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La utopía de los jóvenes,
Alberto Morlachetti. - 18/1/05
 
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La utopía de los jóvenes
por
Alberto Morlachetti
APE
Kafka decía que nuestro
mundo es sólo un malhumor de
Dios, un mal día. Nuestro tiempo
político ofende a los jóvenes. A
todos. Incapaz de generar la
mínima utopía capaz de navegar
en los rápidos pulsos de los
jóvenes. Pero los agravia cuando
la miseria dispone sus modos de
vida. Son concientes de la
degradación que los alcanza, la
fuga del futuro.
El conjunto de narrativas que se
oponen y se cruzan respecto a
ellos abrigan la ingenua
pretensión de un academicismo
incontaminado, domiciliado en un
territorio sin bandera.
Neutralidad que injuria
cualquier pretensión de
conocimiento. Khalil Gibran
decía protegedme de la sabiduría
que no llora, de la filosofía
que no ríe. El texto social que
escriben los jóvenes debe ser
leído como formas de actuación
política alejadas de nuestros
empobrecidos convencionalismos.
Decodificar sus mensajes como
prácticas meramente delictivas,
marginales o carentes de sentido
muestra la siempre complicidad
de las ciencias sociales con el
pensamiento hegemónico.
Ninguna estadística puede
capturar lo que siente un joven
cuando ve a sus padres -o lo que
queda de ellos- vender sus
derechos "por un plato flaco de
sopa". Ninguna cifra puede
expresar la tristeza de ver a
sus hermanos extinguir sus vidas
al lado de una montaña de
alimentos, tan ajenos como la
felicidad que otorga sentido a
la vida. Sólo viven una eterna
"razzia de sensaciones" como
canta Callejeros en la
periferia, donde comienzan las
cicatrices, o en los territorios
prohibidos de la ciudad se
resisten a ser "una pasión
inútil" o "pobres virtuosos". Es
decir entender y hacer visibles
territorios humanos maltratados
y silenciados donde no se come y
nadie cura. Nombrar los lugares
desde donde sus demandas o su
vidas cotidianas entran en
conflicto con los otros.
¿Mendigar? Es más bello tomar
que pedir decía Oscar Wilde.
Todos los sueños se escapan en
un grito. Qué cielo hay que
mirar, canturrea la noche
encendida de Villa Celina.
Qué significado puede tener para
los jóvenes una democracia
-enferma de capitalismo- con
representantes políticos
corriendo detrás de la
corrupción de las monedas.
Doscientos pibes crucificados en
República de Cromagnón en un
pentagrama perverso que ninguna
pesadilla pudo imaginar.
Juan Gelman se pregunta, en uno
de sus poemas, si el sufrimiento
es derrota o batalla.
Encrucijada mayor que nos
interroga si encallamos la barca
en la capitulación, generando
siempre "nuda vida": millones de
sobrevivientes pero nunca
sujetos alcanzados por el
derecho o batallas hasta ahora
desconocidas que apuntan a un
nuevo contrato social.
Los jóvenes siempre han sido las
aguas más claras en los ríos
puros-impuros de la condición
humana. Se mueven incómodos en
el presente y se convierten en
la negación más perturbadora, en
la rebelión más apasionada
contra el sistema. Basta echar
una lectura fugaz a los grandes
medios de comunicación y su
forma de narrar el conflicto
social: sobran miedos y la
opinión publica es llevada a
poner la mira y justificar la
represión policial sobre los
niños y los jóvenes de la
periferia.
La vieja ciudad desaparece, hay
que fundar otra, lejos de las
viejas ciudades de la muerte.
Una batería, un bajo y una
guitarra que puntea profundas
tristezas atraviesa un racimo de
casas bajas en La Matanza. Canta
Callejeros en el espacio
resbaladizo de una lágrima: "La
cerveza, tus ojos, tu rezo. La
locura en tu piel". ¿La vida? La
vida es una orden. Ven a bailar
conmigo en la tierra de los
imbéciles señores de la muerte.
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de Trapo APE
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