experimentación y la
participación de otros artistas
del medio, para marcar esperada
reapertura de nuestro teatro
mayor.
LA PROPUESTA. Las mil y una
noches, un clásico universal,
tiene su origen en esos relatos
orales que viajaron, según
señalara Borges “del Indostaní a
Persia, de Persia a las ciudades
y reinos del Asia Menor; del
Asia Menor a Egipto” previamente
a su compilación. Provenientes
de tiempos y geografías
diversas, fueron conocidos en
Occidente con la traducción de
Antoine Galland en 1704. Mas el
libro continuó experimentando
cambios con el tiempo, y de él
se independizaron algunas
historias que se transformaron
en cómics o programas de radio,
en películas, en seriales de TV.
Personajes como Alí Baba, o
Aladino, se integraron
completamente al imaginario
occidental. Como si fuésemos
parte de esas historias sin fin,
los cuentos de Las mil y una
noches nacidos de la lógica del
relato oral se suceden y
transforman sin pausa. Su
articulación tradicional (un
cuento a la vez origen y parte
del conjunto) descansa en la
historia de Sherezade, quien con
sus relatos evita, noche a
noche, su muerte a manos del
Sultán, el cual fiel al designio
de casarse en la noche y
enviudar a la mañana no resiste,
sin embargo, la intriga sobre el
final imposible de los cuentos.
Hoy, cuando vemos que los
lugares en donde se forjaron
estas historias se encuentran
bajo el fuego, cuando si se
quisiera –a la manera de
Sherezade- postergar el injusto
asesinato sería imposible, la
Comedia Nacional propone este
espectáculo con la intención de
recordarnos que allí, en esos
territorios que hoy desaparecen
bajo las bombas de la cruzada
por el petróleo del nuevo
imperio, se asentó la cuna de
nuestras civilizaciones. Que fue
ese el punto de partida de
palabras que se extendieron y
mezclaron, a lo largo de los
siglos, convirtiéndose en
pilares de la cultura oriental y
de la occidental, de sus
creencias iniciales y su primera
escritura, de su ciencia y su
legislación para convivir, de la
literatura como base de su
diversidad. De alguna manera,
rescatar esa palabra, esa
herramienta sobre la cual sigue
creciendo la comunicación
humana, ha sido el propósito de
estas Las mil y una noches.
Importa señalar de todos modos,
y a modo de balance inicial, que
la intención tiende más a
quedarse en el material
complementario entregado por la
Comedia Nacional, que a fluir de
la escena.
EL ESPECTÁCULO. Del espectáculo
conocemos tan solo la primera
parte, aunque podemos, a partir
de ella y de la información
sobre lo que vendrá, vislumbrar
la forma de las que siguen. Se
trata de una propuesta de gran
formato que congrega e intenta
articular diferentes abordajes,
distintas poéticas, estéticas,
estilos, técnicas, formas de
expresión y de significación,
desde el propio punto de
partida, esto es, desde la
inclusión de nueve directores en
su conducción. Por las
decisiones de Ahunchaín,
Buscaglia, Curi, Da Fonseca,
Figueroa, Morena, Peraza-Conde,
Percovich, y Romanelli, pasan
las elecciones de los cuentos
que se escenifican, el criterio
para su montaje y la forma final
que adoptan en escena. Por las
de Héctor Manuel Vidal, la
coordinación de esa diversidad,
apoyándose en un texto que venía
siendo escrito con anterioridad
a la decisión de montar este
espectáculo: Palabra sobre
palabra de Alicia Dogliotti que,
dirigido por Ismael Da Fonseca,
opera como articulador de las
propuestas reunidas.
El resultado, el espectáculo no
deriva -al menos en esta primera
muestra- en un viaje enlazado
por los mundos fantásticos de
los cuentos, sino que se
configura más bien como un
collage que enfatiza una
autonomía más que una sinergia
entre las partes. Tal vez por
cómo fueron individualmente
abordados por cada director,
como universos independientes,
los diferentes segmentos llegan
a pesar más que la estructura
que los envuelve, aproximándose
así el espectáculo a un
constante abrirse y cerrarse de
mundos, más que a un discurso
estructurado en una totalidad
dramática. Ello tiene a favor la
capacidad de la sorpresa que se
renueva a cada tiempo, y en
contra el cansancio de la
reiteración que dicha estructura
suele provocar. Por otra parte,
se echa de menos una mayor
síntesis en cada fragmento y un
mayor contenido en las
transiciones, puesto que, tal
como se presenta, la estructura
general del espectáculo parece
constituir más una excusa para
convocar un mundo que un
discurso sobre ese mundo tal
como lo explicita el material
anexo. Asimismo, se perciben
algunas dificultades de
coordinación que resienten el
resultado. Una de ellas, los
grupos no dispusieron del Solís
para ensayar, lo que implicó que
las distintas propuestas
debieran ser armadas en
diferentes espacios e
hilvanadas, casi sobre el
estreno, sobre el gran
escenario. Las costuras se hacen
visibles, inevitablemente.
