|
|
Tango.-
5/1/05
 
|
|
Es el baile, el tango una
sublime y placentera forma de
vencer, de humillar a esa
muerte, a ese dolor invisible
que nos acompaña en todos
nuestros instantes
Muy cerca de la popular librería
París-Valencia hay siempre,
soñoliento y apesadumbrado, un
viejo músico argentino, de tez
muy morena, un músico que toca
magistralmente esa herida
sangrante y llena de tristeza
que es el tango... Tiene el
rostro del artista porteño una
chispa especial que contagia una
fuerza inexplicable; Hay dentro
de las notas del tango y de los
ojos del músico un código
indescifrable que impregna el
ambiente, callejero e invernal,
de una familiar calidez...
Confieso que no puedo resistirme
al encanto especial y feroz que
ejerce en mí el tango, esa
música tan sumamente
aristocrática y a la vez tan
brutalmente salvaje y mineral
que ha producido Argentina en
sabia y dichosa combinación con
la "civilizada" Europa, pues
Gardel era tan europeo como
yo...
Desde pequeño recuerdo la
admiración de mi padre por
Carlos Gardel, por sus tangos
tristes y pendencieros, por la
ruidosa y solidaria Argentina de
Perón... Y me llena de clara
furia, de viva tristeza poder
escuchar los tangos cada vez que
mis pasos me llevan a mis
templos particulares del saber,
el arte y la cultura.
También recuerdo como si fuera
hoy, la imagen de esa rotunda
mujer desnuda adornando uno de
los bosques periféricos de mi
adorado París, una seductora
dama que recibe la última
caricia timida de un hombre, de
un ser fulminado en un duelo
ritual mientras un tango
argentino envuelve todas
nuestras miradas y despierta
nuestro asombro... Esa imagen
desgarradora y brutal de "Un
perro andaluz", película de
Buñuel que yo iba proyectando y
destripando en los cineclubs de
finales de los 70 y principios
de los 80, es la que siempre
aparece cada vez que observo a
un hombre y una mujer abrazados,
fundidos en cada nota musical de
tango...
Y es verdad que todo trayecto
hacia París-Valencia me regala
un tango, un trozo de tristeza
manchada de ese cotidiano e
impuro misterio que supone
sentirse todo y nada en los
brazos de otro. Bailar es
desaparecer en el corazón de una
nota musical, en un giro
calculado, en un paso... y sin
herir o cansar a nadie.
Sin duda alguna es el baile una
forma singular de vencer, de
humillar a esa muerte, a ese
dolor invisible que nos acompaña
en todos nuestros instantes. Por
eso el tango es la única música,
la única triste herida que puede
detener nuestro tiempo y evitar
la muerte y las miserias de la
eternidad.
Es muy probable que Marlon
Brando baile un último tango en
París-Valencia, enseñando su
enorme y blanco trasero ante el
estupor y aburrimiento de unas
ancianos venerables mientras yo
camino, con una sonrisa picara y
dichosa, a la par que contemplo
y saboreo el atardecer por las
calles modernistas y marítimas
de mi Valencia natal, presto a
encontrar las primeras ediciones
de los cuentos de un joven y
desconocido Julio Cortázar a un
precio de risa: "Todo a 1 euro".
Seguro que la eternidad cuesta
mucho menos dinero y sabe igual
que un beso inesperado y libre
de los olores obscenos de la
muerte.
Antonio Marín Segovia
Gentileza:: AMS-Benicalap
[
antoniod17@ono.com ]
paginadigital |
|
 
|
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|