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Antonio Dal Masetto


 


Oscuramente fuerte es la vida*

Todavía había estado esperando que ocurriera algo capaz de torcer el curso de los acontecimientos. No sabía qué. pero después, con las primeras cartas de Mario, me fui haciendo a la idea de que muy pronto llegaría, también para nosotros, la hora de partir. Inicié los trámites.
Aquel verano pasó rápido. Me robaron la bicicleta. Carla consiguió casarse.
En Tersaso, en un bosque, tres chicos encontraron una granada, se pusieron a jugar y les explotó en las manos. El padre de Mario sufrió un ataque y Regina me escribió pidiendo plata, lamentando el viaje y rogándome que nos acordáramos de ellos cuando estuviésemos todos en América.
Elsa estuvo a punto de ahogarse. Habían ido al río, ella y Guido, a un sitio que llamábamos el Pozo. Elsa y una amiga de su edad estaban paradas sobre una roca sumergida y a causa del limo resbalaron hacia la zona profunda.
Guido se dio cuenta cuando los cuerpos ya estaban sumergidos. Se zambulló y sacó a Elsa, mientras otro chico rescataba a la compañera. No habían tragado mucha agua y la cosa no pasó del susto. Esa noche Elsa me contó que mientras se hundía y volvía hacia la superficie, su único pensamiento era: "¿Cómo le va a explicar esto mi mamá a mi papá?"
En una de sus cartas Mario me sugirió que tal vez fuese conveniente vender la casa. Comencé inmediatamente una respuesta diciéndole que la casa nunca se vendería.
Pasó el otoño, el invierno, avanzó la primavera. Me presenté en el directorio de la fábrica para avisar que me iba y pedir mi indemnización. Me dijeron que no me correspondía nada, ya que abandonaba el trabajo por mi propia voluntad. Entonces hablé con una delegada democristiana. Recurrí a ella porque nos conocíamos desde chicas, habíamos sido compañeras en la escuela. -Quedate tranquila, yo me encargo de averiguar -me dijo. Pero fue pasando el tiempo, se fue acercando el día en que dejaría la fábrica y seguía sin novedades. De vez en cuando la delegada me traía información:
estaban estudiando mi caso, no era fácil, harían todo lo posible. Por fin me comunicó que efectivamente los estatutos establecían que si renunciaba al trabajo, no importaban las circunstancias, perdía el derecho a cualquier reclamo. No me conformé con su respuesta y recurrí al delegado socialista.
Le conté lo de la delegada democristiana. Se molestó un poco. Dijo: -¿Por qué se dirigió a ellos? ¿Por qué no vino a consultar con nosotros?
No supe qué contestarle. Estuve a punto de esgrimir el argumento de la escuela, pero me pareció una excusa tonta. Dos días después vino a buscarme.
-La engañaron -me dijo-, existe una cláusula muy clara que contempla la situación de la esposa que debe partir para reunirse con el marido. Tienen que pagarle hasta el último centavo, le corresponde absolutamente todo:
indemnización, premios, inclusive la tela para el uniforme.
Cuando llegó el momento de cobrar ya había dejado de ir a trabajar. El delegado se encargó de controlar que los importes estuvieran correctos.
Mientras me acompañaba hasta la salida repitió aquello de que debería haber ido a hablar con ellos directamente. -Ya vio cómo es esa gente -dijo.
Me dio la mano y me deseó suerte. Esa fue la última vez que estuve en la fábrica.
Faltaba poco para irnos. A la curiosidad que despertaba el viaje se mezclaba el desconcierto por el viaje. Contaba los días. Me habían entregado el pasaporte, los certificados de vacunas, los pasajes. Comencé a embalar. Del altillo bajamos dos grandes baúles que habían pertenecido a mi madrina.
Metimos todo lo que pudimos: la máquina de coser, la bicicleta de Mario, cuadros, colchas, ropa, libros de Guido (Salgari, Julio Verne), cacerolas, sartenes, platos, cubiertos, vasos, cafetera, plancha, tijera de podar, una azada y una pala sin los cabos, herramientas. Yo no quería desprenderme de nada. Nos ayudó un vecino. Después, en un carro tirado por un burro, llevó los baúles y los cajones hasta la estación de tren de Fondotoce y los despachó para Genova. Vendí los muebles. El dormitorio a unos vecinos, la mesa y las sillas a una compañera de trabajo, la cuna a otra vecina.
Dos días antes de viajar, Guido bajó hasta el Pozo, se metió y nadó un poco.
Era comienzo de junio y el agua estaba helada todavía. Aquella noche tuvo fiebre y a la mañana siguiente llamé al médico. Guido me dijo que no había querido irse sin despedirse del río.
Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada.
La mañana de la partida me desperté temprano. Era el día de Corpus Christi.
Todavía no había comenzado a clarear. Salí y me senté en el banco de piedra.
Cantaban los gallos. El aire olía a limpio. Percibí el silencio alrededor, respiraba con fuerza y trataba de pensar. Pero en mí no encontraba sino vacío y asombro. Recuperaba imágenes del pasado, volvía a verme en ese banco con Carla y Lucia, con Elsa, y me parecía que estaba abandonando también esos recuerdos. Me levanté, me asomé a la cuesta, anduve entre los almácigos, llegué hasta el fondo, toqué el tronco del nogal, me detuve acá y allá y miré el terreno desde todos los ángulos. Lo miré como tantas veces, en tantos años, y fui tomando conciencia, con doloroso estupor, que ahora lo estaba viendo de una manera única y definitiva. Era extraño advertir cómo el cielo se teñia una vez más, las cosas de siempre volvían a definirse, y saber que dentro de un rato emprenderíamos viaje y todo eso quedaría atrás.
Trataba de fijar en la memoria cada detalle, quizá para poder recordarlo después, para no perderlo todo, y llevarme algo de esa mañana de despedida.
Se me enganchó la manga de la camisa en la rama de un rosal y tuve que tironear bastante para desprenderme. Aquel pequeño incidente casi me hizo llorar. Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas.
Después comenzaron a sonar las sirenas de las fábricas. La cresta del Monte Rosso se coloreó y rápidamente la luz fue iluminando la ladera. Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido.
Vino mi hermano y me entregó una foto donde estaba con su mujer y su hijo. -Para que no te olvides de nosotros -dijo.
Más tarde aparecieron los vecinos. también Carla.
Llegó el momento. Hubo abrazos y lágrimas. Me decían:
-Nos veremos pronto.
Salimos por última vez de aquella puerta, cruzamos el patio por última vez, bajamos por el sendero y nos fuimos por la calle ancha. A cada paso giraba la cabeza para mirar la casa, hasta que la casa desapareció y sólo quedó la copa del nogal y un poco más adelante ni siquiera eso. Después hubo un ómnibus, un tren, otro tren, el puerto de Genova, un barco y América.

* de Antonio Dal Masetto.
Fragmento de "Oscuramente fuerte es la vida" Editorial Planeta. Bs. As.
Edición de 1990.

 

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