Cuidando la línea, (Donde se habla de gorduras y reactivación industrial), Por: John Argerich.- 9/3/04
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-Ecos de un viaje a Buenos Aires-

CUIDANDO LA LINEA
(Donde se habla de gorduras y reactivación industrial)

Por: John Argerich

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-¡Araca la pálida! -lloraba el presidente- ¡Que vienen los garcas del FMI…!
-Non calentarum -sentenció un consejero- Esta vuelta les ponemos la tapa, les ponemos, che. La economía ha repuntado, porque hicimos las cosas bien.
Pero la felicidad sin consenso de poco vale, y un filósofo que por allí pasaba metió el puñal sangriento de una duda.
-¿O sonó la flauta, por casualidad? -dijo, sottovoce.
La cosa estaba buena, pero antes de entrar en materia pongamos este embrollo en sana pespertiva. Siempre habrá contreras, es bien cierto, y ésa fue una crítica amargueta, aunque tenga sus cultores. O sea, que si a pesar del bolonqui que casi más nos manda a la lona, salimos otra vuelta a flote, no fue gracias a la administración nacional. La verdad del curro es bien distinta: ¡Dios volvió del exilio, che! ¿Cómo explicar, si no, una capacidad de recuperación, que deja chato al afán suicida de la nomenklatura? Pero al milagro hay que encontrarle autores, porque en este mundo cane nada es casualidad. La respuesta del millón cae de madura. Esto es obra de la muchachada. Los grasas, como vos y yo. Sabérselas bancar, un decir. Y en el cante de la justa, debido es reconocer que las ondas vitales fueron muchas. La maratón de los cien barrios. Pero sería macarrónico nombrarlas todas, así que dedicaremos esta crónica a un caso testigo de lo que puede hacer el balero patrio. Modelo que sin ser único, pinta el espíritu de nuestra época.
-No manyo ni cinco -dijo un gil.
Pero como decía Taboada, el que plantó la lechuga, me se morfa la ensalada. Todo tiene su génesis, y cada época muestra un peculiar concepto de lo bello. A Rubens le gustaban las gordas, y el colérico van Gough compartió desde Tahití idéntica devoción.
-Más vale que sosobre y no fafalte- solían decir los caballeros de la época.
Sin embargo la abundancia es pasajera, y después de unas festicholas de órdago, vino la austeridad victoriana. Que trajo púdicas redondeces, ineptas para inspirar al más fanático del ato sesual. Es preciso llegar a los locos años veinte, para vivir el destape. Entonces hubo un bruto cambio de ideales, surgiendo como modelo estético la hembra ojerosa y frágil. No hace falta relatar el producto de mesejante berretin, con la malaria reinante. Las tuberculosas hicieron estragos sentimentales, como en el gotán de Margarita Gauthier. Pero pasó el tiempo, y luego de que los cultos europeos se rompieron el orto a cañonazos por trigésima vez, llegó la prosperidad. Buenas nuevas, aunque con ella hizo irrupción un saboteador de la dicha tan trabajosamente alcanzada. El indiscreto tejido adiposo, localizándose siempre donde peor queda. Y ese romance de la panza llena fue preludio de argentinidad. Es que morfando bien, todo parece más bello. En resumen: Con la crisis la gente adelgazó bastante, pero cuando por arte de magia empezaron a lastrar mejor, renació el espíritu empresario. Así aparecieron gimnasios, dietistas, baños turcos, y expertos en liposucción. Pero no hay que buscar protagonistas en los claustros universitarios ni en las filas del Opus Dei. Una epopeya con los héroes de siempre. Por ejemplo, el tuerto Bacigalupo, que había vivido muchos años en Suecia. Quien luego de pasarse la diestra por el occipital, dijo:
-¡Ajá!
Hombre de pocas palabras, cuando los comentarios sobran. Vd. la vió venir. Al que carbura una idea brillante para salir de pobre, le conviene quedarse piola, por si las moscas. Así no cunden deseos de emulación. O envidia, que es peor. Pero un día el loco largó prenda, porque se pasaba de vueltas. Su idea era hacer guita vendiendo huevos de lombriz solitaria, que arrasa con la gordura más empedernida. Los muchachos de la barra primero lo escucharon sin poder dar crédito a esas palabras. Nadie es profeta en su época. Y de tan imbéciles que eran, terminaron tomándolo de punto. Craso error.
-Dejálo al pobre, que se le pase la rayadura… -decían en el café.
Pero él se mantuvo como fierro en sus cuarenta. Hombre de visión, a pesar del ojo izquierdo.
-Una piña cuando era pibe -decía.
