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COLOMBIA
'La procesión va por dentro'
Dramaturgia y dirección de
José Domingo Garzón. Proyecto de
Teatro Público Pirámide.
Cinco rutas, cinco espacios,
cinco cuadros que el espectador
recorrerá según el orden que el
azar va a determinar. Cinco
historias de mujeres, de cinco
siglos diferentes (del XVI al XX),
relatadas bajo la forma del
monologo interior. ¿Pero no será
acaso una sola historia, la de
la mujer sometida en nuestra
América? Aunque es clara la
unidad, el orden histórico,
incluso el lenguaje que lo
expresa, aún así aquí se habla
de otra cosa. Se trata de algo
mas profundo, intemporal,
inmaterial, acaso innombrable.
¿La herida lacerante, el
abandono, la ausencia, la
infinita espera en el discurso
de lo femenino?
En la agonía, al pie de la Cruz,
la india ladina languidece y
evoca sojuzgada al Amante
ausente. Célibe y contenida,
Magdalena enamorada, a unos
pasos de la locura, lo revela
todo, ya que todo lo ha perdido.
Estremecida ante su confesor
suplica; su penitencia será su
propio pecado. María, irónica,
es ella misma su lecho de muerte
(esta en el Purgatorio).
Verónica, la trágica actriz
mundana cada noche se representa
así misma, ilumina el escenario
del deseo como si fuese un
fantasma; y la mujer
contemporánea, real, triste,
muda, absorta, cotidiana y
ausente, maquinal espera al pie
del televisor.
El dramaturgo y director José
Domingo Garzón a partir de un
dispositivo escénico complejo,
en abierta ruptura con el teatro
convencional, introduce al
espectador en el espacio
hermético de la representación
cuya trama secreta solo él
conoce. Cada cuadro, cada paso,
cada "morada", de cada siglo,
esta precedida por una antesala
(lugar de reliquias y despojos)
que, a manera de las
instalaciones del arte
contemporáneo, provoca en el
espectador un cierto estado del
alma. La antesala, recinto de
transito, espacio ritual y
simbólico, como la muerte,
conduce al espectador a hacer
visible lo que yace en el mundo
subterráneo. Embarcados en la
nave de Caronte, descendemos
entre ruinas a los círculos
dantescos en donde ya no es
posible seguir hablando de
teatro.
Mitología activa y espacio
ceremonial, lugar de
consagración y de profanación,
el cuerpo femenino, es aquí la
arquitectura que acoge como
lenguaje el gesto fundamental.
Un gesto que se ha hecho cueva,
falansterio, confesionario,
escenario, inquilinato y sobre
todo, como ya se dijo, Morada.
La clausura del espacio
escénico, es una clave, más
fuerte cuanto mas erotiza el
camino. Introduce al espectador
en la pulsión donde la escena
representada es apenas reflejo e
indicio, súbita
aparición-desaparición,
simulacro y nueva antesala de
otro espacio clausurado (en el
sentido sadiano). En suma: la
escena es solo la antesala de un
más allá erótico sobre el cual
recaen todas nuestras
interrogaciones. Cada cuadro,
cada lugar, revela y a la vez
oculta una larga genealogía de
transgresiones. Y aún así
estamos en el límite de lo
sagrado.
En su entrecruzada perspectiva,
las líneas escénicas de "La
procesión va por dentro"
desembocan fatalmente en un
punto de fuga, sin principio ni
final: lo indecible, lo
innombrable.
En el viaje, que es un viaje
interior, la obra lleva al
espectador desde la agonía
sangrante ante el abandono del
Amado hasta el vacío y las
miserias cotidianas de nuestro
tiempo. En este arco tendido,
José Domingo Garzón ha dejado el
testimonio de una de las crisis
individuales más profundas del
hombre contemporáneo; la nuestra
es una condición sin misterios,
sin complejidad, sin
profundidad, sin tensión
interior, sin altura, la de un
hombre llano, simple, ordinario,
insignificante, superfluo,
banal.
Enrique Pulecio Mariño. El
Tiempo. 28 de octubre de 2004
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