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PRELUDIO DE NAVIDAD, (Donde se habla de una pasión colosal).- 14/12/04
 

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El amasijo

PRELUDIO DE NAVIDAD
(Donde se habla de una pasión colosal)

Por: John Argerich


 


Cuando conocí a Angusina, la fulana me gustó. Y no sólo porque fuera un monumento al bello sexo. Estaba para quitarte el sueño, pero más que nada impactaban sus modales finos, tan raros en la actualidad. Además, sabía comer. Nada de eruptos satisfechos ni juego de escarbadientes, con que te desaniman tantas naifas pintonas. Porque si en la mesa y en el juego se conoce al caballero, malditos tarados seríamos negando la vicevérsica. O sea, que con ellas pasa igual. Ya pescan lo que estoy pensando, supongo. Para decirlo en dos palabras Angusina era una dama, señores. Y vivía en un bulincito blanco decorado a la francesa, con vista al Nydala Park. No diré "hermoso", que suena mersa, sino pipí-cucú. Y después de corto romance, empezó la vida en común.
-¡Qué linda mesita! -dije un día, cuando volví del trabajo.
-¡Ay, sí! La compré ayer, porque había ido al centro con Elisita y la prima, para mirar vidrieras -contestó ella, con ojos que regalaban dicha- ¡Hay muchas cosas bonitas por todos lados, si sabés buscar! Pero eso no es nada...¡También me tenté con unas cortinas nuevas llenas de voladitos, que son la última moda de catálogo, che!
Así descubría esa mujer de ensueño las facetas más íntimas de su personalidad. Consciente de lo que se usa, ante todo, a pesar de su gloria efímera. Teniendo además claro concepto de rol en esta conflictiva sociedad. Aunque solamente fuera conflictiva para los demás, entendámonos. Porque Angusina conocía muy bien su papel. En la meca del consumo, ella era ante todo compradora ejemplar. Mujer y madre, un escalón después.
-¡Y téngalo presente! -decía un locutor con saco amarillo y corbata verde en la pantalla extrachata del televisor flamante- ¡Esta preciosa alfombra es lo que Vd. precisa para completar la decoración de su hogar, señora! Así que no deje para mañana lo que puede adquirir hoy, aprovechando nuestra gran liquidación...
-¡Lástima que sean las once de la noche, y los negocios estén cerrados, che...! -dijo ella, cuando estábamos tomando el capuchino del desempate.
-¿Precisás algo urgente? -pregunté, con miedo de que se le hubiera acabado la pildorita del día antes, y acabáramos metidos en la milonga del día después.
Pero ella estaba a años luz de distancia del horror que me producían esos pensamientos. Y batió la justa, sin sopesar consecuencias.
-La alfombrita, viejo... ¿No me conocés? -contestó sonriente y tensa, como en un inocultable arrumaco de pasión.
Después de corto chamuyo nos fuimos al sobre, pero ella estaba en otra cosa, y vino una noche de perros. Nada de efusividades. Una noche sin pegar un ojo, digno epílogo de tanta miseria. Mirando el reloj cada diez minutos, aguardando el amanecer. Y ella sentada en la catrera, pura matemática. Porque contaba los fasules, birome en mano. Enrojecida de ansiedad.
-¡Ay de mí, si llegan a acabarse las alfombras, querido!
Su expresión de angustia enternecía.
-No te tomés las cosas tan a la tremenda, vieja... -le contesté, con ganas de ayudar- Todo ese discurso de la tele es mula comercial...
-¡El locutor parecía sincero, che!
Yo le dije que todos los sinvergüenzas son simpáticos, pero nada. Y entre dimes y diretes, pasaron las horas. Con una gran carga de nervios, es muy cierto, aunque sin que el tiempo hiciera mella en la determinación compradora de aquella preciosa mujer. Hasta que al dar las 9 en punto, entramos al salón de ventas apartando a cuantos se pusieran en nuestro camino. Lo que se dice a paso de liquidación. Algunos empleados aún estaban con facha de medio campo, entre la vigilia y sus sueños truncados. Pero todo sea por una buena comisión.
-¿Deseaban algo, los señores?
