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Hielo en ebullición.- (Uruguay) 10/2004
 

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URUGUAY

Hielo en ebullición

Primer montaje local de la obra de Bryony Lavery (Inglaterra, 1947), Frozen (1998), constituye una de las propuestas mejor logradas de esta temporada.
En un texto complejo, de escritura fragmentaria y meticulosa –casi obsesiva- Lavery escudriña, con inteligencia y habilidad, lo que ocurre dentro de las mentes de tres personajes que permanecen, como lo explicita el título, “congelados” en un punto de su devenir vital. Así, un violador-asesino de niñas (Ralph, César Troncoso), la madre de Rhona, una de sus víctimas desaparecida 20 años atrás (Nancy, Margarita Musto), y una psiquiatra que intenta demostrar que ciertos asesinos –Ralph es uno- no son malvados sino enfermos (Agnetha, María Mendive), se cruzan en la escena, cada uno prisionero de esa vida ritual que se construyó para evadir, aunque sin éxito, el corolario inevitable del trauma paralizante. Todos buscan, Ralph dixit: “...encontrar la ventana / la oportunidad (...) practicar / para cuando se presente ese / momento único dorado...”. Todos esperan “una gran tormenta”, la lluvia del deshielo que quiebre por fin la parálisis. Tal vez al final de la espera, descubran que se ha ido la vida, o sepan recomenzarla aceptando la imposibilidad del retorno.
VENTANAS AL DOLOR. A través de las “ventanas” que Lavery entreabre, el espectador penetra en los ecos internos de cada uno de los personajes. Es posible entonces ver cómo la incapacidad de aceptar su pérdida lleva a Nancy a destruir lo que sí tiene: su hija Ingrid, a quien llega a ver como “un bicho enorme” con “risa de chiflada”. Chivo expiatorio de un dolor inaceptable, Ingrid será sin embargo, y tras la ruptura de su propia coraza, quien ayude a su madre a transitar el duelo. El frío forzado es también el refugio de Agnetha. Distanciada de sus pacientes, los maneja como a objetos, mas ese poder sucumbe ante la imposibilidad de superar la muerte de su colega y la culpa -ahora individual- de su breve affaire con él. Ralph, por su parte, se pregunta por qué matar niñas no es legal. No tiene consciencia de culpa, y sus crímenes le duelen mucho menos que un tatuaje mal hecho.
Los laberintos de la psicología y las relaciones humanas son el centro de esta pieza cuya originalidad tiene que ver con la perspectiva en que se sitúa la dramaturga para organizar los acontecimientos. La escritura de Lavery transita los recovecos de sus personajes valiéndose, para ello, de una opción dramática no lineal, que adopta un estilo cercano al montaje cinematográfico. Descompone la trama en un caleidoscopio y la reordena luego en un ensamble dinámico para el que cada una de las 31 escenas funciona a la vez que como secuencia del relato, como una unidad casi autónoma. El resultado, un puzzle presentado en dos actos donde en el primero predomina la acumulación de información y en el segundo su desarrollo dramático hacia el desenlace.
En esta pieza todo evoluciona a partir del lenguaje que pone en evidencia las estructuras emocionales y psicológicas. Importa en este sentido destacar el trabajo de Margaita Musto como traductora. La traducción se apropia del texto-fuente rescribiéndolo con cuidado estilístico, adecuándose a la situación de enunciación para lograr el aire justo en cada inflexión, en cada palabra de estos personajes que se definen por sus tics expresivos.
A medida que la pieza avanza, los personajes adquieren contundencia, y el espectador se va dejando seducir por su rumiar, su masticar de las palabras, que caen como esos “bloques de hielo” que rompen el pecho de Nancy.
PUZZLE EN DOS ACTOS. El texto viaja en el tiempo y el espacio, y la pieza transcurre en distintos momentos y lugares, que a su vez remiten a otros. Es un universo comprimido que la puesta de Mario Ferreira comprime aún más, acentuando deliberadamente la inmovilidad de las vidas de sus protagonistas. El tiempo es una madeja que el espectador debe desenrollar, reconstruyendo los sucesos a partir de un tiempo-espacio único, que resulta de la objetivación de lo subjetivo, que se construye de manera progresiva, y en el que es el juego actoral el que marca las evoluciones.
