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Oscuramente fuerte es la vida*
Todavía había estado esperando
que ocurriera algo capaz de
torcer el curso de los
acontecimientos. No sabía qué.
pero después, con las primeras
cartas de Mario, me fui haciendo
a la idea de que muy pronto
llegaría, también para nosotros,
la hora de partir. Inicié los
trámites.
Aquel verano pasó rápido. Me
robaron la bicicleta. Carla
consiguió casarse.
En Tersaso, en un bosque, tres
chicos encontraron una granada,
se pusieron a jugar y les
explotó en las manos. El padre
de Mario sufrió un ataque y
Regina me escribió pidiendo
plata, lamentando el viaje y
rogándome que nos acordáramos de
ellos cuando estuviésemos todos
en América.
Elsa estuvo a punto de ahogarse.
Habían ido al río, ella y Guido,
a un sitio que llamábamos el
Pozo. Elsa y una amiga de su
edad estaban paradas sobre una
roca sumergida y a causa del
limo resbalaron hacia la zona
profunda.
Guido se dio cuenta cuando los
cuerpos ya estaban sumergidos.
Se zambulló y sacó a Elsa,
mientras otro chico rescataba a
la compañera. No habían tragado
mucha agua y la cosa no pasó del
susto. Esa noche Elsa me contó
que mientras se hundía y volvía
hacia la superficie, su único
pensamiento era: "¿Cómo le va a
explicar esto mi mamá a mi
papá?"
En una de sus cartas Mario me
sugirió que tal vez fuese
conveniente vender la casa.
Comencé inmediatamente una
respuesta diciéndole que la casa
nunca se vendería.
Pasó el otoño, el invierno,
avanzó la primavera. Me presenté
en el directorio de la fábrica
para avisar que me iba y pedir
mi indemnización. Me dijeron que
no me correspondía nada, ya que
abandonaba el trabajo por mi
propia voluntad. Entonces hablé
con una delegada democristiana.
Recurrí a ella porque nos
conocíamos desde chicas,
habíamos sido compañeras en la
escuela. -Quedate tranquila, yo
me encargo de averiguar -me
dijo. Pero fue pasando el
tiempo, se fue acercando el día
en que dejaría la fábrica y
seguía sin novedades. De vez en
cuando la delegada me traía
información:
estaban estudiando mi caso, no
era fácil, harían todo lo
posible. Por fin me comunicó que
efectivamente los estatutos
establecían que si renunciaba al
trabajo, no importaban las
circunstancias, perdía el
derecho a cualquier reclamo. No
me conformé con su respuesta y
recurrí al delegado socialista.
Le conté lo de la delegada
democristiana. Se molestó un
poco. Dijo: -¿Por qué se dirigió
a ellos? ¿Por qué no vino a
consultar con nosotros?
No supe qué contestarle. Estuve
a punto de esgrimir el argumento
de la escuela, pero me pareció
una excusa tonta. Dos días
después vino a buscarme.
-La engañaron -me dijo-, existe
una cláusula muy clara que
contempla la situación de la
esposa que debe partir para
reunirse con el marido. Tienen
que pagarle hasta el último
centavo, le corresponde
absolutamente todo:
indemnización, premios,
inclusive la tela para el
uniforme.
Cuando llegó el momento de
cobrar ya había dejado de ir a
trabajar. El delegado se encargó
de controlar que los importes
estuvieran correctos.
Mientras me acompañaba hasta la
salida repitió aquello de que
debería haber ido a hablar con
ellos directamente. -Ya vio cómo
es esa gente -dijo.
Me dio la mano y me deseó
suerte. Esa fue la última vez
que estuve en la fábrica.
Faltaba poco para irnos. A la
curiosidad que despertaba el
viaje se mezclaba el
desconcierto por el viaje.
Contaba los días. Me habían
entregado el pasaporte, los
certificados de vacunas, los
pasajes. Comencé a embalar. Del
altillo bajamos dos grandes
baúles que habían pertenecido a
mi madrina.
Metimos todo lo que pudimos: la
máquina de coser, la bicicleta
de Mario, cuadros, colchas,
ropa, libros de Guido (Salgari,
Julio Verne), cacerolas,
sartenes, platos, cubiertos,
vasos, cafetera, plancha, tijera
de podar, una azada y una pala
sin los cabos, herramientas. Yo
no quería desprenderme de nada.