Tema que evitaremos profundizar para no irnos por las ramas, como pasa siempre. Y la carne del puchero es que, tras mucho rumiar sus planes, puso criadero en el depto. Dios premia la constancia, dicen, y un huevito hoy, otro mañana, la idea empezó a funcar. Luego conoció unos periodistas en la cancha, y fue noticia, porque éstos siempre andan desesperados por encontrar alguna pelotudez que escribir. Así empezaron las vacas gordas, valga la burda comparación. Y fue preciso invertir en marketing, para crear una imagen triunfadora de alcance nacional..
-¡Coma cuanto quiera, amigo, y deje que nosotras lo hagamos adelgazar! -decía ante las cámaras televisivas, una rubia tetuda, vestida de lombriz.
De tal forma, el sueño del criadero doméstico dio origen a una empresa líder. Bacigalupo pronto tuvo obreros, empleados, y secretaria. Todos flacos, eso sí, por la imagen comercial. Y hasta técnicos, para lograr insosopechadas metas de especialización.
-¿Su debilidad es el chocolate? Compre huevos tipo "E"-dijo Radio 10.
-¿Es loco por las pastas? Adquiera nuestra variante siciliana, "tenia mangiaforte", de rápida digestión -informaban, a coro, los canales televisivos.
La empresa tenía un nombre impactante: "Solitarium Inc." Con un slogan triunfador, como corresponde a todo proyecto serio. "Lo bueno, en frasco chico, señor". Enfasis que no debe sorprendernos, pues los huevos de lombriz poca afinidad métrica tienen con otras variantes que llenan el mercado. Verbigracia, huevos de gallina, pato o avestruz. Y aquellos ofrecen una ventaja adicional, que las presentadoras se esforzaban en enunciar. Son irrompibles, así nadie puede acusar a la firma anunciadora de romper los huevos para lograr su fin. Dicho lo cual, sólo falta agregar que el producto se popularizó.
-Déme dos- decía el porteñaje.
-¿No hay goivos de segunda mano? -preguntaba la clientela del Once, siempre loca por ahorrar.
Mas a toda acción, corresponde una reacción igual y contraria. Por cuya causa los rebeldes de siempre empezaron a revalorizar la vapuleada adiposidad. Otra forma de rechazo por la presión vendedora del entorno. Y en vez del popular sobrenombre "Cofla", se llamaban entre ellos "Gordo", "Gordix", y hasta incluso "Ultralarge". Signos de rebeldía, como pintarse el pelo de azul, o usar aritos en lugares íntimos del cuerpo de cada cual. En ese entorno hicieron bruto comeback las señoras de proporciones, desvalorizadas hasta ayer.
-¡Tá linda, la patrona! -dijo un gaucho actualizado- Gorda, ¿eh?
-Se aprecia el elogio, don.
Oliver Hardy, rescatado del biógrafo en blanco y negro, fue puesto en los altares de la idolatría juvenil. Mientras el flaco Stan Laurel quedó para escarmiento de villanos. Y los fabricantes de ropa XX salieron a reclamar su parte del ambigú. Felices por la revancha del metabolismo basal.
-¡Fat is beautiful! -decían, porque, para tener éxito, ciertas cosas hay que expresarlas en inglés.
En resumen: cuando volvieron los bifes, el bocho nacional se puso a cien, y floreció la paponia que dejaría tranqui al FMI. Lo cual confirma el refrán: Al que tiene guita, todos le quieren prestar. Pero volvamos al análisis profundo de nuestra compleja realidad, La onda adelgazante y su antítesis reflotaron al país. Vivo ejemplo del devenir dialéctico. Mas a toda confrontación estructural, sigue una síntesis. Por eso el tuerto Bacigalupo, acosado por los recuerdos, tuvo su crisis nostálgica. ¡Algunas gorditas estaban recontrabien! Y ordenó a sus expertos en genética que desarrollaran una antisolitaria de engordar. Había hecho realidad otro sueño burgués, competir contra sí mismo. Así nacieron dos nuevas empresas. Una para comercializar el producto rival, y otra que promoviera el mercado de ropa "Extralarge". Las cuales se disputaban el mango sin dar ni pedir cuartel. Claro que de puro grupo, porque si una perdía, la otra ganaba, con la vicevérsica de rigor. Pero lo que no se sabe, no duele. Así el tuerto Bacigalupo puso el hombro en la reconstrucción nacional, convirtiéndose en árbitro de la moda, las conciencias y el poder. Había entendido los secretos del sistema, y se jugó. No hay logos sin praxis, decíamos ayer.
Aquí termina nuestra crónica del milagro argentino. Gracias a hombres de tal porte, salimos de la crisis. Hasta el otro carnaval. 


THE END                      

                                                    

Copyright: John Argerich, 2003
 john.argerich@telia.com 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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