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El amasijo

ASI CAYÓ JUAN EZPELETA
(
Donde se habla de la milonga y el avión)

Por: John Argerich


 



Escribo este relato un día gris del otoño sueco. Uno de esos días llenos de nostalgia, cuando uno asoma el cogote a la intemperie y no sabe si seguir respirando o esperar que pase la parca, apretándose la nariz. Al rajar del sobre miré hacia afuera, y estaba más negro que domingo sin fóbal. Y un servidor medio fané, con la mona de haber cobrado ayercito nomás la mosqueta del Social. Descangallado y sin un mango, como pasa siempre. Porque celebrar el día de la solvencia cuesta guita. Uno se hace un presupuesto tipo privatizado tacañeta, para que la celebra no te deje como Adán. Pero después del primer brindis te chapa un fanatismo padre. Te sentís sediento como un explorador inglés perdido en el desierto del Sahara. Pero eso no es todo. Las tripas tocan "¡A degüello!", y cargás cuchillo en mano contra la despensa. Primero te bajás la última botella de tinto "tax free" que algún pariente afortunado trajo del exterior, y después la fija es manducar tipo bestia. Ceremonia ritual apta para desenterrar en mi memoria unos versos recitados con facha de circunstancias, en las clases de italiano del quinto año nacional. Un poema que no he olvidado a pesar de tanto pirulo, se llamaba simplemente "Mangiare". O sea manyar, lastrar, manducar, mandarse el fardo a la bodega, a ver si pescan. Su texto rezaba así:

"Si mangia con l'appetito
che da la salute,
il laboro ordinato,
la coscenza tranquila..."

Muy suelto de cuerpo el poeta, pero a los pibes de entonces les vendían cada balurdo, que ahora no se lo traga el más gil. Por eso terminamos hechos pomada, pienso yo. De pura buena fe que teníamos, nomás. Pero el tema merece profundizar, porque en cualquier festichola buena la salute queda en crisis. Primero por morfarte seis choripanes uno atrás del otro, las dos bananas que había en la heladera, y un kilo de dulce que hicieron manos hábiles poniendo leche condensada en bañomaría. Pero la malaria es más que nada por tanto quebracho en las profundidades. Después venía ese otro versito del laburo, que indigna porque hablando mal y pronto es papa p'al loro. Cualquier grasa con cinco centímetros de mollera sabe que a esa desgracia hay que esquivarle el bulto. Trampa para giles, un decir. Imagináte si será contra natura, que te garpan por fichar. ¿Alguna vez te dieron un mango por ir al biógrafo? Cantá la justa, cantá. Pero las comparancias sobran, si el punto es buen entendedor. Y en cuanto a la conciencia de que habla el cocoliche ése, ponerla de bandera es otro globazo. Yo la única conciencia que conocía era la conciencia de clase. Y mirá la historia de cualquier cumpa después de tantos años. Mucho proyecto de entrada, y ahí nos tenés ahora, gambeteándole a la pálida, que dan ganas de llorar. Descerebrados por el "establishment", la milonga y El Avión. Fineza literaria que escribo con mayúscula, porque aquel gotán no le cantaba a un piróscafo de SAS, sino al cabaré más jailaife que alegró las noches del Paseo Colón. Allá en "la autónoma", como llaman ahora a mi Buenos Aires querido, la de los cien barrios, la City, qué sé yo. Mas superando tan compleja introducción, hago presente que en ese boliche había un detalle fino. Hasta conocerlas mejor, todas las coperas eran rubias. Además, resultaba evidente el aporte francés a nuestra cultura ciudadana. Porque aunque entre ellas hablaran gallego, polaco o quechua, a la que no era Rose Marie, de fija le decían Margot.

