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ESPAÑA.
Una muerte anunciada
José Luis Gómez estrena en Madrid
"El rey se muere", de Ionesco.
Con El rey se muere, de Ionesco, se lleva a escena “una de las
metáforas dramáticas más profundas e implacables sobre la muerte
que ha producido el teatro”, en opinión de José Luis Gómez, que
dirige esta producción. La obra, como todo Ionesco, exige actores
capaces de interpretar un texto que es un continuo chorro de
palabras, desafío al que se enfrentan Francesc Orella y un elenco
vinculado a La Abadía. Su estreno, el 15 de enero en Madrid,
coincide con el décimo aniversario de la muerte del autor que se
cumple este año.
Es el segundo Ionesco que pone en escena La Abadía. Si en el
primero, Las sillas (1997), sirvió a José Luis Gómez para volver a
los escenarios tras casi diez años de ausencia, ahora el actor ha
preferido situarse a pie de escenario, dirigir El rey se muere,
“una de las metáforas dramáticas más profundas e implacables sobre
la muerte que ha dado el teatro universal”. Así que partimos de la
admiración de Gómez por un autor escasamente representado en
nuestro país, debido en parte a la dificultad que entraña su
teatro: teatro de texto, que exige actores capaces de lidiar con
largos y complejos parlamentos y directores que sepan desentrañar
en la confusión y el absurdo del discurso que emplea Ionesco ese
mensaje desesperado y a la vez provocador sobre el individuo y el
mundo.
“Últimamente tengo un especial tirón por Ionesco. Yo nunca había
montado nada suyo, pero de pronto recordé que el texto con el que
preparé mi ingreso en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia
fue el monólogo final de El rinoceronte. Luego he interpretado Las
sillas y también quería haber protagonizado El rey se muere, pero
cuando fui consciente de la dimensión de la búsqueda que había que
hacer, de lo que había que trasladar a los actores para que me
entendieran, me di cuenta que era tan ingente el material y tan
complicado el estilo que decidí que no era posible dirigir y
actuar”, explica el director.
PERSPECTIVAS DE LA CONCIENCIA. Autor de más de una treintena de
obras de teatro, Ionesco se implicó rápidamente en la dramaturgia
europea conservando cierto humor y escepticismo característico de
los intelectuales del Este, el interés por la farsa, lo grotesco y
el guiñol, y rechazando el teatro tradicional. A partir de los 50
comienza a estrenar en Francia un teatro que bautizarán de
“absurdo”, con algunas herencias existencialistas (Camus, Sartre)
y en el que también se inscriben Beckett y Arrabal. Lo que atrae
particularmente a Gómez de Ionesco es que “es un autor
profundamente honrado, que habla de la naturaleza humana de una
manera desveladora. Vinculado a la escritura surrealista, que es
una escritura con raíces oníricas, fue originalmente poeta y quizá
por ello no tiene una escritura dramática al uso, de desarrollo
lineal, sino que abre perspectivas de la conciencia, como las abre
la poesía. El lenguaje de la poesía es siempre analógico,
metafórico, más que señalarte las cosas con el dedo te descubre la
realidad subyacente y te desvela paisajes más allá de la realidad.
Eso es lo que a mí me atrae de Ionesco, te descubre secretos.
Luego cuando he leído su personalísimo diario, La búsqueda
intermitente, ha crecido mi admiración por él”.
En El rey se muere, Berenguer, –nombre que Ionesco da a otros
protagonistas de su obras– sueña que es rey y que ha de morir. Su
corte se divide: mientras su primera mujer, Margarita, y su médico
asumen el papel de guías del futuro difunto, su segunda mujer,
María, la enfermera Julieta y el alabardero intentan suavizar su
agonía. Obviamente, Berenguer rechaza este sueño, cree que es una
pesadilla, pero su muerte está escrita al final de la obra.
“El paradigma del que habla la obra es antiguo, es el de La vida
es sueño, de Calderón. Aquí parto de identificar a Berenguer con
cualquier hombre, su sueño es el sueño que tiene cualquiera al que
le da un ataque al corazón y sueña su propia muerte. Pero hemos
descubierto en los ensayos que la obra, más que del sufrimiento y
del miedo a la muerte, habla de la gran lucha contra las ataduras
del ego. Berenguer dice continuamente: ‘que se mueran los otros’,
‘¿por qué nadie me da su vida?’. Pero realmente la única persona
que lleva a Berenguer a despojarse de estas ataduras es
Margarita”.Y añade el director que esta lectura mística se
confirma al leer el fragmento final en el que Margarita le
acompaña a dar el paseo: “Es una glosa maravillosamente disfrazada
con los recursos de la literatura contemporánea de pasajes
fundamentales del Libro Tibetano de los Muertos, que es el libro
que especifica las ayudas que necesita el ser humano en el
tránsito. Definitivamente, veo la historia como la lucha de San
Jorge y el dragón, una metáfora que nos invita a comenzar la lucha
con ese ego y que únicamente termina con la desaparición física.
Eso es, debemos aceptar nuestra propia naturaleza, pasajera,
efímera del ser humano”.
ESCRITURA MEÁNDRICA. Como se ha dicho, el teatro de Ionesco es
complejo porque la estructura de sus obras traducen los sueños, el
pensamiento y el comportamiento desorganizado del hombre. “Es una
escritura meándrica”, según Gómez. De ello dan fe las dificultades
que el equipo de La Abadía ha atravesado durante los ensayos: “La
lectura de la obra fue muy intrincada. Antes de trabajar con los
actores estuvimos mucho tiempo intentado desvelarla. Luego, con
ellos se vio también la dificultad que tenían en asumir ese estilo
que es totalmente contradictorio, que no es descriptivo. Durante
los ensayos, hubo un tiempo en que no era capaz de abarcar con la
mirada la totalidad, que es una cosa que hay que tener siempre en
la cabeza, y trabajé a ciegas pero guiado por el subconsciente.
Esto se reveló como una gran panacea”. Saltar de lo profundamente
trágico a lo irrisorio en segundos, de una implicación espiritual
a la cotidianidad más superficial, es lo que se exige a un elenco
curtido en La Abadía (Elisabet Gelabert, José Luis Alcobendas,
Inma Nieto y Jesús Barranco) y al que se le han unido Francesc
Orella y Asunción Sánchez. El vestuario, original de Pepe Rubio,
está inspirado en los trajes de Balenciaga de los años 60 y el
espacio busca representar la geografía de nuestros sueños,
diseñado por Elisa Sanz.
Ionesco fue un autor marginal, representado en pequeñas salas y en
especial en La Huchette del Barrio Latino, hasta que Jean Louis
Barrault le prestó atención. Así Jorge Lavelli estrenó El rey se
muere en la Comedie Française y, en España, José Luis Alonso la
montó en 1964 persiguiendo con ella “suspender la respiración del
público”. “José Luis hablaba de que es una obra teológica. Yo no
lo creo”, dice Gómez, “todo lo teológico, por definición, habla de
Dios e Ionesco pensaba que Dios es innombrable y la realidad
divina inasible. Aquí no habla de Dios, pero sí hay un principio
de esperanza, como una intuición de que hay algo más allá”.
Liz Perales. El Mundo. 16 de
enero de 20044
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