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El
mirlo y los griegos, Carlos
Montuenga. - 8/1/05
 
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El mirlo y los griegos
Carlos
Montuenga
El otro día acababa de salir del
metro para dirigirme a mi
trabajo. Aún no eran las ocho de
la mañana y las calles, todavía
iluminadas, estaban transitadas
ya por un buen número de
personas que iniciaban sus
obligaciones diarias, aunque la
mayoría de los comercios
permanecían cerrados. Los focos
del alumbrado dejaban amplias
zonas de la calle sumidas en una
penumbra opaca, de la que
emergían las siluetas borrosas
de los viandantes. Iba yo a
cruzar la calle, cuando atrajo
mi atención algo que brincaba
por el suelo, unos pasos por
delante; al acercarme un poco
más, pude ver que se trataba de
un pájaro negro, esbelto y de
pico amarillo, un mirlo creo,
dando saltitos y girando la
cabeza de un lado a otro con
aire asustado. Al verme, se
apresuró a esconderse debajo de
un coche estacionado en la
calzada. Me quedé observando por
un momento y estaba a punto de
continuar mi camino cuando el
mirlo salió de su escondite y se
plantó en el bordillo, ladeando
la cabeza y mirándome con
insistencia. La actitud del
pájaro me intrigó ¿se encontraba
perdido, o tal vez le inquietaba
algo que yo no podía percibir?
Durante un instante tuve la
sensación de que quería decirme
algo, pero sobreponiéndome en
seguida a una idea tan ridícula,
que sin duda estaba provocada
por la somnolencia habitual que
suelo sentir a esa hora de la
mañana, pensé que el pájaro sólo
esperaba que le echara alguna
cosa que poderse llevar al pico;
así que me palpé los bolsillos
de la gabardina para ver si me
quedaba algo de... pero de
improviso el mirlo se dio media
vuelta y se alejó saltando calle
abajo sin preocuparse más de mí,
como si algo en mi
comportamiento no le inspirara
confianza y hubiera llegado a la
conclusión de que era inútil
pedir ayuda a alguien tan poco
receptivo como yo. Miré
desconcertado a mi alrededor por
si alguien más había presenciado
la escena, pero sólo alcancé a
distinguir a una muchacha
morenita de aire caribeño y
expresión ausente, a la que veo
bajar a veces abrazada a sus
libros hacia la estación de
Alfonso XIII ,y al portero del
número 136, afanado como siempre
en dejar reluciente el trozo de
acera que corresponde a su
portal. Así que me encogí de
hombros y seguí andando hacia el
laboratorio en el que trabajo,
mientras poco a poco la luz
turbia del amanecer se iba
imponiendo sobre el alumbrado
eléctrico.
La verdad es que, bien pensado,
no creo que mi encuentro de
aquella mañana con el pequeño
personaje alado tuviera nada de
particular. Es cierto, no
obstante, que durante milenios
la gente ha creído ver en ese
tipo de sucesos manifestaciones
de fuerzas ocultas y de oscuros
designios hilvanados con el
destino de los hombres. La
explicación de los fenómenos
naturales no descansaba, como
ahora, en el análisis racional y
el conocimiento bebía en las
fuentes de la intuición y la
fantasía. En las antiguas
civilizaciones que florecieron
en Asia Menor, los astrónomos
consideraban el firmamento como
un inmenso libro, en el que el
porvenir humano estaba
registrado por medio del
alfabeto luminoso de los astros,
y entre los antiguos egipcios
era común la creencia de que los
dioses podían encarnarse en
ciertos animales, que se
convertían así en criaturas
sagradas y eran albergados en
los templos. Fueron los
pensadores griegos quienes se
percataron del poder arrollador
de la razón y empezaron a
elaborar una visión del mundo
ordenada según claves
racionales. La emoción de estos
hombres debió ser indescriptible
a medida que se afirmaba en
ellos la convicción de que era
posible hacer coincidir la
textura del pensar con la del
ser; que los conceptos puros,
codificados por medio del
lenguaje matemático, permitían
construir un modelo mental capaz
de reproducir el mundo externo y
desvelar las leyes invariables
por las que éste se rige. El
pensamiento culminó así hazañas
que hoy día nos llenan de
asombro: en el siglo tercero
antes de Cristo, cuando nuestro
planeta era aún un vasto mundo
misterioso y desconocido en su
mayor parte, Erastótenes de
Cirene midió la inclinación del
eje de rotación de la Tierra y
determinó con exactitud
increíble la longitud de su
circunferencia . Hacia la misma
época, Aristarco de Samos
realizó una primera
determinación de las distancias
relativas de la tierra al sol y
la luna, y obtuvo resultados
que, además de desautorizar la
creencia general de que ambos
astros se encontraban a
distancias parecidas de
nosotros, le permitieron
entrever, muchos siglos antes
que Copernico, que el sol
ocupaba el centro del Universo.