"Qué bien se baila
sobre la tierra firme..."
-lloraba un long play-

Y la concurrencia milongueando a los tumbos, por los vahos del alcohol. Como hamacándose sobre las olas del mar, en pleno temporal sudatlántico. Mucho marinero, es bien cierto, pero también se veía algún bacán. Niños bien, y cafishos sin frenesí por doblar el lomo. Dicho lo cual, podemos entrar de lleno al tema que pensaba relatarles, a cuyo efecto anotaré algunos nombres que fueron gloria de la noche porteña. Entre otros valores Barrilete Pittaluga, Cholo Fernández, y el Juancito Ezpeleta, sin despreciar. Tres ranetas de mi flor, pero al último nadie le pisaba el poncho porque era punta desde el vamos. No sé si por la iniciativa privada que había heredado de sus mayores, o de colifa nomás. Lo cierto es que al parar la música para que los artistas fueran al servicio, tenía sus costumbres. Si estaba sobrio, iba de mesa en mesa ofreciendo forros, para hacerse unos mangos y bancar los gastos. Pero con unas copas encima se plantaba en medio del escenario y cantaba a todo pulmón "La Internacional". Zurdela empedernido el loco, desde que entró en "La Línea Recta" de la vieja facultad.
-¡Que se rompa, pero no se doble! -solía decir.
Y una vuelta estábamos meta chapar a crédito con unas naifas conocidas, cuando redepente prendieron las luces, e hizo aporte la Federal. O sea un piquete volante de la Guardia de Infantería. Unos locos con cara de mufa empilchados de azul, también conocidos como "los pincharratas". Más que apodo cariñoso, por su complejo de peatones, frente a otras fuerzas del orden público. Especialmente la Policía Montada, para no hablar del Regimiento de Granaderos, cuya contemplación les resultaba insoportable. Complejo de petisos, pienso yo.
-¡Control de documentos! -gritó un sardo medio morochón y con cara de luna, que iba guapeando en la punta.
Un evento repetitivo, pero seamos francos. Ese show rompía los cocos, porque el chape pierde aceleración al aparecer la milicia, y el minaje entra en un paráte que te hace empezar todo el laburo de vuelta. Aunque el problema no parecía tan grave, porque todos teníamos papeles emitidos por la autoridad competente. Una libreta enorme color bicho canasto con nombre, bandera e impresión digital. Lo cual no es atribuible a un sano patriotismo exhibicionista, sino porque en los cabarés de entonces, nadie entraba sin documento. Más que nada, para comprobar la edad, que si eras muy pibe y jodías, no podían encanarte. Y en eso el Juancito Ezpeleta descubrió que, aprovechando una distracción, algun garca de ultramar le había afanado el toco. Hecho grave, porque llevaba la parda adentro.
-¿No tenés papeleta, che? -dijo un cabo.
-A ver, a ver...
-Con esa chiva debe ser comunista... -comentaron dos agentes de gran actuación en el procedimiento.
Y la orden de la superioridad no se hizo esperar:
-¡Metalón adentro del celular!
Al ratito, sonaban las sirenas y la partida policial desapareció entre las sombras de la noche. El pobre Juan más preocupado que vaca camino de Liniers. Y nosotros nos quedamos otro cacho, para convencer a las coperas de que podían rajarse antes de las tres. Porque cuando volvieron a apagar las luces, ya nadie se conformaba con verso. ¡Qué despelote, fue esa noche, vea! Lástima que cuando trajeron la dolorosa, apenas quedó tela para volver a casa en tránguay. O sea que Dios da pan al que no tiene dientes. Nosotros con una pinta bárbara, y sólo cincuenta guitas para el golpe de gracia.
-¡Chau, cartón! -dijo Marlene, olvidando que yo había sido su gran amor.
-¿Hablo con la casa de la familia Ezpeleta? -pregunté al día siguiente, desde el teléfono público, sin poder ocultar mi ansiedad.
-Si, ¿qué quiere? -repuso la cuñada de mi amigo, una correntina de apellido larguísimo terminado en "insky".
-¿Podría hablar con el Juan?
-Está a la sombra.
-¿Vuelve pronto?
-¡La boca se ti'haga a un lau, che porteño añamembuí!
Y mi cumpa no regresó por mucho tiempo. El hecho de ir al baile sin libreta, estudiar Ingeniería y tener barba, lo hacía sospechoso de actividades reñidas con la seguridad nacional. Por eso su último domicilio conocido fue en Estocolmo. Y según dicen, aprendió a hablar el sueco con gran naturalidad.
-God morgon, Herr Ezpeleta.
-Hej!
Ya lo dije antes. Cuando tengo unas copas encima, me entran unas nostalgias terribles por mi país.
-¡Ke uno grande masoka sos! -comentaron dos suecos que por allí pasaban.
Y yo me les reí en la cara. Porque es al ñudo que te fajen, si naciste barrigón.

THE END 

 

 

Copyright: John Argerich, 2003

All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en veintidos medios, de siete países, existiendo una versión en idioma inglés.

 




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