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Una mirada distinta. La
auténtica matemática del arte.-
10/1/05
 
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Una mirada distinta
La auténtica matemática del arte
La belleza de una obra de arte o
de un rostro no tiene,
aparentemente, nada que ver con
números y fórmulas. Sin embargo,
los teóricos de la información y
del caos han investigado hasta
encontrar una auténtica
Matemática del Arte. La obra
artística se puede ahora
descomponer y medir hasta su
última esencia: la belleza.
Por Ricardo Santiago Katz (*)
Especial para Agencia NOVA
¿Se puede medir la belleza? Esta
es la pregunta que se plantean
hoy los llamados científicos del
arte. Pero si ni siquiera
sabemos qué es la belleza, cómo
vamos a caracterizarla con un
número. Sin embargo, este deseo
de medir lo bello no es nuevo.
Ya los antiguos griegos
relacionaban la estética con las
matemáticas.
Pitágoras descubrió la relación
entre la armonía musical y
simples relaciones numéricas.
Platón, por su parte, decía que
la auténtica realidad la
constituyen las formas o las
ideas, y Aristóteles deducía de
ello que el artista debe
representar sus ideas en la
forma de un objeto concreto.
En consecuencia, una obra de
arte no sería el reflejo de la
realidad sino un ejemplo de una
forma universal.
Los antiguos griegos también
encontraron en las artes
descriptivas una relación entre
la forma y la cifra. Alcanzaron
lo que hoy llamaríamos una
medida estética, descubriendo la
belleza de la proporción áurea.
Se llama así a una simple
relación entre los lados de un
rectángulo. El lado A es al lado
B lo que el lado B es a la suma
A+B.
Si a una persona se le muestra
una serie de rectángulos de
distintas proporciones y se le
pide que indique cuál parece más
agradable, casi siempre elegirá
el de la proporción áurea.
Lo que parece una extraña
casualidad aparece, sin embargo,
numerosas veces, en las formas
de los seres vivos. Los llamados
números de Fibonacci se obtienen
empezando con las cifras 0 y 1,
sumando cada vez los dos números
anteriores. Pero los números de
este matemático se encuentran a
menudo en la naturaleza.
Aparecen en la ordenación de las
hojas en las ramas, en los
espirales de los caracoles e
incluso, en la reproducción de
los conejos.
La causa de la frecuente
aparición de los números de
Fibonacci está en la naturaleza
biológica. Las hojas de una
planta deben estar dispuestas de
modo que reciban la mayor
cantidad posible de luz.
Y si se analiza matemáticamente
esta condición, se llega de
nuevo a la serie de Finobacci:
no existen secretos metafísicos
ocultos. Lo que ya es más
sorprendente, es que en una
relación numérica biológicamente
condicionada nos parece hermosa.
Lo simple, lo funcional y lo
práctico, no es necesariamente
bello; para eso se necesitan
otros criterios.
Los griegos encontraron la
proporción áurea en el cuerpo
humano. Por ejemplo, se obtiene
estableciendo la relación entre
la altura total de una persona y
la distancia que existe entre el
suelo y su ombligo. Pero también
se puede encontrar en la cara,
en las manos y en otras partes
del cuerpo. A principios del
siglo XX, el investigador
americano, Jay Hambidge, examinó
no sólo estatuas, vasijas y
templos griegos en busca de la
proporción áurea, sino también,
midió cientos de esqueletos
humanos y siempre encontró esta
relación numérica.
En el Renacimiento se
redescubrieron los conocimientos
de los griegos. Leonardo da
Vinci y Alberto Durero
intentaron ajustar el cuerpo
humano a unas medidas armónicas,
pero acabaron renunciando.
"En distintos cuerpos -se
resignaba el genio universal
italiano- encuentro distintas
bellezas, pero el mismo
encanto". La era de las
proporciones armónicas había
terminado. Pronto, los técnicos
de la belleza intentaron con
términos como armonía,
equilibrio, simetría y otros
conceptos abstractos, encontrar
una medida para la belleza de
una obra de arte.
La belleza de una obra de arte o
de un rostro no tiene,
aparentemente, nada que ver con
números y fórmulas. Sin embargo,
los teóricos de la información y
del caos han investigado hasta
encontrar una auténtica
Matemática del Arte. La obra
artística se puede ahora
descomponer y medir hasta su
última esencia: la belleza.
(*) Licenciado en Ciencias de la
Educación y escritor bonaerense.
Gentileza::
Agencia NOVA [
noticias@nova-net.com.ar ]
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