Así pues, algo de incalculable
valor había sido desvelado: a
diferencia de las percepciones
sensoriales y de nuestros
propios sentimientos, siempre
inseguros y cambiantes, los
conceptos puros se comportaban
según leyes rigurosas e
inmutables y la labor del sabio,
de acuerdo con el pensamiento
socrático, debía consistir en
orientar la vida en función de
la pura objetividad,
desconfiando de las convicciones
espontáneas, meras opiniones
sujetas a error que no deben
considerarse como auténtico
saber. La humanidad se fue
instalando progresivamente en
ese nuevo reino de la razón, que
ofrecía una base
incomparablemente más firme que
el mundo en continua mutación de
nuestro entorno vital.
El progreso incontenible de la
física a partir del siglo XVII,
hizo concebir el sueño de que
una ciencia basada en la razón y
perfeccionada hasta sus últimos
límites, sería capaz de reducir
cualquier acontecimiento
localizable en el tiempo y el
espacio a eventos accesibles al
conocimiento. Siempre que se
pudiera describir con suficiente
exactitud el estado inicial de
cualquier agrupación de átomos
-aquellos componentes últimos de
la materia que Léucipo y
Demócrito habían imaginado por
vez primera- sería posible
predecir sus interacciones y
nada parecía impedir la
descripción, en términos
físicos, de sucesos tan
distantes como el desarrollo de
una semilla, la explosión de una
estrella o los procesos
fisiológicos que acontecen en el
cerebro de un hombre que acude
adormilado a su trabajo o en el
de un mirlo aturdido por el
trajín de la ciudad. Con paso
decidido, la razón llegó a
encumbrarse hasta pretender
someter a sus principios no solo
a la realidad material, sino
también a todo lo humano. Pero
precisamente en el campo de la
física, la aparición a
principios del siglo XX de la
mecánica cuántica y la teoría de
la relatividad, hizo tambalearse
al admirable edificio construido
sobre los fundamentos que
establecieron tres siglos antes
Galileo, Huygens y Newton,
provocando una nueva revolución
en nuestro modo de describir el
mundo, al tiempo que caían con
estrépito las fronteras que
desde la antigüedad clásica
habían separado al observador
externo de los fenómenos
observados. A partir de esa
crisis profunda, uno de los
principales objetivos de la
física consiste en el hallazgo
de una nueva teoría unificada,
una teoría cuántica de la
gravedad que permita describir
el universo tanto a escala
atómica como estelar.
Todo parece indicar que vivimos
el inicio de una nueva era
marcada por la certidumbre de
que más allá del mundo de lo
racional que nos mostraron los
griegos, maravilloso legado del
que no podemos prescindir para
comprender la naturaleza, se
extiende un vasto océano en el
que todavía no sabemos
orientarnos, aunque la humanidad
ha sentido su presencia desde la
época remota de los orígenes.
Aguas oscuras, en permanente
agitación, sobre las que a veces
brillan fulgores que no proceden
de nuestros esquemas lógicos de
pensamiento, iluminando simas en
las que hunde sus raíces nuestro
propio ser. Mares sin nombre,
cuyas olas rompen en playas por
las que sólo en sueños nos hemos
aventurado alguna vez. Una nueva
frontera, que quizá tenga que
trasponer la razón antes de
descubrir en el temblor de
nuestras vidas su propio
fundamento.
Carlos Montuenga
Doctor en ciencias
Gentileza:: Carlos Montuenga
Barreira
cmrbarreira@hotmail.com
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