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ESPAÑA
El borrascoso norte de la
escena
Se han perdido este año (2004)
casi 300.000 espectadores. Y ese
es un dato alarmante sobre todo
teniendo en cuenta que los
musicales se llevan la parte del
león en la asistencia a los
teatros. Los musicales, Cabaret,
Cats, Mamma Mia..., son un
factor contable distorsionante.
También La venganza de Don Mendo
ha contribuido a frenar la caída
de espectadores; lleno en La
Latina desde hace varios meses.
Eso es digno de reseñar y es,
además, sintomático de por donde
van los gustos del público:
teatro de evasión y musicales
frente a teatro de pensamiento.
A primeros de año pasó por el
Muñoz Seca una obra, Made in
Argentina, de lo mejor que ha
llegado del otro lado del
Atlántico; con una ejemplar
interpretación de Hugo Arana,
Soledad Silveira, Ana María
Piccio y Victor Laplace, apenas
duró un mes en cartel.
Pero hay otras cosas de este año
2004 que ayudarán a superar
estas ligeras depresiones. Lo
primero, la Royal Shakespeare
Company, suficientemente
elogiada ya en estas páginas.
Comparados con estas creaciones
foráneas hay pocos espectáculos
netamente españoles que merezcan
tal lugar de honor. A excepción
de La Abadía, de José Luis Gómez
(notable el montaje de El rey se
muere), nada hay que se le
aproxime al sentido de escuela
de la Royal. La cena, de
Brisville, en el Bellas Artes es
una muestra de un teatro sin
frivolidades aleatorias:
densidad, pensamiento y tensión
actoral con un insuperable
Carmelo Gómez y el mejor Flotats
que se ha visto desde su
lejanísimo Cyrano de Bergerac.
Els Joglars nos lleva a
Cervantes con el Retablo de las
maravillas, pleno de variaciones
y vitriólicas prevaricaciones; y
apuntalado por un grupo de
actores en estado de gracia en
el que Ramón Fontseré sigue
marcando las fronteras de la
genialidad.
Estos espectáculos y otros como
la ritualidad de La Orestiada,
de Mario Gas, el polémico Rey
Lear de Bieito o el nivel
actoral de Otegui, Echanove,
Pedregal y la Marzoa en El
precio, marcan hitos del teatro
que se ha hecho en España en
2004, pero no definen la
temperatura del teatro español.
Ni Santa Juana de los mataderos,
dirigida por Àlex Rigola, una
muestra clara de cómo recrear un
texto sin recurrir a su
devastación. Los monólogos han
sido también un punto de
referencia esta temporada. Se
acostumbra a verlos como un
recurso económico de producción;
pero son bastante más. Magüi
Mira recuperó su inolvidable
Molly Bloom de hace 25 años, y
Lola Herrera sus Cinco horas con
Mario, de parecida longevidad;
El Brujo inimitable ha vuelto
con su trilogía de San
Francisco, El lazarillo y El
contrabajo. Y Diatriba de amor,
torrencial y tórrida de Ana
Belén. Vía Dolorosa supone,
además de una valiente
aproximación a la cuestión
palestina, una de las mejores
interpretaciones de Joaquín
Kremel.
Algo debería hacer por el autor
español, y de seguro lo hará, el
nuevo Centro Dramático Nacional
(CDN) del cambio político
propiciado por los convulsos 11
y 14 de marzo. La orientación
del anterior CDN era, digamos,
españolista y la del nuevo
parece ser europeísta. Pese a lo
cual ha empezado con Himmelweg
(Camino del cielo), de Mayorga,
una obra perturbadora sobre la
complicidad de la sociedad o la
inopia respecto a los campos de
exterminio nazi. Mayorga ya
estuvo en el María Guerrero con
otra obra también inquietante,
Cartas de amor a Stalin, y ha
estrenado recientemente Copito
de nieve (Nuevo Alcalá) y
Animales nocturnos (sala
Guindalera). Pero el caso de
Mayorga, y en menor medida el de
Jordi Galcerán (El método
Gronholm), no tapa la
menesterosidad del autor español
sin sitio y sin público; a éste,
en general, se le representa
poco y en malas condiciones.
Valga a título de ejemplo la
precariedad con que se puso en
el Galileo la última obra de
Ignacio Amestoy, De Jerusalén a
Jericó. Si esto no se remedia,
desde el sector público y el
privado, el horizonte del teatro
español es sombrío: o clásicos
sin presente o muertos con
ilustre pasado. La coartada es
negar que haya autores de
relieve; mentira. No sabremos lo
que hay si no se los representa.
De momento, hay sigue Alfonso
Sastre, en el exilio del
“borrascoso norte” que diría
Bergamín. Cuando queramos darnos
cuenta de que Sastre existe
acaso sea demasiado tarde para
Filoctetes. En el fondo, lo que
unos y otros, y todos a la vez
temen es un teatro de agitación,
de testimonio, de lo que sucede
en estos tiempos; un teatro vivo
y, a la vez, de calidad.
Javier Villán. El Mundo. 31
de diciembre de 2004
Gentileza:: celcit [
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