Nos ayudó un vecino. Después, en
un carro tirado por un burro,
llevó los baúles y los cajones
hasta la estación de tren de
Fondotoce y los despachó para
Genova. Vendí los muebles. El
dormitorio a unos vecinos, la
mesa y las sillas a una
compañera de trabajo, la cuna a
otra vecina.
Dos días antes de viajar, Guido
bajó hasta el Pozo, se metió y
nadó un poco.
Era comienzo de junio y el agua
estaba helada todavía. Aquella
noche tuvo fiebre y a la mañana
siguiente llamé al médico. Guido
me dijo que no había querido
irse sin despedirse del río.
Hasta último momento, yo seguía
formulándome preguntas que no
encontraban respuesta. Teníamos
lo que habíamos querido siempre:
la casa, el terreno, la
posibilidad de trabajar.
Habíamos defendido esas cosas,
las habíamos mantenido durante
esos años difíciles. Ahora,
cuando aparentemente todo tendía
a normalizarse, ¿por qué
debíamos dejarlas? Me costaba
imaginar un futuro que no
estuviese ligado a esas paredes,
esos árboles, esas montañas y
esos ríos. Había algo en mí que
se resistía, que no entendía.
Sentía como si una voluntad
ajena me estuviese arrastrando a
una aventura para la cual no
estaba preparada.
La mañana de la partida me
desperté temprano. Era el día de
Corpus Christi.
Todavía no había comenzado a
clarear. Salí y me senté en el
banco de piedra.
Cantaban los gallos. El aire
olía a limpio. Percibí el
silencio alrededor, respiraba
con fuerza y trataba de pensar.
Pero en mí no encontraba sino
vacío y asombro. Recuperaba
imágenes del pasado, volvía a
verme en ese banco con Carla y
Lucia, con Elsa, y me parecía
que estaba abandonando también
esos recuerdos. Me levanté, me
asomé a la cuesta, anduve entre
los almácigos, llegué hasta el
fondo, toqué el tronco del
nogal, me detuve acá y allá y
miré el terreno desde todos los
ángulos. Lo miré como tantas
veces, en tantos años, y fui
tomando conciencia, con doloroso
estupor, que ahora lo estaba
viendo de una manera única y
definitiva. Era extraño advertir
cómo el cielo se teñia una vez
más, las cosas de siempre
volvían a definirse, y saber que
dentro de un rato emprenderíamos
viaje y todo eso quedaría atrás.
Trataba de fijar en la memoria
cada detalle, quizá para poder
recordarlo después, para no
perderlo todo, y llevarme algo
de esa mañana de despedida.
Se me enganchó la manga de la
camisa en la rama de un rosal y
tuve que tironear bastante para
desprenderme. Aquel pequeño
incidente casi me hizo llorar.
Llevaba en la mano una bolsita
de tela y la llené de tierra. Me
acordé de mi abuelo abonando esa
tierra, de mi padre punteando,
sembrando hortalizas.
Después comenzaron a sonar las
sirenas de las fábricas. La
cresta del Monte Rosso se
coloreó y rápidamente la luz fue
iluminando la ladera. Entré en
la casa, abrí una valija y
guardé la bolsita con la tierra.
Recorrí las habitaciones como
había recorrido el terreno. Con
el brazo extendido rocé las
paredes, las puertas, las
ventanas. Me senté en un rincón
y me quedé ahí, sin moverme,
hasta que fue la hora de
despertar a Elsa y Guido.
Vino mi hermano y me entregó una
foto donde estaba con su mujer y
su hijo. -Para que no te olvides
de nosotros -dijo.
Más tarde aparecieron los
vecinos. también Carla.
Llegó el momento. Hubo abrazos y
lágrimas. Me decían:
-Nos veremos pronto.
Salimos por última vez de
aquella puerta, cruzamos el
patio por última vez, bajamos
por el sendero y nos fuimos por
la calle ancha. A cada paso
giraba la cabeza para mirar la
casa, hasta que la casa
desapareció y sólo quedó la copa
del nogal y un poco más adelante
ni siquiera eso. Después hubo un
ómnibus, un tren, otro tren, el
puerto de Genova, un barco y
América.
* de Antonio Dal Masetto.
Fragmento de "Oscuramente fuerte
es la vida" Editorial Planeta.
Bs. As.
Edición de 1990.
Gentileza:: inventivaedicion@infovia.com.ar
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