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Vidas de papel, Sandra Russo. - 13/2/05 (Argentina)
 
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Vidas de papel
Sandra
Russo
APE
Detrás del club Santa
Catalina, en Luis Guillón,
partido de Esteban Echeverría,
hay un manojo de casas de papel.
O cartón o chapa, o madera o
junco, o cualquier cosa: esas
casas se han ido construyendo
con las sobras de otros. Ahí, a
la vera del club Santa Catalina,
gente con nombre y apellido como
Marcelo Sánchez o Javier
Quintana o Juan Ferreira venían
pidiendo a la municipalidad que
les sacara literalmente de
encima unos eucaliptos
centenarios que amagaban con
venirse abajo, poniendo en
peligro a sus familias. El
municipio no contestaba, y no es
difícil deducir por qué: a los
árboles centenarios hay que
cuidarlos, hay consenso
generalizado, a esta altura,
sobre el valor ecológico de un
árbol centenario. Un árbol que
tarda tanto en crecer, un árbol
testigo de un siglo. A los niños
se les enseña en las escuelas el
valor de los árboles, sobre todo
de los árboles centenarios. Hay
que respetar a la naturaleza.
Amarla como a una diosa madre
tantas veces vulnerada. Pero
esos eucaliptos que se agitaban
amenazantes con los vientos no
dejaban dormir tranquilos a los
jefes de esas familias, que
vivían en casas precarias pero
no eran familias precarias.
¿Cuántas veces se confunden una
cosa y la otra? ¿Cuántas veces
todos creemos que en casas
sólidas viven familias sólidas y
en casas prefabricadas familias
prefabricadas? Un día Juan
Ferreira se hartó de temerles a
los árboles, y a machetazos se
deshizo de uno. El municipio lo
multó. Esa gente. Cuenta la
leyenda que cuando les dieron
parquet lo levantaron para
hacerse un asado. Ahora talan
los árboles centenarios. No
entienden, no entienden.
No se sabe de qué trabaja
Marcelo Sánchez, otro de los
vecinos, pero salió a medianoche
para el trabajo y regresó a su
casa nueve horas después. Fue la
larga noche del temporal. De
lejos vio a los bomberos y a la
ambulancia. Era cierto. ¿Era
cierto? ¿Podía ser cierto?
¿Podía pasarle eso a alguien?
Sí, podía. En el reino de las
casas de papel los árboles
centenarios pueden caer sobre
ellas y aplastarlas. Lo dice la
leyenda de los pobres: a ellos
puede pasarle cualquier cosa. El
árbol había caído en plena
madrugada, y había matado a su
mujer y a dos de sus hijos, dos
bebés, que dormían abrazados. Se
salvó solamente la mayor,
Micaela, de 4 años, que fue
encontrada por un vecino entre
el tronco del árbol derrumbado y
una pared.
Está bien que a los niños en las
escuelas les hablen del valor de
los árboles centenarios y del
respeto a la naturaleza. Y está
bien que no haya árboles pobres
y árboles ricos. La naturaleza
establece su democracia. Un
árbol es un árbol. ¿Y un hombre?
¿Y una mujer? ¿Y un niño? ¿Valen
todos lo mismo, están hechos
todos ellos de la misma fibra y
los mismos humores, o hay
algunos de carne, hueso y
dignidad, y otros de papel, como
sus casas?
Fuente de datos Diario Clarín
31-01-05
Agencia de Noticias Niñez y
Juventud Pelota de Trapo APE
www.pelotadetrapo.org.ar
agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
Gentileza::
resumen_agencia@pelotadetrapo.org.ar
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