En la escritura escénica los hechos se rozan, se tocan, dando la impresión de simultaneidad para una historia que, aunque se desarrolla en un período de 20 años, poco tiene que ver con los tiempos cronológicos. Los ecos de las voces de los personajes se mezclan, generando una atmósfera apesadumbrada y densa que depende en gran medida del manejo del tempo por parte de los actores, para que el peso de los parlamentos adquiera su exacta dimensión. Ferreira deja lugar, también, a silencios y huecos que aportan, junto con las reiteraciones (“Obvio”, se justifica Ralph, “Si...sí...sí”, se autoconvence Agnetha) a ese ritmo enrarecido, código en el que cuesta ingresar pero que, una vez dentro, el espectador acepta con gusto. El riesgo de la propuesta implica mantener al público en vilo durante tres horas, y lo logra. La lectura escénica potencia el fluir continuo y sincopado del texto, y establece un ritmo propio casi hipnótico que se mantiene hasta el final.
Aunque la médula del relato se ubica en los procesos internos de los personajes se percibe, sobre todo hacia el final, una intención de reflexión más general sobre el tratamiento social de las situaciones planteadas, sobre la concepción del “bien” y del “mal”, sobre la venganza o el perdón. Aparece también una referencia, tal vez obvia y explicativa en exceso, al sentimiento de “remordimiento”. Es un abordaje no del todo feliz que consideramos el punto flojo del espectáculo. Por su parte, ciertos parlamentos del personaje de Mendive resultan excesivos. Creemos que el peso de las escenas que refieren a su “estudio de la mente asesina” es desproporcionado y le quita contundencia a esa zona que, si bien es muy rica, tiende a saturar.
La excelencia del elenco constituye más que un sostén para una dirección que apuntó fuertemente a ella, además de buscar la calidad en otros rubros.
Musto sorprende y conmueve por la precisión con que matiza las emociones, tonos y estados de su Nancy. Igualmente certero, Troncoso no sólo se desempeña con la energía y el talento que le conocemos, sino que se supera a sí mismo, logrando momentos exquisitos.
JUEGO DE ESPEJOS. Se percibe, además, el cuidado en la unidad de los sistemas significantes de la representación. La creatividad de la escenografía (Adán Torres) es potenciada por un diseño lumínico (Martín Blanchet) que la descubre y transforma de acuerdo a la exigencia simbólica de cada parlamento. Varios rectángulos de vidrio cuelgan sobre la escena. Por momentos son espejos que reproducen los distintos costados de los personajes; en otros, bloques de hielo que los contienen o los oprimen, y también las paredes de ese laberinto helado en el que permanecen perdidos. Tras estos vidrios juegan también las voces de los actores, que varían según son proyectadas de uno u otro lado. El juego de vidrios construye un espacio único que representa el frío, la transparencia que revela lo oculto, el espejo, la repetición ad infinitum. Una serie de hilos de metal recuerda a las “columnas de aire” que se forman a veces en los cubos de hielo, y una estructura metálica de diferentes texturas permite a la proyección de luces en sus variadas superficies, conformar y descubrir nuevos espacios. Así, las escenas que transcurren en diferentes ámbitos (jardín, parque, apartamento, cárcel, sala de conferencias) se condensan en ese meandro polisémico que resulta siempre adecuado para convertirse en la atmósfera que exige la pieza. El vestuario (Diego Aguirregaray) es simple pero muy perspicaz al puntualizar formas de ser de cada personaje. Desde el prendedor de Nancy hasta las botas de Agnetha, los detalles aportan. La música de Silvia Meyer sirve para cada caso de bisagra, de acento, de complemento a los distintos estados de los personajes.
En síntesis, la convergencia de talento en todos los rubros hace de Frozen una de las propuestas más atractivas de la cartelera. Pero tal vez quepa preguntarse, sin ánimo de desmerecerla y en un sentido más general, cuál es la causa de fondo de esta diferencia respecto a la mayoría. Creemos que no tiene que ver con la elección de la pieza que, si bien tiene su valor, no supera a otras elecciones que se hayan hecho. Tampoco creemos que se trate de una puesta de una inteligencia u originalidad revolucionarias. Creemos, en cambio, que el valor aparece cuando nos percatamos de que todo funciona, de que las intenciones se concretan, y de que si bien esto debería ser lo natural, no es lo que sucede habitualmente en nuestros espectáculos.

Lucía Masci. Caras y Caretas

 

 

 

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