CONVIVENCIAS. Respecto a esta
primera parte, que reúne a
cuatro de las nueve propuestas
más los espacios destinados al
texto articulador, consignamos
no sólo la convivencia de
distintos lenguajes, sino
también de desiguales niveles de
rendimiento y resolución. Del
lenguaje abstracto y sintético
de la danza elegido para una
introducción un tanto caótica
(Palabra sobre palabra), se pasa
abruptamente a una versión de
Alí Baba y los cuarenta ladrones
en la que Curi intenta rescatar
el rol y la figura del narrador
oral o “cuentacuentos”. Estela
Medina, con el estilo que la
caracteriza, mantiene la
atención y establece un juego de
reconocimientos con el
espectador, que vuelve a seguir,
ahora de su mano, el relato
conocido por todos. En contraste
con esta propuesta de un actor
solo en un escenario despojado,
la propuesta de Percovich
reconstruye el mundo del cine
mudo de los años 20 para
reflexionar, desde allí, sobre
la percepción occidental de
oriente. Una opción inteligente
y de alta contundencia
conceptual, apela a la parodia
del discurso hollywoodense, ese
que atravesó toda lectura
occidental del siglo XX sobre
alteridades que volvió
estereotipos. Un sabor de cierta
nostalgia aparece también en la
figura del narrador,
representada por un relator de
aquél primer cine (Galbiati, muy
disfrutable), quien acompañando
al pianista (Jorge Damseaux,
excelente) toma el lugar de
Sherezade para conducir al
público por ese choque, visto
ahora a la distancia, entre
oriente y occidente. Ciertos
quiebres recuerdan a “La rosa
púrpura del Cairo”, de Woody
Allen, y la cuadrícula a través
de la cual miramos el mundo,
queda expuesta en los propios
códigos de la representación.
Andrea Davidovics, remedando los
códigos de una estrella del cine
mudo, compone magistralmente a
Nozhatu’ Zaman, protagonista del
cuento seleccionado pero también
de la “película” parodiada en
escena. Una de sus mejores
performances de los últimos
tiempos. De aquí pasamos a un
enfoque radicalmente distinto:
una versión de Qamar al Zamán
–uno de los relatos más antiguos
de Las mil y una noches- para la
que Da Fonseca apuesta a las
técnicas tradicionales del
teatro chino, hindú, balinés.
Aparece el uso de máscaras (las
de Bali, usadas en dos de sus
espectáculos anteriores), de
técnicas específicas, que son
más insinuadas que del todo
respetadas, así como, en gran
medida, de vestuario y elementos
tradicionales. Notorios
desniveles en la emisión de
voces por parte de los actores,
resienten una puesta cuya
estética se acerca demasiado a
que rige Palabra sobre palabra
(también dirigida por Da
Fonseca). Se trata más bien de
un uso parcial los lenguajes
seleccionados, para un cuento
que se aborda como un muestrario
de técnicas hacia el inicio y
que luego se pierde en un
desarrollo confuso. Se destaca
la música en vivo de Ameijenda e
Ibarburu, para esta mezcla de
opciones estéticas tradicionales
con una mirada cómplice al
presente. La puesta se vuelve,
pese a sus puntos rescatables,
abigarrada y excesiva. Una breve
intervención de Palabra sobre
palabra, en la que el Sultán
(interpretado por Levón) irrumpe
para aclarar que “esto no
termina aquí”, parece ahora más
un cierre de esta primera parte
que un espacio articulador, pero
aún falta el trabajo de Figueroa
y el Grupo Espacio (Epílogo
inicial nº2), que cierra
finalmente el espectáculo con
una interpretación desde la
danza de la historia de
Sherezade que introduce a Las
mil y una noches. Una gran pata
del elefante (¿la historia? ¿la
amenaza de destrucción?...)
atraviesa el fondo del escenario
mientras todo el elenco suma
cuerpo y voces para el gran
final.
PRIMERA DE TRES. Se destaca, de
esta primera parte, el trabajo
de Percovich, tanto en su
concepción como en su
resolución, aunque –como el
resto- pudo sintetizarse aún
más. Asimismo –y esto vale para
casi todas las propuestas, salvo
ínfimas excepciones- el cuidado
en los rubros técnicos
(maquillaje, vestuario,
escenografía, iluminación,
música) se percibe de inmediato
y alcanza niveles de excelencia.
La duración real se separa, en
este ritmo discontinuo, de la
duración vivida, y el
espectáculo parece sobrepasar
las dos horas y media que
realmente demanda. Tal vez,
de todos modos, un tiempo más
reducido para cada uno de los
trabajos hubiese aportado en
intensidad e interés, e impedido
además la incómoda división de
la totalidad en tres tramos. Se
trata de un hecho raro. Es
cierto. Veremos entonces,
mientras tanto, cómo sigue esta
maratón. Lo cierto es que –al
menos hasta aquí- la suma hizo a
la espectacularidad general, que
fue la apuesta, más allá del
cuidado conceptual para la
convivencia de cada uno de los
fragmentos. Finalmente, podemos
decir a modo de balance, que nos
encontramos –más allá de
cualquier especulación sobre lo
que hubiese resultado de una
indagación más a fondo- frente a
una lectura occidental sobre el
oriente. Una lectura que, en
conjunto, no se separa del
espíritu festivo, del
divertimento superficial que
deriva de esa perspectiva
occidental que existe desde la
primera versión de Galland
-aquella que modificó las
historias de acuerdo a los
gustos europeos-, y que se
extiende hasta la actualidad.
Pero ¿hay otra lectura posible?
Aún no lo sabemos.
Lucía Masci, Caras y Caretas
Gentileza:: celcit [
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