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VENEZUELA
Cena para las almas
Al mal tiempo buena cara y si se
tiene ánimo nada mejor que una
comedia de enredos como La cena
de los idiotas, la cual se
exhibe por pocos días en la Sala
de Conciertos del Ateneo de
Caracas.
Es la receta que proponemos a
nuestros lectores para estos
difíciles días. Fue para eso que
los griegos, hace ya más de tres
mil años, inventaron el teatro,
para reírnos de nuestras
flaquezas y sacar unas cuantas
enseñanzas, ya que ninguna pieza
es inocente, siempre tienen algo
oculto y eso es lo bueno:
provoca el aprendizaje de lo que
siempre hace falta. Por supuesto
que de las tragedias también se
aprende tras la catarsis, esa
íntima purificación que genera
en el espectador las insólitas
vicisitudes de Edipo o de
Antígona, para usar ejemplos más
populares, o, para nosotros,
Prometeo, el melodrama del
hombre contemporáneo, cuando
éste está dispuesto a todo,
hasta el sacrificio vital, con
tal de preservar la libertad.
La cena de los idiotas ha
permitido que su autor, Francis
Veber (Neuilly-sur-Seine,
Francia, 28 de julio de 1937),
sea aplaudido frenéticamente,
nuevamente, por los caraqueños
que no la vieron durante la
temporada 2004 en el Teatro
Trasnocho, bajo la dirección de
Héctor Manrique y con los
actores Basilio Álvarez, Alejo
Felipe, Armando Cabrera, Juvel
Vielma y Marta Estrada, además
del mismo Manrique.
Ya antes este célebre escritor y
cineasta -sus más exitosas
piezas teatrales las ha llevado
a la pantalla, alcanzando
millonarios ingresos por
taquilla- había impactado a los
venezolanos con La jaula de las
locas, puesta por Jaime
Azpilicueta en el Teatro Las
Palmas, durante los años 70, una
sala donde se hizo el mejor
teatro comercial caraqueño del
siglo XX y hasta donde Carlos
Giménez rompió unas cuantas
lanzas.
La cena de los idiotas -
estrenada en el Teatro de
Variedades de París, en 1993-
enseña que al mejor cazador se
le puede escapar la liebre o el
conejo, y que nunca se debe
subestimar al contrario o al
rival, hasta que no se alcance
el objetivo o se corone la
faena.
Esta pieza teatral plasma a un
triunfador social que acostumbra
cenar con sus amigos, cada
semana, y además invita a un
desconocido, que tenga una
afición rara o extraña, para
burlarse de él. Es, por
supuesto, todo un tinglado muy
burgués o muy refinado, muy de
la cultura francesa.
Pero a ese casero teatro,
siniestro y bufonesco, le llega
su momento de la verdad, ya que
uno de esos desconocidos, nos
negamos a llamarlo idiota,
altera todos los planes de su
anfitrión y termina causándole
un enorme daño: le hace perder a
su pareja y, por si fuera poco,
le complica la vida con el
sistema nacional de recaudación
de impuestos, algo más complejo
y peligroso que el criollo
Seniat. Y subrayamos esto,
porque en la venezolanización de
la pieza, que es perfecta, no
hay un modelo similar al sistema
impositivo francés, herencia de
la Revolución, la única y la
verdadera que ha existido y a la
cual sí le debemos la
fraternidad, la igualdad y la
libertad. ¡Más nada!
Sí, el texto y su carpintería
teatral, como lo logró Veber,
son excelentes, además de estar
traducidos y adaptados por dos
especialistas españoles, pero el
elenco venezolano es perfecto,
ya que difícilmente se pueda
conseguir a un primer actor como
Basilio Álvarez para que encarne
al objeto de las bromas o las
jodas de su anfitrión. Este es
un intérprete que jamás podrá
superarse a sí mismo, pues su
composición física u orgánica
del “idiota”, además de todo el
trabajo de su voz y su meteórica
velocidad escénica, lo
convierten en la gran estrella
del teatro cómico venezolano,
precisamente encarnando a un
personaje que de entrada se gana
a la audiencia por lo que
representa, por lo que hace y
como lo hace. Hacía años de años
que no veíamos a un histrión de
tal calidad. Ahora él y Héctor
Manrique tienen otro reto por
delante: El día que me quieras,
de José Ignacio Cabrujas,
dirigida por el maestro Juan
Carlos Gené, a estrenarse el 3
de marzo.¡Suerte y taquilla!
E.A. Moreno- Uribe. El Mundo.
10 de febrero de 2005
Gentileza:: celcit [
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