¿Para qué lo habrá preguntado? Angusinita parecía Garibaldi cuando sonaba el clarín. Se compró la alfombra, y mientras enrrollaba aquel tesoro, tomó mi mano en sus manitos blancas, y dijo con una sonrisa de oreja a oreja:
-¡Renovarse es vivir!
Yo la miré medio confuso, porque a pesar de lo bien que la conozco, no observaba ningún cambio significativo en su persona.
-¿Cómo te renovaste, querida, podés decírmelo? -pregunté.
Ella me me miró con gesto de desdén, y por la forma como se le frunció la napia, debe haberse puesto furiosa.
-¡Siempre charlando de política con tus amigotes, en el café! ¿No te das cuenta que eso te oxida el cerebelo, viejo? ¡Comprarse algo lindo es vivir!
La miré de refilón pero no dije nada, porque ahora se le había empezado a hinchar la verruga. Y eso nunca grantiza que las cosas terminen bien. Mientras tanto, el cambio de mi pobre luca quemaba sus manos.
-¡Mirá esa cafeterita eléctrica, qué barata, che!
Yo la miré y me pareció una porquería, al lado de la nuestra. Y carísima además, como si el precio fuera en cachada.
-¿Para qué la querés, si tenemos una que anda lo más bien? -atiné a decir, en un vano intento de racionalización presupuestaria.
-Cuestión de autoestima. -repuso ella- ¿A quién se le ocurre conservar un modelo pasado de moda...? ¿No te das cuenta del quemo, si viene alguien a comer?
Le entregaron el paquete, y ella pagó antes de que el vendedor se arrepintiera porque todo estaba regalado. ¡Pichinchas así no se hacen diariamente! Luego, enfilamos a la puerta. Y ya estábamos por transponer el límite entre la oferta y la demanda, cuando Angusinita dijo:
-¿No querrás tomar el café en tazas viejas, verdad?
Ese fue el comienzo de mi tragedia. Porque después se le nubló el coco. Entonces siguieron platos, cubiertos, mantel, servilletitas haciendo juego, y qué sé yo.
-¡Pará, que no tengo un mango más encima, querida!
-¿Y la tarjeta?
-¡Ni pensarlo! La pusieron en la lista negra el mes pasado, después de todo lo que gastamos. "Crédito cubierto", dice el monitor. O sea que no te fían ni cinco guitas más.
-¿Por la aspiradora nueva, querés decir?
-Claro. ¿A quién se le ocurre cambiar la que teníamos, porque viste una con música?
-¡Ya te lo dije mil veces, y no me hagás repetirlo...! -gritó ella, furiosa por mi incomprensión- Renovarse es vivir, entendélo bien.
Aquella fiebre adquisitiva era imbatible. Angusina cada vez más identificada con la sociedad de consumo. Y yo, aparte de mis convicciones, sin un mango cortado en cuatro para bancárselo. Así terminé empeñando las cosas que ella traía a casa. Algunas con la etiqueta del precio aún puesta. Porque para usar los chirimbolos, no había apuro. Y muchas veces quedaban guardados en un armario, oxidándose sin perspectivas de estreno. El gustazo está en comprar.
-¿Otra vez por aquí, joven? -dijo la empleada del banco de empeños.
-¡Qué le vamos a hacer...!
Y de tanto ir a buscar el mango, me enamoré de Ruth. Una rubia de ojos dulces, que atendía con creciente solidaridad mis crisis financieras. Actitud poco profesional, es cierto, pero no es culpa mía haber nacido pintón. Un sueño color de rosa, para abreviar. Mas cometí un gran error, olvidando que con tantas computadoras, en Suecia carecemos de intimidad. Vale decir, que los secretos no duran.
-¡Hijo de puta! -gritó Angusina, toda colorada, cuando la chismosa del 5° "B" le contó mi fato.
Y yo, mientras me atajaba una maceta, apenas pude defenderme.
-¿Qué querés, vieja? -dije, como prenda de paz- Vos misma me lo enseñaste... ¡Renovarse es vivir!
Entonces ella hizo las valijas con cara de asco, y se tomó el bondi.
-¡Me voy a la guerrilla, para luchar por la liberación femenina! -dijo.
-¡Chau, Pinela!
De su paso por mi vida quedaron solamente cuentas a pagar y un recuerdo con perfume francés. ¡Había sido cabrera la nami, che! ¡Menos mal que rajó antes de aprovechar las pichinchas de Navidad!
 

THE END 

 


ANGUSINA EN LA GUERRILLA

 

Copyright: John Argerich, 2003 

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidós medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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