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El
retorno del Mito de Perséfone. - 24/09/03
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El retorno del mito de Perséfone
Cuenta Homero que en el sureste europeo hubo un tiempo en el que reinaba la eterna primavera. La hierba siempre era verde y espesa y las flores nunca marchitaban. No existía el invierno, ni la tierra yerma, ni el hambre.
Artífice de semejante maravilla era Deméter [Ceres para los romanos], la Madre Tierra, diosa de la fecundidad de los campos, del trigo y los cereales. Cuarta esposa de Zeus [Júpiter], el padre de los dioses y señor del Olimpo. De este matrimonio nació Perséfone [Proserpina], una hermosa joven adorada por su madre que solía jugar en un amplio prado de Sicilia repleto de flores. Pero un día fue raptada de allí por Hades [Plutón], el dios de los infiernos y amo de los muertos, encandilado por su belleza, y llevada para desposarla a sus dominios subterráneos con su temible carro tirado por caballos.
Deméter inicia entonces una intensa búsqueda de su hija con una antorcha en la mano durante nueve días y nueve noches hasta que la descubre y, ofendida e irritada, decide abandonar sus funciones y el Olimpo. Privada de su mano fecunda, la tierra quedó desolada, seca y sin frutos. Ante tal desastre los dioses acceden a restituirla, pero Perséfone ya había probado el alimento de los infiernos (unos granos de granada) y por eso le era imposible abandonar las profundidades y regresar al mundo de los vivos.
Finalmente, se llegó a un acuerdo: seis meses del año Perséfone lo pasaría con su esposo bajo tierra y, los otros seis meses con su madre sobre la tierra, simbolizando el ciclo de las estaciones. Así, para los griegos clásicos la primavera comenzaba el día en que Perséfone regresaba del subsuelo al regazo de su madre, y con ella la alegría y la serenidad de Deméter, la Madre Tierra.
Goya
.– Después de las cumbres insuperables del Greco y de Diego Velázquez, el desarrollo del arte pictórico español debía desembocar en el milagro renovador –manifestado bajo la forma de una sacudida brutal- de la aparición de Goya.
El concepto de belleza neoclásico típico de su época no constituyó para Goya, sin embargo, el motivo fundamental de su arte; él se preocupó más por el color que por la pureza de líneas, e incluso contrapuso al ideal estético de lo bello la descarnada realidad de lo feo. Goya, con lo que supone de ruptura, fundó las bases de un siglo fenomenal de creación pictórica y nos introdujo así en las dos vertientes claves de la pintura moderna: el impresionismo y el expresionismo. Es que sus figuras pertenecen a un mundo diferente; mira a sus modelos con otros ojos, exentos de piedad. Sus retratos, que le procuraron un lugar en la corte española, muestran sin embargo a sus mecenas con toda su codicia, su vanidad y vacuidad. A partir de Goya, los pintores pasaron a sentirse en libertad de plasmar sus visiones, sus sueños, sus temores sobre una tela, como sólo los poetas habían podido hacerlo sobre un papel hasta entonces.
Goya obtuvo el encargo de pintar durante más de tres lustros “cartones” (bocetos para tejer un tapiz) para la Real Fábrica de Tapices, destinados a decorar las habitaciones reales. Allí trabajará desde los veintinueve a los cuarenta y cinco años realizando setenta y tres cartones para los tapices de El Escorial y El Prado. En esos cartones representó con fresca elegancia y vivacidad en los efectos pictóricos, escenas donde se da una visión amable, acorde con el gusto propio del despotismo ilustrado y de la vida popular: escenas costumbristas, con personajes refinados y castizos a un tiempo. Casi todos ellos se conservan en el Museo del Prado. Las floreras (o La primavera), junto a sus compañeros La era (o El verano), La vendimia (o El otoño) y La nevada (o El invierno), comportan una magnífica serie de cartones para tapiz con la temática de las cuatro estaciones, que finalmente no se tejieron, destinada a servir como modelo para la decoración del comedor del príncipe en El Prado, estancia cuyo emplazamiento en el palacio se desconoce en la actualidad. Hay en esta serie un avance en el estilo de Goya, fundamentalmente en el empleo de la luz.
En La primavera, la escena recoge el momento en el que una florera entrega una rosa a una muchacha que va acompañada de una niña, mientras un hombre nos pide silencio y muestra un conejo, considerado como símbolo de fertilidad, en referencia a la estación representada. La luz que baña las figuras es totalmente primaveral, al igual que los tonos claros empleados. La pincelada es sorprendentemente suelta, obteniendo los detalles de los vestidos a través de manchas de color. La composición piramidal de la obra es un recurso muy utilizado por Goya, debido al gusto por este esquema en la época. Muy interesante es el gesto de la pequeña, tirando de la mano de la mujer para que ande, en una actitud totalmente infantil.
Y, finalmente, a propósito de la primavera...
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales,
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar;
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
esas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido... desengáñate,
¡así no te querrán!
Gustavo Adolfo Bécquer [Sevilla, 1836 – 1870]
Agenda de Reflexión.
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